Historia Un nido,un paraíso.Navegando entre dos fuegos

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Sinopsis

Tras perderlo todo, el camino hacia la reconstrucción exige sanar las grietas del alma... y encender los deseos más profundos. En medio de las cenizas del pasado, surgirá una atracción inevitable, peligrosa y cargada de una pasión incontrolable que desafiará todos sus límites. Una novela de romance contemporáneo con alta dosis de erotismo, secretos y deseo explícito violación (+18).

Genero:
Erotica
Autor/a:
Kirenia
Estado:
En proceso
Capítulos:
13
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El Café de las Almas Rotas y el Despertar de la Furia

¿Te gustaría saber cómo pasé de perder un nido a crear un paraíso? Ahora te cuento. Pero antes, acomódate, porque lo que voy a narrar no es una simple anécdota; es el mapa de cómo se levanta un imperio sobre las cenizas de una traición. A veces la vida te da un bofetón que te deja sorda, un golpe seco que te obliga a reconstruir cada pedazo de tu existencia desde el más absolutismo.


Este libro es el viaje de entender que, a veces, el paraíso no es un lugar al que llegas, sino algo que te atreves a construir desde cero cuando te quedas con las manos vacías pero el alma encendida.


Acompáñame con un café, porque hoy quiero abrirte las puertas de este nuevo refugio…

Yo estaba allí, en ese centro público, un edificio de techos infinitos que olía a una mezcla constante de esperanza y desinfectante. Era un sitio gigante donde yo me sentía como la reina, moviéndome con la seguridad que te dan once años de experiencia y una vocación de enfermera que me quemaba en las manos. Mis pasos resonaban en el linóleo con autoridad; conocía cada turno, cada mirada de los pacientes, cada rincón de aquel santuario. Pero ese 25 de mayo, el lugar dejó de ser mi refugio para convertirse en un laberinto que me escupía.


Salí de la sala de medicina interna corriendo, con la cofia ladeada y el uniforme que siempre llevaba impecable ahora arrugado por el temblor de mi cuerpo. El alma se me había hecho trizas tras descubrir la verdad que me ocultaron por meses. Lo encontré allí, a mi esposo en la desfachatez de los brazos de su amante. Fue como si el oxígeno se transformara en cristales rotos dentro de mis pulmones. Pero yo siempre he sido fina y divina, incluso cuando el mundo se me cae encima. No iba a darles el gusto de verme derrotada o gritando como una loca.


Entramos a ese departamento y, con una frialdad que me dolía más a mí que a él, hablamos. Mi marido, sin un gramo de vergüenza en su rostro de hombre de familia, me dijo que lo nuestro estaba muerto, que estaba ilusionado con su "nuevo y joven amor". Me tragué el nudo de bilis y le solté la estocada final que se llevaría grabada a fuego:

—Mira, lo que para ti es viejo, para otro es nuevo —le dije, sosteniendo la mirada con una dignidad que me quemaba—. Ojalá ella sepa construirte cuando te rompas, porque esa fue mi labor por veinte años. Pero recuerda algo... me va a extrañar tu cama, y lo sabes.

Salí de allí con la frente tan alta que sentía que el cuello se me iba a quebrar. La tipa se reía a mis espaldas, una risa hueca de quien cree que ha ganado un premio cuando solo ha recogido mis sobras. La miré fijo una última vez: "Hoy destruyes mi mundo, pero mañana vas a gritar para que yo vuelva a tomar mi lugar".


En cuanto crucé el umbral de salida del hospital, la armadura se desintegró. Bajé las escaleras buscando el parqueo, buscando aire en un mediodía donde el sol de mayo derretía el pavimento. El olor a gasolina y el calor del asfalto se mezclaban con el sabor salado de mis lágrimas. Y ahí, entre el caos de las ambulancias, ocurrió lo increíble.


Un auto entró volando, chirriando los neumáticos contra el cemento con un ruido de agonía. De él bajó un hombre. Era él. Un extraño que marcaría mi destino, aunque en ese momento solo veía un rostro desencajado por el horror. Su mujer agonizaba en urgencias tras un accidente fatal. Yo iba ciega de llanto hacia mi auto y, de pronto, nos rozamos.


Fue solo un segundo de contacto físico, pero sentimos un imán raro, una fuerza magnética que ninguno de los dos había experimentado jamás. Fue como si una barrera invisible de energía se levantara a nuestro alrededor, aislados del ruido exterior. No era atracción sexual, era algo más profundo: una frecuencia idéntica de dolor. Sentí una electricidad que me detuvo en seco, una sensación de que no podíamos romper esa barrera creada por el destino.


Nos miramos. Dos desconocidos con los mundos explotando en mil pedazos. Y sin decir "hola", sin preguntar nombres, nos abrazamos. Nos aferramos el uno al otro con una desesperación animal. Sentí el calor de su chaqueta contra mi mejilla y el pulso acelerado de su corazón chocando contra el mío; en ese abrazo, el tiempo se detuvo y el ruido de las sirenas se volvió un susurro lejano. Nos pusimos a llorar como dos niños perdidos en una feria abandonada. Mis lágrimas de traición se mezclaron con sus lágrimas de muerte. Estábamos atrapados; ese magnetismo nos mantenía anclados, como si soltarnos significara caer al vacío. Finalmente nos separamos y nos fuimos en direcciones opuestas, él hacia su luto y yo hacía mi soledad, pero con esa corriente todavía vibrando bajo la piel.


Al llegar a mi barrio, el contraste me dolió como una bofetada. Es un vecindario tranquilo, de esos donde las casas de tabloncillo están perfectamente alineadas, con sus maderas pulidas y sus jardines que parecen competir en belleza. Era nuestro paraíso particular.


Pero al cruzar el umbral, la atmósfera cambió. El aire era tan denso que parecía pesar una tonelada. Me detuve en el centro de la sala, rodeada de los muebles que elegimos juntos. Las fotos familiares en los marcos me gritaban mentiras: nosotros estábamos sonriendo en las vacaciones de hace dos años, las niñas de pequeñas corriendo por el patio... veinte años de momentos que ahora se sentían como lápidas en un cementerio de recuerdos.


Cuando él llegó a recoger sus maletas, el estallido de los sollozos de mis hijas me desgarró las entrañas. Desde el pasillo, vi sus rostros adolescentes nubados por una confusión que les robaba la luz; se miraban entre ellas, buscando una explicación que no existía. Las sostuve en medio de la tempestad, repitiendo esas mentiras necesarias: "Papá me deja a mí, no a ustedes". Pero yo sabía la verdad: el nido estaba roto y ya sería su papá de calendario.


Los meses siguientes fueron asfixiantes. Él, sintiéndose victorioso, se paseaba con su amante frente a nuestra casa, exhibiéndose como un trofeo. Estaba convencido de que yo, a mis 40 años, sintiéndome gorda y amargada, me quedaría encerrada llorando. Renuncié al hospital para no respirar su mismo aire y busqué refugio cuidando a un anciano, intentando recomponer mi nido en silencio.


Mi hermana me miró fijamente, con esa chispa de quien sabe que la tristeza no me sienta nada bien. Me puso una mano en el hombro y soltó su filosofía de guerra: —Mira, Camila, a mal tiempo, buena cara. Y créeme, ese mal que traes se quita con un buen papasito y un par de tragos.


No tuve tiempo de protestar. Sus amigas ya estaban allí y la música empezó a retumbar en las paredes, llenando el vacío que yo sentía. Roy llegó pronto a recoger las niñas, y con él, la noche terminó de encenderse. Estábamos tomando mis amigas yo, riendo, y cuando empezaron a sonar las notas de Karol G y Shakira, algo en mí simplemente se soltó.


Empecé a cantar a todo pulmón, moviéndome como si el mundo se fuera a acabar mañana. Todas bailábamos en un trance de libertad. Los vecinos de al lado, lejos de quejarse, se quedaron pegados a la cerca mirándonos, fascinados, y en un abrir y cerrar de ojos ya estaban metidos en el "show" con nosotras, celebrando la vida.


En ese momento de euforia, un coche se detuvo frente a la casa.

Vi a un hombre bajarse llevaba una capucha y gorra. Se movía con una calma que contrastaba con nuestro caos. Traía poco equipaje, apenas lo necesario, como alguien que no planea echar raíces o que viene huyendo de algo. La combinación de la música, el alcohol y las palabras de mi hermana hicieron cortocircuito en mi cabeza.


Como una loca, sin pensarlo un segundo, atravesé el espacio que nos separaba.

Llegué hasta él y, antes de que pudiera decir "hola", le planté un beso. Pero no fue un beso cualquiera, de esos de película rosa. Fue un beso cargado de fuego, con una pasión que me quemaba por dentro, un beso de esos que te roban el aire y te dejan los pies clavados en el suelo.


Sentí cómo su cuerpo se tensaba, paralizado por la sorpresa. Durante unos segundos que parecieron eternos, el tiempo se detuvo; la música de fondo se volvió un zumbido lejano. Y entonces, justo cuando pensé que me rechazaría, sentí el cambio. Sus manos buscaron mi cintura y respondió. Me devolvió el beso con la misma intensidad, aceptando este desafío salvaje que yo le estaba lanzando sin siquiera saber su nombre.

Fue un choque brutal. El mundo se detuvo. Los gritos de mis amigas se desvanecieron y la mirada de mi ex marido se congeló. Cuando me separé, vi por un segundo sus ojos bajo la capucha: no había juicio, solo un fuego compartido. Se quedó ahí, inmóvil en la acera, tocándose los labios mientras yo huía hacia mi casa.


La paz duró poco. La puerta de mi sala se abrió de golpe. Mi ex marido entró furioso, con el ego sangrando.


—¡Te picó! —le grité desde el sofá, sintiendo una satisfacción salvaje—. ¡Te arde que ya no sea tu sombra!

—¿Qué fue eso? —rugió él—. ¡Besando a un desconocido frente a nuestras hijas!

—Prepárate, porque en este mundo ya no existes para mí —le espeté.


En un arrebato, intentó acercarse. Quiso besarme, reclamar lo que creía suyo. El silencio en la estancia se volvió ensordecedor, roto solo por su respiración agitada. Lo detuve en seco con una mirada de asco tan pura que lo hizo retroceder.


—¿No te da asco que tenga la baba de otro en la boca? —le pregunté con una sonrisa gélida—. Porque a mí me das asco tú. Aléjate de mí o llamo a tu "esposita" para que venga a recogerte del suelo. En esta casa ya no eres el rey, eres un extraño que se quedó sin trono.


Él se quedó mudo. Por primera vez en meses, los retratos familiares dejaron de dolerme. Estaba lista para construir un nuevo mundo.