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LOS CORAZONES PRESTADOS

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Sinopsis

Hay días en los que te miras y no estás del todo ahí. Te falta algo que no sabes nombrar. Como si una parte de ti perteneciera a otra vida… o a otra persona. Ella también lo sentía. Ese vacío suave, constante, como una ausencia que aprendió a vivir dentro de ella. Hasta que entendió lo peor: no estaba incompleta por accidente. Alguien había estado llevándose partes de ella… sin que lo notara.

Genero:
Scifi
Autor/a:
ann Gaia ✨️
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Capítulo 1 – La gente siempre olvida algo.


La primera vez que Elia vio al hombre de ojos plateados, una mujer comenzó a llorar en medio de la cafetería.

La taza cayó al suelo. El café se extendió entre las baldosas negras mientras la mujer repetía una sola frase:

—No recuerdo su cara.

Elia levantó la vista lentamente.

Todos observaban a la desconocida. Todos menos él.

Sentado junto a la ventana, un hombre contemplaba la lluvia como si el mundo entero no tuviera importancia.

Abrigo negro. Cabello oscuro. Postura tranquila. Y unos ojos imposibles.

Plateados.

No grises. No azules.

Plateados como metal bajo la tormenta.

Elia sintió un escalofrío.

Entonces él la miró.

El aire abandonó sus pulmones.

No sabía por qué aquella mirada le resultaba familiar.

Pero algo dentro de ella reaccionó.

El hombre entrecerró apenas los ojos.

Sorprendido.

Como si también la reconociera.

La mujer seguía llorando.

—Sé que lo amaba… pero no recuerdo quién era.

El hombre dejó dinero sobre la mesa y se levantó.

Elia reaccionó antes de pensar.

—¡Espera! Él se detuvo junto a la puerta.

—¿Sí? Su voz era demasiado tranquila.

Elia tragó saliva.

—¿Qué le pasó a esa mujer?

Él la observó durante unos segundos.

—La gente siempre olvida algo.

Y salió bajo la lluvia.

Elia no sabía por qué sintió la necesidad absurda de seguirlo.

Pero lo hizo.

La ciudad estaba cubierta por niebla azulada y luces de neón reflejadas sobre el pavimento mojado.

El hombre caminaba varios metros delante de ella sin paraguas.

Sin prisa.

Como si perteneciera más a la lluvia que al mundo.

—¡Oye!

Él se detuvo bajo un semáforo rojo.

Cuando volteó hacia ella, parecía cansado.

Profundamente cansado.

—No deberías seguirme.

—Entonces deja de actuar como un asesino misterioso.

Algo parecido a diversión cruzó los ojos plateados.

—¿Eso crees que soy?

—Creo que una mujer empezó a llorar después de mirarte.

El semáforo cambió. Nadie cruzó.

La lluvia cayó con más fuerza.

—¿Cómo te llamas?

—preguntó él.

—Elia.

El hombre se tensó apenas.

Fue mínimo. Pero ella lo vio.

—¿Y tú?

—Cael.

El nombre provocó un extraño eco dentro de su pecho.

Cael sostuvo su mirada unos segundos.

—Deberías irte a casa, Elia.

—¿Por qué?

—Porque hay personas peligrosas en esta ciudad.

Ella cruzó los brazos.

—¿Incluyéndote?

Una sombra atravesó su expresión.

—Especialmente incluyéndome.

Entonces apareció un hombre tambaleándose desde la esquina opuesta.

Llevaba sangre en la boca y los ojos completamente abiertos.

Miró directamente a Cael.

—Tú…

El aire cambió.

La temperatura descendió de golpe.

El desconocido señaló a Cael con mano temblorosa.

—Me la quitaste.

Elia sintió un nudo helado en el estómago.

—¿Qué demonios…?

—Vete a casa

—dijo Cael sin apartar la vista del hombre.

—No pienso—

—Ahora.

La voz vibró dentro de ella como una orden imposible de ignorar.

El desconocido empezó a avanzar.

—¡Devuélvemela!

Y sacó un cuchillo.

Todo ocurrió demasiado rápido.

El hombre se lanzó hacia Cael.

Pero Cael se movió como una sombra.

Un parpadeo.

Y el atacante ya estaba inmovilizado contra la pared.

El cuchillo cayó al suelo.

Elia abrió los ojos.

No había visto a Cael desplazarse.

Simplemente apareció allí.

Sujetando al desconocido por el cuello.

Los ojos plateados brillaban débilmente.

—No deberías haber venido

—murmuró. El hombre comenzó a llorar.

—Solo quiero recordarla.

Entonces ocurrió algo imposible.

Pequeñas luces doradas empezaron a salir de su pecho.

Como hilos luminosos.

Recuerdos.

Elia no sabía cómo lo sabía. Pero lo supo.

Las luces flotaron hacia Cael.

Él cerró los ojos lentamente.

Como si estuviera inhalando algo adictivo.

El atacante dejó de resistirse.

Su expresión se volvió vacía.

—¿Quién era…? —susurró.

Cael abrió los ojos de golpe.

Y vio a Elia.

Maldición.

Eso decía su mirada.

Elia retrocedió.

—¿Qué eres tú?

Cael soltó al hombre inmediatamente.

—No deberías haber visto esto.

—Le robaste algo.

—No.

—¡Lo vi!

Cael caminó hacia ella.

Despacio.

Cada paso hacía que el aire pareciera más pesado.

Elia quiso correr. No pudo.

Cael se detuvo frente a ella.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

Olía a humo, lluvia y papel antiguo.

—Escúchame atentamente

—murmuró—.

Vas a irte a casa. Vas a olvidar esta noche. Y no volverás a buscarme.

Elia sintió una presión extraña dentro de la cabeza.

Como dedos invisibles moviéndose entre sus pensamientos.

Cael sostuvo su mirada.

—Olvida.

Algo chocó dentro de ella.

Un golpe seco.

Después… nada.

Elia parpadeó.

La calle volvió a enfocarse.

La lluvia. Los coches. La ciudad. Y Cael.

Seguía allí.

Los ojos plateados se abrieron apenas. Sorprendido.

No había funcionado.

—Eso no es posible —susurró.

—¿Qué me hiciste?

Cael levantó lentamente una mano.

Sus dedos rozaron la sien de Elia.

El contacto fue helado.

Entonces imágenes desconocidas explotaron dentro de su cabeza.

Un faro bajo la nieve. Un cementerio vacío. Miles de voces susurrando nombres olvidados. Y Cael.

Solo.

Siempre solo.

Elia apartó su mano de golpe.

—¿Qué demonios fue eso?

Cael parecía igual de afectado.

Retrocedió un paso.

—No puede estar pasando otra vez.

—¡Deja de decir eso!

El hombre del suelo se levantó tambaleándose. Confundido.

—¿Dónde estoy?

Cael ni siquiera lo miró.

Toda su atención seguía fija en Elia.

—¿Quién eres tú realmente?

Ella soltó una risa nerviosa.

—¿Perdón?

—No puedo entrar en tu mente.

Silencio.

La lluvia golpeó los edificios.

El corazón de Elia empezó a latir demasiado rápido.

—Eso es imposible.

—Sí.

La forma en que lo dijo sonó terrible.

Como alguien acostumbrado a aceptar imposibles.

Cael rozó nuevamente su muñeca.

Nada ocurrió.

Los ojos plateados se oscurecieron.

—Nada…

Por alguna razón, aquello pareció herirlo.

Elia debería haberse marchado.

Debería haber corrido.

Pero permaneció allí.

Porque debajo del miedo había otra cosa.

Tristeza.

Cael parecía terriblemente solo.

—¿Qué eres?

—preguntó otra vez.

Él sonrió apenas.

Una sonrisa rota.

—Alguien que debería mantenerse lejos de ti.

Entonces un crujido atravesó la calle.

Cael giró la cabeza inmediatamente.

Toda su postura cambió.

Depredador.

Al final del callejón había una mujer observándolos.

Alta. Pálida. Vestida completamente de blanco.

Sus ojos eran negros.

Completamente negros.

Elia sintió terror instantáneo.

La desconocida sonrió.

—Así que eras real.

Cael dio un paso delante de Elia.

Protegiéndola.

—No. La mujer inclinó la cabeza.

—Después de tantos años pensé que la habías imaginado.

Elia miró entre ambos.

—¿De qué están hablando?

Nadie respondió.

La mujer observó a Elia como si fuera algo raro.

—El Consejo querrá verla.

Elia sintió un escalofrío.

Consejo.

Aquello sonaba demasiado peligroso.

La mujer dio un paso adelante.

Y un dolor brutal atravesó el pecho de Elia.

Como si alguien intentara arrancarle un recuerdo.

Se dobló ligeramente.

Cael reaccionó al instante.

Las sombras alrededor de él explotaron.

Las farolas parpadearon.

Y por primera vez Elia vio lo que realmente era.

Sombras.

Miles de sombras moviéndose bajo su piel.

Voces.

Recuerdos ajenos viviendo dentro de él.

La mujer de blanco retrocedió.

Sorprendida.

—La estás defendiendo.

Los ojos plateados brillaron.

—Te dije que te fueras.

La mujer sostuvo su mirada unos segundos.

Después sonrió lentamente.

—Esto terminará muy mal.

Y desapareció.

Simplemente dejó de estar allí.

Elia sintió que las piernas le fallaban.

Cael la sostuvo antes de que cayera.

El contacto envió un escalofrío eléctrico por todo su cuerpo.

Quedaron demasiado cerca.

El rostro de Cael estaba a centímetros del suyo.

Y entonces el dolor atravesó su expresión.

Como si tocarla lo estuviera lastimando.

—No puede estar pasando otra vez

—susurró.

—¿Qué cosa?

Los ojos plateados descendieron hacia ella.

Y Elia sintió siglos enteros dentro de aquella mirada.

—Tú.

Antes de que pudiera responder, Cael soltó su mano.

Retrocedió.

Volviendo a levantar muros invisibles entre ambos.

—Escúchame bien, Elia.

La forma en que dijo su nombre hizo que algo temblara dentro de ella.

—Si vuelves a verme, debes correr.

—¿Por qué?

Cael sostuvo su mirada unos segundos.

Después dijo algo que hizo que el corazón de Elia se detuviera.

—Porque la última vez que te amé… destruyó a los dos.

Y desapareció entre la lluvia.

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