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Pareja Swinger: El despertar de una Hotwife

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Sinopsis

📚 Relato erótico +18 para adultos que explora sin filtros el mundo de una pareja swinger que decide abandonar la rutina para adentrarse en el sexo prohibido, las orgías y el intercambio de parejas. Esta historia erótica sigue a Serena y Valentín, una joven pareja casada desde la adolescencia, que descubre que la sumisión y la dominación pueden reavivar una llama apagada por los años. Con escenas explícitas de sexo en grupo, hotwife, cornudo consentido, tríos, encuentros con desconocidos y una transformación sexual que desafía todas las convenciones sociales. Perfecta para lectores que buscan relatos swinger realistas, intensos y cargados de tensión erótica, donde el placer no tiene reglas pero sí un profundo respeto por los acuerdos establecidos. ⚠️ ADVERTENCIA: Este relato está dirigido EXCLUSIVAMENTE a mayores de 18 años y contiene contenido sexual explícito, lenguaje adulto y situaciones de intercambio de parejas, sumisión voluntaria y escenas de sexo grupal. La obra es COMPLETAMENTE FICTICIA y no pretende hacer apología de ninguna conducta ni promover prácticas sin consentimiento. Todos los personajes son mayores de edad y actúan bajo acuerdos previos, respeto mutuo y libertad absoluta. Si te sientes ofendido por este tipo de contenido o eres menor de edad, por favor NO continúes con la lectura. El autor promueve el sexo seguro, el consentimiento y la comunicación abierta en pareja.

Genero:
Erotica
Autor/a:
Pamela Hot
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
4.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Te gusta mi marido

—¿Me veo linda? —preguntó Serena, mostrando una de sus largas piernas morenas sobre el borde de la escalera, la piel brillando bajo la luz tenue del living.


Valentín levantó la mirada desde el teléfono, y por un segundo el mundo se detuvo. Su mujer, su compañera desde los catorce años, estaba ahí, vestida con un minivestido negro que le quedaba tan ajustado que parecía pintado sobre su cuerpo flaco pero curvilíneo. Su rostro tallado, de facciones duras y sensuales a la vez, estaba enmarcado por una melena morocha ondulada que le caía sobre los hombros desnudos, un legado de su bisabuela italiana. Tenía veinticinco años, pero esa noche parecía una diosa recién salida de algún mito pagano.


—Estás hermosa, como siempre—respondió él, con una sonrisa que intentaba disimular el temblor en sus manos.


Pero no era una noche cualquiera. Los nervios les carcomían el estómago desde hacía horas. Para entender cómo habían llegado hasta ahí, había que remontarse dos años atrás, cuando Valentín, harto de la rutina que se había instalado como una losa en su matrimonio, le propuso a Serena algo impensado: intercambiar de pareja. Ella se había enojado como nunca. Le gritó, le dijo que estaba loco, que la había dejado de amar, que solo quería estar con otras mujeres. Duró tres semanas sin hablarle, y cuando finalmente volvieron a la normalidad, el tema quedó enterrado, o eso creyó el.


Pero la rutina siguió. Las mismas cenas, las mismas conversaciones sobre el trabajo, el mismo sexo los domingos a la tarde, mecánico y predecible. Serena empezó a notar que Valentín miraba a otras mujeres en la calle, que se quedaba callado cuando alguna amiga en una reunión contaba anécdotas picantes. Y ella también sentía el vacío. Habían estado juntos desde tan jóvenes, que ni siquiera sabían qué era la pasión con otro cuerpo, otra piel, otra boca.


Hasta que un día, casi sin querer, ella misma volvió a sacar el tema. Fue en la cama, después de un polvo rápido y mediocre. —¿Todavía pensás en lo del intercambio? —preguntó, mirando el techo. Valentín casi se atraganta con la saliva. —A veces—admitió. Y ahí empezó todo. Investigaron, hablaron con otras parejas en foros, crearon perfiles falsos en aplicaciones. Pero siempre les daba miedo dar el paso. Hasta que encontraron a Francisco y Alicia.


La publicación de ellos decía: "Pareja con experiencia busca primerizos con ganas de explorar. Sin presiones, con respeto. Nosotros manejamos los tiempos." Tenían fotos elegantes, él de traje, ella con vestidos largos, sonrisas seguras. Quince años de swinger, según contaban. Serena y Valentín pactaron no involucrar sentimientos, solo placer. Pero ahora, con la cena lista sobre la mesa del comedor, los nervios les jugaban una mala pasada.


Caminaron hacia la mesa. Habían preparado una lasaña, una ensalada, vino tinto. Velas. Todo para aparentar que era una cena normal. Pero el timbre sonó antes de que pudieran sentarse, y los dos cuerpos se tensaron como cuerdas de guitarra.


—Voy yo—dijo Valentín, tragando saliva.


Abrió la puerta y ahí estaban. Francisco, un hombre de unos cincuenta años, canas en las sienes, barba bien recortada, traje azul marino sin corbata, el primer botón de la camisa abierto. Medía un palmo más que Valentín, y su presencia llenaba el vano de la puerta. A su lado, Alicia, de cuarenta y cinco, morena de pelo lacio hasta la cintura, cuerpo exuberante que el vestido rojo ajustado marcaba sin pudor. Tetas grandes, caderas anchas, piernas torneadas. Pero lo que más notó Valentín fueron sus ojos: negros, intensos, que lo devoraban de arriba abajo como si ya lo hubieran desnudado.


—Hola—dijo él, con la voz más aguda de lo normal—. Pasen, pasen.


—Gracias por recibirnos, Valentín—respondió Francisco con calma, extendiendo la mano para un apretón firme. Su voz era grave, pausada, como la de alguien acostumbrado a llevar la batuta—. Qué linda casa.


—Sí, gracias, nosotros... la compramos el año pasado—tartamudeó Valentín, mientras los hacía pasar al comedor. Alicia rozó su brazo al pasar, y él sintió una corriente eléctrica recorrerle la espalda.


—Tranquilo, chico—susurró ella con una sonrisa llena de dientes blancos—. No mordemos. Al menos no si no nos piden.


Pero Valentín ya estaba en otro planeta. Entraron al comedor, y Francisco no perdió tiempo. Vio a Serena de espaldas, acomodando las copas de vino sobre la mesa. Dio la vuelta con elegancia, y antes de que ella pudiera siquiera girarse por completo, él ya estaba a su lado, tomándole la mano y depositando un beso tierno pero húmedo en su mejilla.


—Serena, sos mucho más linda en persona que en las fotos—dijo, mirándola fijo a los ojos. Y mientras pronunciaba esas palabras, su mano grande le apretó una nalga con fuerza justa, la suficiente para que ella supiera que no estaba ahí solo para comer lasaña.


Ella sintió el aire escapándose de sus pulmones, pero respondió con un hilo de voz:


—Gracias... Francisco, ¿no?


—El mismo—dijo él, sin soltar la nalga, como si fuera lo más natural del mundo.


Valentín observó la escena desde lejos, con una mezcla de celos y excitación que le revolvía las tripas. Alicia se pegó a su costado, apoyando una mano en su pecho.


—Míralos—le susurró al oído—. Mira cómo se tocan. A vos te gusta, ¿no?


El no pudo responder. Serena, para romper el hielo, soltó un:


—La cena ya está lista. Quería que comamos antes de...


Pero Alicia la interrumpió con una risa baja y gutural:


—¿Cena? Ay, nena, qué ingenua. ¿Por qué no empezamos con el postre?


Y sin más preámbulos, agarró a Valentín del cogote, lo atrajo hacia ella y le plantó un beso profundo, húmedo, de esos que se sienten en la columna. La lengua de ella invadió la boca de él, que abrió los ojos sorprendidos, sin saber dónde poner las manos. Pero Alicia se las arregló para que una de ellas terminara en su cadera, y la otra en la nuca de él, apretando.


Mientras tanto, Francisco rodeó la cintura de Serena con su brazo y la arrastró hacia el fondo del comedor, junto a la pared. Ella no opuso resistencia. Su corazón latía tan fuerte que creía que todos lo escuchaban. Él la tomó del mentón, levantó su rostro hacia el suyo, y la besó. No fue un beso tímido ni exploratorio. Fue un beso de lengua, directo, dueño, que le robó el aire. La boca de Francisco sabía a menta y a tabaco caro, su lengua era experta, y sus manos empezaron a recorrer el cuerpo de Serena como si lo conocieran de siempre.


Ella, que jamás había besado a otro hombre que no fuera Valentín, sintió que el piso se abría bajo sus pies. "Esto es real", pensó. "Estoy besando a un desconocido a dos metros de su mujer y de mi marido". Pero todo lo hablado, todo lo pactado, volvió a ella como un eco: "Si sentís que no querés, decí la palabra de seguridad. Pero si querés, dejate llevar." Y ella se dejó llevar.


El beso se intensificó. Francisco la alzó sin dejar de besarla, subiéndole el vestido hasta la cintura. Serena sentía la carne dura del bulto de él contra su muslo, a través del pantalón. "Es enorme", pensó, con los dedos recorriendo la forma alargada. Pero no tuvo tiempo de procesarlo. En cuestión de segundos, Francisco le sacó el vestido por la cabeza, dejándola en solo un hilo de encaje negro que apenas cubría su sexo. Ella, instintivamente, intentó cubrirse los pechos, pero él le apartó las manos con rudeza.


—No te escondas, nena—dijo, con esa voz grave—. Esta noche sos mía.


La tomó por las caderas, la alzó como si no pesara nada, y la sentó sobre la mesa del comedor, entre los platos y las copas de vino. Serena, desnuda y expuesta, sintió el frío de la madera en sus nalgas y el calor del cuerpo de Francisco sobre el suyo. Él se separó apenas para mirarla: piernas largas abiertas, tetas pequeñas pero firmes, pezones oscuros y erectos, la mirada perdida entre la vergüenza y el deseo.


Francisco se bajó los pantalones sin sacarse la camisa, y el miembro que apareció ante los ojos de Serena era, efectivamente, enorme. Más grande que el de Valentín, más grueso, con la cabeza amoratada y venas marcadas. Ella tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.


—Esta noche sos mi puta—dijo él, inclinándose sobre ella, el miembro rozando la entrada de su sexo—. Y las putas hacen lo que les dicen.


Sin más, empujó. Serena sintió una mezcla de dolor y placer tan intensa que no pudo contener un grito desgarrador, un alarido que salió de lo más profundo de su vientre.


—¡Aaaah!—fue un grito de placer y dolor a la vez, porque aquella cosa la estaba abriendo como nunca antes la había abierto nadie. Las paredes de ella se adaptaron a duras penas, y Francisco, en lugar de detenerse, empujó más fuerte, hundiéndose hasta la base.


—Así me gusta—gruñó él, mientras comenzaba a moverse con violencia, con embestidas profundas y medidas, disfrutando cada centímetro de aquella carne joven y apretada. Apretaba los pechos de Serena con una mano, mientras con la otra le sujetaba la cadera para que no se escapara.


Ella, por su parte, había dejado de pensar. Solo sentía. Las piernas se le abrieron más, casi en escuadra, para que él pudiera entrar mejor. El dolor había dado paso a una oleada de calor que le subía desde el vientre y se expandía por todo el cuerpo. Jadeaba, gemía, mordía sus propios labios para no gritar más, pero no podía. Cada embestida sonaba húmeda, obscena, y en algún rincón del comedor, Valentín y Alicia también estaban en la suya.


Pero no era la misma historia. Ellos estaban desnudos, sí, sobre el sillón de cuero, pero Valentín seguía flácido. Alicia, montada sobre él, movía las caderas con paciencia, con ternura casi, pero nada. Su miembro no respondía.


—Es normal—dijo ella, acariciándole el cabello—. Estás muy nervioso, amor. Mirá a tu mujer. Mirá cómo la está cogiendo Francisco.


Valentín giró la cabeza hacia la mesa. Vio a Serena, su Serena, con las piernas abiertas, los ojos en blanco, recibiendo a otro hombre adentro de ella con una pasión que él nunca le había visto. Y en lugar de sentir celos, sintió algo nuevo. "¿Por qué no se mueve así conmigo?", pensó, y la respuesta le golpeó la cara: porque él nunca la había cogido así.


—No pasa nada—susurró Alicia, y se levantó de él con una sonrisa. Desnuda, con sus caderas anchas y sus tetas enormes bailándole en el pecho, caminó hacia la mesa. Francisco seguía embistiendo a Serena, que ahora gemía con la boca abierta, la mirada ida.


Alicia se agachó hasta quedar a la altura del rostro de Serena, que estaba tendida sobre la mesa, y le dijo, con una voz que mezclaba dulzura y perversión:


—¿Te gusta la verga de mi marido, nena? Decí la verdad.


Serena tardó en responder, porque Francisco en ese momento le dio un embiste especialmente profundo.


—Sí... sí...—alcanzó a decir—. Es muy... grande...


—Y vos sos muy puta—dijo Alicia, y se inclinó para besarla.


El beso entre las dos mujeres fue fogoso, exploratorio. Serena sintió la lengua de Alicia reclamándola, sus dientes mordiéndole el labio inferior, y sus manos le sujetaron la cara para profundizar el beso. Nunca había besado a una mujer, y ese sabor a lápiz labial y a algo más dulce la descolocó. Pero no se apartó.


Francisco, mientras tanto, siguió cogiendo a Serena sobre la mesa un par de minutos más, hasta que decidió que era hora de cambiar de postura. La agarró por la cintura, la bajó de la mesa de un tirón, y la puso en el piso, en cuatro patas. Luego giró a Alicia, que soltó un gemido de sorpresa, y la puso boca arriba, justo debajo de Serena. Así quedaron: Serena en cuatro sobre el cuerpo de Alicia, sus sexos casi juntos, sus pechos rozándose.


—Así me gusta—dijo Francisco, arrodillándose detrás de Serena. Pero antes de penetrarla, se inclinó y mordió una nalga de ella, dejando marca. Y entonces, con un solo movimiento, enterró su miembro otra vez.


—¡Ah, Dios! —gritó Serena, mientras sus manos se apoyaban en los hombros de Alicia, y su rostro quedaba a centímetros del de ella. Las dos mujeres se miraron, y fue Alicia la que inició el contacto: mordió un pezón de Serena, que respondió arqueando la espalda, y luego se besaron otra vez, con más lengua, con más deseo.


Serena no sabía qué hacer con sus manos, pero Alicia la guió: le tomó las muñecas y se las llevó a sus propias tetas. Serena las apretó, sintiendo la piel suave y los pezones duros como piedras. Aprendía rápido. Mientras tanto, Francisco, detrás, se movía con un ritmo implacable. Cada embestida hacía que Serena empujara su pelvis contra el vientre de Alicia, que gemía con los ojos cerrados.


Francisco le dio a Serena tres embestidas fuertísimas, casi violentas, y luego, sin previo aviso, se la sacó. La dejó vacía, temblando. Serena sintió el aire frío donde antes había calor. Pero Francisco no se detuvo: se giró apenas y penetró a su mujer, a Alicia, que soltó un alarido de placer. Y mientras se movía dentro de ella, no dejó de jugar con el sexo de Serena. Los dedos de Francisco entraron en Serena, tres al mismo tiempo, mojados por la saliva y los jugos de las dos mujeres.


Los jadeos eran una sinfonía desordenada. Serena, estimulada por los dedos y por la visión de su propio marido en el sillón mirando todo, sintió que algo se rompía dentro de ella. Un calor ascendente, una presión que había estado creciendo desde el primer empuje. Y cuando ya creía que no podía más, el orgasmo la cimbró como un rayo.


—¡Me estoy viniendo! ¡Me estoy viniendo! —gritó, mientras su cuerpo se sacudía, las piernas le temblaban, y un chorro de líquido empapó la mano de Francisco y el vientre de Alicia. Era el orgasmo más fuerte de su vida. Nunca había llegado tan lejos, nunca se había sentido tan viva.


—Qué rápido acabó mi puta—dijo Francisco entre risas, sin dejar de embestir a su mujer. Y siguió follando a Alicia, que ahora gemía con una mezcla de súplicas y órdenes: —Más, dame más, así, así, no pares...


Alicia llegó al clímax pocos segundos después, con un grito ronco que resonó en las paredes del comedor. Su espalda se arqueó, las manos de ella se aferraron a los brazos de Serena como si fueran un salvavidas.


El silencio que siguió fue denso, húmedo. Francisco se puso de pie, dejando a la vista de todos su gran miembro todavía erecto, brillante, cubierto de los jugos de las dos mujeres. Los miró a los tres, y sonrió con suficiencia.


—Tu boca, ahora—le dijo a Serena, señalándole el miembro—. Usá tu boca para hacerme acabar. Quiero ver cómo te lo tragas.


Serena, todavía temblorosa por el orgasmo, se puso de rodillas frente a él. "¿Qué estoy haciendo?", pensó por un instante, pero su cuerpo ya se movía solo. Acercó su rostro al miembro de Francisco, sintió el olor intenso, salado, masculino. Pasó la lengua por la cabeza con timidez al principio, apenas rozándola. Él la tomó de los pelos, con suavidad, pero con firmeza.


—No seas tímida, nena. Hacelo bien.


Ella volvió a intentarlo. Lamió toda la longitud, desde la base hasta la punta, con la lengua plana. Luego succionó solo la cabeza, haciendo círculos con la lengua alrededor. Notó que Francisco respiraba más hondo. Tomó aliento y se llevó más de aquello a la boca, pero apenas llegó a la mitad cuando sintió arcadas. Se ahogó, tosió, sacó la cabeza hacia atrás con una línea de saliva que unía sus labios con el glande.


—No puedo—susurró—. Es muy grande.


Pero él no aceptó un no por respuesta. Con una mano en la nuca de ella, la guio de vuelta. —Podes. Relaja la garganta. Pensá en otra cosa.


Serena se obligó a relajar los músculos de la garganta, como si fuera a tragar una pastilla enorme. Y esta vez pudo pasar la mitad. Empezó a mover la cabeza de arriba abajo, sintiendo cómo aquella cosa le llenaba la boca hasta casi romperle las mandíbulas. Sus manos, instintivamente, subieron a los testículos de Francisco y los masajeó suavemente, mientras seguía chupando con más seguridad, más hambre.


En el sillón, Valentín observaba todo con los ojos como platos. Su miembro seguía flácido, pero la excitación mental era tal que sentía la cabeza a punto de estallar. "Mirala", pensaba. "Mirala cómo se lo chupa. Nunca me la chupó así a mí". Y esa mezcla de celos, excitación y humillación lo tenía al borde de un colapso nervioso. Los segundos pasaron, y cuando Serena introdujo casi todo el miembro de Francisco en su garganta, tragando saliva y ahogándose y volviendo a intentarlo, Valentín sintió que ya no podía contenerlo. Sin tocarse siquiera, eyaculó sobre el sillón, un espasmo seco y caliente que lo dejó temblando, los ojos clavados en la boca de su mujer llenándose de otro hombre.


Francisco, sintiendo cerca su propio fin, agarró a Serena de los pelos con más fuerza, empujó su cabeza hacia adelante, y comenzó a moverse dentro de su boca. —Traga todo—gruñó—. No derrames una gota.


Y terminó. Un chorro caliente y espeso llenó la garganta de Serena, que tosió, se ahogó, pero tragó casi todo. Cuando él se retiró, ella quedó en el piso, con los ojos llorosos, la cara sudada y enchastrada de saliva y de su propio llanto, el rímel corrido, el cabello enmarañado. Pero en sus ojos, había una chispa. Una especie de fuego nuevo que no estaba ahí antes. Algo que se había despertado y que no iba a poder apagar nunca más.


El silencio se apoderó del lugar. Solo se escuchaban las respiraciones agitadas. Francisco se abrochó los pantalones con calma, miró a su mujer, que también se estaba incorporando, y luego a Serena, que seguía en el piso, y a Valentín, que no se había movido del sillón.


—Muy rico postre—dijo, con una sonrisa cortés, como si acabaran de terminar un café—. Pero mi mujer no pudo probar lo suyo, así que nos vamos. La lasaña queda para otra ocasión.


—Pero...—intentó protestar Valentín, incorporándose torpemente—. Habíamos quedado en que...


—No quedamos en nada, chico—lo interrumpió Francisco con firmeza—. Ustedes son primerizos, nosotros no. Esto fue una degustación. Si quieren más, ya saben cómo encontrarnos.


Alicia se acercó a Valentín y le dio un beso en la mejilla. —No te preocupes, corazón. Si te relajás, la próxima va a pararse sola—le susurró. Y luego, a Serena, que seguía en el piso, le guiñó un ojo. —Fuiste una diva, nena. La próxima te enseñamos más.


Y se fueron. La puerta se cerró con un clic suave, dejando a Serena y Valentín en un silencio sepulcral, rodeados de platos de comida fría, velas consumiéndose y el olor a sexo flotando en el aire.


Serena fulminó a su marido con la mirada. Tenía los ojos enrojecidos, pero no de tristeza: de furia contenida. "¿Cómo se atreven a irse así?", pensó. "Recién estábamos empezando". Quería más. Quería todo. Quería que ese desconocido la volviera a penetrar sobre la mesa, que Alicia la besara otra vez, quería probar otras cosas, otras combinaciones.


—No dijiste nada—escupió hacia Valentín, con una voz ronca—. Se fueron y vos no dijiste nada.


—¿Qué querías que dijera?—respondió él, con los brazos cruzados—. Ellos tienen la sartén por el mango, nosotros...


—¡No me importa!—gritó ella, levantándose del piso, tomando un mantel para cubrirse—. Yo quería más. Yo necesito más.


Valentín la miró fijo. Y por primera vez en toda la noche, sonrió. —¿Viste? Te dije que te iba a gustar.


Ella quiso seguir enojada, pero no pudo. Algo en el fondo de sus ojos se suavizó. Se miraron sin hablar, los dos desnudos, los dos enchastrados, los dos con el corazón latiéndoles en la garganta.


—Mañana los llamamos—dijo Valentín, rompiendo el silencio.


Se acostaron sin cenar, sin más palabras, pero ninguno de los dos durmió. Daban vueltas en la cama, cada uno fingiendo sueño, cada uno con la mente a mil revoluciones. Serena repasaba cada segundo: la mano de Francisco apretándole la nalga, el tamaño de su miembro, el orgasmo que la había partido al medio. Valentín no podía sacarse de la cabeza la imagen de su mujer arrodillada, con la boca llena, los ojos llorosos. Y ambos, por separado, llegaron a la misma conclusión: necesitaban más. También querían probar otros intercambios, otras posiciones, otras personas.


El reloj marcaba las tres de la mañana cuando Serena se dio vuelta en la cama y le habló a la nuca de su marido.


—¿Vos también estás pensando en cómo hacer para que la próxima sea mejor?


Valentín se rió bajito, pero no repondio.


Y aunque no se dijeron nada más, los dos sonrieron en la oscuridad. Ya no había vuelta atrás. Habían cruzado un umbral del que no se regresa, y no les importaba. Lo único que les importaba era cuándo volverían a cruzarlo.


Con más fuerza. Con más ganas. Con más de todo.


Continuara...

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author

en mis escritos privados, juegos con la psicologia de los personajes y juego el doble sentido en algunos dialogos.

recomiendo añadir imagenes. eso ayudaria.

12 días

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