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Navidad sin Boda [GL]

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Sinopsis

Lydia Reyes no pierde el control. Nunca. Ni cuando la vida le cambió el barrio, ni cuando le cambiaron los planes. Tiene criterio, tiene método y tiene muy claro lo que quiere. Lo que no tiene es una hermana gemela con dos dedos de frente, porque Sara acaba de anunciar que se casa en Navidad con Miguel Santos. Diecinueve años. Dos meses de plazo. Cero sentido común. Al otro lado de la calle, Gabriela Santos está pensando exactamente lo mismo sobre su hermano. El plan era simple: detener la boda, salvar a sus hermanos de sí mismos y no matarse la una a la otra en el proceso. Dos de tres no estaba tan mal.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Lira Mael
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Antes de Navidad

Lydia llevaba veinte minutos ajustando la misma esfera dorada.

Retrocedió. Encuadró con las manos.

“Todavía no”.

Volvió a moverla.

Esta vez el reflejo de las luces quedó alineado con el resto de los adornos.

Perfect.

La mayoría de las personas jamás habría notado la diferencia. Lydia tampoco consideraba que la mayoría de las personas tuviera el criterio necesario para estas cosas. Después de todo, o nacías con buen gusto o no. Lydia no tenía ese problema.

—¿Qué opinas, Prince?

El perro huskyhuahua levantó apenas una oreja desde el sofá. Llevaba unos cuernos de alce sujetos sobre la cabeza y un diminuto traje de duende navideño que Lydia le había comprado. Le devolvió una mirada somnolienta y agitó la cola una sola vez.

—Sí. Ya se que crees que está perfect —le sonrió a Prince.

El árbol ocupaba casi toda una esquina de la sala. Las luces cálidas serpenteaban entre las ramas verdes, reflejándose en los adornos multicolor, los enormes lazos rojos y los tradicionales adornos que había colocado mientras una playlist navideña en inglés sonaba desde los parlantes. La Navidad simplemente sonaba mejor en inglés, y se veía mejor con paleta cálida. También olía mejor con canela y naranja, no con esos aromatizantes de pino que se usaban para limpiar.

Este año el tema era “Navidad en Villaquién”. Clásico, acogedor, popular,... y la propuesta más sosa que había considerado en su vida, muy por debajo de “Navidad con Marilyn Monroe”, un concepto infinitamente más glamoroso y perfecto para la mansión en la que habían vivido antes de que su padre perdiera la constructora. Pero Villaquién funcionaba para el barrio al que se habían mudado: era colorido, alegre y, con algunos ajustes cuidadosamente calculados por ella, lo bastante elegante para aparecer en Instagram sin provocar vergüenza ajena.

Estaba casi listo.

Tomó la estrella que descansaba sobre la mesa y arrastró una silla hasta el árbol. Solo faltaba colocarla en la punta para declarar oficialmente terminada la operación Villaquién.

Esta Navidad iba a ser la mejor de todas, o al menos tenía muchas más posibilidades de serlo que la anterior. Sara había insistido tanto en darle doscientos soles extra para los adornos que Lydia terminó cediendo. Después de todo, algunas inversiones eran necesarias. Las navideñas, sobre todo.

Estaba estirando los brazos para encajar la estrella en su lugar cuando la puerta principal se abrió.

Prince levantó la cabeza, olisqueó el aire y salió disparado hacia la puerta, meneando la cola como si hubiera pasado años sin verlos.

Lydia frunció el ceño. La emoción le parecía completamente desproporcionada. Después de todo, ninguno de ellos era su dueña. Es decir, ella.

Su madre entró primero, luego su padre. Sara apareció detrás de ellos con la cabeza ligeramente gacha. Lydia conocía muy bien a su gemela; esa era la cara que ponía cuando hacía una travesura y luego se sentía culpable.

—Tu hermana dejó las luces encendidas otra vez —suspiró Franco Reyes mientras cerraba la puerta.

Lydia bajó lentamente la estrella.

El reloj de pared marcaba las diez de la noche. Había pasado más tiempo del que creía. Había asumido que su familia estaba haciendo el mercado semanal mientras ella recorría media ciudad buscando los mejores adornos navideños a buen precio. Normalmente ir de compras le tomaba horas, muchas horas, pero había descubierto una tienda de importaciones chinas que había hecho milagros para su presupuesto navideño.

Se fijó en el atuendo de su familia.

Su madre traía puesto el traje Chanel que cuidaba como oro, con un maquillaje mucho más elaborado de lo habitual. Su padre estaba usando la camisa de algodón egipcio que reservaba para eventos importantes. Y Sara llevaba un hermoso vestido color champagne.

Un momento.

Ese era el vestido que prometieron turnarse porque a ambas les encantaba y solo había una unidad. Por la ley de gemelas, era el turno de Lydia.

Nadie iba vestido así para comprar verduras, detergente y papel higiénico. Nadie en su sano juicio, al menos. Eran más bien atuendos que usaban en los cumpleaños importantes, en las cenas de fin de año, en el bautizo del primo al que nadie quería pero todos asistían por compromiso. Era el nivel de producción que su familia reservaba para ocasiones que importaban. Y esta noche, aparentemente, había habido una.

Y sin avisarle a ella.

Sara levantó la vista. Al verla sobre la silla, se quedó inmóvil.

—¿Qué haces ahí? Es temprano.

—¿Temprano? —repitió Lydia, señalando el reloj con la estrella—. Son las diez de la noche.

—Sí, pero es temprano para ti. Tú demoras mucho cuando vas de compras.

—Bueno, encontré rápido lo que quería.

Sara no pareció aliviada. Todo lo contrario.

Bajó de la silla sin dejar de observarlos.

—¿Por qué están vestidos así? Y Sara…

Inspiró profundamente. Era de mala educación levantar la voz, aunque algunas cosas merecieran decirse a gritos.

—Y tú no pediste permiso.

—¿Qué?

—El vestido.

—¿El vestido? Ah. Si, lo siento —dijo Sara, demasiado rápido—. Yo… te lo compenso luego.

El sonido de objetos en la mesa captó su atención. Su padre vació deprisa los bolsillos sobre la mesita —llaves, billetera, el celular— y caminó directo a la cocina sin decir nada.

Lydia lo siguió con la mirada hasta que desapareció por la puerta.

Su madre ya tenía el celular en la mano. Por supuesto.

¿Estaban huyendo de ella?

Cerró los ojos un segundo. El universo, evidentemente, tenía muy poco que hacer esta noche.

Cuando volvió a abrirlos, miró a Sara.

—¿Dónde fueron?

—Salimos a cenar.

—¿A cenar? —Lydia miró a su hermana de pies a cabeza—. ¿A dónde exactamente?

—A un restaurante.

—¿Estás jugando conmigo?

Sara hizo esa cara que siempre la delataba cuando no quería responder, pero tampoco sabía mentir.

—Sara… —la tomó de los brazos con cuidado y suspiró largo, casi teatral—, dime la verdad.

—¿Te parece si hablamos en privado? —pidió con la voz en un hilo.

—¡Qué buena idea! —intervino su madre sin levantar la vista del celular—. Me voy a ver qué hace su padre en la cocina.

El sonido de sus pasos se perdió casi de inmediato. Después se oyó una puerta cerrarse.

—Para que mamá y papá te dejen sola en esto, es porque esto me va a afectar a mí.

—No exactamente.

—Ya suéltalo, Sara. ¿Qué pasó?

Sara miró el sofá. Luego la miró a ella.

—Siéntate —pidió.

Lydia no se movió de inmediato. Seguía con la estrella en la mano.

—¿Sara?

—Por favor —casi suplicó.

Suspiró. Dejó la estrella sobre la mesa con el cuidado de quien deposita una reliquia y se sentó recta, con la espalda de alguien que está siendo muy razonable y quiere que quede constancia de ello. La estrella podía esperar. Sara, aparentemente, no.

Sara se sentó frente a ella. Cerca. Demasiado cerca.

Le tomó las manos.

Lydia la miró.

—¿Me vas a dar una mala noticia o me vas a pedir un riñón?

—Lydia…

—Porque si es el riñón—

—No es el riñón.

—Entonces habla de una vez.

Sara tragó saliva. Apretó sus manos con fuerza, como si necesitara sujetarse a algo antes de saltar.

Lydia sintió que el estómago le daba un aviso.

—Me voy a casar.

El árbol siguió parpadeando detrás de Sara.

¿Acaso escuchó bien?

—Repite eso.

—Me voy a casar.

Lydia la miró fijamente y entonces se echó a reír.

No fue una risa bonita ni suave. Fue fuerte, abierta, casi desbordada, como si alguien acabara de contarle el chiste más absurdo del mundo.

—No. —Se limpió una lágrima imaginaria—. No, no, no. Tú estás loca. Ya dime qué hiciste de verdad.

—Lydia. Es en serio.

La sonrisa se le fue borrando poco a poco.

—¿Con quién?

—¿Cómo que con quién? Con Miguel. Mi novio.

—Miguel… —Lydia lo repitió despacio, probándolo como si fuera una pieza mal puesta— Miguel Santos.

—¿Hay otro?

Lydia se quedó sin palabras. La playlist seguía sonando, completamente ajena a lo que acababa de pasar. Mariah Carey gritando con su voz aguda, anunciando que llegó la navidad.

Y entonces todo terminó de encajar.

Y fue peor.

—No —dijo, muy bajito.

Sara intentó explicarse. Lydia la veía mover sus labios, hablaba rápido, demasiado rápido, pero ya no estaba escuchando.

El mareo llegó enseguida. Frío y seco, como si alguien le hubiera tirado encima un balde lleno de hielo.

—Lydia, ¿estás bi—?

El mundo se inclinó de golpe.

—¡LYDIA!

Prince empezó a ladrar a viva voz, como si fuera una alarma de cuatro patas, como si pudiera hacer algo al respecto para ayudar a su dueña.

—Ay, no… —la voz de Sara entrando en pánico—. ¡Lydia, Lydia! ¡Hermanita! ¡Mamá, papá, ayuda!

La puerta de la cocina se abrió de golpe y hubo más escándalo. La espalda de Lydia finalmente se aflojó, la cabeza se le venció hacia un lado y las manos, tan tensas hace apenas segundos, se resbalaron sin fuerza de las de Sara.

Antes de que todo fuera a negro, pensó:

“Maldito Miguel Santos”.

Lydia Reyes se había desmayado ahí mismo, sentada, con el cuerpo vencido y toda su compostura hecha trizas.

Capítulos
1. Antes de Navidad
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