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Eco de Yul

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Sinopsis

Ecos de Yul sigue la historia de un hombre que alguna vez estuvo entre los seres más poderosos del cielo. Despojado de sus poderes divinos y condenado a una existencia muy distinta a la que conocía, vaga sin rumbo hasta encontrarse al borde de la muerte. Sin embargo, cuando la propia Muerte le propone un favor inesperado, se ve arrastrado a un camino que cambiará para siempre su destino. Entre ecos del pasado, antiguas deudas y un propósito que creía perdido, deberá descubrir quién es ahora que ya no es un dios.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Perseo
Estado:
En proceso
Capítulos:
12
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1: Sombra

Me moví como una rata entre la gente. No es como si no pudiera intuir qué me buscaban en la multitud. Estaba en problemas, y el castigo que me impuso el Cielo fue quitarme mis poderes. ¿Qué se puede esperar del dios caído que perdió su propósito, el que mendigaba atención? Me dignaba a meterme en problemas… y este, lo admito, lo era. Uno incómodo.

Robé droga. Fue un encargo por ende no era para mi.

Choqué con un tipo corpulento y caí al suelo de espaldas. Perdí algo de aire, pero intenté incorporarme. Ya era tarde. El grandote venía con ellos. Me agarraron, me vendaron y me llevaron a una fábrica abandonada a las orillas del río. En esta ciudad siempre llueve…

—Te daré la oportunidad de defenderme entre todos nosotros, pordiosero. Si sobrevives a todos, te dejaremos escapar —dijo, mientras me apuntaba con un cuchillo en una postura muy relajada.

Bueno, todos tenían cuchillos. Excepto yo.

El sentido común habría dicho que lo mejor era dejar que me apuñalaran, pero hay que admitir que el sentido común no funciona en nosotros.

Dos a la derecha, tres al frente y otro al costado. De cierta manera, estaban bastante organizados.

Los más débiles estaban al centro, excepto uno corpulento entre los tres del frente. Los más fuertes estaban a los costados.

Golpear a los débiles no serviría de nada: tendrían el respaldo inmediato de los grandes.

Por instinto, ataqué sin piedad alguna. El más grande, el del borde izquierdo.

Esquivé su tajo con el cuchillo —iba de arriba hacia abajo—. Me rozó el cuerpo, pero no me lastimó en absoluto.

Golpeé su axila, directo al plexo braquial. Fue un reflejo automático: soltó el cuchillo.

Lo agarré con fuerza y, sin pensarlo, lo enterré en su yugular.

Cambié el agarre, filo hacia afuera, apuntando hacia abajo, y adopté una postura defensiva.

Era obvio: venía el ataque del compañero que estaba justo al lado del que acababa de matar.

Se veían sumamente desestabilizados, quizás por el shock de perder al compañero más alto y corpulento. Aunque este tenía una variante de ataque distinta: me atacó con una finta. Esperó mi reacción defensiva para lanzar su verdadero golpe.

Lo leí con más tiempo de lo que él creía. Fingí la defensa y, en su ventana de ataque, lancé el cuchillo directo a su nariz, apuntando al hueso.

Agarre mi cuchillo que rebotó con su nariz, fui por su cuchillo. Sorprendentemente, en vez de soltarlo por reflejo, lo apretó más fuerte.

—Felicidades por no ser un imbécil y no soltarlo, pequeña mierda—le dije con burla contenida.

Cambié el agarre. Le amputó dos dedos.

Finalmente los tenía. Ambos cuchillos. Uno en cada mano. El demonio estaba suelto. No hubo tiempo para la celebración. El siguiente vino gritando, cuchillo en mano, como si el ruido le diera ventaja. Pobre idiota.

Me agaché bajo su embestida y lo recibí con el filo al muslo. No gritó, pero sus piernas dejaron de sostenerlo. Cayó, y antes de que tocara el suelo, le corté el cuello de lado a lado.

El cuarto quiso ser más inteligente: se mantuvo atrás, esperando la oportunidad. Error. Me lancé hacia él sin avisar, cuchillo derecho al estómago. No fue un corte. Fue una entrada limpia, profunda, hasta la empuñadura.

Le vi los ojos romperse. Cinco. Faltaba uno.

El penúltimo se me lanzó, pero usé el cuerpo de su compañero muerto como escudo. Titubeó. El último, el que quedaba, me lanzó su cuchillo a la pierna. No falló.

El penúltimo, al ver que me habían herido, se abalanzó sin miedo alguno. Fue tan directo que dejó la defensa baja.

Le atravesé el cuchillo en la base del cuello. Cayó muerto. Fue una muerte rápida. Merecida por su valor. Miré al último.

—Al parecer el sentido común te falló... —dije, algo agitado, cansado.

—¿Pelearás como hombre o te retractas como un niño? —lo provoqué, sabiendo que el miedo y el orgullo hacen una mala mezcla.

Consternado por ver a todos sus amigos muertos, se lanzó, pero esta vez con un arma de fuego.

No sé de pistolas. Nunca me gustaron esas cosas. Desvié cuatro balas con ambos cuchillos. Tres rebotaron contra el cuchillo izquierdo, y el impacto lo dejó al rojo vivo. La cuarta me alcanzó el hombro. Ardió. Mucho. Cuando se quedó sin balas, me arrojó el arma. Por puro reflejo, le lancé mi cuchillo. Le dio en el muslo derecho, por la parte trasera. Cayó de rodillas. Me acerqué cojeando lentamente. Él se sacó el cuchillo de la pierna y lo presionó con fuerza, sangrando en exceso.

Exagerado. Tenía la misma puñalada que yo. Y una bala en el hombro. También por su culpa. Lo miré con desdén.

—Hiciste todo esto para no morir como un pordiosero.

Felicidades. Ahora vas a morir como uno.

—Vete a la mierda —escupió con rabia, su único acto de rebeldía ante su asesino.

Se me esbozó una pequeña sonrisa. Ahora venía lo bueno. Enterré el segundo cuchillo en su otro muslo con fuerza y lo torcí. Lento, sin apuro, con toda la intención.

—Veré cómo doblegó esa rebeldía y esa falta de respeto lentamente… Cada vez que pierdas un litro de sangre, hasta que pierdas todo el tono de vida.

Enterré el cuchillo en su brazo. Ahí fue cuando empezó a rogar por su vida.

Había llegado al límite. Ya no me interesaba seguir jugando. Lo maté rápido.

Ya tenía lo que quería: su voluntad... rota, hecha trizas. Mía… solo mia. Salí cojeando de la fábrica, Llovía suave. Casi en compasión. Fui a la orilla del río. Cansado, herido. Quizás… A esperar morir desangrado de una vez.

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