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Esperemos otro abril

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Sinopsis

Ella nació para heredarlo todo. Él nació para trabajar la tierra. Su conexión romperá todas las reglas... pero el precio de la libertad podría romper sus corazones. Para el mundo, Clarissa es la sumisa heredera de un prestigioso imperio vinícola. Para Davide, ella es la luz en medio de una vida marcada por el trauma, el luto y el trabajo duro. Lo que empieza como un encuentro bochornoso se convierte en un refugio secreto donde las heridas del pasado finalmente empiezan a sanar. Decidida a cambiar el destino de Davide, Clarissa logra que su familia patrocine su talento, sin imaginar que al abrir esa puerta desenterrará los prejuicios más oscuros de su entorno. Las clases sociales chocan, los traumas emergen y la sinceridad de su amor se convierte en su mayor peligro. Están creciendo juntos, pero el tiempo corre al revés. Una separación inminente los acecha en la sombra. Cuando llegue el momento de elegir entre el deber familiar y el alma que te salvó... ¿quién dará el primer paso hacia el dolor?

Genero:
Romance
Autor/a:
Maurinmy
Estado:
hace 3 meses
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

-Se le recomienda al lector escuchar:“Rêverie, L. 68:Rêverie.” Mientras lee la obra.-

Capítulo I

En un enorme viñedo al norte de Italia, a mediados del siglo XIX, un sol abrasador baña por completo de tonos dorados todo a su alcance. El olor a uvas fermentadas inunda por completo el lugar; a donde quiera que vayas, ese olor te acompañará.

Clarissa, una niña de apenas 16 años, se pasea con emoción por los enormes caminos dentro del viñedo. Observa todo, cada uva y cada planta; es lo que más disfruta de los fines de semana.

Hay una mezcla de jornaleros y campesinos recogiendo y recolectando las uvas, pues es época de cosecha, y este año se ha dado bastante bien.

—Los sábados parece, incluso, haber más calor.

Exclama Clarissa, extenuada por la larga caminata bajo el sol. Se deja caer en el suelo; un par de hojas de un arbusto la cubren un poco del sol. Justo cuando se dispone a abrir un chocolate de su envoltorio, nota un par de pies a su lado. De inmediato alza la mirada con los ojos entrecerrados por el sol.

Se sorprende al descubrir que la persona que trabajaba a su lado no era más que un joven que lucía de su edad.

Se pone de pie en un par de segundos, asombrada por la apariencia tan joven del chico.

—¿Eres jornalero?... Nunca te había visto por aquí.

El chico ni se inmuta, ni siquiera voltea sus ojos hacia Clarissa. Continúa cosechando con algo de brusquedad.

—¿Y tus papás? ¿Te dejan trabajar aquí?

El chico no parece tener intenciones de responder.

—¿Cuántos años tienes? Luces joven... Yo tengo 16, cumplí años el mes pasado y mi pastel fue de frambuesas, aunque para ser sincera prefiero el chocola—

—¿Podrías callarte y dejarme trabajar?

Por primera vez el chico se da vuelta para mirarla. Está enojado, claro, pero lo ha hecho, y Clarissa ha quedado flechada.

Se queda de pie, admirando al joven, de tez morena pero no por completo; su piel lucía casi dorada, al igual que su cabello, y sus ojos... verdes agua, amenazantes y filosos, pero por completo hermosos.

De inmediato Clarissa se vuelve un manojo de nervios; solo puede decir un par de palabras, para nada coherentes.

—Sí... yo... me iba.

Se da la vuelta y camina con pasos torpes. De repente se detiene, se gira hacia el chico y en el bolsillo de su pantalón coloca su preciado chocolate suizo. (Su favorito; su padre se lo había traído de un viaje a Suiza hace días y no quería comerlo por lástima a desperdiciarlo o no poder disfrutarlo bien. Pero ahora quería por completo dárselo a ese chico que acababa de conocer).

De inmediato, él mira a Clarissa con confusión y algo de enojo, incluso, debido a que ha puesto algo en su bolsillo sin su permiso. Al bajar la mirada y notar lo que es, la confusión en su rostro se evapora al instante: solo queda enojo. Lo saca con desdén y, mirando a Clarissa con ojos fríos, niega:

—No puedo pagar algo así.

La timidez de Clarissa pasa a segundo plano y rápido afirma:

—¡No, no! Es para ti, no tienes que darme nada a cambio.

Él se acerca a ella y, con mirada vacía, toma las manos de Clarissa y envuelve el chocolate entre ellas mientras murmura:

—No quiero probar algo que nunca podré pagar... Ahora regresa a casa si no quieres que el sol lo derrita.

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