Oblivium
El viento aullaba, mientras las estrellas vibraban con un gélido resplandor sobre el mar del cielo.
Jorge era una persona para muchos envidiable, no se hacia muchos problemas. Siempre andaba sonriendo y hasta contagiaba su bienestar con sus carcajadas. Todos lo querían cerca, pero también no podían evitar preguntarse: ¿Cómo es posible que nunca tuviera un solo problema en su vida? ¿Cómo es posible que sonriera tanto?
Quizás el secreto era su soltería, quizás que siempre estaba enfocado en sus metas, quizás se debía a su mentalidad resiliente y flexible ante cada contingencia del trabajo.
De cualquier forma, parecía que el Sol siempre iluminaba su camino, allá dónde fuera.
En realidad, el secreto de su bienestar era más oscuro.
Eran las diez de la noche, la mayoría de los locales cerraban sus puertas, excepto uno. Jorge entró como si fuera su propia casa, ya conocía cada rincón y cada estante. Incluso sabía que, aunque el vendedor no estaba a la vista, había cámaras en cada esquina que vigilaban sus pasos.
Se acercó a un estante, a otro, y a otro. Revisaba las cajas, cada una con su color, cada una con su título: “noches de pasión”, “vacaciones paradisíacas”, “el resplandor de sus ojos”.
Jorge no era una persona que decidiera sobre la marcha, por eso detestaba cuando lo obligaban a cambiar sus planes.
Cuando encontró lo que estaba buscando se acerco al mostrador, y una vez que pago por el producto, se subió a su vehículo y regreso a su casa.
La Luna se perdía bajo un manto de nubes sombrías.
Jorge se bajo de su vehículo y aseguró la puerta principal. El viento ya no se filtraba por el vidrio, pero todavía quedaba reparar algunas abolladuras del parachoques delantero.
Cerró con llave y se dirigió al sillón, donde lo aguardaba un celular y unos auriculares.
Se sentó y abrió la caja. Estaba vacía, pero dentro se podía leer un código.
“73mPUZ-3d4X-R3rUM”
Jorge encendió su celular y abrió una aplicación llamada “Oblivium”. Cargo el código y solo se sentó a escuchar el audio. Sus oídos no escuchaban nada, pero de alguna forma su cerebro captaba todo.
Era una frecuencia especial, embriagante, pero imperceptible para el oído humano.
Tan solo se sentó a escuchar el audio, mientras los recuerdos vibraban en su mente.
Aquella tarde Jorge había conocido a una mujer, una prima de un amigo. Joven, radiante, risueña, atractiva. Se reía de todos los chistes y constantemente los abrazaba a la menor oportunidad.
Todavía recordaba la melodía de su voz. El perfume de su fragancia. La luz de sus ojos esmeralda.
Jorge sabía que, si la volvía a ver, tendría que cambiar muchos planes. Sabía que, si la volvía a ver, su corazón volvería a latir.
Pero en un suspiro, la alarma sonó, y con el pálido Alba, Jorge se levantó del sillón con todas sus energías.
No entendía porque, pero las lágrimas surcaban su rostro.
Tal vez haya sido una pesadilla. Cada tanto tenía algunas. Por eso tuvo que mudarse varias veces.
Las hojas se agitaban ligeramente con la brisa del viento.
Jorge intentaba recordar las tareas pendientes del día anterior, pero no lograba recordar nada de la tarde.
Eso no lo molestaba, sabía que si era importante, volvería a recordar.








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