Prólogo y Capítulo 1
En las entrañas de la NASA, la alarma había saltado. El operador miraba con asombro el registro que el espacio enviaba a los aparatos terrestres. Las pantallas mostraban pequeños puntos que subían y bajaban mientras una larga lista desglosaba los detalles. El operador no esperó a que los servidores procesaran el informe completo: manoteó la tableta con los datos en bruto y salió corriendo por el estrecho pasillo.
El presidente miraba los informes, sentado en su sillón. Su rostro serio pero sereno denotaba análisis. Tenía puestos sus lentes de marco fino; usaba la correa, pero en este caso no se la había pasado por el cuello. Varios asesores, rodeando el espacio Oval seguían sus movimientos. Afuera, la oscura noche se cernía sobre la iluminada ciudad, aún distante de lo que se estaba gestando dentro de aquellas cuatro paredes.
—¿Alguien más sabe de esto? —preguntó luego de dejar la carpeta sobre su escritorio y llevando sus ojos por encima de sus lentes.
—Creemos que los chinos y rusos ya están al tanto de lo mismo, señor presidente —respondió rápidamente uno de los asesores, acercándose a la mesa, pasándole unas fotos.
El presidente las tomó. Volvió a acomodarse sus lentes y se relajó sobre el respaldo de su mullido sillón de cuero negro, que abrazó su figura como si tuviera vida propia El jefe de Estado quedó por un momento en silencio, toda la sala imitó su condición. El aire podía cortarse con un cuchillo. Los asesores se miraban entre ellos, pero ninguno se animaba a romper el hielo. Hasta que uno de ellos tomó valor, suspiró hondo y justo cuando iba a preguntar el presidente bajó las fotos a su regazo, volvió a levantar sus ojos sobre sus lentes y dijo serenamente.
—Comuníquenme con Pekín.
Un hombre, con ropa militar, exhibiendo sus condecoraciones ingresó al despacho, un soldado llegaba con él, traía un teléfono satelital en su mano.
—No hará falta, señor presidente —indicó el general, dando la orden con un gesto al soldado para que le acercara el teléfono —El presidente chino está en la línea.
El presidente recorrió con la mirada a todos los presentes. Se levantó parsimoniosamente y tomó el teléfono que le ofrecía el soldado. Con voz clara y potente, ordenó:
—Salgan. Quiero hablar a solas…
Casi instantáneamente, el salón Oval quedó desierto. Los asesores se movieron apresuradamente, el general iba a protestar, pero el rostro sereno del jefe de Estado lo hizo desistir. Ordenó al soldado a retirarse con él. El presidente esperó hasta que el último en la habitación saliera. Se sacó sus lentes dejándolos en su escritorio, se acomodó su corbata, aunque nadie lo vería, hizo una larga exhalación seguida de un largo suspiró para luego poner el teléfono sobre el costado de su rostro. Con voz firme agregó.
—Señor presidente, Xi Jiping…
Capítulo 1
—¡Papá! ¿A dónde vas? —se quejaba el pequeño Max con la pelota de fútbol bajo el brazo.
—Perdón, hijo —respondió el hombre mientras terminaba de acomodarse el uniforme militar—. Vuelvo enseguida. Papá tiene que ir a trabajar.
Mateo le lanzó una mirada cómplice a su mujer, quien lo asistía ayudándole a calzarse los zapatos.
—¿Cómo me veo? —preguntó él luego de acomodarse las hombreras; el espejo de la habitación le indicaba que todavía no las tenía del todo alineadas.
—Te ves muy bien, amor —le sonrió ella, aproximándose por detrás para contemplar juntos el reflejo en el cristal.
—Es una llamada de urgencia —se disculpó el oficial, buscando comprensión—. No creo que me demore demasiado tiempo.
Magda le sonrió con una mezcla de ternura y resignación.
—Es tu trabajo, mi amor. —Se posicionó de frente a él y le quitó con la mano las últimas pelusas de la chaqueta de gala—. Como decís siempre: ve, cumplí con el deber y volvé. Acá te vamos a estar esperando.
—Te amo —la besó él con pasión.
—¡Qué asco! —protestó el nene observando la escena, sin soltar su pelota.
—¿Qué hacés todavía acá adentro vos? —lo cargó el padre, divertido—. Anda, salí a jugar al patio. Acordate de que tenés que practicar para ser tan grande como Amadeo Carrizo.
—Pero ahora te vas, papá… —El chico agachó la cabeza, desinflado, y caminó despacio hacia el umbral del dormitorio.
La pareja se cruzó una mirada de empatía. El teniente se aproximó al niño y apoyó una de sus rodillas en el piso, quedando exactamente a su misma altura. Le quitó la pelota con suavidad y le propuso:
—Vos andá. Practicá mucho con tus amiguitos del barrio y, para cuando vuelva a la noche, te vas a tener que parar bajo los tres palos porque te voy a patear varios penales —le aclaró el padre, impostando un rostro sumamente serio.
El niño recuperó la sonrisa en un pestañeo y exclamó:
—¡Muy bien, papá! —ejecutando una firme venia militar.
—Así me gusta, soldado —respondió el oficial al saludo, repitiendo el ademán con la mano en la sien.
Magda se les acercó, contemplándolos con profunda dulzura. Desvió los ojos hacia la cama matrimonial y luego clavó la vista en su esposo.
—No te preocupes, no vas a dormir sola esta noche —la cargó él, guiñándole un ojo.
—Llegues a tiempo o no… —retrucó ella con una sonrisa pícara.
—¿Ah, sí? ¿Con que esas tenemos? —rió el marido.
—Y, sí… Tengo a mi otro hombrecito cuidando la casa —se agrandó ella, revolviéndole los pelos parados a su hijo.
—Cuidá bien a tu mamá —le encargó el padre mirándolo fijo. El nene asintió con determinación.
Salieron de la habitación. El niño, acarreando su pelota, comenzó a descender las escaleras a toda prisa. Su padre lo regañó de inmediato ante la imprudencia:
—¡Max, despacio! ¿Te querés matar?
—Perdón, papá —devolvió la voz del nene, que ya iba por la mitad del pasillo inferior sin detener la marcha.
—¿Lo encontraré vivo para cuando regrese? —se preguntó Mateo en voz alta, buscando los ojos de su esposa.
—Tampoco seas tan exagerado —comentó ella, tomándolo del brazo para iniciar juntos el descenso por la escalera de la vivienda. Antes de pisar el living, la mujer mudó el semblante a uno más severo—: ¿Sabés a qué se debe un llamado tan repentino, teniente González?
—No estoy autorizado a suministrar información clasificada, señora Magda Tirante de González —respondió él, sosteniendo el tono solemne.
Ambos rieron en absoluta complicidad. Luego, Mateo abandonó el juego, la tomó firmemente de la mano, le besó la palma con suavidad y, mirándola directo a los ojos, confesó:
—Hablando en serio… No tengo la menor idea de cuál es la urgencia de la convocatoria, pero si me citaron del Estado Mayor, es porque debo ir sí o sí.
—Manteneme al tanto de lo que puedas, ¿sí? —pidió ella, apoyando la palma de su otra mano sobre la mejilla del oficial.
—Sí, mi amor —sonrió él por un instante, pero enseguida acotó—: Aunque eso último sonó un poquito tóxico.
—Lo tóxico va a ser la trompada que te voy a dar si no avisás, Mateo —se ofuscó ella con falsa indignación.
—Bueno, al menos me voy tranquilo —se descostilló de risa el hombre—. Pobre del ratero que intente meterse en esta casa con vos adentro.
Se dieron un último beso de despedida. El nene regresó corriendo y se aferró con fuerzas a la pierna de su padre. Los tres se fundieron en un apretado abrazo familiar hasta que Mateo rompió el cuadro:
—Bueno, ya es mucho amor por hoy. Cortemos con tanta dulzura que se me hace tarde. Me voy.
Se despidió con un ademán, cruzó el porche y salió al jardín delantero de la propiedad. Abrió las hojas de la reja metálica del frente mientras su esposa y su hijo lo custodiaban desde el umbral de la puerta. Mateo les dedicó una última venia reglamentaria y subió a su auto. Magda entornó la puerta de entrada, se aproximó al ventanal lateral del living, descorrió un tramo de la cortina y observó cómo el coche de Mateo abandonaba el cordón de la vereda para perderse en el tránsito de la avenida.
—No te preocupes, mamá —sonrió el nene, apretando la pelota contra el pecho—. Yo te voy a proteger.
Magda sonrió con ganas, conmovida. Lo rodeó con los brazos y le susurró al oído:
—¿Sabés qué tengo ahora?
El niño negó con la cabeza, intrigado.
—Muchas ganas de tomar un chocolate caliente con masitas —le confesó ella.
—¡Siiiiii! —gritó el nene, saltando de alegría.
Juntos abandonaron el living, ese espacio silencioso que casi nunca utilizaban en la cotidianidad, para internarse en el calor de la cocina.
Mientras tanto, el teniente González arribaba puntualmente al Cuartel General de La Tablada. En el playón central, otros oficiales de alta graduación aguardaban con semblante de preocupación.
Mateo saludó al soldado que se aproximó para asistirle con el vehículo, se acomodó la chaqueta del uniforme y marchó a paso firme al encuentro de la comitiva.
—Teniente González reportándose, señores —saludó enérgico, clavando la venia frente al grupo.
Los demás oficiales replicaron el saludo reglamentario, pero de inmediato uno de los coroneles tomó la palabra con premura:
—Muy bien por el cumplimiento del protocolo, teniente, pero en este momento tenemos asuntos muchísimo más graves que atender. Pasen por acá, por favor —indicó el uniformado que evidenciaba estar a cargo del despliegue.
Ingresaron en tropel a la sala de situación. Una mesa maciza de madera rodeada por sillas del mismo material dominaba el centro de la habitación; una imponente araña colgante iluminaba el ambiente de forma orgánica. Un dispositivo mini proyector asentado en el extremo de la mesa capturó de inmediato la atención analítica de Mateo. Los superiores indicaron a los recién llegados que tomaran asiento. En cuanto los oficiales se acomodaron, el hombre a cargo inició su alocución:
—Gracias por la celeridad, caballeros —comenzó diciendo el orador—. Soy el Teniente General Félix Adesmo, para los que aún no me conocen. Los hemos convocado de urgencia por orden directa del presidente de la Nación.
Los presentes siguieron la exposición en un mutismo absoluto. Mateo, que había ocupado una de las sillas laterales, se acomodó mejor en el respaldo, cruzó las piernas y volcó toda su atención en lo que estaban a punto de transmitirles.
—Voy a proceder a mostrarles un registro fílmico que nos fue enviado hace escasos minutos por las agencias internacionales de inteligencia —declaró el Teniente General, apoyando ambas palmas sobre la madera de la mesa—. Por el momento, solo este gabinete tiene acceso a este material clasificado, pero estimamos que pronto la ciudadanía en su totalidad tendrá conocimiento del mismo. Para cuando llegue ese impacto, nosotros ya debemos tener un paquete de medidas estratégicas firmemente implementadas.
El Teniente General desvió la mirada hacia su asistente de campo y le ordenó reproducir el archivo en el proyector. El soldado obedeció la instrucción al toque y activó la lente.
Las ráfagas de luz azulada emitidas por el artefacto, sumadas a la atenuación de la luminaria principal del techo, tiñeron el ambiente de una atmósfera densa y lúgubre. En un instante, todos los oficiales dejaron de estar cómodos en sus asientos; lo que aquellas primeras imágenes satelitales comenzaron a proyectar en la pantalla no dejó indiferente a nadie en la sala.








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