Chapter 1 El peso de los silencios.
"El silencio puede ser un refugio durante un tiempo, pero cuando permanecemos demasiado en él, termina aprendiendo nuestro nombre."
Últimamente es un poco difícil el poder sentirme querido, no sé qué me pasa. La verdad ya ni siquiera lo intento. Cuando era un poco más joven le restaba importancia.
Pero por más frío e indiferente que quiera ser sigo teniendo sentimientos. Y esa es quizá la parte que más me confunde de todo esto.
Porque intento convencerme de que no debería importarme, de que debería simplemente seguir con mi vida como si nada.
Pero hay algo dentro de mí que insiste en lo contrario. Algo que no termina de apagarse del todo.
¿Por qué cuesta tanto el poder abrirle mis sentimientos a otra persona?
A veces pienso que tengo las respuestas, que entiendo perfectamente lo que me ocurre.
Pero en el fondo sé que solo son excusas que he construido para seguir utilizando una máscara.
Esa con la que digo estar bien cuando en realidad siento un vacío en mí que me está consumiendo poco a poco.
Esa misma máscara con la que suelo aparentar ser amigable, como si fuera más fácil vivir así que enfrentarlo de verdad.
Ya es tarde y tengo sueño.
Pero si cierro los ojos mis pensamientos me van a seguir a mis sueños.
No quiero seguir en lo mismo, pero no sé cómo salir de lo mismo.
Y a veces esa es la parte más frustrante de todo.
El saber que algo no está bien pero no tener claridad de cómo cambiarlo.
Como si estuviera atrapado en un patrón que ya conozco demasiado bien pero del que no logro salir.
¿Alguien tiene idea de lo difícil que es abandonar los hábitos?
Yo creo saber con certeza lo difícil que es.
Lo experimento en carne propia con la soledad.
Quiero salir y divertirme como toda persona de mi edad lo hace.
Pero me ata la soledad.
Se ha convertido en mi compañera más fiel.
Y aunque suene extraño incluso reconozco que ya me acostumbré a su presencia.
Quiero hacer amigos.
Pero la soledad me susurra al oído que ya con ella basta.
Como si me recordara constantemente que no necesito a nadie más.
Esta vida es extensa cuando la vives en soledad.
Y la muerte ha de ser igual.
No la deseo por más vinculado que esté con la soledad.
Siento que sería un desperdicio tirar a la basura veintidós años de vida.
Veintidós años aprendiendo de la sociedad para poder adaptarme a ella.
Pero sin ser capaz de utilizar adecuadamente los conceptos que esta me ha brindado.
Como si todo lo aprendido no terminara de encajar conmigo.
Mis sentimientos son muy profundos a diferencia de la sociedad discordante de hoy en día.
Mientras que mis pensamientos son adaptables a mi entorno.
Mis emociones se anteponen a ellos.
Y por más frío que sienta en el exterior, en el interior siento calor.
Un calor extraño pero presente.
Que aparece sobre todo cuando hago algo bueno por alguien sin esperar nada a cambio.
Porque en esos momentos siento que algo dentro de mí encaja aunque sea por un instante.
Es un calor agradable el que percibo cuando ayudo a alguien sin obtener nada a cambio.
Aunque la empatía es poco vista últimamente.
Y no sé si es el mundo el que ha cambiado o si soy yo el que no termina de encajar en él.
Pero siento que en vez de ir hacia adelante estamos retrocediendo cada vez más.
Hay tecnología y muchas cosas sorprendentes que no había hace unos años.
Eso tenlo por seguro.
Más sin embargo estamos estancados en cuanto a las emociones se refiere.
Vuelvo a cerrar los ojos pensando que solo será un parpadeo corto.
Pero al abrirlos nuevamente y mirar la hora en mi teléfono me doy cuenta que son las tres de la mañana.
Y en ese instante siento ese mismo vacío de siempre.
Ese momento exacto en el que todo parece detenerse.
Y la casa se siente más grande de lo que debería.
Como si el silencio tuviera peso propio.
—Debería dormirme ya —digo a nadie en particular.
Mientras me levanto de la mecedora que está en la galería con una excelente vista a la vegetación que rodea mi casa.
Y me dirijo a mi habitación, la cual es un poco espaciosa para solo habitarla una sola persona.
Mientras camino siento cómo el silencio me sigue de alguna forma.
Como si no se quedara atrás sino que me acompañara.
Le doy un toque al interruptor para apagar la luz y poder dormir mejor.
Y sin más me lanzo con cuidado en la cama y cierro los ojos deseando que el día de mañana sea mucho mejor que el de hoy.
Aunque en el fondo no estoy del todo seguro de si realmente creo en eso o si simplemente es algo que digo para convencerme de que todo sigue bien.
Entonces ocurre.
No de inmediato.
No como un cambio brusco.
Sino como cuando la mente deja de diferenciar entre lo que piensa y lo que empieza a sentir como real.
Estoy caminando.
No sé dónde.
No sé por qué.
Solo sé que el suelo ya no es el de mi habitación.
Es tierra húmeda.
Un sendero rodeado de árboles que parecen observar en silencio.
Como si estuvieran esperando algo de mí que no termino de entender.
Y el aire es distinto.
Más frío.
Más pesado.
Pero al mismo tiempo extrañamente familiar.
Como si ese lugar no fuera nuevo del todo.
Y entonces lo escucho.
Pasos.
Primero los míos.
Luego otros que no logro ubicar.
Pero que avanzan al mismo ritmo.
Como si alguien caminara exactamente detrás de mí sin intención de acercarse ni de alejarse.
Simplemente acompañando mis pasos de una forma inquietante.
Me detengo.
Y los otros también se detienen.
Giro la cabeza lentamente.
Pero no hay nadie.
Solo árboles y oscuridad entre ellos.
Y aun así sé que no estoy solo.
Porque el silencio aquí no se siente vacío.
Se siente atento.
Como si algo me estuviera escuchando sin necesidad de mostrarse.
Sigo caminando.
Aunque ahora con más conciencia de ese segundo ritmo que me acompaña.
Y la sensación de ser observado crece sin que pueda explicarla.
Hasta que finalmente lo escucho.
—Siempre haces la misma pregunta.
Me detengo de golpe.
Porque la voz no viene de un lugar específico.
No viene de un punto detrás de mí ni de los árboles.
Viene de algo más profundo.
Como si naciera directamente en el espacio donde se forman los pensamientos.
—¿Quién eres? —pregunto sin girarme.
Hay un silencio breve antes de la respuesta.
Uno que no parece vacío sino intencional.
Como si la voz estuviera observándome antes de hablar.
—Esa es la pregunta equivocada —responde con calma.
Sin prisa.
Como si no tuviera ninguna urgencia en explicarse.
El aire cambia.
O quizá soy yo el que lo percibe diferente.
Pero todo parece detenerse un instante.
Como si el bosque entero estuviera escuchando lo mismo que yo.
—La verdadera pregunta —continúa la voz— es por qué sigues fingiendo que no me conoces, ¿eh, Luima?
Mi nombre.
No lo dije.
No lo pensé en voz alta.
Y aun así está ahí.
Pronunciado por algo que no debería saberlo.
Algo que no debería tener forma.
Algo que no debería existir en este lugar.
Y sin embargo lo dijo con una naturalidad tan absoluta que por un instante dudo más de mí mismo que de la voz.
Siento cómo algo dentro de mí se contrae.
No solo por sorpresa.
Sino por la sensación de que esa presencia no está descubriendo nada nuevo.
Sino recordándome algo que yo he estado evitando todo este tiempo.
—¿Cómo sabes mi nombre? —pregunto.
Esta vez con una voz que no suena completamente firme.
La respuesta llega después de un breve silencio.
Casi como una exhalación contenida.
—Porque llevo mucho tiempo contigo.
El silencio volvió a caer entre los árboles.
Pero ya no era el mismo silencio de antes.
Ahora tenía peso.
Como si cada segundo estuviera cargado de algo que no terminaba de comprender del todo.
Y la voz, después de pronunciar aquellas palabras, permaneció ahí sin prisa.
Como si no necesitara añadir nada más para hacerme sentir incómodo.
“Porque llevo mucho tiempo contigo…”
Aquella frase no se sintió como una respuesta.
Sino como una confirmación de algo que yo aún no era capaz de aceptar.
Y fue en ese instante cuando noté que el entorno comenzaba a cambiar de forma sutil.
Casi imperceptible.
Como si el bosque respirara de manera diferente.
Y las sombras entre los árboles empezaran a moverse con una intención que antes no tenían.
Como si por primera vez dejaran de ser solo oscuridad para convertirse en algo más.
Sentí cómo mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente.
Retrocediendo ligeramente sin saber exactamente por qué.
Mientras mis ojos intentaban encontrar una explicación racional a lo que estaba viendo.
Pero no la encontraba.
Porque las sombras ya no eran estáticas.
Ya no eran simples manchas de oscuridad entre los troncos.
Estaban tomando forma.
Una forma que no terminaba de definirse pero que se sentía cada vez más cercana.
Más consciente.
El corazón comenzó a golpearme con más fuerza.
No por miedo puro.
Sino por reconocimiento.
Por esa sensación incómoda de estar viendo algo que no debería existir.
O algo que en el fondo siempre estuvo ahí pero nunca quise mirar de frente.
Y entonces, sin darme cuenta, di un paso hacia atrás mientras mis labios se separaban ligeramente.
—No puede ser… —susurré.
Sin estar seguro de si lo decía por lo que veía o por lo que estaba empezando a entender.
La sombra más densa entre los árboles pareció estabilizarse.
Como si hubiera estado esperando exactamente ese momento para definirse.
Y entonces, desde ese mismo punto donde la oscuridad parecía más profunda, la voz volvió a aparecer.
Con la misma calma de antes.
Sin prisa.
Sin emoción exagerada.
Casi con naturalidad.
—Sí que puede.








