Capítulo 1: Un día de lo imposible
—Hace quinientos años, cuando los Guardianes aún caminaban por el mundo y el poder que dio origen a todo lo que conocemos hoy todavía existía en su forma verdadera...
La voz profunda y solemne del narrador resonó como si viniera de la nada, con el tono justo para iniciar una gran historia antigua. Pero apenas había pronunciado la primera frase, cuando un grito lleno de energía, entusiasmo y mucha indignación la cortó en seco.
—¡ESO ES EXACTAMENTE CIERTO! ¡Y QUIEN DIGA LO CONTRARIO ESTÁ TOTALMENTE EQUIVOCADO!
La narración murió ahí mismo.
—¡RETRÁCTATE, ANASTASIA, ¡RETRÁCTATE AHORA MISMO!
El lugar donde estaban no era cualquier parte de la inmensa estación de Arcadia Central. Se trataba del andén exclusivo de la Academia Saint Aurora, una zona restringida y resguardada por medidas de seguridad, reservada únicamente para las alumnas, el personal y las autoridades. En ese momento, estaba prácticamente vacío de gente ajena; solo unas pocas estudiantes esperaban, conversando en voz baja, mientras las pantallas holográficas flotantes mostraban los datos del próximo viaje, gólems mecánicos de diseño elegante vigilaban los alrededores y runas luminosas recorrían los bordes de las vías, funcionando con la magia que todos conocían y usaban hoy en día. Era un lugar ordenado, tranquilo y solemne... al menos, hasta que la presidenta del consejo estudiantil decidió hacer una declaración pública.
En el centro de toda la atención estaban ellas dos, con una presencia que contrastaba tanto como el fuego y el hielo.
Akane Saionji, dieciocho años, japonesa, presidenta del Consejo Estudiantil.
Se paró en medio del pasillo con las manos en la cintura, la cabeza bien alta y los ojos brillando con una intensidad que parecía que iban a empezar a echar chispas en cualquier momento. Su belleza era inconfundible: piel pálida, suave y perfecta como la porcelana, y unos ojos grandes de un rojo carmesí profundo y ardiente, que eran el reflejo exacto de su personalidad. Su cabello negro azabache caía en ondas largas y sedosas hasta la altura de su espalda, con ese mechón blanco característico que le nacía cerca de la frente, resaltado con pequeños adornos dorados y cintas. Vestía con orgullo el uniforme oficial: una chaqueta corta negra con bordados complejos en hilo dorado que formaban figuras de enredaderas y estrellas, sobre una blusa blanca de cuello alto y corbata fina, una falda recta negra y medias oscuras con detalles de encaje. En su pecho lucía el broche distintivo de su cargo: un escudo dorado con una gema roja en el centro que palpitaba levemente con luz propia, y en su manga izquierda, la insignia con el diseño de telaraña y estrellas que todos conocían.
Akane estaba en su elemento. Para ella, hablar de los Guardianes, de los relatos antiguos, de lo que sucedió hace siglos, no era una simple charla: era como escuchar o contar su cuento favorito, con toda la emoción, los gestos exagerados, la voz que subía de tono y esa expresión de absoluta fascinación y devoción que se le pintaba en la cara. Todos en la Academia conocían esa faceta suya; nadie se sorprendía al verla así, con los ojos muy abiertos, moviendo las manos rápidamente mientras explicaba detalles que solo ella parecía conocer o deducir, hablando con la misma ilusión y convicción de una niña pequeña defendiendo lo que más ama en el mundo.
Sostenía contra su pecho un libro antiguo, de tapas gruesas y grabados dorados, lo apretaba con fuerza como si fuera la prueba definitiva de toda la verdad del universo.
Frente a ella, recostada con toda la tranquilidad del mundo contra una columna de mármol y mirando una tableta mágica con la pantalla iluminada, estaba Anastasia Orlova, dieciocho años, rusa, vicepresidenta del Consejo Estudiantil y conocida en toda la academia como el Genio del Hielo.
Si Akane era fuego y pasión, Anastasia era calma y lógica pura. Su cabello rubio platino caía en una cascada perfecta, lisa y brillante, sobre sus hombros y espalda, adornado con detalles azules que parecían copos de nieve o escarcha recién formada. Sus ojos eran de un azul profundo y cristalino, fríos y analíticos, inteligentes y siempre atentos, aunque en ese momento expresaban una paciencia infinita mezclada con una ligera resignación que solo ella sabía poner. Su piel era muy clara, casi translúcida, dándole un aire etéreo y distante. Vestía el mismo uniforme que su compañera, pero en ella todo lucía impecable, perfectamente alineado y elegante: su broche era una joya con forma de copo de nieve hecha de plata y zafiros, y su porte era el de alguien que siempre tiene el control de todo... menos de las explosiones de su presidenta.
—¡Dije que eso es verdad! —insistió Akane, dando un paso adelante y acercándose mucho a Anastasia, señalando el libro con el dedo índice—. ¡Hace quinientos años, los Guardianes caminaron aquí mismo! ¡Poseían una fuerza y un poder que hoy ni siquiera podemos imaginar! ¡Lo que nosotros llamamos magia ahora no es más que un residuo, una pequeña evolución de esa energía inmensa que ellos dominaban a la perfección! ¡Y este libro lo dice, mira, mira aquí! —lo abrió de golpe y comenzó a pasar las páginas rápidamente, casi saltando de la emoción—. “...y su poder era tal que podían cambiar el curso de las batallas con un solo gesto, desafiar a las fuerzas de la naturaleza y proteger el equilibrio de todo lo existente...” ¡Lo dice clarísimo! ¡Eran increíbles, eran maravillosos, eran...!
—...eran personajes de historias que se han ido deformando con el paso de los siglos —la interrumpió Anastasia sin levantar la vista de su aparato, con una voz suave, pausada y absolutamente tranquila—. Akane, seamos realistas. Lo que hoy leemos son relatos mezclados, exagerados y transformados por generaciones y generaciones que contaron lo que escucharon sin entenderlo. Nadie conoce los detalles verdaderos de lo que pasó hace 500 años. Nadie sabe realmente quiénes eran, qué hacían ni cómo funcionaba ese poder del que hablan. Lo único que sabemos a ciencia cierta es que lo que usamos hoy es una versión mucho más débil, evolucionada con el tiempo, pero nada que se parezca a lo que cuentan esas leyendas. Todo lo demás... es misterio. Es mito.
Akane se quedó parada en seco, parpadeando un par de veces, y luego su boca se abrió en una expresión de pura indignación, como si acabara de escuchar el mayor insulto de la historia.
—¡¿Cómo puedes decir eso!? —exclamó, llevándose ambas manos al pecho, con los ojos muy abiertos y brillantes, casi al borde de las lágrimas por la emoción— ¡Quizás los detalles se hayan mezclado, quizás se hayan perdido cosas, pero la esencia es verdad! ¡Existieron, Anastasia! ¡Existieron de verdad! —bajó el libro un momento y señaló al aire con el dedo, muy seria y solemne—. Se dice que hubo sucesos que cambiaron el destino del mundo, sucesos que hicieron que esa energía se fuera diluyendo hasta convertirse en lo que conocemos hoy. Y hubo figuras, once en particular, que quedaron marcadas para siempre, convertidas en algo que las leyendas llaman de muchas formas... algunas las llaman desastres, otras fuerzas destructivas... pero nadie sabe realmente qué fueron o qué les pasó. Lo único que todos los relatos coinciden es que al final... todos desaparecieron. No quedó nadie. Solo las historias, que cada vez se entienden menos. ¡Y yo voy a ser quien descubra la verdad detrás de todo esto! ¡Voy a saber qué pasó realmente!
Varias alumnas que esperaban cerca comenzaron a sonreír y a susurrar entre ellas, divertidas. Era la escena habitual, la que todos conocían y esperaban ver: la presidenta apasionada, soñadora y expresiva al máximo nivel, convencida de que el pasado guardaba secretos maravillosos y respuestas que el resto del mundo había olvidado, frente a la vicepresidenta, que veía todo con una lógica y frialdad que pocas veces lograban frenar el entusiasmo de Akane.
—Ya empezó otra vez —comentó una chica, ajustando su maleta con una sonrisa.
—¿Sobre los Guardianes y las viejas leyendas? —preguntó otra, asintiendo con la cabeza.
—Sobre eso —confirmó la primera—. Dice que va a descifrar lo que nadie más ha podido en siglos...
—Es su forma de ser —respondió la otra, riéndose bajito—. Le encanta pensar que hay verdades ocultas esperando ser encontradas.
Akane las escuchó, pero no les prestó atención. Tenía una misión.
—¡Anastasia! —repitió, acercándose más todavía, hasta quedar casi cara a cara, con las mejillas un poco sonrojadas por la emoción y la voz cargada de sentimiento—. ¡Exijo que retires lo que dijiste sobre que solo son cuentos deformados! ¡Exijo que admitas que hay una verdad real detrás de todo esto, y que lo que sucedió hace 500 años cambió todo lo que somos, incluso si ya no recordamos cómo ni por qué!
Anastasia por fin cerró su tableta, la guardó en su bolso y miró a su compañera a los ojos, con una media sonrisa tranquila.
—Akane...
—¡¿Qué?!
—Tus leyendas son muy bonitas.
Akane parpadeó, sorprendida, y sus ojos brillaron todavía más.
—¿Verdad que sí? ¿Verdad que son increíbles?
—Tus investigaciones son admirables —siguió Anastasia con calma—. Tu dedicación es ejemplar. Y tu entusiasmo... bueno, es inigualable. Es admirable cómo intentas reconstruir una historia que el tiempo se ha encargado de borrar y mezclar. Nadie sabe la verdad, es cierto, pero tú eres la que más se acerca a intentar entenderla.
Akane sonrió ampliamente, abriendo los brazos como si estuviera a punto de celebrar una victoria.
—¡Lo sabía! ¡Por fin lo admites! ¡Entonces...!
—Pero eso no cambia la realidad —terminó Anastasia, muy serena—. Todo lo que tenemos son fragmentos, historias que ya no se entienden bien y una magia que es solo una sombra de lo que fue. La verdad... se perdió hace mucho tiempo.
—¡¡ANASTASIA!!
El grito resonó por todo el andén, haciendo que algunos gólems se giraran a mirar.
—¡¡ESO ES LO QUE HACE QUE SEA EMOCIONANTE, PORQUE AÚN PODEMOS ENCONTRARLA!! —gritó Akane, dando una pequeña vuelta sobre sí misma de la furia y la emoción— ¡Voy a seguir investigando, voy a buscar en cada texto antiguo, en cada ruina, en cada detalle que los demás ignoran! ¡Y te voy a demostrar que hay más de lo que creemos, y que lo que pasó hace 500 años no fue solo un montón de cuentos! ¡Te lo juro por mi espada y por todo lo que es sagrado!
Y fue justo en ese momento, cuando Akane estaba en el punto más alto de su discurso apasionado, con el libro levantado en alto como una bandera, que una melodía suave y clara comenzó a sonar por todo el recinto.
Las pantallas holográficas cambiaron de imagen.
Las runas a lo largo de las vías comenzaron a brillar con mucha más fuerza, iluminando todo el andén.
Y una voz femenina, mecánica y perfecta, anunció:
—Llegada del Expreso Saint Aurora. Próxima salida con destino a la Academia de Magia Saint Aurora. Pasajeras, por favor, preparen su embarque.
La discusión se detuvo en seco. El momento épico de Akane quedó en pausa.
El tren estaba llegando, tal como estaba previsto. Todo seguía su curso normal, tranquilo y ordenado. O al menos, eso parecía... porque lo que nadie sabía, lo que nadie podía imaginar, era que ese misterio del pasado, esas historias deformadas y esa verdad perdida... estaban a punto de salir de las sombras para cambiarlo todo.
El sonido se hizo más fuerte, un zumbido grave y profundo que vibraba en el suelo y en el aire mismo. Desde la oscuridad del túnel, apareció la silueta imponente del Expreso Saint Aurora, una maravilla de ingeniería y hechicería que deslumbraba a cualquiera que lo viera por primera vez. No era un tren común; formaba parte de una red inmensa que recorría todo el mundo, conectando las distintas sedes de la Academia, y en ese momento, sus vagones estaban llenos de alumnas de todas las edades y orígenes, todas esperando el viaje con calma y familiaridad.
Su estructura estaba forjada en metales ligeros y brillantes, pulidos hasta el punto de reflejar la luz como un espejo, pero grabados por completo con complejos patrones rúnicos que recorrían cada vagón como venas luminosas de color azul y dorado. Las ventanas no eran de vidrio normal, sino de cristal encantado, transparente desde dentro pero opaco y resplandeciente desde fuera. En la parte delantera, una joya gigante incrustada en la locomotora palpitaba con energía, impulsada por la misma fuerza que movía la magia en todo el mundo: una mezcla perfecta de tecnología avanzada y esencia mística.
El tren se deslizó suavemente hasta detenerse frente al andén, sin un solo golpe ni ruido áspero. Las puertas se abrieron con un sonido suave, como un suspiro, y una brisa cálida y perfumada salió al encuentro de las pasajeras. Todas comenzaron a subir en orden, formando filas tranquilas; conocían el protocolo a la perfección. Una vez que la última chica hubo entrado, las puertas se cerraron herméticamente detrás de ellas. En ese instante, las runas que decoraban el exterior brillaron con una intensidad cegadora durante un segundo, se escuchó un canto bajo y melodioso que parecía venir de todas partes a la vez, y una capa invisible de energía se envolvió alrededor de todo el convoy: el hechizo de protección estaba activado, creando una barrera segura contra cualquier amenaza externa y aislando el interior del resto del mundo.
Dentro, el ambiente era amplio, cómodo y lujoso. Los pasillos estaban alfombrados con materiales suaves que amortiguaban el sonido, y la luz provenía de esferas flotantes que regulaban su brillo solas. Akane y Anastasia no se dirigieron a los vagones generales —llenos de risas, conversaciones y libros abiertos—, sino que avanzaron hasta el último compartimento, una zona reservada exclusivamente para los miembros del Consejo Estudiantil: asientos de terciopelo de alta calidad, mesas pequeñas con incrustaciones de piedras mágicas y mucho más espacio y privacidad. Faltaba apenas una estación para llegar al destino final, así que tenían tiempo suficiente para hablar sin prisas.
Apenas se sentaron, Akane acomodó el libro antiguo sobre sus rodillas, respiró hondo y abrió la boca, lista para retomar su discurso justo donde lo había dejado, con los ojos ya empezando a brillar de nuevo:
—¡Como iba diciendo, si investigamos bien las crónicas, seguro que encontramos alguna referencia más que explique exactamente qué tipo de poder tenían y...!
—Señorita Akane, permítame ayudarla con eso —una voz suave, educada y firme la interrumpió al instante.
Akane se giró rápido, un poco sorprendida de haber sido cortada otra vez, y vio de pie junto a ella a Lin Xuelian.
Era su sirvienta personal, y su apariencia era tan impresionante como su lealtad. De origen chino, tenía dieciocho años, la misma edad que su señora. Su cabello negro largo y sedoso estaba recogido en un peinado tradicional impecable, adornado con cintas y ornamentos rojos y dorados que combinaban a la perfección con su vestimenta: un traje elegante que mezclaba líneas clásicas con detalles modernos, en tonos negros, blancos y carmesí, con bordados finos y encajes que resaltaban su figura. Sus ojos, de un rojo intenso y profundo, eran serenos, atentos y extremadamente expresivos, aunque siempre mantenían una calma absoluta. Lin venía de una familia dedicada desde hace generaciones al servicio y a la inteligencia, entrenada para estar siempre un paso por delante, para proteger, escuchar y actuar en las sombras. Para Akane, no era solo una empleada; era su mano derecha, su confianza absoluta y la persona en la que sabía que podía apoyarse sin dudar.
Lin sonrió levemente, se inclinó en una pequeña reverencia y extendió las manos con una elegancia natural para tomar el libro y el abrigo de Akane, guardándolos con el mismo cuidado con el que se guardan los objetos sagrados.
—Gracias, Lin —dijo Akane, un poco más calmada, acomodándose mejor en su asiento.
Al ver que la interrupción había dado pie a un momento de silencio, Anastasia aprovechó para hablar. Se recostó cómodamente en su asiento, entrelazó los dedos sobre su regazo y miró a su compañera con esa seriedad tranquila que solía adoptar cuando tocaba temas importantes.
—Akane, dejemos por un momento las historias antiguas —empezó, con un tono de voz que no admitía discusión—. Sabes bien que tú y yo no estamos aquí solo por nuestros méritos académicos o nuestra capacidad mágica. La Familia Saionji y la Familia Orlova han sido, durante generaciones, los pilares que han sostenido el equilibrio en esta región. Tu linaje y el mío tienen responsabilidades que van mucho más allá de dirigir el consejo estudiantil. Y precisamente por eso, hay algo mucho más urgente y peligroso de lo que deberíamos estar hablando ahora.
Akane parpadeó, notando el cambio de aire en la conversación, y se inclinó hacia adelante, poniendo atención de verdad. Incluso Lin, que siempre permanecía discreta y en segundo plano, detuvo un instante su movimiento, con sus ojos carmesí fijos en Anastasia, lista para cualquier cosa.
—¿Qué pasa? —preguntó Akane, bajando un poco la voz.
Anastasia miró hacia la ventana, como si pudiera ver a través de las paredes y la distancia hasta llegar a un punto concreto del paisaje, y luego volvió a clavar sus ojos azules en ella.
—Este año, las mediciones y los cálculos de los ancianos de ambas familias han dado una advertencia clara. El gran sello que mantiene encerrada a una de las Calamidades está perdiendo fuerza. Se está debilitando mucho más rápido de lo esperado, y está a punto de romperse. Necesita ser renovado cuanto antes.
El silencio que cayó en el compartimento fue absoluto.
—¿Una de las...? —empezó a decir Akane, en un susurro, sintiendo cómo la emoción se mezclaba ahora con una tensión muy real.
—Sí —asintió Anastasia—. La que está sellada muy cerca de aquí, en las ruinas al pie de la montaña donde se asienta la Academia. La que las leyendas nombran con un nombre que ha sobrevivido intacto a través de los siglos, un nombre que pesa como una sentencia: “Tauro Irae”.
Hizo una pausa para dejar que el nombre calara en el aire, y continuó con voz más grave:
—Sabemos muy poco de ellas. Lo único que se dice, lo único que todas las familias protectoras han transmitido de generación en generación, es que las Calamidades son lo que quedó de aquella gran guerra que ocurrió hace 500 años... esa misma guerra de la que hablan tus libros, donde dicen que vivieron los Guardianes. Nadie conoce realmente su origen, ni de dónde vinieron, ni qué eran exactamente antes de convertirse en lo que son. Se perdió toda esa información en el tiempo. Solo sabemos una cosa con absoluta certeza: una sola de estas entidades tiene el poder suficiente para destruir un continente entero. Su fuerza es tan inmensa que lo que nosotros llamamos magia hoy en día —esa evolución débil y controlada del poder antiguo—, comparado con la energía que emana solo de estar cerca de ellas, es como una vela frente a un incendio forestal.
Akane escuchaba, fascinada y aterrada a partes iguales.
—¿Y si se rompe el sello? —preguntó con voz seria.
—Por eso te lo digo —respondió Anastasia—. Ya se están preparando todos los rituales, los objetos y las medidas necesarias para renovar el sello y volver a fortalecerlo antes de que sea demasiado tarde. Pero es un trabajo delicado, peligroso, y que requiere de la participación directa de las dos familias principales: los Saionji y los Orlova. Este año no será un año cualquiera, Akane. La historia que tanto te gusta estudiar... parece que este año vamos a tener que estar muy cerca de ella, aunque sea solo para asegurarnos de que Tauro Irae siga dormido y nunca despierte.
En ese momento, una suave campanada resonó por todo el tren, y la voz mecánica anunció:
—Próxima parada: Academia Saint Aurora. Última estación del recorrido.
El zumbido profundo y rítmico que había acompañado al viaje durante horas comenzó a disminuir su intensidad, y las luces rúnicas que recorrían el exterior del tren cambiaron de un azul brillante a un tono dorado más suave, anunciando la proximidad de la parada. El Expreso Saint Aurora redujo su velocidad poco a poco, deslizándose con una elegancia casi viva por las vías cargadas de energía, hasta que finalmente se detuvo por completo en medio de una inmensa estación de arquitectura majestuosa, llena de columnas altas, vidrieras de colores y pasillos amplios diseñados para recibir a cientos de alumnas a la vez.
Esta era la última parada antes de llegar al destino final.
Las puertas de los vagones se abrieron al unísono con ese sonido suave, como un suspiro mágico que ya era tan familiar para todas. Pero mientras el resto de las estudiantes esperaban ordenadamente en sus asientos o se preparaban para bajar, en el último vagón —el reservado exclusivamente para el Consejo Estudiantil—, las puertas se deslizaron primero.
Akane Saionji apareció en el umbral, de pie, erguida y con la cabeza bien alta. Había salido al pequeño rellano exterior, justo antes del andén, y se mantenía allí con las manos entrelazadas a la espalda, observando todo con atención y orgullo. Su cabello negro con ese mechón blanco inconfundible caía sobre sus hombros, y sus ojos rojizos brillaban con esa mezcla de dulzura y autoridad natural que todos conocían. A su lado, apoyada despreocupadamente en el marco de la puerta con una pierna cruzada sobre la otra y una postura relajada pero llena de elegancia, estaba Anastasia Orlova. Su cabello rubio platino parecía captar toda la luz del lugar, y sus ojos azules recorrían la multitud con esa calma analítica y fría que la caracterizaba, como si nada se le escapara, ni el más mínimo detalle.
Desde allí, tenían la mejor vista de todo: cientos de jóvenes, vestidas con uniformes de diferentes estilos pero todas bajo el emblema de la Academia, llegaban en grupos, con maletas flotantes a sus lados o guiadas por pequeños gólems de equipaje, conversando, riendo o saludando a conocidas. Subían al tren en un orden perfecto, un flujo continuo y tranquilo que demostraba la disciplina que se enseñaba desde el primer día.
—Siempre es impresionante verlo —comentó Akane con voz suave, sin dejar de mirar la escena—. Cada año, más jóvenes llegan de todas partes del mundo, atraídas por la magia, el conocimiento y todo lo que representa este lugar. Es como ver cómo crece el futuro mismo.
Anastasia sonrió levemente, sin apartar la vista de una alumna que se había detenido un momento para admirar los grabados mágicos de la locomotora.
—Y lo que es más impresionante es que, después de tantos siglos, nadie ha logrado burlar la seguridad —respondió ella, con ese tono tranquilo y seguro que siempre usaba—. ¿Recuerdas hace unos años, cuando un grupo de estudiantes de la academia masculina intentó hacer una apuesta? Dijeron que serían capaces de subir solo para ver si era verdad.
Akane soltó una risa breve y clara, girando la cabeza para mirar a su compañera con ojos divertidos.
—¡Cómo olvidarlo! Escuché que incluso trajeron a uno de sus maestros, un mago especializado en barreras y camuflaje, creyendo que su experiencia sería suficiente.
—Y el resultado fue el mismo de siempre —continuó Anastasia, con una media sonrisa—. En cuanto pusieron un solo pie en el último escalón, la barrera interna del tren reaccionó. No hubo gritos, ni golpes, ni dolor... simplemente, una fuerza suave pero absoluta, como si una mano gigante los hubiera tomado del hombro, los levantara en el aire y los depositara de nuevo en el andén, suavemente, pero dejando muy claro que no eran bienvenidos. Ni el maestro pudo hacer nada. Dijo después que era como intentar empujar una montaña con una pluma: la voluntad del tren no era algo que se pudiera romper, porque no era magia creada por manos humanas, sino algo que está en su propia esencia.
Akane asintió, volviendo a mirar el movimiento de alumnas que seguía fluyendo sin problemas.
—Es la regla más antigua y la más firme —dijo con seriedad—. La Academia Saint Aurora es, y siempre ha sido, un refugio exclusivo para mujeres. Aquí se desarrolla nuestro poder, nuestra inteligencia y nuestra fuerza, lejos de cualquier influencia externa. Existe la academia de caballeros, sí, y es muy prestigiosa, pero está al otro lado del continente, separada por montañas y bosques encantados. Y entre ambas, este tren es la frontera que nadie puede cruzar. Ni siquiera por error. Cualquier varón, sin importar su edad, su rango o su poder, es repelido automáticamente en el momento en que intenta acercarse demasiado. Es una protección que nos han dejado nuestros antepasados, y funciona a la perfección desde hace quinientos años.
—Y así seguirá —añadió Anastasia—. Porque no es solo una barrera física. Se dice que está ligada a la misma naturaleza de la magia que nosotras manejamos, esa evolución del poder antiguo que corre por nuestras venas. Hay cosas que solo nos pertenecen a nosotras, y este viaje es la primera prueba de ello.
Poco a poco, el flujo de alumnas disminuyó hasta detenerse por completo. Todas estaban ya dentro, acomodadas en sus asientos, conversando o preparándose para el trayecto que quedaba. El andén quedó vacío y en silencio.
Akane dio una última mirada alrededor, satisfecha, y dio un paso hacia atrás, entrando de nuevo al vagón.
—Bien, todo está en orden —dijo, girándose hacia Anastasia—. Es hora de irnos.
Anastasia se despegó del marco con elegancia y entró también. Apenas cruzaron el umbral, las puertas se deslizaron cerrándose herméticamente tras ellas, sellando el vagón con un sonido suave y firme. Al instante, las runas doradas de las paredes brillaron con intensidad, el canto melancólico y protector resonó de nuevo en el aire, y la capa invisible de energía envolvió todo el convoy: el hechizo de protección estaba activado, aislando el interior de cualquier cosa que estuviera fuera, asegurando que nada ni nadie no deseado pudiera entrar.
El tren comenzó a moverse suavemente, ganando velocidad rápidamente mientras dejaba atrás la estación y se adentraba en el paisaje, comenzando la última etapa del recorrido: un viaje de exactamente dos horas a través de bosques antiguos, ríos brillantes y montañas cubiertas de niebla mágica, camino hacia la Academia.
Habían pasado ya casi una hora desde que el tren había partido de la última estación. El Expreso Saint Aurora continuaba deslizándose velozmente sobre las vías, atravesando paisajes de bosques frondosos, colinas cubiertas de flores mágicas y ríos que brillaban con luz propia, todo envuelto en esa energía protectora que lo hacía avanzar seguro y aislado del resto del mundo.
Dentro del vagón del Consejo, la conversación había tomado un tono serio y metódico. Akane y Anastasia, junto al resto de las chicas que formaban parte del órgano estudiantil, estaban reunidas alrededor de una mesa larga de madera oscura con incrustaciones de plata y piedras rúnicas. Sobre ella, mapas detallados de los terrenos cercanos a la Academia, listas de materiales, nombres de maestros especializados y diagramas de antiguos sellos mágicos se extendían, iluminados por la luz suave de las esferas flotantes.
—Según los informes que enviaron nuestros antepasados —explicaba Anastasia, señalando con un dedo delgado un punto exacto en el mapa, cerca de la base de la montaña—, las contramedidas ya están dispuestas. Se han enviado equipos para reforzar los puntos de apoyo del sello principal con cristales de concentración, del tipo que solo se extraen en las minas de la familia Orlova. También se ha preparado el recinto ceremonial: los círculos de poder están trazados, las barreras secundarias listas para activarse y las reservas de energía acumuladas desde hace generaciones ya están en posición.
Akane asentía, con el rostro muy serio, sosteniendo entre sus manos un pergamino antiguo que detallaba los rituales necesarios.
—Por parte de los Saionji, tenemos listos los objetos de enlace —añadió ella—. Las llaves sagradas que permiten canalizar la voluntad de las dos familias. Como miembros del Consejo y futuras herederas, nosotras somos las encargadas de coordinar todo esto con la Directora. Ella ya sabe la situación; de hecho, es quien nos ha dado autoridad total para movilizar lo que sea necesario dentro de la Academia. Si algo sale mal durante el proceso de renovación, nosotras somos las primeras en actuar y proteger a las alumnas. Tenemos que asegurarnos de que cada paso esté calculado, cada medida revisada... porque si Tauro Irae llegara a despertar, aunque sea un poco...
Se interrumpió, sintiendo de nuevo ese escalofrío que recorría la espalda solo de pensar en ello. Anastasia completó la frase con voz baja y firme:
—...el desastre sería de proporciones que ni siquiera podemos imaginar.
Todas guardaron silencio un instante, conscientes de la inmensa responsabilidad que llevaban sobre los hombros. Eran jóvenes, sí, pero pertenecían a linajes que habían protegido este lugar durante siglos, y su deber era mantener ese equilibrio.
Fue en ese momento, justo cuando iban a revisar la lista de personal que participaría en el ritual, cuando la puerta que daba hacia la parte trasera del vagón se abrió de golpe, con un estruendo que hizo que todas levantaran la vista de inmediato.
El sonido fue seco, fuerte, nada parecido al movimiento suave y silencioso al que estaban acostumbradas. La puerta se quedó entreabierta, oscilando levemente, y en el umbral apareció una figura pequeña, de cabello plateado corto y brillante como la luz de la luna, y ojos azules grandes, muy abiertos por el susto.
Era Elara Weiss.
Solo tenía quince años, pertenecía al primer año, pero su talento con la magia de la tierra, la cristalización y la detección de minerales era tan excepcional que había sido invitada a colaborar en tareas de logística y revisión de estructuras, siendo la integrante más joven del Consejo Estudiantil. Vestía su uniforme impecable de la Academia, de tonos claros con bordados dorados, pero ahora su postura distaba mucho de ser tranquila.
Estaba de pie allí, con las manos apoyadas en el marco de la puerta, el pecho subiendo y bajando agitadamente, respirando con dificultad como si hubiera corrido a toda velocidad desde el otro extremo del tren. Su rostro, siempre dulce y un poco tímido, estaba pálido, los ojos muy abiertos y fijos en ellas con una expresión de absoluto horror, como si acabara de ver algo imposible, algo que no debería existir.
—¡Elara! —exclamó Akane, poniéndose de pie de inmediato, preocupada— ¿Qué te pasa? ¿Por qué corres así? ¿Ha ocurrido algún daño en el tren? ¿Se rompió algo?
Todas las demás chicas se levantaron también, alarmadas por la apariencia de la pequeña maga de tierra. Elara intentó hablar, pero al principio solo le salieron sonidos entrecortados, le costaba incluso respirar del susto. Lin Xuelian, que permanecía de pie en un rincón, se acercó rápidamente con una jarra de agua y se la ofreció con calma, pero incluso ella, siempre imperturbable, frunció levemente el ceño al ver el estado de la chica.
Elara bebió un trago largo y tembloroso, se secó el sudor de la frente con la manga y finalmente logró articular palabras, con una voz que casi no le salía:
—¡Tenemos... tenemos un problema! —dijo, casi en un grito ahogado— ¡Un problema enorme, señorita Akane, señorita Anastasia... es... es imposible, pero está pasando!
—Tranquila, respira —le pidió Anastasia, acercándose y poniendo una mano en su hombro para calmarla—. Cuéntanos despacio, ¿qué ha pasado? ¿Por qué vienes de la zona de equipajes?
Elara tragó saliva, miró a todas a los ojos una por una, y luego dijo, con una claridad aterradora:
—Estábamos revisando el último vagón... el que va al final, donde llevamos todas las pertenencias, suministros y cajas de materiales... yo estaba comprobando que las estructuras mágicas de las cajas estuvieran bien, como me encargaron... y entre las maletas, detrás de unos baúles grandes... ¡lo encontramos!
Hizo una pausa que pareció durar una eternidad, y sus ojos azules se llenaron de pánico absoluto.
—¡Había un hombre! —susurró, pero se escuchó como un trueno en el silencio del vagón— ¡Un chico joven, estaba escondido entre el equipaje! ¡Entró al tren, subió y viaja con nosotras... y la barrera... la protección... ¡NO LO REPELIÓ! ¡Está aquí, dentro, como si nada! ¡Como si fuera una de nosotras!
Un silencio helado y pesado cayó sobre todas las presentes. Akane se quedó inmóvil, con la boca ligeramente abierta. Anastasia retiró la mano del hombro de Elara y su expresión tranquila se transformó en una de seria alerta. Lin Xuelian se irguió por completo, sus ojos carmesí brillando con intensidad, su mano moviéndose instintivamente hacia uno de sus abanicos ocultos bajo su ropa.
—¿Estás segura? —preguntó Akane, con voz tensa y baja, queriendo no creerlo, pero sabiendo que Elara no mentiría, y menos con algo así— ¿Estás completamente segura de lo que viste, Elara? Sabes que eso es... es imposible. Es la regla más antigua, la barrera que nuestros antepasados pusieron hace siglos... ni siquiera los magos más poderosos del mundo pueden cruzarla. Cualquier varón es expulsado automáticamente, sin excepción.
—¡Lo vi con mis propios ojos! —insistió Elara, asintiendo con fuerza, al borde del llanto por la angustia— ¡Es un chico, tiene nuestra edad o un poco más, vestía ropa de viaje y estaba escondido! Y cuando nos vio... se quedó tan sorprendido como nosotras, porque también creía que era imposible que hubiera entrado. ¡Pero está ahí! ¡Está dentro del tren! ¡Y la magia que nos protege, que nos separa del resto del mundo... esta vez... ¡falló!
El recorrido por los vagones se convirtió en una carrera apresurada. Akane y Anastasia avanzaban con paso rápido y decidido, abriéndose paso entre grupos de alumnas que, al verlas pasar con esa expresión de alarma y seriedad, se apartaban inmediatamente, preguntándose qué podía haber ocurrido para alterar así a las dos máximas autoridades estudiantiles. Detrás de ellas iban Elara y Lin Xuelian, esta última con la mirada escaneando cada rincón, alerta a cualquier peligro, con su abanico carmesí ya desdoblado y listo en su mano, oculto apenas bajo su manga.
Al llegar al último vagón, el destinado al equipaje y suministros, la escena era un caos controlado. Varias estudiantes de segundo año, con varitas en mano y rostros serios y tensos, formaban un semicírculo alrededor de algo en el fondo, apuntando con sus armas mágicas hacia el interior, listas para actuar ante cualquier movimiento sospechoso. Detrás de ellas, las chicas de primer año se amontonaban en la puerta, estirando el cuello y mirando con ojos muy abiertos y llenos de curiosidad y miedo, susurrando entre sí sin entender realmente lo que estaba pasando.
—¡Apartaos, dejadnos pasar! —ordenó Akane con voz firme, imponiendo su autoridad al instante.
Las chicas se separaron rápidamente, abriendo paso, y fue entonces cuando ellas dos lo vieron.
Allí, recostado contra unas grandes cajas de madera reforzadas con runas, estaba él.
Un chico joven, de unos quince años, con el cabello rubio dorado que brillaba bajo la luz de las lámparas mágicas, y unos ojos grandes y expresivos de un tono ámbar o dorado muy llamativo. Vestía ropa sencilla de viaje, una chaqueta oscura sobre una camisa clara y pantalones cómodos, nada que pareciera especial o peligroso. Sus manos estaban atadas a la espalda, seguramente con algún hechizo de atadura o cuerda mágica que las alumnas de segundo año habían utilizado como medida preventiva y de seguridad.
Pero lo que dejó heladas a Akane y Anastasia, lo que hizo que se pusieran pálidas de golpe y se quedaran inmóviles en medio del pasillo, no fue su presencia en sí, sino su actitud.
Estaba allí, atado, rodeado de chicas armadas, en un lugar donde ningún hombre debería poder existir... y sin embargo, estaba completamente tranquilo. Demasiado tranquilo. Tanto que resultaba inquietante. Y en ese preciso momento, tenía un trozo de pan entero metido en la boca, mordiendo y masticando con calma, como si estuviera sentado tranquilamente en su propia casa y no en el interior del único tren del mundo que repelía a cualquier varón que se acercara.
—¿Esto... es una broma? —alcanzó a susurrar Akane, sintiendo que la cabeza le daba vueltas. Era imposible, era contrario a todas las leyes mágicas, a toda la historia y a toda la seguridad que conocían. Y sin embargo, allí estaba él, comiendo pan como si nada.
El chico levantó la mirada hacia ellas, sin dejar de masticar, y con la boca llena y llena de migajas, intentó decir algo. Movió los labios, hizo gestos con la cabeza y los ojos, pero entre el pan y la falta de espacio, lo único que salieron fueron sonidos incomprensibles, balbuceos que no formaban ninguna palabra.
Fue Anastasia la que reaccionó primero. La lógica, el control y la necesidad de respuestas ganaron a la sorpresa. Giró bruscamente la cabeza hacia una de las alumnas de segundo año que tenía más cerca, una chica de gafas y cabello recogido que sostenía su varita con firmeza.
—¿Quién le ha dado eso? —preguntó con voz baja, fría y cargada de una autoridad que hizo que la chica diera un pequeño respingo.
—S-señorita Orlova... —balbuceó la alumna, señalando al chico—. Él... cuando lo encontramos y lo atamos... se quedó ahí sentado un rato, y de repente nos miró y nos dijo, muy tranquilo... que tenía hambre. Que si no le dábamos algo de comer, no podría contestar a ninguna pregunta. Y... bueno... nos pareció tan extraño, pero tan... tan normal a la vez, que una de nosotras le dio ese pan que llevábamos para el camino...
Anastasia se llevó una mano a la frente, cerrando los ojos un segundo, incapaz de creer lo que estaba escuchando. Akane, por su parte, no apartaba la vista del chico, todavía con la cara pálida, preguntándose si no se habría roto también la realidad junto con las barreras.
En ese momento, el joven terminó de comer. Dio el último mordisco, se tragó lo que quedaba, se limpió la boca con el hombro de su chaqueta con total naturalidad y, sin mostrar ningún rastro de miedo, preocupación o incluso respeto por la situación, levantó la cabeza, las miró a las dos con esa expresión relajada y despreocupada que parecía ser parte de él, y las saludó con una sonrisa amable, como si se encontrara con viejas conocidas en la calle.
—¡Hola, buenas tardes! —dijo con voz clara y alegre, como si no estuviera atado ni rodeado de nadie— Oigan, una pregunta... ¿pararemos pronto en alguna estación? Es que voy con mucho retraso a mi escuela y me van a castigar si llego tarde. No sé muy bien dónde estoy, pero calculo que si me bajo en la próxima y busco un caballo o algo... todavía puedo llegar antes de que cierren las puertas. ¿Ustedes saben si queda muy lejos?
El silencio que siguió fue tan absoluto y pesado que se podía cortar con un cuchillo. Cientos de preguntas pasaban por la mente de Akane y Anastasia a la velocidad del rayo, pero ninguna tenía respuesta. ¿Quién era él? ¿Cómo había entrado? ¿Por qué la magia más antigua y poderosa había fallado con él? Y sobre todo... ¿cómo era posible que estuviera más preocupado por llegar tarde a clase que por estar en el lugar más prohibido del mundo para su género?