Capítulo 1
El sol de la mañana se filtraba a través de los ventanales de la cocina de diseño abierto, bañando las encimeras de cuarzo blanco con una luz dorada y cálida. El aire estaba saturado con el aroma embriagador de un desayuno digno de campeones: tocino crujiente chisporroteando en la sartén, huevos revueltos con espinacas y queso, y el olor profundo y tostado de un café recién hecho. En el centro de este santuario culinario se encontraba Siegfried.

El hombre, cuya sola presencia solía irradiar la majestuosidad de un mito antiguo, se movía ahora con una gracia terrenal y devota. Llevaba puesto únicamente un pantalón de chándal gris oscuro que colgaba peligrosamente bajo en sus caderas, delineando la pronunciada 'V' de su abdomen y resaltando cada centímetro de su musculatura esculpida. Su largo cabello rubio recogido en una coleta desordenada, caía sobre su espalda ancha. Estaba concentrado, manejando las espátulas y sartenes con la misma precisión con la que alguna vez habría empuñado un arma, pero esta vez, su único objetivo era mimar a la mujer que había conquistado su alma.
A sus pies, sentado con una paciencia expectante y la lengua ligeramente de fuera, estaba el inmenso American Bully de la pareja.

El perro, una mole de músculos grises con el pecho blanco y marcas canelas, seguía cada movimiento de Siegfried con ojos muy abiertos, esperando que algún trozo de carne cayera accidentalmente. Siegfried sonrió, tomando un grueso trozo de tocino y arrojándoselo al aire. El perro lo atrapó en un instante, tragándolo sin masticar y soltando un leve gruñido de satisfacción.
—Paciencia, chico —murmuró Siegfried con su voz profunda y resonante, acariciando la enorme cabeza del animal—. Tu madre bajará pronto, y entonces comeremos todos.
Mientras tanto, en el piso superior, Bakhar Nabieva ya estaba despierta. Había salido de la ducha hacía un rato y se encontraba de pie en el descanso de las escaleras de diseño moderno. Llevaba su cabello oscuro, lacio y larguísimo, cayendo como una cascada de seda negra por su espalda hasta rebasar su cintura. Una banda elástica de color rosa pálido recogía los mechones de su frente, enmarcando ese rostro de facciones exóticas y afiladas de Azerbaiyán, decorado con el pequeño tatuaje de un corazón junto a su ojo izquierdo y el brillante piercing en su nariz.
Su atuendo era la mezcla perfecta entre la comodidad hogareña y la exhibición de su abrumador físico. Llevaba un crop top gris oscuro, de tela tan fina y ceñida que actuaba como una segunda piel, abrazando la curva de sus pechos y dejando al descubierto su abdomen tonificado y el intrincado tatuaje de mandala que adornaba su cuello y clavículas. En la parte inferior, vestía unos pantalones de pijama grises y holgados, cubiertos con estampados de cómics de Marvel —Rostros de Spider-Man, Hulk, Thor y Black Panther—. A pesar de ser holgados, la tela caía de tal forma que no podía ocultar la monumental densidad de sus muslos y sus nalgas, producto de años de disciplina de hierro. Iba descalza, con sus uñas pintadas de un blanco impecable.
Bakhar apoyó los brazos sobre los delgados barrotes de metal negro de la barandilla de la escalera. Desde esa posición elevada, se tomó un momento en silencio, simplemente para observar a Siegfried. Sus oscuros ojos lo recorrían con una mezcla de adoración absoluta y un deseo carnal que nunca parecía saciarse. Ver a esa montaña de hombre, tan fiero, tan imponente, cocinando para ella en la intimidad de su hogar, le derretía el corazón.
Siegfried, poseedor de unos sentidos agudizados, sintió el peso de su mirada. Dejó la espátula sobre la encimera y se giró lentamente. Al alzar la vista y encontrar los ojos de Bakhar asomándose por la barandilla, con una sonrisa suave, cargada de una ternura que reservaba exclusivamente para ella, iluminó su rostro marcado.
—Buenos días, mi reina —saludó él, su voz llenando el espacio de la casa con un timbre cálido y protector.
Bakhar sonrió, sus labios gruesos curvándose en un gesto juguetón mientras apoyaba la barbilla en sus manos tatuadas.
—Buenos días, grandulón —ronroneó ella, su voz teniendo ese tono rasposo y seductor recién sacado de la cama—. Huele increíble ahí abajo.
—Todo está casi listo para ti y para la bestia tragona que tengo aquí al lado —respondió Siegfried, señalando al perro que ahora movía la cola al escuchar la voz de Bakhar.
Bakhar se enderezó. En lugar de caminar por los escalones de madera como una persona normal, su espíritu hiperactivo y juguetón tomó el control. Echó una pierna por encima del grueso barandal metálico de color negro. La tela de sus pantalones de Marvel se ajustó contra el metal frío.
Siegfried arqueó una ceja, adivinando sus intenciones al instante. En un par de zancadas largas y silenciosas, cruzó el espacio desde la cocina hasta el pie de la escalera, plantándose con firmeza, con los pies separados y los brazos listos.
—¿Vas a saltarte los escalones otra vez? —preguntó él, con un tono de falsa advertencia, aunque el brillo en sus ojos delataba su anticipación.
—¿Para qué caminar si me vas a atrapar de todos modos? —desafió Bakhar con una sonrisa pícara.
Sin esperar respuesta, se dejó resbalar. El descenso fue rápido, una ráfaga de cabello oscuro, tela gris y músculos en movimiento. Al llegar al final de la barandilla, Bakhar se dejó caer hacia adelante, confiando ciegamente en él.

Siegfried no titubeó. Sus grandes y callosas manos se extendieron y la atraparon en el aire con una facilidad asombrosa. Pero no la agarró por la cintura. Sus palmas, amplias y fuertes, se cerraron con firmeza y posesión directamente sobre la inmensa y firme curvatura de las nalgas de Bakhar. La tela del pantalón de pijama apenas fue una barrera entre el calor de la piel de ella y el agarre dominante de él. Siegfried apretó sus dedos contra la densidad de sus nalgas, absorbiendo el impacto de su cuerpo contra el suyo con un sordo sonido de piel contra piel.
Bakhar soltó una carcajada ronca, encantada por la firmeza del agarre. En el instante en que sus cuerpos chocaron, ella aprovechó el impulso. Rodeó el grueso cuello de Siegfried con sus brazos, entrelazando sus dedos tatuados en el largo cabello de la nuca del hombre. En lugar de pedirle que la bajara, se acomodó contra él. Sus pies descalzos colgaban a los lados de las caderas de Siegfried.
Con un movimiento fluido y cargado de intención explícita, Bakhar arqueó la zona lumbar. Presionó su pelvis directamente contra la de él y comenzó a moverse. Fue un 'twerking' lento, pesado y deliberado. Sus formidables nalgas se movieron en las manos de Siegfried, mientras ella friccionaba su centro contra la entrepierna del pantalón de chándal gris de él.
Siegfried dejó escapar un gruñido bajo, gutural, que vibró en su pecho. El agarre en las nalgas de Bakhar se volvió casi dolorosamente firme, amasando la carne musculosa mientras sus pulgares se hundían en los costados de sus caderas. A través de la delgada tela de los pantalones de ambos, Bakhar pudo sentir la respuesta inmediata de Siegfried; la dura y caliente longitud despertando y endureciéndose rápidamente contra su vientre inferior a cada roce de sus caderas.
Ella bajó la mirada, sus ojos conectando con los de él, encendidos ahora por una llama cruda y primitiva.
—Mmm... alguien amaneció feliz de verme —susurró Bakhar contra sus labios, moviendo sus caderas en un círculo lento, frotándose exactamente donde él más lo sentía.
—Tú tienes la culpa por provocarme antes del desayuno —respondió Siegfried, su voz ahora un susurro áspero y cargado de lujuria.
Sin darle tiempo a replicar, Siegfried acortó los milímetros que separaban sus bocas. Sus labios chocaron en un beso hambriento, húmedo y dominante. Bakhar abrió la boca, permitiendo que la lengua de él explorara y reclamara cada rincón, saboreando el ligero rastro a café y la calidez natural de su aliento. Ella le devolvió el beso con la misma ferocidad, moviendo sus manos desde el cabello de Siegfried para acariciar la dureza de sus hombros y la amplitud de sus pectorales desnudos, gimiendo suavemente en su boca mientras no dejaba de mover su pelvis contra su entrepierna.
El tiempo pareció detenerse en ese rincón de la casa, reduciendo el universo entero a la fricción de sus cuerpos, el calor que irradiaban y el sonido húmedo de sus bocas devorándose mutuamente. El perro, ajeno a la intensidad sexual de sus dueños, soltó un ladrido corto y un gemido desde la cocina, recordando que la comida en el fuego no esperaba a nadie.
Siegfried rompió el beso con lentitud, jadeando ligeramente, manteniendo su frente apoyada contra la de Bakhar. Le dio un último y posesivo apretón en los glúteos antes de deslizarla suavemente hacia el suelo.
—Si no te suelto ahora mismo, el desayuno se va a quemar, y terminaremos haciéndolo en la encimera —dijo él, con una sonrisa torcida, intentando calmar el ritmo de su respiración.
Bakhar rió, acomodándose el crop top que se había subido ligeramente por el movimiento. Se mordió el labio inferior, mirándolo con adoración.
—Bueno, eso no suena como un mal plan, la verdad —bromeó ella, caminando detrás de él mientras Siegfried regresaba a los fogones para salvar los huevos—. Pero bien, tengo hambre. ¿Te ayudo en algo? Déjame servir los platos o preparar los batidos de proteínas.
Se acercó a él, extendiendo las manos para tomar la espátula. Pero Siegfried fue más rápido. Con una agilidad que contrastaba con su enorme tamaño, la tomó por la cintura con una mano, deteniéndola, y con su mano libre le apartó suavemente un mechón de cabello negro que había escapado de la banda rosa.
—Ni se te ocurra —le dijo con voz suave pero inflexible, mirándola a los ojos con esa devoción inquebrantable que la volvía loca—. Hoy es tu día libre. Tu cuerpo necesita descanso de los entrenamientos. Solo quiero que te sientes ahí y te relajes. Eres mi reina, Bakhar. Hoy, yo te sirvo a ti en todo.
Bakhar sintió un escalofrío de puro placer recorriendo su espina dorsal. A pesar de ser una mujer increíblemente fuerte, independiente y dominante en muchos aspectos de su vida, la manera en que Siegfried tomaba el control para cuidarla y protegerla la derretía por completo. Se rindió con una sonrisa complacida y asintió.

—Está bien, jefe. Lo que usted ordene —dijo dándole un besito rápido de puntillas para alcanzar sus labios, y dándose la vuelta y caminando hacia la isla de la cocina. Se sentó en uno de los altos taburetes modernos, subiendo las piernas para abrazar sus rodillas por un momento, observando cada movimiento de los músculos de la espalda de su hombre mientras él trabajaba. Cerca de ella, un jarrón de cristal con flores frescas y rosadas añadía un toque de color a la escena monocromática de la cocina.
Siegfried terminó con rapidez. Primero, llenó un enorme tazón de metal con comida para perros de alta calidad, mezclando un par de huevos crudos y restos de tocino, y lo colocó en el suelo para el inmenso Bully, que atacó el plato como si llevara días sin comer.
Luego, sirvió la comida humana. Dos platos rebosantes de nutrientes y energía. Caminó hacia la isla y colocó uno de los platos frente a Bakhar, junto con una taza de café humeante preparado exactamente como a ella le gustaba.
Se quedó de pie frente a ella, apoyando sus grandes manos sobre la superficie de cuarzo de la isla. Bakhar miró el plato y luego levantó la vista hacia él. Sus ojos brillaban. No importaba cuánto tiempo llevaran juntos, los detalles, la protección y el inmenso amor que él le profesaba la impactaban como el primer día.
—Gracias, mi amor. Se ve perfecto —susurró ella, su voz temblando ligeramente por la emoción.
Siegfried no respondió con palabras. En lugar de eso, rodeó la isla de la cocina a paso lento y decidido. Bakhar giró en el taburete para encararlo, separando un poco sus muslos de forma instintiva para dejarle espacio.
Él se detuvo justo entre sus piernas. Sus manos subieron para ahuecar el rostro de Bakhar, sus pulgares acariciando con extrema delicadeza los pómulos marcados de la mujer, rozando el tatuaje del corazón bajo su ojo. Bakhar cerró los ojos, inclinándose hacia el calor de sus palmas, sintiéndose infinitamente pequeña y segura en el agarre del hombre.
Siegfried se inclinó hacia delante. Esta vez, el beso no fue urgente, ni fue un juego salvaje de fricción. Fue lento. Profundo. Cargado de una pasión aplastante, posesiva y, sobre todo, de un amor absoluto. Sus labios se movieron sobre los de ella con maestría, tomando su tiempo, saboreando cada gemido ahogado que escapaba de la garganta de Bakhar. Ella envolvió sus brazos alrededor del torso desnudo de Siegfried, sintiendo el calor de su piel, el relieve de sus músculos y las viejas cicatrices de su espalda bajo la punta de sus dedos. El beso se profundizó, sus lenguas entrelazándose en una danza húmeda y lenta, Siegfried, todavía de pie entre los muslos de Bakhar, apretó su agarre sobre el rostro de ella, ya no acariciando, sino sosteniéndola firme, como si quisiera devorar su esencia a través de ese contacto.
La lengua de Siegfried penetró la boca de Bakhar con un ritmo profundo y dominador. Bakhar respondió con igual ferocidad; un gemido vibrante nació en el fondo de su garganta, ahogado contra los labios de él. Sus manos, que descansaban sobre los hombros desnudos de Siegfried, bajaron por sus pectorales, sus uñas trazando líneas invisibles sobre la dura musculatura, buscando aferrarse a algo sólido mientras el mundo parecía tambalearse bajo la embestida de su pasión.
Siegfried rompió el beso solo lo suficiente para respirar, su aliento caliente y áspero chocando contra los labios húmedos de Bakhar.
—Eres mía —gruñó él, con esa voz profunda que retumbaba en su pecho y que siempre lograba enviar escalofríos por la espina dorsal de la mujer. No era una pregunta, era una afirmación absoluta, dictada con la misma convicción con la que habría reclamado una victoria en batalla.
—Tuya —susurró ella de vuelta, sus ojos oscuros, normalmente tan fieros, ahora dilatados y nublados por la niebla del deseo. Su respiración era entrecortada, y su pecho subía y bajaba con rapidez, empujando la fina tela gris de su crop top.
Siegfried bajó la mirada, fijándose en la elevación de su pecho. Con un movimiento deliberado y pesado, soltó el rostro de Bakhar. Sus grandes manos descendieron por su cuello, trazando la línea de su clavícula tatuada, hasta posarse sobre la suave y firme curva de sus tetas.
El contraste era evidente y embriagador. Sus palmas gigantes y callosas cubrían casi por completo las tetas de Bakhar, apresándolas a través de la delgada tela del top. Siegfried apretó con firmeza, sus dedos amasando la carne con una presión que oscilaba entre la reverencia y una posesión cruda.
Bakhar arqueó la espalda, buscando presionar aún más sus tetas contra las palmas de él. Soltó un suspiro trémulo y largo, cerrando los ojos con fuerza. La sensación del calor de sus manos, la rudeza de sus callos rozando sus pezones ya endurecidos bajo la ropa, disparó un latigazo de calor directo hacia su vientre.
Los pulgares de Siegfried encontraron la cima de sus tetas, frotando y pellizcando los botones rígidos a través de la fina barrera de algodón gris. Él no era delicado; sabía exactamente cuánta fuerza aplicar para arrancar esos sonidos desesperados de la garganta de ella. Y Bakhar lo amaba así. No quería delicadeza, quería la fuerza arrolladora de su hombre.
—Mírate —susurró él, bajando la cabeza para dejar un beso húmedo y ardiente en la curva de su cuello, justo sobre el tatuaje de mandala—. Estás ardiendo para mí.
Las manos de Bakhar subieron rápidamente, agarrando las gruesas muñecas de Siegfried, pero no para detenerlo, sino para mantenerlo allí. Sus caderas, de manera instintiva, comenzaron a moverse en un leve vaivén sobre el taburete. El roce de sus propios pantalones de pijama empezaba a resultar insoportable frente a la humedad creciente en su vagina.
Siegfried sintió ese sutil movimiento de caderas. Una sonrisa depredadora curvó sus labios. Sin previo aviso, deslizó una de sus manos desde su pecho derecho, trazando un camino lento y tortuoso por el centro de su vientre desnudo y tonificado. Sus dedos bajaron bajo el elástico de sus pantalones de Marvel.
El contacto repentino de sus dedos directamente contra su vagina húmeda la hizo jadear con fuerza. Bakhar se aferró a los hombros de Siegfried, sus uñas clavándose ligeramente su piel.
Siegfried ignoró la débil tela interior, usando dos dedos para encontrar directamente el centro palpitante y húmedo de Bakhar. La respuesta fue inmediata. Ella estaba empapada, lista, traicionada por su propia anticipación desde el momento en que había bajado las escaleras.
—¿Tan rápido, mi reina? —murmuró él, su tono burlón pero ronco de deseo.
No esperó respuesta. Su pulgar encontró su clítoris, mientras sus dedos índice y medio se hundieron en su interior con un empuje suave pero firme.
Bakhar soltó un quejido agudo, coloco la cabeza cayendo hacia atrás. El taburete crujió bajo ella mientras sus piernas se separaban aún más, sus rodillas rozando las caderas de Siegfried. El movimiento de la mano de él era rítmico, constante, inyectando oleadas de puro fuego a través de sus terminaciones nerviosas.
Siegfried conocía su cuerpo mejor que nadie. El pulgar presionaba y frotaba en círculos apretados, mientras sus dedos entraban y salían, copiando un ritmo primario que hacía que Bakhar perdiera cualquier rastro de compostura. La rudeza de sus dedos en contraste con la sensibilidad húmeda de ella era una combinación letal.
—Siegfried... ah... —jadeó Bakhar, su voz casi irreconocible, rota por el placer. Su cuerpo se tensaba como la cuerda de un arco bajo la habilidad de su mano.
Él la observó desde arriba, sus ojos devorando el espectáculo de su sumisión. El rostro de ella, habitualmente tan seguro y afilado, estaba descompuesto por el éxtasis. Sus labios estaban entreabiertos, tomando aire desesperadamente, y la banda rosa que recogía su cabello oscuro contrastaba con la ferocidad del momento.
—Dímelo —exigió él, inclinándose para morder ligeramente el lóbulo de su oreja, mientras aumentaba la velocidad y la presión de sus dedos—. Dime lo que quieres.
Bakhar temblaba, sintiendo la tensión acumulándose rápidamente en su bajo vientre, una tormenta a punto de estallar. Sus manos bajaron desde sus hombros hasta aferrarse desesperadamente a la cintura de él, tirando de él hacia su cuerpo.
—A ti... te quiero a ti... —logró articular entre jadeos, sus caderas alzándose para encontrar sus dedos a cada empuje—. Ahora.
Siegfried soltó una risa ronca, sacando sus dedos y rompiendo el contacto. El aire frío golpeó la piel expuesta de Bakhar, haciéndola gemir de frustración. Ella abrió los ojos, mirándolo con una mezcla de súplica y enojo genuino.
Pero la mirada de Siegfried no daba lugar a bromas. Estaba tan consumido por el deseo como ella. Sin apartar los ojos de los suyos, él retrocedió un paso, y sus manos se movieron rápidamente hacia su propio chándal gris.








