Necesitabas un macho
La muerte de Hernán había sido un baldazo de agua fría para Johana, pero recién tres meses después, cuando el silencio se volvió insoportable y los acreedores empezaron a llamar, sintió que se ahogaba. A sus treinta y cinco años, viuda y con dos hijas, se encontró de golpe sin un peso, mirando un futuro que se le venía encima como un paredón. Hernán era el que llevaba el dinero a casa, el que manejaba las cuentas, y al morir dejó una estela de deudas que Johana ni siquiera sabía que existían. El entierro ya le había costado un ojo de la cara y ahora le faltaba para la luz, para el agua, para la comida de sus hijas. Julieta, de veinte años, y Martina, de dieciocho, estudiaban en la universidad y vivían ajenas a ese infierno económico que Johana trataba de ocultarles con sonrisas falsas y un nudo eterno en la garganta.
En medio de ese caos apareció Mauro. El vecino de al lado, un hombre gordito, moreno, de cincuenta años, que se había hecho amigo de Hernán en los asados de los domingos. Mauro siempre estaba ahí, servicial, con una palabra amable, con una mano tendida. Cuando Johana no sabía cómo pagar la boleta del gas, Mauro apareció con los pesos en la mano, sin preguntar nada. Cuando lloraba sola en la cocina a la madrugada, Mauro le mandaba un mensaje de texto diciéndole que se fuera a dormir, que él se encargaba de todo. Se había convertido en su sostén sin que ella terminara de entender por qué un vecino tan solo, que no tenía familia, se desvivía tanto por ella y sus hijas.
Lo que Johana ignoraba era que Mauro nunca había considerado a Hernán su amigo. Lo había envidiado en silencio durante años. Lo veía con Johana, esa mujer de piel morena, cabello negro y largo, ojos claros como dos esmeraldas, unas tetas grandes que se adivinaban bajo cualquier remera, y ese culo redondo y firme que movía como un péndulo cuando caminaba. Pero también veía a las hijas: Julieta, con el mismo fuego en la mirada que su madre, y Martina, apenas una mujer, fresca, inocente, con esa piel joven que pedía ser descubierta. Mauro, en las noches solitarias de su casa, deseaba tener lo que tenía Hernán: un harén en la propia casa. Y ahora que Hernán había muerto, Mauro vio la oportunidad de su vida. No solo quería su cuerpo, sino también el de las dos chicas. Pero no de cualquier manera: quería darles un buen futuro, una vida sin preocupaciones, una vida que el difunto jamás les pudo dar con sus trabajos mediocres y sus deudas eternas. Mauro era un hombre fogoso, ardiente, pero también calculador. Y esa mañana, mientras se preparaba para la visita, sabía que iba a dar el primer paso.
——
Eran las diez de la mañana cuando Mauro cruzó el patio que separaba las dos casas. Llevaba sin querer queriendo unos bizcochos de grasa y un termo con agua caliente. Johana lo esperaba en la cocina, con el mate listo, los ojos hinchados de trasnochar llorando. Las chicas ya se habían ido a la universidad: Julieta a las ocho y media, Martina media hora después. La casa olía a café, a tristeza y a ese silencio que pesa como una losa.
—Pasa, Mauro. Estaba por cebar unos mates —dijo ella, forzando una sonrisa.
—Gracias, vecina. Acá traje bizcochos, no te vi desayunar mucho estos días —respondió él, dejando el paquete sobre la mesa.
Se sentaron frente a frente. Johana cebó el mate con manos temblorosas. Mauro la observaba en silencio, estudiando cada gesto, cada respiración. Ella vestía una remera blanca, fina, sin corpiño, y un jogging negro que se ajustaba a sus caderas anchas. El sol de la mañana entraba por la ventana y dibujaba sombras en su rostro.
—¿Dormiste algo, Joha? —preguntó él, tomando el mate.
—Poco, Mauro. Anoche no pude cerrar los ojos. Julieta me dijo que quiere dejar la facultad para ponerse a trabajar, y Martina se la pasa llorando en su cuarto porque no puede salir con sus amigas mientras yo no tengo un mango para darles. Me parte el alma —dijo, y sus ojos verdes se llenaron de lágrimas.
—No pueden dejar la facultad, flaca. Las pibas tienen que estudiar. Yo te voy a ayudar, ya te lo dije.
—Mauro, no puedo aceptar más ayuda tuya. Ya me prestaste plata para la luz, para el agua, para el arreglo del termo. Y con eso... con eso y las otras deudas, ahora encima te debo a vos. No sé cuándo voy a poder pagarte. No tengo trabajo, no encuentro nada, y cada día que pasa me siento más inútil —confesó, y la voz se le quebró.
Mauro se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos en la mesa. Era un hombre de contextura gruesa, panza prominente, brazos velludos y manos grandes. Su rostro moreno estaba marcado por las canas en la barba de dos días, y sus ojos negros, profundos, tenían algo de lobo solitario. Parecía un vecino bonachón, el gordito bueno del barrio, pero adentro le hervía la sangre. Miraba a Johana y la imaginaba en cuatro patas, gimiendo, pidiéndole más. Miraba la foto de sus hijas en la heladera y sentía cómo se le endurecía el miembro debajo del pantalón de vestir. Pero afuera mostraba otra cara: la del amigo fiel, la del salvador.
—Escúchame, Johana. Yo no quiero que me pagues nada. Ni un peso. ¿Entendés? Eso que me debés, lo borramos. No existe. Y desde hoy, yo me voy a hacer cargo de los gastos de la casa y de las chicas. La facultad, la comida, la ropa, todo. Todo lo que necesiten. No quiero que sufra ni una más.
Johana lo miró con los ojos abiertos como platos. Abrió la boca para decir algo, pero él la interrumpió.
—No me digas que no. Ya sé que vas a decir que no es necesario, que vas a salir adelante sola. Pero no es verdad. No podés sola, Joha. Y no está mal pedir ayuda. Yo estoy acá porque quiero. Porque me importan vos y tus hijas. Déjame hacerlo.
—Pero Mauro... es demasiado. No es justo para vos. Sos un hombre solo, trabajás para mantenerte a vos mismo. No puedo cargarte con todo esto —dijo ella, negando con la cabeza.
—No es carga para mí, flaca. Yo tengo un buen pasar, laburo desde casa, tengo ahorros. Qué querés que haga con la plata si no tengo familia. Ustedes son como mi familia. Déjame ayudarlas de verdad. No con monedas sueltas cuando te falta para el pan. Dejame que me ocupe de todo. Que no tengas que preocuparte más.
Johana sintió un nudo en la garganta. No podía creer que existiera alguien tan bueno. Las lágrimas le rodaron por las mejillas y se limpió con el dorso de la mano.
—Sos una gran persona, Mauro. No sé cómo voy a agradecerte todo esto. En serio, si necesitás algo de mí, lo que sea, decímelo. No quiero que sientas que das todo y no recibís nada —dijo, con la voz entrecortada.
Mauro sonrió, mostrando una calma que escondía un tigre.
—Con tu sonrisa y tu lealtad me basta, Joha. Solo eso. Que confíes en mí. Que me seas leal. ¿Es mucho pedir?
"Lealtad", pensó Johana. La palabra le sonó rara, fuera de lugar, como si no perteneciera a una conversación entre vecinos. Pero lo atribuyó al cariño que Mauro sentía por ella, a esa forma tan intensa de ofrecer su ayuda. Asintió, agradecida, sin darle más vueltas.
—Acepto, Mauro. Gracias, de verdad. No sabés lo que significa para mí y para las nenas —dijo, secándose las últimas lágrimas.
Mauro se recostó en la silla, satisfecho. El anzuelo estaba puesto. Ella había mordido. Ahora solo faltaba esperar el momento justo.
—Bueno, basta de llorar. Cebá otro mate que se está enfriando el agua —dijo, cambiando el tono a uno más ligero.
Johana se levantó de la silla. Lo hizo rápido, sin pensar, y Mauro aprovechó para devorarla con la mirada. Ella era un espectáculo. La remera blanca se pegaba a sus pechos grandes y redondos, que se movían con un peso hipnótico al caminar. El jogging le marcaba la tanga y esas nalgas que parecían dos mitades de un melón perfecto. Su cabello negro le caía sobre los hombros y sus ojos verdes brillaban con un verde casi irreal. Morena natural, con esa piel dorada que el sol de la mañana hacía brillar. Mauro sintió la boca seca y se removió en la silla para disimular la erección que ya asomaba.
Johana fue a la mesada, llenó la pava con agua y la puso al fuego. Mientras esperaba, apoyó las manos en el mármol y cerró los ojos un segundo. Y ahí, sin que él lo viera, sintió algo que la estaba atormentando desde hacía semanas: un cosquilleo caliente entre las piernas, una humedad que aparecía sin avisar. Se había estado sintiendo excitada todo el tiempo. Al despertar, al bañarse, al ver a un hombre en la tele. Lo atribuía a la abstinencia. Tenía treinta y cinco años, había tenido una vida sexual muy activa con Hernán, y desde que él murió no había vuelto a tocar un pito. Necesitaba sexo como el aire, pero se sentía culpable por pensarlo. "Es solo calentura", se repetía. "No es que lo necesites a él o a otro. Es que extrañas coger". Pero su cuerpo, traidor, se encargaba de contradecirla con humedad constante y pechos que se endurecían sin motivo.
Volvió a la mesa con la pava y se sentó. Cebó el mate con manos que ahora, sin que él lo notara, temblaban por otra cosa. Charlaron un rato más: de las chicas, del trabajo, del calor que empezaba a hacerse sentir. Pero a Johana le costaba concentrarse. Cada vez que Mauro movía sus manos grandes, ella imaginaba esas manos tocándole los pechos. Cada vez que él reía, ella pensaba en su boca sobre la suya. Estaba empapada. Un ardor insoportable le recorría el vientre. Necesitaba tocarse, ya.
—Che, Mauro, discúlpame. Me está dando mucho calor. Voy al baño un toque y vuelvo —dijo, levantándose de golpe.
—Dale, no te apures —respondió él, con una sonrisa que a ella le pareció normal.
Pero Johana no fue al baño. Salió de la cocina, cruzó el pasillo rápido, casi corriendo, y entró a su cuarto. Cerró la puerta sin hacer ruido. Se apoyó contra la madera y respiró hondo. Ya no podía más. Se había estado masturbando tres, cuatro, cinco veces por día desde que enviudó. A escondidas, cuando las chicas se iban a la facu, o cuando se acostaban. Era la única forma de calmar esa ansiedad que le hervía en la sangre. Y ahora, con Mauro al lado, la necesidad era casi dolorosa.
Se sacó el jogging a los tirones. La tanga negra estaba mojada, pegada a su carne. Se la quitó rápido, dejándola caer al piso. Se subió la remera y la mordió para no gritar. Ahí, parada contra la puerta, metió una mano entre sus piernas y gimió quedito. Sus dedos encontraron su concha húmeda, caliente, pulsando. Comenzó a acariciarse despacio al principio, luego más rápido, con desesperación. Cerró los ojos y arqueó la espalda. Sus pechos grandes se movían con cada respiración agitada. Mordió la tela de la remera para no hacer ruido. Metió dos dedos adentro y los movió con frenesí, mientras el pulgar le rozaba el clítoris, que ya estaba duro como una piedra. Su cuerpo moreno comenzó a temblar. Las piernas le flaquearon. Estaba a punto de explotar, a punto de llegar al éxtasis que tanto necesitaba, cuando...
—Te dije que me llames siempre que necesites algo, vecina.
La voz de Mauro la fulminó. Sus ojos se abrieron como locos. Sus dedos se quedaron congelados adentro de ella. Ahí, en el marco de la puerta, estaba Mauro. Sonriendo. Con el pantalón ya desabrochado y su miembro duro, enorme, sobresaliendo por la bragueta.
Johana quiso gritar, quiso decir algo, pero el cuerpo no le respondió. El pánico se mezclaba con una vergüenza ardiente. Él avanzó sin apuro, seguro de sí mismo, una fiera que ya había olido la presa y sabía que no iba a escapar. La remera se le cayó de la boca y ella intentó cubrirse los pechos con los brazos, pero él ya estaba a su lado.
—No... Mauro, no. No estoy lista para otro hombre... todavía... —atinó a decir, con la voz rota, rota de deseo y de miedo.
Mauro se arrodilló frente a ella, separándole las manos con una firmeza suave. Le abrió las piernas un poco más, un poco más, hasta que ella quedó completamente expuesta. Sus ojos negros se posaron en ese triángulo húmedo, en sus dedos aún mojados, y sonrió con una lujuria que ya no disimuló.
—Tu boca dice que no, pero... —dijo, rozando sus labios con un dedo—. Tu cuerpo sí necesita un hombre. Necesita uno de verdad. ¿O te pensás que no me di cuenta de cómo me mirabas? ¿De cómo temblabas cuando me levanté a buscar más agua? Yo sé lo que te pasa, Joha. Yo sé lo que necesitás.
Sin darla tiempo a responder, Mauro se lanzó sobre ella. La besó con violencia, con hambre, empujándola contra la puerta. Johana, en un principio, quiso resistirse. "Está mal", pensó. "Es el vecino. Es mayor. Es gordito. Hernán nunca fue así". Pero el beso la desarmó. La lengua de Mauro invadió su boca con seguridad, con autoridad, y ella, después de meses de sequía, sintió que se derretía. Lo besó de vuelta. Con desesperación. Con un gemido que se escapó de lo más hondo. Se olvidó de todo: de la culpa, de las deudas, de que él tenía una cámara escondida en el dormitorio. Solo existía esa necesidad animal de ser penetrada.
Él la levantó como si pesara nada, la llevó hasta la cama sin dejar de besarla, y la tiró boca arriba. Johana se abrió de piernas sin pensar. Mauro se puso encima, y de una sola embestida, la penetró. Fue seco, fue duro, fue sin permiso. Y ella gritó.
—¡Aaah, Mauro! —gimió, clavando las uñas en su espalda.
—Callate —gruñó él, y comenzó a mover las caderas con violencia. Envestidas salvajes, bestiales. Sin piedad. El colchón crujía contra la pared. La cabecera golpeaba una y otra vez.
A Johana se le iban los ojos. Nunca en su vida un hombre la había tratado así. Hernán era tierno, delicado, siempre preguntando "¿te gusta así?" y "¿querés que pare?". Con Mauro no había preguntas. Solo embestidas que le llegaban hasta el alma. Le encantaba. Se sentía utilizada, dominada, hembra por primera vez en años. Los gemidos se le escapaban sin control, mezcla de dolor y placer, deliciosamente obscenos.
—¡Sí, así, así, no pares! —suplicaba mientras él la embestía.
Sus tetas grandes subían y bajaban con cada movimiento, rebotando, descontroladas. Mauro las tomó con sus manos grandes, las apretó con fuerza, las mordió, las lamió. Johana arqueaba la espalda ofreciéndole más. Estaba completamente entregada, sudada, con el cabello negro pegado a la cara.
—Date vuelta —ordenó él, y ella obedeció sin chistar. Se puso en cuatro patas, ofreciéndole ese culo redondo que él había mirado tanto desde la ventana. Mauro la agarró de las caderas y volvió a entrar. Más fuerte todavía. Johana enterró la cara en la almohada para ahogar los gritos.
—¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios mío! —sollozaba mientras su orgasmo crecía como una ola gigante.
Explotó con un aullido ronco, sacudiéndose toda, con los dedos retorciendo las sábanas. El cuerpo moreno le temblaba como un flan. Mauro, sin detenerse, sintió cómo se apretaba alrededor de su miembro y eso lo llevó al borde. Se inclinó sobre ella, apoyó sus labios en su oreja, y susurró mientras seguía embistiendo:
—Claramente necesitabas un macho, Joha.
Ella no respondió con palabras. Se giró apenas y lo besó con la lengua, con una urgencia que lo sorprendió. Mauro apretó sus tetas una última vez, hundió los dedos en esa carne blanda, y con tres embestidas brutales, terminó. Se vino adentro, con un gruñido grave, y se quedó quieto, jadeando, enterrado hasta el fondo.
El silencio volvió. Solo sus respiras entrecortadas rompían la paz falsa de la habitación. Se quedaron así un minuto, dos. El sudor de ambos los pegaba.
Mauro se incorporó primero. Se puso de pie, se ajustó el pantalón a medias, y miró a Johana desde arriba. La vio tendida boca abajo, las piernas abiertas, la concha inflamada y chorreante, los pechos aplastados contra la sábana. Mordiscones rojos le marcaban el cuello. El cabello negro, un desastre. El cuerpo moreno brillaba de transpiración. Estaba hermosa, vulnerable, usada. Una obra de arte de lujuria.
—Vecina —dijo Mauro, con una calma que daba miedo—. Siempre para lo que necesites. Para vos y para tus hijas.
Y se fue. Salió del cuarto, cruzó el pasillo, la cocina, el patio. Mientras caminaba, sonreía para sí. Había dado el primer paso. Pero no quería solo sexo. Quería más. Quería todo. Quería a las dos nenas también. Y sabía, con la seguridad del depredador, que iba a lograrlo.
Johana se quedó quieta. Las lágrimas mojaron la almohada, pero no eran solo de culpa. Eran de confusión. En treinta y cinco años, jamás imaginó que un hombre de cincuenta, gordito y moreno, la haría gemir como jamás gimió con Hernán. Y eso la destrozaba por dentro. Sentía que había sido infiel, que había traicionado la memoria de su esposo. Pero al mismo tiempo, en algún rincón oscuro de su ser, estaba contenta. Feliz, incluso. Porque Mauro le prometió un buen futuro. Porque él era bueno. O eso creía ella.
No sabía que esa cama, esa casa, esas sábanas a punto de secarse, eran apenas el comienzo de una nueva vida. Una vida de sexo desenfrenado, de órdenes disfrazadas de cariño, de manipulaciones envueltas en seda. Mauro no era malo, en el fondo. Quería darles una buena vida. Una vida que ni ellas se imaginaban. Una vida en la que las tres, madre e hijas, terminarían arrodilladas ante él.
Pero eso, Johana lo descubriría muy pronto.
Continuara...