1 LA CITA
Una de las cosas por las que Levi Ackerman se caracterizaba era por tener un humor de perros al despertar. Siempre fue así desde niño; le gruñía a quien se atreviera a hablarle mientras se tomaba su té de las mañanas. No entendía por qué, un sábado, a las ocho de la mañana, su teléfono estaba sonando como un loco. Recordaba haberlo puesto en silencio.
Con los ojos entrecerrados, intentó leer quién de sus contactos le estaba llamando. Vio un emoji de gafas; el que había puesto en el contacto de Hange. Dejó que sonara. No quería escuchar su estruendosa voz tan pronto.
La habitación, que empezaba a ser iluminada por los rayos de sol, quedó en silencio. Rezó a todo Dios que conocía para que Hange no volviera a llamarle. Sin embargo, sus plegarias se vieron completamente ignoradas y el tono monótono de su móvil llenó el espacio. Se dio media vuelta, escondiendo su cabeza debajo de la almohada y mordiendo la sábana. Ahogó un grito de frustración, antes de, a tientas, contestar a la llamada.
—¿Qué rayos quieres, cuatro ojos?
—Uh… ¿Te he despertado? —la voz de Hange se escuchó con un susurro travieso.
—Estoy a punto de asesinarte, Hange.
—Tranquilo, enano. Te tengo la cura perfecta para tu mal humor matutino. ¡Desayuno!
—¿Desayuno? ¿Qué te crees, mi madre?
—Y no solo eso —Hange lo ignoró—, ¡es una cita con el chico de tus sueños!
Levi se levantó de golpe, incorporándose en la cama. El colchón, demasiado blando para su gusto, gimió bajo el brusco movimiento. Sacando su cabeza de debajo de la almohada, sus ojos se desviaron hacia la cómoda, donde había una fotografía grupal en la que él, con dieciséis años, miraba de reojo a la persona que tenía en su espalda. Era de su clase, antes de que sus caminos se separasen después del instituto. A su lado, un recorte de una revista de moda mostraba a ese mismo chico posando en ropa interior.
Una sensación de calor, mezcla de vergüenza y anhelo, le subió por el cuello. La imagen de aquel joven, con el cuerpo esbelto y la mirada penetrante, era casi una tortura para él.
—Hange… Sabes que no puedo…
—¡Sí, sí que puedes! —replicó Hange—. Fuiste su compañero de clases por más de diez años y sigues su carrera de modelo mientras tú estás enfrascado en tu oficina todo el día.
—Hange, no es tan simple. ¿Qué se supone que le diga? Han pasado años. Él... es una celebridad ahora. Y yo sigo siendo el mismo idiota de siempre.
—Pues dile que sigues siendo el mismo enano gruñón que lo miraba en secreto en clase de historia, pero que ahora tienes más dinero. O mejor, dile que te parece una vergüenza que los diseñadores no le limpien los zapatos para las fotos. ¡Eso seguro que le impresionará!
Levi frotó el puente de su nariz con el pulgar y el índice, sintiendo cómo se le formaba una punzada en la sien. Su paciencia, ya de por sí escasa a esa hora, se estaba agotando.
—Cállate.
—En serio, Levi. Como no vayas a esa cita, le diré a tu madre que vas a dejar la empresa familiar para ser prosti…
—Ya lo pillo, ya lo pillo —suspiró exasperado, dejando caer su cabeza sobre el colchón—. Iré, pero, como salga mal, te juro que le digo a Moblit que te besaste con Nile borracha.
Levi resopló, tirando el teléfono a la cama con una fuerza innecesaria. El dispositivo rebotó dos veces sobre la colcha antes de quedar inmóvil, como si tuviera miedo de acercarse más a él. El silencio en la habitación era un alivio, pero su mente no lo estaba. La irritante voz de Hange seguía resonando en su cabeza, y la imagen del recorte de revista en la cómoda era una espina clavada en su subconsciente.
Se levantó de la cama, arrastrando los pies hasta el baño. Al cruzar el umbral, su mirada se detuvo en una pelusa rebelde que se había acumulado en la esquina del suelo de madera. Por un momento, su cerebro solo pudo procesar una cosa: suciedad. Su humor de perros se intensificó. La frustración por la llamada se desvió rápidamente hacia una necesidad compulsiva de limpieza. Su supuesta cita pasó a un segundo plano.
Con movimientos rápidos y precisos, Levi se puso a la obra. Cogió un paño y un spray limpiador del armario, y en menos de cinco minutos, el baño y el pequeño pasillo que llevaba a su dormitorio estaban impecables. Pasó el paño con esmero sobre el marco de la puerta, sobre la encimera y los azulejos de las paredes, eliminando cada mota de polvo. El aroma cítrico del limpiador llenó la estancia, un olor que siempre lo tranquilizaba.
Una vez que el rincón de la casa estaba a su gusto, se miró en el espejo del baño. Su pelo estaba hecho un desastre por haberlo restregado contra la almohada. Llevaba una camiseta de algodón negra y unos pantalones de pijama grises. Un suspiro de derrota escapó de sus labios. Hange tenía razón. No podía ir a la cafetería así. No, no podía.
Regresó a su habitación. Se sentó al borde de la cama, mirando el recorte de la revista y la foto grupal. Una mezcla de nostalgia y molestia le revolvió el estómago. Se sentía como un adolescente de dieciséis años de nuevo, suspirando en secreto por el chico popular que posaba de forma despreocupada para el lente de una cámara. La diferencia era que ahora ese chico era una superestrella mundial y él, un simple hombre de negocios. La inseguridad, un sentimiento que rara vez permitía sentir, lo envolvió por un momento.
Se levantó con un propósito renovado. La cita estaba confirmada, no había vuelta atrás. Fue hacia su armario, un mueble de roble oscuro que solo contenía una variedad de ropa funcional y, en su mayoría, de color negro. Sacó unos pantalones de sastre de color gris oscuro y una camisa blanca de botones. Se detuvo un instante y pensó: No, es muy formal. Devolvió la camisa y la reemplazó por una camisa de manga larga, también de color negro. Era simple, pero elegante y discreta. Algo con lo que se sentiría cómodo.
Después de ducharse, se vistió y se miró en el espejo de cuerpo entero que colgaba de la puerta. Se pasó la mano por el pelo, intentando peinarlo un poco. El resultado no fue perfecto, pero era aceptable. Miró el reloj. Aún tenía una hora. Aún había tiempo. Aún.








