Capítulo 1
¿Te imaginas que el amor de tu vida esté enamorada de tu hermano gay y que ahora sea tu esposa?
Así comienza mi historia: Y si te parece absurda, entonces no has vivido lo suficiente como para entender que la vida no escribe guiones coherentes.
Yo sí.
Nadie sabe que Lia Montenegro y yo estamos casadas legalmente desde hace cinco años. Nadie sabe que la mujer que una vez juré destruir, me pertenece. Y tampoco saben que aún hoy, la amo con todo lo que me queda, incluso si ella sigue creyendo que mi hermano fue su gran amor.
Todo comenzó el día de su boda con él, sí, con Damian, mi hermano. Un hombre que por cierto, es gay, y que decidió confesarlo justo frente al altar. A veces pensé que fue su última carta para escapar de un destino impuesto, pero no.
Damian estaba enamorado de verdad. Y estaba casado.
¿Quieres que te cuente cómo fue?
*
—No me quiero casar—dijo mi hermano, apenas cruzamos los portones de la iglesia. Su voz sonaba más nerviosa que desafiante.
—¿Cuántas veces tengo que repetírtelo, Damian?— bramó mi padre desde el asiento delantero. —Esto no es por amor. Los Montenegro controlan el puerto principal, solo necesitamos que finjas. Es por negocios. Por el control del contrabando.
Damian bajó la mirada. Mis padres, como siempre, trataban el matrimonio como un juego de ajedrez.
—¿Y qué hay del poder judicial, padre? Tú lo tienes todo. ¿Por qué no lo haces de otra manera?
Yo sabía por qué no podía, porque no era tan intocable como aparentaba.
Yo no decía nada, solo los escuchaba discutir.
Pero mi atención estaba en otra parte.
Estaba en ella.
Allí, a unos metros de distancia, de pie en una esquina de la iglesia, vestida de blanco y de orgullo, Lía Montenegro parecía una estatua esculpida para la tragedia. El escote perfecto de su vestido no era indecente: era un grito elegante de poder femenino, estaba hermosa, demasiado.Y yo... Yo no podía dejar de mirarla.
Meses atrás, la vi por primera vez, y me robó el aliento. Pero había un problema: ella amaba a otro: A mi hermano. Aquel que se quejaba justo ahora por tener que casarse con ella.
Qué ironía.
Entonces, como si una fuerza fuera de mí me empujara, dije:
—Deberíamos entrar, se hace tarde.
Mi voz cortó la conversación como un cuchillo. Mis padres y Damian se giraron hacia mí, sorprendidos.
—¿Sabes que solo estaremos nosotros? —gruñó mi padre. —Que esperen.
Doce minutos, eso fue lo que le tomó a Damian encontrar el valor para salir del auto.
Doce minutos en los que yo no aparté la mirada de Lia.
Ella, por su parte, intercambió unas palabras rápidas con un hombre. Se sonrieron, discretos, y entraron.
Adentro no había más que sombras, la iglesia estaba vacía, sin flores, sin música, sin invitados. Una boda secreta, organizada como una operación quirúrgica. Solo estábamos los necesarios: el cura, la novia, un acompañante, mis padres, Damian y yo. El mínimo para cerrar un trato, nada más.
Era la primera vez que veía a una novia esperando al novio.
Pero no sería la última sorpresa del día.
Damian dio unos pasos hacia el altar. Su respiración era audible. Todos los ojos estaban sobre él.
Y entonces, con voz temblorosa, pero lo suficientemente fuerte para que todos escucháramos, dijo:
—Lo siento. No puedo casarme.
Silencio.
Pesado, inmóvil, asesino.
—Soy gay. Me gustan los hombres.
Por un instante, nadie respiró, ni siquiera yo.
Mi padre fue el primero en moverse. Caminó hacia él con la calma de quien ha matado antes con palabras. Le tomó del hombro con fuerza y dijo:
—Que digas esta tontería ahora no va a impedir la boda. Sabes por qué tienes que hacerlo.
—Lo siento, padre. —Repitió Damian. —No puedo. Me casé con Santiago el mes pasado.
¿Santiago?
¡¿Qué diablos estaba pasando?!
Yo no podía hablar. Mi mente estaba girando, pero mi cuerpo no se movía. Estaba en shock.Lía, en cambio, parecía de piedra, fría, herida, pero digna.
Mi padre estalló.
Damian le entregó un papel.
El acta de matrimonio, supuse.
La reacción fue inmediata: mi padre rompió el documento en mil pedazos, los esparció como nieve tóxica en el suelo, y le dio una bofetada tan fuerte que hasta yo sentí el ardor en la cara.
—Has deshonrado a la familia, Damian.
Mi hermano carraspeó, se recompuso como pudo, y volteó hacia la mujer que debió haber sido su esposa.
—¿Qué decirte? Supongo que la boda se suspende.
Y fue entonces cuando ella habló.
La mujer que no había pronunciado ni una sola palabra desde que llegamos.
Lia Montenegro, esa mujer imposible, esa novia traicionada se acercó a nosotros con pasos lentos, como si estuviera caminando sobre cristales rotos.
Me miró.
Solo a mí.
Y con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, dijo:
—Entonces... Entrégame a tu hija, que sea ella quien se case conmigo.
Silencio.
Mi madre se llevó una mano al pecho.
Damian se giró en seco.
Mi padre pareció paralizado.
Yo...
Yo solo pude decir:
—¿Qué?