Capítulo 1
Cigarras apiñadas sobre el linde del otoño, atiborradas las viñas de la chacra o acaso subrepticias, en su rimbor, contra las tostadas lozanas del ceibo y el ombú. Mas, en el contraste del cielo tornasolado, la humareda de la quema se elevó y viró, guiada por un viento enfermizo, el aliento del hosco taimado latente en la amenaza de la destrucción irremediable. Empero, sonsacada fue la purga por un hálito intransigente, ya que el diluvio arreció contra el alocado incendio de la foresta; la columna bruna ahogó la bóveda celeste con sus ascuas insanas. Bramó el ajetreo de su cornamenta lustrosa, y la cosecha se salvó de la ruina; tan solo clamó la desahuciada barriga del bosque colindante.
Gaucho y propietario inspeccionaron a tientas entre los carbones de la noche, y en la hora noctívaga procuraron regresarse al calor seco de las camas blandas, en contra del inclemente clima que habría asegurado el porvenir inesperado mas bienaventurado. Y así, la mañana siguiente, marido y peón retornaron al sitio de la quema accidental, sin duda un error de cálculo, y en ella hallaron un cementerio de troncos calcinados y vegetación arruinada. El suelo, a pesar del diluvio, se había mantenido reseco en varios recovecos; y los que no, eran lodazales inmundos repletos de ramas muertas, ceniza enlodada y los restos muertos de las crías y los animales. El claro, silencioso, permanecía taciturno con un aire sepulcral; el gaucho procuró medir sus pasos, evitando la destrucción innecesaria de cualquier resto chamuscado y hendido como si se tratara de un sitio sepulcral. Mas el propietario, porteño y poco avivado de las naturalezas insospechadas del litoral, se abrió paso a través de la ruina con poco reparo y hasta hastío. El otro renegó en silencio, pero sumiso al fin el pusilánime.
El bosque muerto no respiraba, y sintieron su aliento muerto en la nuca a pesar de ignorarlo, una parte suya -la más sabia, animal- promoviendo un desconcierto inquieto que les incitaba a retirarse. Ya nada vivía allí dentro, mas algo permanecía. En el centro del claro, donde el detrito era más parco y gris, yacía a medias enterrada una visión peculiar. Habría valido sospechar que fue arrancado de la tierra por las vehementes raíces de un árbol derribado por la quema. Pues el suelo se atestiguaba removido en el lugar, y solo de manera parcial se asomaba la peculiar calavera. El resto sin duda no era humano, a pesar de que en parte aún yacía enterrado en la tierra hinchada. Pero la forma se le asomaba, como una serpiente que saca la cabeza entre la hierba, y ninguno pudo discernir si se trataba del cráneo de una vaca, de un caballo, o de otro extraño animal. Mas, la cosa era asimétrica, y sus cuernos se retorcían en direcciones separadas, los tamaños disímiles y las aberturas, peculiares. Tras despejar parte del montículo, reminiscente a un sepulcro, advirtieron que le carecía de la sección inferior de la mandíbula, y los dientes terminaban -los que permanecían, acaso- en una ominosa forma más semejante a garras que a colmillos. El occiso era sin duda misterioso, y al gaucho le pareció que jamás debería haber abandonado el negro refugio de la tierra lodosa que le habría guarnecido por Dios sabe cuánto tiempo. Mas el porteño advirtió que tan raro animal debió haber pertenecido a otra era, y por ende era sabio considerarle un hito propio de la ciencia; y, donde hay un descubrimiento semejante, también reluce la promesa de una recompensa. Sin reproche del otro de por medio, se armó de sus guantes y una pala, con ellas forzando al cráneo peculiar fuera del sepulcro al tiempo que cercenaba las raíces celosas como si se trataran de venas abiertas. Después de todo, tal vez la pérdida de ese trozo inutil de foresta no sería del todo vana, pues en su seno habría hallado una riqueza insospechada. Eso consideró el hombre, al ponerse bajo el hombro el extraño resto, y así se lo llevó a su residencia en la chacra, pues no confiaba en mantenerlo al alcance de su celoso peón, el cual no era ajeno a la seducción de las riquezas insospechadas que podría suscitar.
Orgulloso se mostró el marido cuando le enseñó a su amada el misterioso craneal; pero la misma le devolvió apenas una mirada de sucinta consternación y inconsciente reticencia. Le instó a que le regresara al sitio del que provino, sin poder en verdad argumentar por qué, y cuando el otro le edulcoró con vanas promesas de riqueza y fama, la ociosa mujer no pudo sino sucumbir a la tentación de una novedad como aquella. Y allende a la frontera de lo aburrido y conocido, ambos descansaron en la noción de que la cosa era en verdad interesante, y sus formas retorcidas -aunque algo espeluznantes- también evocaban una especie de silvana nobleza impropia de un sepulcro tan negro y malsano como el de la infernal foresta. Cabría discutir si la cómoda del dormitorio era en cambio un pedestal apropiado; o si, acaso, no poseía algo de mórbido y obscuro preservar la muerte allí donde descansaba el vivo. Pero en su afán de conquistarse optaron por mantenerle siempre en observancia, al tiro de la vista, y aunque les costó pegar el ojo bajo la vigilia del retorcido esqueleto, el cráneo ya dormía y pronto los otros lo hicieron también.
Empero, sus sueños difirieron; y mientras la mujer soñó con el almíbar de la fama y las novedades del hosco negocio que traería el descubrimiento, el otro en cambio se halló profundamente perturbado por una imagen aborrecible. Pues vio, en el ojo del descanso, una abertura negra en la tierra quemada; y allí no yacía acaso el resto de un cuerpo decapitado por su curiosidad, pero las entrañas expuestas de una viña en media vida, hinchada y pulsante, pero no todavía viva, y le dio la impresión de un proceso interrumpido, de un día entre tres, y el nuevo crecimiento incumbía a un detalle imprevisto y, lejos de hostil, maduro. El viento habría soplado en una dirección inverosimil, y el humo negro fue estrangulado en la frontera del ardor odioso; y cuando el hombre caminó entre sueños al sitial, creyó visualizar sobre el promontorio una figura raquítica e incompleta, retorcida mas enérgica, y la misma se descompuso para desplomarse tiesa, deshecha y vilificada, plagando al marido de un espanto sacrílego pues de algún modo advirtió la interrupción maligna que había robado al silvano de su regeneración. Los huesos desarraigados de la tierra, aquellos que debían de yacer en lo hondo de la negra tierra, allá en el dominio ctónico de los lóbregos poderes de la justa recuperación. Y supo, cuando el viento pestilente le recordó del ominoso sepulcro, que había virtudes mayores que el encomio de los otros, y la bienaventuranza que le halló con el cambio de la brisa podría en cambio precipitar el ardor vil de las raíces de la tierra adulterada.
El hombre marchó a duras penas, cuestionando cómo había sido capaz de atravesar el campo entre las tinieblas, las estrellas asomadas como titanes curiosos entre la penumbra del conticinio. Y si halló el domicilio no fue gracias a la vista, pues la chacra entera se hallaba sumida en sombras. En cambio, fue advertido por el alarido histérico de los perros, a los cuales siempre dejaban afuera. Una ráfaga de urgente peligro le ahogó, y echó a la carrera torpemente mientras mil pensamientos atacaban su mente envenenada. ¿Acaso el peón habría cedido a la tentación de la gloria enterrada en el fondo de esa cabeza venérea? ¿El cráneo habría susurrado, en las horas más negras de la noche, con esperanzas macabras que pudieran alentar la desidia y el espanto? La lógica había sido echada, pues el horror le embargaba, y a pesar de no advertir puerta forzada o llamado de auxilio alguno, se aventuró seguido de sus perros por el pórtico hasta las entrañas de la casa.
En el linde los perros de pronto le abandonaron; y le pareció muy peculiar que, a pesar del espanto que le arrebataba, afuera los insectos cantaban con un furor inusitado. Los animales le aguardaron, pero no huyeron. En cambio, permanecieron frente al portón, como el can que aguarda una botana. Pero desde el interior un murmullo le heló la sangre, forzado a desestimar la peculiaridad. Pues la agitación provenía del dormitorio, y los gimoteos eran bajos pero no tanto como para fallar en advertir que el ahogo era el de su mujer esposa.
Se atravesó vehemente contra muebles y parapetos como si la propia casa se le anticipase; pero no se reunió con otro que con el Horror cuando ingresó al dormitorio entre respiros arremolinados. Y allí, retorcida como las raíces negras de un ombú anciano, el cuerpo raquítico de su esposa se estremecía al tiempo que se echaba las garras sobre el propio rostro en un intento desopilante por extraer de sobre sí la opresión de un asaltante extraño. Su cuerpo se le hacía cómo deshecho, como cuando se le observa a la planta a la cual la tierra, el sol y el agua le han faltado, y cuando el espanto de la oscuridad fue tan perverso que temió dejarla allí mismo en penumbrosos quejidos, retiró la cortina para que al menos ingresara la débil luminiscencia del conticinio. Así se le echó encima, perseverando a través de las torsiones y los quejidos apagados. Pero cuando intentó observar su rostro, notó que no había ninguno; pues la calavera se hallaba fuertemente aprehendida a su propia cabeza, y de las entrañas negras del occiso se habían extendido lodos inusuales, y los mismos eran sorbidos con vehemencia, guiados por el terror de la víctima reptante. El hombre gritó y lloró, e intentó arrancar con ferocidad el visaje óseo aunque retrocedió pusilánime cuando los mismos lodos se extendieron contra él. Tropezó, y al momento de golpearse la cabeza contra la pared de madera algo hizo un crack y se le escapó el aire.
Fue suficiente para que se hiciera el silencio, y no poco más de unos segundos de estremecimiento continuaron antes de que el cuerpo animado se echase y la nada se extendiera en el solsticio de la penumbra nocturna. Interminables segundos le continuaron, un tiempo donde musitó un llamado que no llegó a nada, al tiempo que menos le parecía que el cuerpo abandonado de su amada fuera otra cosa que un montón de ramas húmedas y mojadas. Y al tiempo que un vil viento debió soplar, pues sobre el reposo se estremecía un árbol negro, le alcanzaron los aromas del jazmín, de los retoños tiernos, de la tierra sana que ha sido mojada tras el aluvión, y de los animales que se refugian con los vellos empapados. Las ventanas sobre él se abrieron a tropel por la querencia del hálito nocturno, y se hicieron más aún evidentes los cánticos rítmicos y atípicos de los insectos en la noche, de las cigarras y de los grillos, quienes entonaron una melodía que hasta entonces jamás había oído mas, en ese entonces, muy de lejos creyó reconocer. Y él mismo descansó y se sintió alegre, algo aliviado, cuando de la cama se reincorporó una silueta raquítica, lunga y adversa, un amasijo de raíces y ramas extrañas que con coherencia se sacudían para dar lugar a un único movimiento coordinante. El cráneo, parco y extraño, descansaba sobre la corona del cuerpo al tiempo que la negrura le recubría para asumir la forma retorcida y pulsante de la carne y el nervio. Poco pudo ver este hombre ignorante cuando la noche se ciñó sobre el rancho, la penumbra lamiendo la ventana al tiempo que la figura avanzaba contra él. Y a pesar de que gimoteó, no expresó queja alguna. Cerró los ojos y, sin saber por qué, pensó en la brisa que agita suavemente las hojas del bosque en primavera. Soltó el aire, aliviado…
Volvió a mirar. El rastro lodoso le pasó por encima, mancillando sus pijamas con esa estela de bamboleantes raíces mojadas. La figura se retiró por la ventana, y la oscuridad le abrazó como a un niño amado. El coro le siguió, insectos y pájaros por igual, y hasta los perros parecieron marchar junto a la sombra que ahora surcaba la arboleda nocturna. Se dirigieron así en dirección a la foresta muerta; y este hombre jamás podría completar el relato, ni el paradero de su esposa o el cráneo, pues nunca volvió a poner un pie sobre el bosque quemado, el cual permaneció desde entonces, y para todos, cerrado… Con un pequeño altar al pie, allí dónde mordió primero el fuego, y dónde decantó en principio la tormenta.