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Only In Your Skin, Two Shots Omegaverse Larry Stylinson

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Sinopsis

El destino ha puesto a Louis muy cerca de Harry. Ain embargo hay un gran problema entre ellos, que finalmente será lo que más los una. Omegaverse, Louis Omega/Harry alfa. Dos capítulos.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Kintsukuroi
Estado:
Completado
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1


Era jueves, comenzando el otoño. La mañana estaba fresca, el viento era suave y el sol apenas daba calor. Se sentían en el aire esas ganas de envolverse en un abrigo y beber algo caliente en la cafetería de la esquina. Esa que tiene vidrieras repletas de dulces y pasteles deliciosos, y donde preparan un té, un café y un chocolate caliente maravillosos; esa donde el aroma reconfortaba el corazón, la mente y el cuerpo de quien pudiera disfrutar de un momento entre esas paredes que contaban mil historias.

Muchas de esas historias empezaban en la florería escondida detrás de unos pilares de cemento. Parecía no querer ser vista, y sin embargo, era conocida y reconocida por la frescura de sus flores, y por lo amable de su dueño, que atendía personalmente, y que se dedicaba con su vida a su negocio. Uno que empezó hace cinco años, después de estudiar arte por dos años, diseño por tres años y finalmente una licenciatura en inglés. No terminó ninguna de esas carreras, porque siempre supo que ese no era lo que quería hacer por el resto de su vida.

Louis, de quien hablamos, era un omega hermoso. Tenía unos ojos bellísimos de color azul, una nariz perfecta, una piel suave y dorada, una cintura estrecha, unas piernas torneadas. Y las flores fueron siempre su debilidad, lo supo desde que era un niño y no estudiaba por estar en el jardín de su casa, entre árboles, plantas y flores de distintos colores y aromas. Jugaba en medio de las rosas, dalias y crisantemos, tulipanes y narcisos. Eran su adoración, sin quererlo aprendió de sus tiempos, de sus colores, texturas y aromas. Y su obsesión, cómo se sentían bajo la lluvia, o cuando el rocío descansaba entre sus pétalos.

La sensibilidad de Louis explotó debido a las flores, para descontento de sus padres, que no estaban felices con tener un hijo omega, que ya era terrible para ellos, y que además, fuera, en sus palabras, débil y frágil. Muchas veces fueron duros con él, indiferentes y un poco groseros. Jamás imaginaron que Louis podía ser un omega sensible pero seguro, dulce pero fuerte. Solo supusieron algo que nunca sucedió. Y Louis pudo soportarlo, y desde los quince años trabajó en diferentes lugares para poder estudiar. Sus padres lo ayudaban con techo y comida, pero Louis intentaba pedirles lo menos posible.

Siempre lamentaría Louis, el haber perdido el tiempo estudiando carreras que jamás lo llenaron, y que por lo mismo nunca terminó. Debería haber escuchado a su intuición que lo llamaba a emprender, a buscar en medio de las flores su felicidad.

Hasta que un día, al pasear por el centro de Londres, quedó prendado al ver a una chica con un gran ramo de girasoles y su cuerpo se sintió cálido y reconfortado. En ese momento supo que nada le daría ese bienestar, solo las flores, solo las plantas, esas que lo cobijaron desde niño. Tenía ahorros, pero no los suficientes para poner un local. Y fue cuando sus padres de alguna manera se dieron cuenta de que tenían un buen hijo, uno que jamás les dio problemas, y que por el contrario, resultó más responsable que sus otros hijos alfas, bebedores y desordenados. Tuvieron la humildad de hablar con Louis, de pedirle perdón por su actitud de tantos años, por dejarlo solo y darle la espalda.

Pero para Louis no era tan fácil. Amaba a sus padres, pero no era llegar y olvidar. Simplemente decidieron seguir adelante, con el omega dejándose querer, sin dar su brazo a torcer. Su mamá lo ayudó con el arriendo del local, su papá con los insumos del negocio, y Louis pudo buscar proveedores para su florería. Su corazón que estaba frío por su familia, comenzó a renacer. Pero a pesar de pasar el tiempo, Louis no confiaba al cien por ciento en sus padres. Secretamente tenía miedo de no ser suficiente para ellos, y que una vez más, le dieran la espalda.

Sin embargo, nada le quitaba la felicidad de tener su florería. Era su mayor sueño hecho realidad. Con entusiasmo eligió cada detalle de la fachada, del interior, de los empaques. Fueron dos meses de arduo trabajo, donde despertaba y se dormía pensando en su florería. Le costó semanas encontrar un nombre, y después de darle mil vueltas, se decidió por “Flor de Piel”. Le parecía que encerraba muchas cosas, algo íntimo, algo cercano, algo dulce a la vez.

Parecía un lugar mágico.

Las paredes eran de ladrillo pintado de un suave gris perla. El mostrador era una gran mesa de madera maciza y desgastada, detrás de la que había estanterías de madera rústica con soportes de hierro forjado, llenas de recipientes de cerámica y cestas con flores en tonos lila y lavanda. Hermosas y delicadas lámparas colgaban sobre el mostrador. En un rincón, un sofá de mimbre con cojines de lino invitaba a esperar mientras preparaban tu ramo. Se sentía acogedor, precioso.

La fachada era de madera oscura, con un letrero en metal envejecido con el nombre de la florería. Había una pizarra que te contaba cuál era la flor de la semana. El lugar olía a madera, a tierra mojada, y a un toque de lavanda.

Estaba en una esquina, y el local de al lado estaba desocupado hace muchos meses.

Y Louis solo esperaba que el negocio que estuviera al lado del suyo, fuera de gente amable. No pedía más.

Le encantaba empezar el día abriendo la puerta de la florería, y dejándose envolver por el aroma de sus flores y plantas. Luego sacaba los maceteros hasta la vereda, y los ordenaba con cuidado, para que se vieran atractivos y lindos, casi haciendo un llamado a entrar en el local. Después, sacaba la pizarra y anotaba con tiza cualquier extra que apareciera, algún descuento especial o una flor de regalo por tu cumpleaños.

Desde ahí era revisar su agenda, y ver si tenía pedidos especiales para el día. Si no los tenía, se dedicaba a cuidar de sus flores, a regarlas, a cortar alguna hoja seca, y sobre todo, a hablarles. Era lo que más le gustaba, contarles historias de amores eternos.

Y si tenía algo especial, de inmediato comenzaba con la preparación del pedido, que tenía que ver con elegir las flores más hermosas, y además de crear el ramo, escribir a mano el mensaje que acompañaría el arreglo y eso le quitaba mucho tiempo, porque se dedicaba con sumo cuidado a esa tarea. Quería que la persona que recibiera las flores, se sintiera halagada, querida, especial. Y lo lograba, era notoria la preocupación, por eso ya tenía muchos clientes frecuentes que volvían una y otra vez por sus flores.

Cerca de las dos de la tarde, hacia una pausa para almorzar. En medio de sus flores, y admirándolas, comía y se preparaba para afrontar el resto del día. Una vez que llegaban las seis de la tarde, comenzaba a guardar los maceteros y dejaba las luces apagadas y todo bien cerrado, para irse a su departamento.

Caminaba cerca de media hora. Le gustaba mucho hacerlo, lo sentía como un paseo cada día, de lunes a domingo. Le encantaba desviarse hacia el cine, o el supermercado, o a la feria de verduras que cerraba tarde. O tomar un bus hasta algún museo, o hasta la casa de sus padres si lo invitaban a cenar. Pero la mayoría de las veces era solo caminar al ritmo de la música en sus audífonos, a través de las abarrotadas calles de gente apurada.

Y cada día era un poco menos difícil acostumbrarse a ser un omega diferente. Le había costado mucho aceptarse, incluso había días muy difíciles en que le dolía demasiado no poder ser normal. Estaba aburrido de las mismas preguntas de siempre, de las caras de preocupación, de las hipótesis sobre el porqué de su condición.

Louis era un omega que no tenía aroma.

Y eso lo abrumaba. Tenía un olfato maravilloso, se notaba en su florería, pero él mismo no tenía olor. Y se sentía triste por eso. ¿Qué alfa podría fijarse en él, si los aromas eran cosa fundamental en las relaciones de pareja? Ninguno.

Muchos lo invitaron, muchos se acercaron, muchos insistieron en que les daba lo mismo o que no era importante. Pero con el pasar de los días, los alfas notaban la importancia del aroma, porque así podías leer a los demás; conocer sus estados de ánimo, saber cuándo llegarían los celos, el provocar deseo en tu pareja, o el solo calmarse encontrando refugio en tu propio olor.

Y Louis no podía ofrecer nada de eso. Y era frustrante, porque era un omega sensible, que soñaba con el amor de un alfa de esos empalagosos, dulces hasta el hastío, posesivo y tierno al mismo tiempo. Y saber que nunca lo tendría había empezado a amargarlo algunas veces, aunque peleaba contra eso con toda sus fuerzas. Intentaba enfocarse en sus flores, y en compartir de alguna manera, la alegría de quienes iban a comprar bellos arreglos para sus parejas, para celebrar un aniversario o para disculparse por alguna discusión.

La mayor parte del tiempo lo lograba, y solo esperaba mantenerse así. Pero era difícil, muy difícil tener treinta y saber que la soledad sería su única compañera.

Un día lunes cualquiera, en la tarde, estaba terminando un arreglo que irían a retirar en cualquier momento, cuando llegó uno de sus clientes frecuentes. Era un omega precioso que siempre compraba una docena de rosas rojas.

—Hola, —saludó Louis. —¿Cómo estás? —Antes de que el chico le contestara, Louis estornudó tres veces seguidas. —Lo siento, ¿estás triste?

—Lo estoy, por eso mi aroma tiene las notas de pimienta tan fuertes...

—Oooh... Lo siento mucho, ¿puedo ayudarte en algo?

—Discutí con mi alfa y no estoy seguro de que lo nuestro siga... Y eso me pone mal, —contestó con su mirada apagada.

—¿Quieres contarme más? ¿Puedo ofrecerte un café?

—¿De verdad? ¿No molesto?

—Claro que no, —afirmó Louis. —Siéntate, ya vengo.

En ese momento llegaron a retirar el arreglo floral, por lo que Louis se demoró un poco con las tazas.

—Siento que estoy molestando...

—Claro que no. Era el único arreglo del día que tenía programado, —dijo, sonriendo el florista. —¿Cómo te llamas?

—Soy Zayn, ¿y tú?

—Louis. Entonces, Zayn, peleaste con tu alfa.

—Sí. Él se llama Liam... Y si lo conocieras... Es perfecto...

—Pero...

—Soy yo... Soy muy inseguro, creo que me va a dejar en cualquier momento.

—¿Y por qué piensas eso? ¿Él te ha dado motivos?

—Ninguno, —aseguró Zayn, saboreando su café. —Y eso es lo que me pone más mal, porque sé que lo hago sufrir.

—Pero tu inseguridad debe venir de alguna parte... ¿Tus padres, quizás?

—No lo sé... La verdad nunca lo he pensado.

—¿Y si buscas ayuda psicológica? Podrían ayudarte a conocer la raíz de tu problema y al mismo tiempo, darte herramientas para que lleves mejor tu relación con tu alfa.

—Eso suena increíble, de verdad no lo había pensado. ¿Conoces a algún psicólogo que me puedas recomendar?

—Sí. La mía es muy buena, me ha ayudado mucho, es una omega muy cercana, te doy el teléfono.

Louis se levantó, tomó su celular, buscó el contacto y lo anotó en una de sus tarjetas de presentación.

—Gracias, —dijo Zayn. —¿Puedo ser indiscreto?

—¿Me quieres preguntar por mi aroma?

—Sí... Lo siento, pero siempre he pensado que tus supresores deben ser muy potentes.

—Me encantaría que así fuera, pero la verdad es que soy un omega sin olor... Y no sé por qué. He visitado médicos de todo tipo, psicólogos, curanderos, regresión, terapia ancestral... Y nada. Es como si simplemente, al universo se le olvidó darme un aroma.

Zayn quedó mirando a Louis, quizás más de lo debido, causando un poco de malestar en el florista.

—Perdón, pero jamás escuché algo igual, y lo siento por mi reacción, pero no puedo imaginar lo que ha sido para ti el vivir así...

—Ha sido muy difícil, no puedo negártelo. Y mientras más pasa el tiempo se pone peor...

—No sé qué decirte.

—No es necesario que digas algo, en serio. Mejor dime, cuántas rosas vas a llevar.

Zayn sonrió. —Quiero veinte rosas blancas.

Louis de inmediato eligió las más lindas y formó un ramo hermoso. —¿Quieres que escriba algún mensaje? ¿O escribirlo tú?

—¿Puedo hacerlo? Me encantaría.

—Claro, toma el lápiz y aquí está la hoja.

Zayn se levantó, dejando la taza vacía en el mostrador, y se demoró un poco pensando, pero finalmente terminó.

Louis hizo el cobro, Zayn pagó.

—Gracias Louis... Gracias por escucharme.

—Cuando quieras... Y espero que las cosas con tu alfa mejoren pronto, y que puedas salir adelante.

—Gracias de nuevo. Nos vemos...

—Adiós.

Louis se quedó ordenando, mientras pensaba en la historia de Zayn. Cada uno tenía sus propios problemas, eso era una realidad, pero le era inevitable pensar que le gustaría tener ese tipo de problemas. Él también quería enviarle flores a su alfa.

Se quedó de pie, con su frente pegada en la vidriera, mirando a la gente pasar. Se había puesto triste.

Lo bueno, es que no alcanzó a estarlo mucho tiempo. A los minutos después llegó una linda alfa a comprar una docena de tulipanes, y luego que ella se fue, uno de sus clientes mayores, un alfa de otro tiempo, que le llevaba peonías a su amada omega cada quince de cada mes.

Entre armar los pedidos y escribir tarjetas, se le pasó la tarde. Luego se quedó ordenando y limpiando, por lo que se fue cansado a su departamento, pero en el camino pasó por el supermercado. Necesitaba leche, huevos, aceite, café, azúcar y uno cuantos paquetes de galletas con chips de chocolate.

Una vez que llegó a su departamento, dejó las compras encima del sofá, y se fue directo a la cocina. Iba dejando por su paso, su mochila, su chaqueta, sus zapatillas. No tenía ánimo ni ganas de nada, pero su estómago rugía de hambre. Por suerte le quedaba un poco de pan, y se hizo unas tostadas con una taza de café muy dulce. Una vez que su hambre fue saciada, caminó hasta su pequeña habitación y se tiró a su cama. La conversación con Zayn le había hecho mal.

No dejaba de pensar en la soledad que caminaba a su lado sin descanso, y que comenzaba a dañarlo más que en otros tiempos. No quería, de verdad no quería estar solo. ¿Por qué no podía tener un alfa que lo amara más allá de su aroma inexistente?

Fue inevitable derramar algunas lágrimas, estaba demasiado sensible. Así se durmió. Despertó tres horas después, muerto de frío. Apenas se lavó los dientes y se metió dentro de las cobijas con ropa y todo, y siguió durmiendo. Despertó de mal humor, aunque más que eso, era tristeza lo que sentía. Se bañó sin ganas, se vistió y antes de salir, ordenó la despensa.

Iba suspirando por la calle, intentando que el aire se llevara su dolor.

Una vez que llegó a la florería, le llamó la atención una cosa. El local de al lado, que llevaba muchos meses desocupado, al parecer tenía nuevo inquilino. El letrero de “se arrienda” había desaparecido. Sin embargo, pasó una semana antes de ver movimiento en el lugar.

Estaba un poco alterado, porque los arreglos en el local eran muy ruidosos. Al parecer estaban haciendo grandes cambios, y se necesitaba mucho trabajo. No estaba acostumbrado a tanto ajetreo a su alrededor, y varias veces tuvo que salir a pedir que tuvieran más cuidado con sus flores, que habían pasado a llevar sin querer.

Al finalizar esa semana, fue a cenar con sus padres, y eso le hizo bien. Había estado abrazado a su mamá mucho tiempo, la necesitaba, necesitaba un poco de consuelo, necesitaba una palabra amable, necesitaba calor de familia. Y afortunadamente encontró todo eso y más.

Dos semanas después, aún no abría el local de al lado, ni había luces de qué tipo de negocio sería. Sin embargo, el miércoles de la cuarta semana aparecieron cerca del mediodía, varios hombres que instalaron unas grandes letras negras en la fachada del local. Cuando Louis cerró ese día, pudo leer “Loto Negro”, pero ese nombre no le decía mucho. Podía ser una pequeña cafetería, un local de venta de artículos de decoración, muchas opciones podían ser posibles.

Esperaba pronto despejar el misterio. Al día siguiente, también cerca de mediodía, aparecieron los mismos hombres, con algunas macetas de cemento, largas y cuadradas, muy diferentes a las de “Flor de Piel”, que eran redondas y de mimbre, muy delicadas.

A eso de las cinco de la tarde, un alfa entró a la florería.

Louis lo sintió llegar, a pesar de estar muy concentrado escribiendo una tarjeta para un arreglo floral que debía entregar a última hora.

Levantó la mirada y sin poder evitarlo, sonrió. Ese chico frente a sus ojos era realmente hermoso, nunca vio a un alfa así.

—Hola, perdón por molestarte... Mi nombre es Harry... —se presentó sonriendo, casi avergonzado. Tampoco había visto nunca un omega como Louis.

—Hola Harry, soy Louis, ¿te puedo ayudar en algo?

—No...

—¿No?

—Digo sí... Es decir, no. Perdón. Seré tu vecino, arrendé el local de al lado. Espero que los arreglos no hayan sido demasiado ruidosos para ti.

—Lo fueron, sí... Pero está bien, supongo que era necesario para crear tu espacio... ¿Cuál es tu negocio? Vi el nombre, pero no me lo pude imaginar...

—Es un estudio de tatuajes, soy tatuador.

—¿De verdad? Qué bien, me va a encantar que seamos vecinos.

—También a mí...

—¿Entonces? —Preguntó Louis, no entendiendo a dónde iba la conversación.

—Entonces... Soy tu vecino, y solo pasaba a saludar y a disculparme por las molestias que pudieron haber ocasionado los chicos que me ayudaron.

—Está todo bien, en serio.

—Gracias... Me voy, tengo muchos detalles que afinar aún.

—Nos vemos, Harry.

—Sí, nos vemos.

Harry salió, con tan mala suerte, que le pegó a una de las macetas con el pie. Por suerte no se dio vuelta, pero se sentía como un completo idiota.

Llegó al estudio y se sentó en uno de los pequeños sofás de cuero, destinados a los acompañantes de los clientes. Suspiró mientras se agarraba la cabeza. Era un tonto, se había comportado como un tonto.

Apenas vio a Louis supo que estaba perdido. ¿Existiría en este mundo, o en cualquier otro, alguien tan perfecto, tan precioso? Era el omega más bello que vio alguna vez.

Se le había trabado la lengua, las palabras se esfumaron de su mente, la cordura desapareció de su cuerpo. Fue un cortocircuito completo en su vida y su alma.

Le quedaba de consuelo, el saber que estaban literalmente al lado, y que quizás podría demostrarle a Louis que era más que un alfa torpe. Esperaba que así fuera, y que su locura no empeorara todo.

Y Louis, mientras tanto, no dejaba de pensar en Harry. Le había parecido tan dulce, tan ingenuo y tan genuino, que estaba maravillado con él. Había notado sus nervios, y eso terminó de encantarlo. Amaba pensar que estarían tan cerca, y eso le dio alegría a su corazón, hasta que recordó lo de su aroma.

Fue inevitable no ponerse triste. ¿Servía de algo ilusionarse? La respuesta era rotunda y única: No.

Pero ya estaba harto de sentirse mal y triste, no era su esencia. Iba a permitirse fantasear con su nuevo vecino las veces que quisiera. Pensó, en que sería un bonito detalle de su parte, llevarle de regalo algún arreglo floral para su estudio. Pensó y pensó mucho en qué tipo de flor quedaría bien en un lugar que desconocía por completo, pero que según su propia experiencia, debía ser minimalista, limpio y organizado.

Se decidió por unos alegres y hermosos girasoles. Así, quizás, le daría un toque de color al lugar. Solo esperaba que el alfa no lo fuera a tomar a mal y que le gustara mucho su regalo.

Una vez que había decidido eso, algo le hizo click en su mente. Cuando estaba cerrando por ese día, y al mirar de reojo a su vecino, se dio cuenta de que no había sentido ni podía sentir el aroma del alfa. Notaba en su nariz el olor a nuevo, a cuero, a antiséptico, a sahumerio, pero no encontraba el olor de Harry, y eso le parecía muy extraño. ¿Sería muy desubicado preguntarle de frente cuál era su aroma? Claramente sí, ¿en qué estaba pensando? Finalmente, tampoco era super importante saberlo, no cambiaría las cosas en nada.

El nuevo día llegó, y con él, nuevos arreglos forales que preparar. Louis estaba nervioso porque a las once tenía agendado una cita con una clienta que se iba a casar y quería que Louis se preocupara de las flores. Jamás había participado en un matrimonio, y pensaba que lo mejor era declinar la oferta. Le asustaba, y además, no tenía más gente que lo ayudara.

La hora indicada llegó, y con ella, Martina.

—Hola, hablamos por teléfono, —saludó la omega. —Soy la novia que se va a casar.

—Sí, lo recuerdo bien. Siéntate, por favor, y cuéntame qué piensas. Pero primero, debo advertirte que es muy difícil para mí aceptar algo así, trabajo solo y no sé si tengo la capacidad para un montaje de un matrimonio.

—Lo sé, no te preocupes, —respondió Martina con tranquilidad. —El matrimonio es en mi departamento, y necesitaría más que nada decorar el espacio de las cortinas, y algunos floreros. Algo muy sencillo, muy delicado, muy minimalista. Creo que tienes un gusto excelente, se nota en este lugar. Ah... Y también necesito que me ayudes con mi ramo, porque lo quiero de flores frescas.

—No sabes cómo te agradezco tus palabras, y me pones un reto importante, pero lo acepto. Entonces, —dijo Louis, levantándose para buscar su cuaderno, —¿Para cuándo es el matrimonio?

—Ese es uno de los problemas. Es la próxima semana...

—Eso no me lo esperaba, pero veamos. ¿Hay algún flor en especial que te gustaría tener? ¿Has pensado en tu ramo?

—Créeme que he pensado en todo. Después de darle mil vueltas, me decidí por usar no más de dos o tres colores. Blanco, de todas maneras y los otros podrían ser azul, lila o rojo. Para mi ramo me gustaría algo clásico, rosas rojas, pero muy frescas y muy rojas.

—¿Te gustan las enredaderas?

—No lo sé, no lo había pensado.

—Mira, esas que están al fondo por ejemplo, se llaman bignonias y pueden ser lilas. Hay unas hermosas de dos colores, déjame mostrarte.

Louis sacó un libro de uno de los cajones, y le mostró a Martina.

—Es hermosa... Me encantó, me parece que se va a ver muy bien.

—¿Te parece si me mandas una foto del lugar? Y así yo puedo bosquejar una idea y definirlo de una vez, para no perder más tiempo.

—Creo que es una gran idea, voy de inmediato a mi departamento.

Se pusieron de pie, y Martina casi sale corriendo por la puerta.

Louis se sentía bien. Nunca pensó en decorar lugares para matrimonios ni para celebraciones de ningún tipo, lo suyo era una florería pequeña, que trabajaba con ramos y nada más. Pero era un nuevo desafío y estaba listo para enfrentarlo. Antes de que pudiera recibir la fotografía de Martina, necesitaba buscar a alguien que lo ayudara a llevar las flores, pero primero tenía que evaluar cuántas necesitaba y desde ahí buscar a alguien. Estaba un poco agitado, por lo que se acercó a la puerta para tomar un poco de aire.

Era mediodía ya, y corría una brisa fresca y suave, justo lo que necesitaba.

Se puso a arreglar algunas macetas, y luego entró a prepararse un café. Se sentó para terminar de tranquilizarse, y estaba empezando a relajarse, cuando vio a Harry entrando a la florería.

No se levantó, desde el cómodo sofá lo saludó.

—¿Cómo estás?

—Bien, un poco nervioso...

—¿Puedo saber por qué? —Preguntó Louis sonriendo.

—En media hora tengo a mi primer cliente, y sé que es ridículo sentirme ansioso, pero no lo puedo evitar.

—No es ridículo para nada... Es como una especie de inauguración del lugar, ¿verdad?

—Así es, —confirmó el alfa. —No sabía explicarme... ¿Y tú? ¿Estás bien?

—Sí, también un poco nervioso porque una clienta quiere que le haga la decoración para su matrimonio.

—¿Y nunca lo has hecho?

—Nunca... Pero me parece que puedo hacer un buen trabajo.

—Estoy seguro de que así será... Me voy a trabajar, solo quería avisarte que ya había llegado, por si necesitas cualquier cosa...

—Gracias... Es muy dulce de tu parte, suerte con tu primer cliente.

—Nos vemos más tarde...

Harry salió, y otra vez pasó a llevar una de las macetas.

Se sentía tan estúpido otra vez. Había llegado al estudio y dejado sus cosas, cuando decidió que ir a ver a Louis era una buena idea, pero fue solo verlo y se le ponía la lengua traposa, sus ideas chocaban entre sí, y no podía lograr parecer una persona medianamente inteligente.

Y fue en ese momento, cuando estaba revisando las tintas, que se dio cuenta de que no había sentido el aroma de Louis. Si bien en la florería había muchos aromas florales, sabía que el olor de Louis no estaba en ellos. ¿Por qué? ¿Qué clase de supresores usaría para evitar que su aroma desapareciera de esa manera?

Tenía tantas preguntas, y tan pocas respuestas. Le parecía que Louis era un omega demasiado especial como para estar soltero. Eso sería demasiado extraño, ¿qué alfa no querría estar a su lado? ¿Y por qué, al mismo tiempo, sentía que estaba muy solo? ¿Cómo había podido sacar esas conclusiones en tan poco tiempo? ¿Valía la pena hacer conjeturas? Qué ganas de invitarle una copa y poder hablar por horas, sin cansarse ni aburrirse jamás.

A la hora indicada llegó una linda omega a tatuarse. Quería un tatuaje de dos elefantes, uno más grande que sería ella, la mamá, y otro más pequeño que sería la representación de su hija, unidas por las trompas del elefante. No era difícil si lo veías en blanco y negro, pero la especialidad de Harry eran las líneas finas y los tatuajes en colores, en un estilo de acuarelas muy bonito y delicado. Podía hacer otro tipo de tatuajes, pero su fuerte era aquello que parecía frágil.

Se dedicó con toda su atención a su primera cliente, mientras Louis ya tenía en su teléfono la foto del departamento de Martina.

En su cuaderno empezó a hacer un bosquejo, y luego de una hora, se sintió satisfecho. Le envió la imagen a su clienta por mail junto con el presupuesto. Esperaba estar pidiendo un precio justo por su trabajo, le había costado mucho decidirse.

Mientras esperaba la respuesta, se dedicó a preparar un lindo arreglo de girasoles para llevarle a Harry antes de almuerzo. El resultado fue muy bonito, porque esa mañana le habían llegado frescos, grandes y llenos de vida.

La respuesta de Martina llegó, feliz del resultado del bosquejo y también aceptando el precio del trabajo.

A la hora de almuerzo, se asomó Louis, al estudio de Harry, y lo vio ordenando los insumos que había utilizado en su primer tatuaje.

El omega respiró hondo y profundo varias veces, hasta que se decidió. Tomó el arreglo y salió.

—Hola de nuevo, —saludó con su mejor sonrisa.

—Hola...

—Te traje un regalo, para que te vaya increíble y hagas muchísimos tatuajes. Espero que te gusten los girasoles...

Los ojos de Harry se pusieron vidriosos, pero gracias a un gran esfuerzo, pudo detener las lágrimas que amenazaban deslizarse por sus mejillas.

—¡Me encantan! Es un arreglo demasiado lindo, yo... ¡Gracias!

Harry se acercó y lo tomó.

—Creo que quedaría bien en ese rincón, —dijo Louis.

—No, no se va a ver. Lo voy a poner al lado de la puerta.

—¿Estás seguro? ¿No es muy grande para la entrada?

—Es perfecto, merece que todos lo vean...

Y esa era la mejor respuesta que Louis podía escuchar. —Me voy, no puedo dejar sola la florería... Nos vemos más tarde, permiso...

—Nos vemos...

Apenas Louis se fue, Harry se acercó a los girasoles y los tocó. Eran de sus flores favoritas, y los que le llevó el omega eran realmente lindos. Se veían increíbles, quedaron muy bien ubicados.

Después de admirarlos por varios minutos, recibió algunas llamadas de clientes que agendaban horas para tatuarse. Y sin buscarlo, llegó un alfa a preguntar por la técnica que realizaba Harry y decidió tatuarse en ese mismo momento. Era un paisaje, algo que necesitaría por lo menos dos sesiones, pero que a Harry le parecía una gran oportunidad para relajarse y y dejarse envolver en la magia que era tatuar a alguien.

Y Louis por su lado, había empezado a llamar a algunos de sus proveedores para pedir las flores necesarias para el día del matrimonio de Martina. Logró cuadrar fechas y de inmediato preparó un aviso para decirles a sus clientes que el día miércoles estaría cerrado. Se sentía emocionado.

Pero seguía con el problema de quién podría ayudarlo a llevar las flores. Pensó en su papá, pero dudaba que pudiera pedir libre en su trabajo. Su mamá tenía problemas de espalda y sus hermanos eran un cero a la izquierda.

Se le pasó por la cabeza, por un segundo, pedirle a Harry, pero era tonto pensar que el alfa cerraría su estudio para acompañarlo al matrimonio. Menos si pensaba que estaba recién empezando.

Suspiró. Pero de alguna manera lo haría, de eso no tenía dudas.

Ese día, al irse, fue el turno de Louis de pasar por el estudio de Harry.

—Hola... Quería avisarte que ya me voy...

—Bien... Descansa entonces...

—Gracias, también tú... Hasta mañana.

El omega salió con una sonrisa en su cara, pero que no se comparaba a la del alfa.

Los días se fueron sucediendo sin ningún acontecimiento importante, excepto que Louis y Harry habían creado esa rutina de saludarse al llegar el alfa y al irse el omega. Lo sentían como una hermosa obligación. Muchas veces preguntaban en la florería por el horario del estudio, y lo mismo al revés.

El día antes del matrimonio donde Louis haría el arreglo de las flores, encontró al omega al borde de la angustia. No había podido conseguir ayuda para hacer su trabajo. Estaba muy triste, había llamado incluso a sus hermanos para preguntarles, pero todos le dieron la espalda. Su papá no podía faltar a su trabajo y su mamá le ofreció acompañarlo, pero Louis sabía que no era buena idea, aunque si no tenía más opción, tendría que aceptar su ayuda.

Estaba esa mañana regando las flores de la entrada del local, con su mirada apagada, cuando llegó Harry todo precioso.

—Buenos días, —saludó el alfa sonriendo, pero cambió su semblante por uno de preocupación. —¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

Y Louis simplemente no pudo evitar que algunas lágrimas cayeran por sus mejillas.

—¿Te acuerdas que te conté de un matrimonio donde iba a hacer el arreglo de las flores?

—Sí, ¿qué pasó?

—Es mañana y no he podido encontrar quien me acompañe. No puedo llevar todo yo solo, y ya no sé qué hacer... —Explicó Louis intentando detener sus lágrimas.

—¿Y no puedo ayudarte?

—No sería justo... Estás recién empezando, no puedes cerrar tu local por ayudarme...

—¿A qué hora es?

—A mediodía...

—Tengo una hora agendada a las tres. Alcanzo perfectamente, no estés triste...

—¿De verdad lo harías?

—Lo estoy haciendo...

Y Louis sonrió en medio de sus lágrimas. —Muchas gracias, no te imaginas lo tranquilo que me dejas... Nunca voy a poder pagarte esto...

—Yo sé como puedes pagarme... Podríamos ir por una café uno de estos días, ¿qué dices?

Louis iba a contestar que sí, que por supuesto, que fueran ya mismo. Hasta que recordó quien era y su problema. —Lo siento, no puedo...

La palidez se adueñó de las mejillas de Harry. —Entiendo, no hay problema.

—Harry... Hay algo que deberías saber antes de invitarme un café, pero que aún no estoy listo para contar. Feliz aceptaría el café, pero no es el momento, ¿sí?

Eso le dio una esperanza al alfa, que sonrió feliz de saber que no había obtenido una negativa rotunda.

—Nos vemos más tarde, —dijo con una leve inclinación de cabeza, y abriendo la puerta del local.

Louis se quedó suspirando, qué manera de gustarle Harry. No solo era un alfa precioso, también era amable, preocupado y dulce. ¿Por qué el universo se lo había enviado? No podía entenderlo.

Al terminar el día, Louis pasó por el estudio.

—Ya me voy, —le dijo a Harry.

—¿A qué hora debo llegar mañana?

—A las once por favor.

—¿Tienes auto?

—No... Pensaba tomar un taxi.

—Yo tengo, lo traigo y así nos vamos más cómodos, ¿te parece?

—Gracias, de nuevo gracias...

—No hay de qué...

Los dos se quedaron mirando, de pie, sin saber qué más decir.

—Bueno, nos vemos mañana... —dijo, por fin, Louis.

—Descansa, hasta mañana... —Se despidió Harry.

El omega salió y el alfa estuvo a punto de besar los pasos de Louis, así de intenso era lo que sentía. Sin embargo, volvió a pensar en porqué no podía sentir su aroma. ¿tendría algún problema hormonal o en su fuente de olor? ¿Sería eso un problema? Claro que no. Harry podía jurar que no necesitaba del aroma del omega para poder intentar algo más. Con Louis todo parecía suceder de una forma mucho más fácil, más ideal, más intenso. Le daba igual si su aroma era dulce o amargo, solo le era necesario que Louis se dejara llevar por su calor.

Cómo había imaginado al omega entre sus brazos... Era casi insano, demente y trastornado. Lo imaginaba desnudo en su cama, creía saber cómo se sentía su piel húmeda, cómo se sentía el besarlo, el ver sus mejillas encendidas de deseo, el escuchar sus susurros como gemidos. Y al mismo tiempo, estaba seguro de que sería el momento más tierno y dulce del universo, ellos dos entregados al otro, disfrutándose y reinventándose cada vez.

Sabía que estaba yendo demasiado lejos con su imaginación, pero había que entenderlo. La sola aparición de Louis lo había trastocado en un nivel superior. Y estaba seguro de que las cosas pasan por algo, en el momento preciso y con la persona perfecta, y él sabía que haber encontrado al omega era un regalo.

Harry tuvo que levantarse y caminar por su estudio unos momentos, se había acalorado con el recuerdo de sus pensamientos, y tenía un cliente que llegaría en cualquier momento y no podía estar dando una mala impresión.

Efectivamente, diez minutos después llegaba un bonito omega a tatuarse. El diseño era un retrato del perrito que recién había perdido, debido a una triste enfermedad. Fue difícil para Harry no emocionarse y no consolar al omega, ya que sería desubicado y poco profesional. Solo le dijo algunas palabras dulces y alentadoras y comenzó con su trabajo.

A esa hora, Louis llegaba a su departamento. Estaba feliz, tranquilo y nervioso al mismo tiempo. No podía creer que Harry lo ayudaría. Le parecía un gesto hermoso y dulce que le gustaría retribuir con besos y caricias, pero que lamentablemente no podía ser. Tendría que buscar otra manera. Quizás llevarle un arreglo de flores cada semana sería algo íntimo pero lo suficientemente distante como para no provocar malos entendidos.

Se acostó temprano, porque quería levantarse a primera hora, pero primero llamó a sus padres que estaban muy preocupados, y les contó de Harry. Luego se durmió, pensando en el alfa.

El nuevo día llegó velozmente, y Louis estaba en pie desde las siete de la mañana. Se había bañado con mucho esmero, se vistió sobrio pero con estilo, y salió a la florería. Esa mañana llegarían flores muy frescas y la mayoría debía llevarlas al matrimonio. Una vez en “Flor de Piel”, se dedicó a armar algunos arreglos, y a ordenar lo que había llegado. Guardó en su mochila una pequeña caja con sus tarjetas de presentación, y se hizo una taza de café. Cuando se sentó, ya eran las once y no sabía cómo había pasado el tiempo así de rápido.

Esperaba que Harry fuera puntual, no podían retrasarse ni un solo minuto, quizás debió decirle que llegara más temprano. Había empezado a angustiarse, cuando sintió tres golpes en la puerta. Era el alfa, muy sonriente, viéndose más que increíble. Estaba de perfecto negro, con camisa y todo, muy bien presentado para un matrimonio.

—¡Qué bueno que llegaste! Estaba nervioso, —saludó Louis en la puerta.

—Me imagino que sí, es un día importante... Pero ya estoy aquí. ¿Quieres ir cargando ya?

—En diez minutos, no quiero llegar tan temprano.

—Pero, ¿no es mejor ir con tiempo? Pueden pasar imprevistos...

Louis miró a Harry con horror. —Tienes razón, mejor vámonos.

El alfa iba ordenando los arreglos y las flores en los asientos traseros del auto, según las indicaciones que le iba dando el omega, hasta que terminaron. Solo en eso se demoraron casi quince minutos.

Luego Harry manejó por otros quince minutos, hasta que llegaron al departamento de la novia. Estaba en un piso quince.

Y Louis se quería morir.

Tendrían que hacer por lo menos tres viajes y eso demoraba notoriamente el arreglo del lugar, sin contar con que había más gente también trabajando, como las personas encargadas del pequeño cóctel.

De inmediato Louis comenzó a trabajar, mientras Harry bajaba y subía con las flores. Fueron casi treinta minutos que se demoró Louis en dejar todo listo, justo a tiempo.

Quedó todo precioso, con muy buen gusto y una atmósfera delicada, La novia estaba encantada.

—¡Se ve maravilloso! Mucho mejor que en el bosquejo, no me equivoqué contigo, —dijo Martina abrazándolo. —Qué suerte que tu novio te pudo acompañar... ¡Llegó mi futuro esposo!

Así de rápido como había llegado, así se fue la novia, dejando a Louis y a Harry mirándose con una sonrisa. No era necesario aclarar las cosas.

Se quedaron en la ceremonia, como dos invitados más. Martina quería que Louis se llevara las flores y Louis estaba de acuerdo. Era mejor reutilizarlas que verlas en la basura.

Comieron delicioso, y se emocionaron con la ceremonia. Eran una pareja muy bonita, donde se notaba que había un amor muy grande.

Al finalizar todo, varias amigas de Martina se acercaron a Louis a pedir su contacto. El omega se quedó sin tarjetas, pero Harry entregó las del estudio, explicando que podían hablar con él y así enlazar las llamadas con la florería. Y Louis pensó que era una gran idea para salir del paso.

Luego de bajar y subir varias veces más, Louis y Harry ya iban de vuelta hacia sus negocios.

—Fue corto, pero muy intenso, —dijo Louis, botando el aire con fuerza.

—Lo fue, pero me gustó mucho acompañarte. Creo que lo hiciste increíble, las flores se veían muy indas y desde lejos se notaba la calidad y la frescura de ellas...

—Gracias, —contestó Louis, un poco avergonzado con tantos cumplidos. —Y gracias por ayudarme, de verdad no tengo cómo pagarte.

—Solo espero que si vuelves a necesitar ayuda, no dudes en pedírmelo, ¿sí? Siempre puedo cuadrar las horas de mis clientes, no es algo difícil.

—Gracias también por eso.

Llegaron demasiado rápido. Lo siguiente fue sacar las flores del auto, y llevarlas adentro de la florería. Ahí Louis vería cómo arreglar todo, por lo que Harry se fue a su estudio.

Louis preparó unos arreglos muy bonitos, y los puso a la venta. Pronto fueron comprados todos. Quizás era buena idea aprovechar las flores un poco menos frescas, siempre había gente que valoraba unas lindas flores.

Terminó de ordenar casi a las cuatro de la tarde, estaba muy cansado. Se supone que ese día no iba a atender, pero ya que se habían desocupado temprano, decidió que era lo mejor que podía hacer y no se arrepintió.

Cuando terminó y dejó todo guardado, pasó a despedirse de Harry, que estaba en plena sesión de tatuaje.

Louis levantó su mano y Harry le sonrió.

El omega iba suspirando por la calle. Había sido un día perfecto, que solo hubiese sido mejor si estuviera en la cama de Harry. Pero ya que eso no iba a suceder, había sido un día perfecto.

Recordaba las manos del alfa en su cintura, al ayudarlo a subir la pequeña escalera para alcanzar la esquina de la ventana. Parecía que le quemaba la piel, que quedaría esa huella para siempre latente.

Y era inevitable pensar cómo se sentirían esas manos en todo su cuerpo, recorriéndolo por completo, sin dejar un rincón sin tocar. Y era inevitable imaginar los besos de Harry en su boca, en su cuello y en su espalda, que eran sus lugares más sensibles. Era inevitable creer que los susurros del alfa serían una oda maravillosa sobre su piel.

Era inevitable respirar sin pensar en Harry.

¿Cómo era posible? ¿Qué hechizo tenía ese alfa para llevarlo a ese nivel de locura? ¿Por qué jamás le pasó algo igual? ¿Por qué a pesar de todo, sentía ganas de querer intentarlo? ¿Y si Harry era diferente?

Le empezó a doler la cabeza, sentía que todo le daba vueltas. Se tuvo que sentar en una banca del parque para calmarse, y lo logró después de varios minutos. Era como si de tanto pensar en Harry, se hubiese intoxicado.

Se rio de sus pensamientos, y pudo seguir hasta su departamento, donde se preparó un sencillo sándwich de jamón y una taza de café. Luego se puso su pijama más calentito, y se acostó a ver una película. Cuando terminó, se lavó los dientes, y se quedó pegado viendo un programa de cocina, hasta la medianoche. Cuando se dio cuenta de la hora, apagó la televisión, y abrazó a una de sus almohadas, imaginando que era Harry.

Harry en cambio, se había quedado en el estudio hasta las once de la noche. Su cliente tenía que viajar en dos días, y necesitaba que su tatuaje se hiciera en una sola sesión. Terminó muy cansado, pero feliz y satisfecho. Era un dragón lleno de colores, que quedó increíble.

Una vez que terminó, se despidió de sus girasoles y se fue a su departamento. Sin ganas de comer, se tiró a la cama y se durmió. Despertó una hora después, incómodo y con frío. Con todo su esfuerzo, se desnudó y se acostó. En cinco minutos ya estaba durmiendo.

El día siguiente los encontró con ganas de no levantarse. Pero Louis tenía una entrega a las diez de la mañana y Harry un cliente a la una, por lo que no tuvieron más opción que ponerse de pie y empezar a trabajar.

Apenas llegó Louis a la florería, a eso de las nueve de la mañana, se encontró con Zayn esperándolo.

—Hey, ¿cómo estás? —Preguntó Louis.

—Bien, mejor.

—¿Se arreglaron las cosas con tu alfa?

—Sí, empecé terapia y fue una gran decisión, estoy mucho más seguro ahora.

—Me alegro mucho... —Dijo Louis haciéndolo pasar y cerrando la puerta, ya que aún no habría la florería. —Dime en qué te ayudo, —sonrío.

—Necesito rosas rojas para mi amor, una docena, y perdón por venir tan temprano, pero no iba a tener tiempo después.

—No te preocupes, no hay problema. ¿Vas a escribirle una dedicatoria?

—Sí, por favor.

—Bien... Acá está el papel y el lápiz.

Mientras Zayn escribía, Louis armaba el ramo, que quedó precioso.

—Está hermoso...

—Sí, las rosas están muy frescas. ¿Pasa algo? —Preguntó al notar en la cara de Zayn, algo que parecía una pregunta.

—Sé que voy a ser indiscreto otra vez, pero no he podido dejar de pensar en ti y en tu no aroma... ¿De verdad has intentado todo lo posible por resolverlo? Me parecería tan injusto que no pudieras conocer a un alfa...

—He echo lo que está a mi alcance, y créeme que saber que me quedaré solo ha sido un largo proceso... Discúlpame, pero no es algo de lo que me gusta hablar...

—Lo siento, prometo no volver a hacer ningún comentario... Mejor me voy, muchas gracias por las flores, que estés bien...

Louis vio salir a Zayn, con una espina en su corazón.

Se dedicó a armar el ramo que irían a buscar en menos de una hora, y se consagró completamente a su trabajo, que dio como resultado, uno de sus ramos más bonitos. Luego de eso, recién pudo abrir la florería, y empezar a ordenar y a decidir cuál sería la flor de la semana, y en cuál habría descuento. Antes de terminar, fueron a buscar el pedido, por lo que pudo sentarse a tomar un café, recién a mediodía.

Estaba muy cómodo en el asiento, recostado hacia atrás con la taza en su mano, cuando llegó Harry.

—Hola, ¿cómo estás?

—Hola Harry... Bien, un poco cansado. Creo que lo de ayer me agotó un poco...

—Te entiendo, yo tuve un cliente hasta las once de la noche. ¡Me dormí con ropa!

—No puede ser... Lo siento, no era mi intención que te agotaras tanto...

—No es eso, no te preocupes. Tatuar siempre me cansa, pero tener la presión de tener que terminar el diseño en una sola sesión, me hizo estresarme y eso me agotó más de la cuenta.

—Oh, ¿y por qué tenías que terminar tan rápido?

—Mi cliente se va de vacaciones mañana, no había más tiempo, pero quedó muy bien.

—¿Tienes fotos? No te he preguntado por tu trabajo...

—Creo que no hemos tenido mucho tiempo para conversar.

—Cierto...

—Pero sí, todos mis trabajos son fotografiados con autorización de mis clientes y los tengo publicados en mi book en físico y en mis redes sociales.

—¿De verdad? Voy a buscarte y a seguirte entonces... Y con respecto a lo otro... Podríamos ir por un café o por una cerveza alguno de estos días...

—Me encantaría, —afirmó Harry, con su mejor sonrisa. —Creo que un café es lo mejor, hay una cafetería preciosa a dos cuadras.

—Sé de cual hablas, es mi favorita.

—¿Te parece que revise mi agenda y te confirmo el día?

—Me parece...

—Entonces, me voy... Nos vemos más tarde...

—Sí...

Harry entró en su estudio, y se entretuvo ordenando todo y revisando sus insumos. Ese día tenía dos clientes agendados, pero eran tatuajes pequeños, por lo que no se demoraría mucho. Quizás era un buen momento para ir por un café, y cerrar temprano.

Salió del estudio, y entró a la florería.

—Hola de nuevo...

—Harry, ¿pasó algo?

—Sí, es decir, no... Es decir, pensaba si podíamos ir por ese café más tarde. Tengo dos clientes agendados, uno a la una y el otro a las cuatro. Podríamos irnos cuando cierres, ¿qué dices?

—Que es una gran idea... Nos vemos más tarde entonces...

Harry solo sonrió y salió.

Una vez en su estudio, pensaba en que ojalá las cosas salieran bien, que pudiera ser el comienzo de una amistad con cara de romance, que Louis se sintiera tan a gusto a su lado que le permitiera besarlo al llevarlo a su departamento. Y sobre todo, esperaba no arruinar las cosas ni que su lengua se negara a moverse o que su mente no se quedara en blanco.

Atendió a sus clientes y luego anotó en su pizarra los clientes de la semana, para poder organizarse mejor. Tenía que pensar qué más hacer para poder llevar más clientes al estudio para que fuera rentable el dedicarse a tatuar. De lo contrario, tendría que buscar un trabajo de medio tiempo y dedicar la tarde a tatuar. No era lo que quería, pero necesitaba tener un plan en caso de que las cosas no salieran bien.

A las seis en punto estaba Harry afuera de la florería, y pudo ver como Louis terminaba de entrar las macetas y dejaba ordenado. Pronto salió, y dejó bien cerrado.

—¿Listo? —Preguntó Harry.

—Vamos.

Caminaron sin apuro las dos cuadras, hablando de lo agradable que estaba la tarde, casi cálida, y con poco viento. Al llegar, Harry pidió un café cortado, y Louis un expreso doble. Cada uno con un sándwich de jamón queso.

—Entonces, cuéntame desde cuando supiste que querías tener una florería.

—Creo que desde muy pequeño. Mi lugar favorito en el mundo, era el jardín de mi casa. Amaba las flores, las plantas, los árboles... Estudié tres carreras diferentes, no terminé ninguna. Un día vi a una chica con unos hermosos girasoles y fue que entendí que lo mío eran las flores.

—¿Y cómo te va?

—Muy bien. Tengo muchos clientes fijos, y siempre hay alguien nuevo buscando un regalo, o algo especial para regalar. Las flores son sencillas pero con un gran significado.

—Eso es verdad... ¿Tienes una flor favorita?

—No... Me encantan todas, cada una por un motivo diferente. Pero los girasoles siempre serán mis consentidos, porque fueron quienes me abrieron los ojos.

—Eso es muy lindo... También son de mis favoritos, aunque la flor de loto es superior.

—Es muy bella, realmente muy bonita. Es una flor perfecta para tatuarse, ¿no crees?

—Así es. Nunca me ha tocado tatuar alguna, pero la puedo imaginar llena de colores...

Hicieron una pausa, para pedir más café.

—¿Y tú? ¿Desde cuando tatúas?

—Desde hace ocho años. Empecé en un estudio con más tatuadores, ahí logré tener experiencia y aprender cómo manejar el local. Hace un par de meses decidí independizarme, y el resto ya lo sabes.

—¿Y te va bien?

—Hasta ahora no me quejo, pero es difícil, hay mucha competencia y ofrecer un producto diferente o novedoso es complejo. Justo estaba pensando en eso antes de cerrar el local, que tengo que tener un plan b por si acaso lo del estudio no es muy rentable.

—Oooh... Entiendo, algo así como buscar un trabajo formal y dejar los tatuajes casi como un hobby.

—Exactamente. No es lo que quisiera, pero como te digo, es difícil, —explicó Harry, con algo de pesar y mirando la taza vacía frente a él.

—¿Y tienes apoyo de tu familia?

—No. Mi madre y mi hermano simplemente... No nos llevamos bien, la relación es tirante entre nosotros.

—¿Y por qué? —Preguntó Louis, terminando su sándwich.

—Creen que ser tatuador es algo que no corresponde a un alfa. Mis padres querían que fuera abogado o cirujano, pero lo mío siempre fueron los dibujos y el diseño. Tatuar es un extra del que me enamoré con el tiempo.

—¿Salgamos de aquí? Podemos caminar un poco, ¿te parece?

—Vamos.

Harry pagó, y pudieron salir a la calle que estaba un poco fría ya, a esa hora.

—¿Andas en auto? —Quiso saber Louis.

—No, me es más fácil llegar en bus. Acá cuesta encontrar estacionamiento.

—Es verdad.

—¿Puedo acompañarte hasta tu departamento?

—Me encantaría, —aseguró Louis. —Pero sígueme contando. ¿Estudiaste algo relacionado con el diseño o algo así?

—Sí, diseño gráfico y tengo algunos cursos de dibujo y de diferentes técnicas como acuarela o acrílicos.

—O sea que podrías trabajar en eso.

—Sí, pero como te digo, tatuar es mi pasión, lo que más me gusta,“además de ti”.

¿Y tu papá?

—Se separó de mi mamá hace unos quince años. Se fue a España y nunca más supimos de él.

—¿Crees que te hubiera apoyado?

—No, estoy seguro. Era muy parecido con mi mamá, y como te decía, tenían una idea para mi vida muy diferente a la que yo pensaba.

—Te entiendo perfectamente... Mis papás tampoco me apoyaron en un principio, pero después todo cambió.

—Cuéntame más. ¿Tienes hermanos? ¿Tus padres están juntos?

—Sí, —dijo Louis. —Tengo tres hermanos mayores, alfas, pero son... Buenos para beber y jugar, conflictivos, muy orgullosos de su casta. Mis padres están juntos hace más de cincuenta años, empezaron cuando eran muy pequeños y casi de inmediato nos tuvieron, a todos seguidos. Ellos siempre quisieron que yo también fuera un alfa, y el que fuera un simple omega les disgustaba mucho. Que me gustaran las flores fue terrible. Me daban techo y comida, pero nuestra relación estaba trizada, yo pensaba que para siempre.

—¿Y qué cambió?

—Se empezaron a dar cuenta de cómo eran mis hermanos de los que estaban tan orgullosos. Una noche, cuando llegaba de estudiar, se sentaron a hablar conmigo. Me pidieron disculpas, me dijeron que se arrepentían de su actuar hacia mí. Fue difícil creerles, pero me sorprendieron. Gracias a ellos tengo mi florería, y aunque yo no los perdoné de inmediato, me han seguido demostrando que sí están orgullosos de mí. Y ahora puedo decir que les creo.

—Qué bonito, debe ser increíble sentir que tienes apoyo, y me encanta que lo tengas. Dijiste que estudiaste, ¿qué carrera?

—¡Estudié tres! Arte, diseño y una licenciatura en inglés.

—¿Tres?

—Sí, pero no terminé ninguna. No eran lo mío, debería haber tomado cursos, pero no lo hice, he aprendido todo por mi mismo.

—Me sorprendiste. ¿Pero no te gustó nada de esas carreras?

—Arte y diseño me gustaban mucho, pero fui incapaz de terminarlas. Era algo más fuerte que yo. Quizás si lo hiciera ahora, terminaría de estudiarlas, pero en ese momento... Era imposible.

—Entiendo.

—Llegamos, —dijo Louis, deteniéndose en la entrada de un edificio de diez pisos.

—Se me hizo muy corto el paseo, —aseguró Harry sonriendo.

—También a mí...

—Ojalá se repita... Te dejo para que descanses.

Louis estaba a punto de pedirle a Harry que subiera y se quedara a tomar una copa, pero se frenó.

—Gracias por el café y por acompañarme. Nos vemos mañana...

—Hasta mañana...

Harry no pudo evitarlo, y le dio un abrazo a Louis. Esperaba notar, aunque fuera sutilmente, el aroma del omega, pero no. No había nada.

El alfa se dio media vuelta, y tomó un taxi, mientras Louis suspiraba. Esa salida había salido mucho mejor de lo que pensaba. Se sintió como si fueran grandes amigos, como si se conocieran desde siempre.

Hablar con Harry era fácil, era un alfa atento, preocupado y muy sencillo. Se notaba que le gustaban las cosas simples, al igual que a Louis. El tiempo en el café se diluyó en cosa de segundos, y el paseo se sintió como de cinco minutos.

La próxima vez, Louis pensaba invitarlo a tomar una copa. ¿Sería muy atrevido llevarlo a su departamento? Seguramente sí.

Y fue cuando se dio cuenta de algo. Harry lo había abrazado y seguramente notó su falta de aroma, pero no hizo ningún comentario. ¿Qué significaba eso? ¿Sería posible que el alfa le preguntara al día siguiente? ¿Qué podría contestarle?

Todo lo maravilloso de la velada se esfumó con ese pensamiento. Una vez más había olvidado que no tenía derecho a ilusionarse. Y cómo dolió, como nunca antes.

Se acostó triste, y con esa pena se durmió.

En cambio Harry, iba feliz. Un poco feliz. Pensaba en lo maravilloso del tiempo que pasó junto a Louis, y que se había sentido como un estornudo. Así de corto. Descubrió a un omega tan simple, y tan verdadero, como si no tuviera sombras. Pero se había dado cuenta de algo, de que si tenía una, y bastante importante.

El abrazo que le dio, lo hizo con ganas de sentir el cuerpo y el calor del cuerpo de Louis, pero además, necesitaba saber con urgencia, cuál era el aroma del omega. Y supo en ese momento, que no existía ese olor que buscaba. Entendió que Louis era un omega sin aroma.

Y no lo podía creer.

Era demasiado.

Se durmió pensando en la cintura de Louis, esa que era perfecta y que encajaba tan bien entre sus manos.

El día siguiente llegó frío, nublado y con una llovizna que empapaba la ropa.

Louis se abrigó bien, y preparó su mochila con cosas que le eran necesarias en la florería, como café, té, leche y galletas. Se le hacía agua pensar en uno de los postres de la cafetería, estaba antojado de algo muy dulce, cremoso y también con toques crocantes. Algo con nueces tal vez.

Apenas llegó a la florería, dejó su mochila y salió camino a la cafetería. Se decidió por una porción de pastel de zanahorias y nueces, y pensó en que a Harry quizás le gustaría un trozo de crumble de manzanas, por lo que le compró una porción.

Caminó de vuelta feliz. Le hacía bien pensar en Harry mientras su mente estuviera fuera del tema de los aromas.

Al llegar a la florería, se preparó un tazón de té con leche, y se dedicó a disfrutar de su desayuno. Se sintió reconfortado, su cuerpo cálido, sus pensamientos en paz. Hasta que llegaba Harry a ellos, y desestabilizaba todo en su interior. No podía dejar de pensar en ese abrazo, en lo bien que se sintió, en el aliento del alfa en su cuello que le había provocado un escalofrío por toda su piel. La sonrisa de Harry era preciosa, pero sus labios eran otra cosa. Tan rosados y mordibles, que lo estaban desesperando. Los necesitaba por toda su espina dorsal, con Louis recién saliendo de la ducha, húmedo y sensible, derritiéndose bajo los besos del alfa.

Estaba a punto de meterse a la cama con Harry, cuando unos golpes en la puerta lo sacaron de su ensoñación.

Era un cliente nuevo, que pasaba a preguntar por algunas flores.

Louis lo atendió con dedicación y pudo ayudarlo a decidirse por unas hermosas anémonas japonesas de delicado color rosa. Formaron un precioso ramo, y Louis lo ayudó a redactar una bonita dedicatoria. El cliente se fue muy feliz.

Desde ahí, se dedicó a cuidar sus flores y a dejar apenas la puerta entre abierta, ya que se había levantado un viento muy fuerte y la temperatura había bajado drásticamente.

Al mediodía llegó Harry, todo gorro, bufanda y guantes.

—Hola, —saludó. —¿Cómo estás hoy?

—Bien, Harry, ¿y tú?

—Congelado. Y aún no he traído mi termo con café, tampoco una estufa para mis clientes. Creo que así no voy a poder atender.

—Pero eso tiene solución, —aseguró Louis, levantándose de su asiento. —Tengo café, té, leche, galletas... Y también, te compré una porción de crumble de manzanas... Ojalá te guste...

—¿De verdad? ¿Crumble? Lo amo con mi vida, es mi postre favorito en el mundo, gracias.

Las mejillas de Harry, rojas por el frío, se colorearon de rosa.

—Y mira, —habló buscando algo detrás de una puerta. —Tengo este calefactor que no uso, porque le hace mal a mis flores, y que puedes usar, aunque sea por mientras. Y por si fuera poco, —dijo haciendo reír a Harry, —tengo mantas limpias, y son muy esponjosas y suaves. Tócalas, puedes olerlas también.

Y sí, las mantas eran deliciosas y olían muy bien.

—No sé cómo agradecerte todo esto...

—Pero Harry, tú me ayudaste con el matrimonio, esto no es nada en comparación...

—¿Te parece si quedamos a mano? Pero me dejas pagarte por la estufa aunque sea.

—Está bien, es un trato entonces. ¿Te ayudo a llevar las cosas?

—No, no quiero que te enfríes. Voy y vuelvo.

Harry salió con la estufa en una mano y las mantas en la otra. Dejó todo en el sofá y volvió a la florería.

Louis ya le tenía encima del mostrador su porción de crumble, y le había preparado un café en uno de sus mugs. Tenía cerca de siete, porque se le olvidaban en la florería y luego tenía que comprar más. Ya tenía una pequeña colección.

Cuando Harry volvió, no podía creer todo lo que había hecho Louis por él. Se sintió muy bien el tener la preocupación de alguien por su bienestar y el de su negocio.

—Espero que te guste el café que te preparé. Quizás le falta azúcar o está muy cargado, pero luego vienes por otro y lo corregimos, ¿te parece?

—Estoy seguro de que va a estar delicioso... Nos vemos más tarde, y muchas gracias de nuevo.

—Disfruta tu merienda...

Louis le cerró un ojo a Harry, y el alfa estuvo a punto de botar las cosas al suelo.

Una vez en su estudio, y que había dejado el café y el postre encima de una mesita auxiliar, cerró la puerta y encendió la estufa. Esperaba que pronto se temperara el lugar. Luego dobló las mantas y las dejó en una esquina del sofá. Después se sentó a comer y quedó maravillado con el sabor del café y del crumble, eran una mezcla perfecta. Mientras saboreaba el pastel, no pudo evitar imaginarse a Louis en el sillón que usaba para tatuar. Lo veía desnudo, apenas cubierto con una de las mantas, con la temperatura en el estudio alta, mientras afuera la lluvia caía sin césar y el viento amenazaba la ciudad.

Harry se acercaría a Louis, y lentamente quitaría la manta, hasta poder admirarlo en su desnudez completa. Pasaría su dedo índice por todo el contorno de ese cuerpo que empezaría a temblar de necesidad. Pronto cambiaría su dedo por sus manos, y finalmente por su boca. Dejaría un camino de besos en esa piel dorada, hasta que estuviera llena de sus marcas. Podía sentir las uñas de Louis rasgando su espalda sin cuidado, preso del ímpetu de sentirse deseado posesivamente por su alfa. Porque Harry le haría sentir que era el único a quien necesitaría, el único a quien podría y debería amar; porque Harry deseaba a Louis, no solo sexualmente, lo quería a su lado para siempre, para demostrarle cómo se sentía estar con un verdadero alfa.

La erección en los pantalones de Harry era notoria, y el alfa se sintió avergonzado. Jamás le pasó algo semejante, pero pensar en Louis le provocaba todo en su cuerpo, todas las reacciones que pensó no existían, solo en sus sueños. Se tocó por encima, acariciándose, y suspirando. Estaba a punto de ir al baño para terminar con su gran problema, cuando alguien tocó la puerta. De inmediato se recuperó, y se levantó a abrir.

Era un alfa que quería pedir un presupuesto para arreglar uno de sus tatuajes. Tenía en el brazo algo extraño, no se distinguía el dibujo ni los colores. Necesitaba un nuevo tatuaje, pero no en técnica de acuarela, sino que en líneas más gruesas y profundas. Harry le mostró opciones y le iba explicando el precio de cada tatuaje, hasta que llegaron a una idea que los dejó satisfechos. El chico quería empezar de inmediato, por lo que Harry despejó el lugar y comenzó a preparar sus cosas para trabajar.

Estuvo en ese cliente hasta las cinco de la tarde, pero quedó muy satisfecho con el resultado. Para qué decir del cliente, que no podía creer lo que había hecho Harry con su brazo.

Una vez que se quedó solo, el alfa ordenó todo porque tenía otro cliente a las seis, y necesitaba tener todo listo, por si acaso el tatuaje se demoraba. No quería salir tan tarde del estudio.

A eso de las cinco y media, apareció Louis en el local.

—Hola... ¿Ya te vas? —Preguntó Harry, al ver a Louis con su mochila en la espalda.

—Sí, no me siento muy bien. Parece que me voy a resfriar...

—¿Qué sientes? ¿Te duele algo?

Harry se había levantado rápidamente y se había acercado a tocar la frente de Louis.

—Me duele un poco la cabeza, y el cuerpo me pesa, —contestó el omega con una sonrisa. Amaba que Harry fuera tan preocupado.

—¿Me das tu teléfono? Así puedo llamarte más tarde y saber cómo estás. Supongo que vas a la casa de tus padres, ¿cierto?

—No, me voy a mi departamento. No quiero molestarlos... —dijo Louis anotando su número en el teléfono que Harry le había pasado.

—Pero si te sientes mal necesitas que alguien te cuide... No seas porfiado y vete con ellos, ¿sí?

—Pero Harry, yo puedo...

—Tú nada, —interrumpió el alfa. —Debes cuidarte y alguien debe ayudarte, y nadie mejor que tu mamá. Si no vas con ella, cierro acá y yo mismo te cuido.

Louis se puso a reír. —No hay como llevarte la contra, ¿verdad? Está bien, iré con mis papás...

—Menos mal... ¿Dónde viven? ¿Muy lejos?

—A unos quince minutos en bus, no es lejos.

—Te voy a llamar en media hora, y espero que ya estés en cama tomando algo caliente... Cuídate, por favor...

—Sí señor... Nos vemos mañana, cuídate también...

—Lo haré.

Harry se acercó aún más y le dio un suave abrazo a Louis, buscando una vez más y rápidamente el aroma del omega.

Al no sentirlo, confirmó que no existía.

Vio salir a Louis del estudio, y siguió ordenando sus elementos de trabajo. Solo esperaba que el omega se sintiera bien pronto, y que lo cuidaran muy bien. Si hubiese estado sin clientes, lo hubiera llevado a su propio departamento.

Mientras tanto, Louis llegó a la casa de sus padres, y su mamá de inmediato lo llevó a su cama, y lo ayudó a acostarse. Luego le llevó un té con miel, y un analgésico. Después se fue a prepararle una sopa de pollo, y fue cuando Louis sintió su teléfono vibrar. Era Harry.

—Ya estoy en cama, tomando un té con miel... No te preocupes...

—¿Pero te sientes mejor?

—La verdad es que sí, estar en cama me hace sentir relajado y estar con mi mamá es lo mejor. Me cuida con mucho amor...

—Me alegra mucho escucharte, pero entonces te dejo descansar. Ojalá nos veamos mañana...

—Ya verás que sí.

—Nos vemos entonces... Descansa.

—También tú, Harry.

El alfa cortó, sintiéndose tonto una vez más. Sentía que sus conversaciones con Louis eran tan aburridas, se sentía incapaz de llevarlo por otros temas, o de lograr poner mayor intensidad en sus palabras, que Louis sintiera ganas locas de volver a conversar con él.

Nunca se había cuestionado tanto. Es decir, sí lo había hecho pero por un tema particular, no por su manera de ser. Quizás todo radicaba en que nunca conoció a alguien como Louis que le despertara tantas cosas a la vez.

Se sentó a esperar a su cliente, triste. No quería que Louis estuviera enfermo, lo necesitaba cerca, en su florería, rodeado de colores y aromas.

Aromas.

Louis no tenía aroma, y definitivamente, eso no le importaba, por una sola razón, muy curiosa y especial, que esperaba poder conversar con Louis prontamente.

A los minutos llegó su clienta, una simpática alfa que iba acompañada de su omega. Quería diseño de rosas en su muslo derecho.

Harry se quedó tatuándola hasta las nueve, era muy meticuloso con lo que hacía y por eso el resultado era más que asombroso.

Una vez que la pareja se fue del estudio, limpió y ordenó rápidamente. Luego se fue a su departamento, se sentía un poco más que cansado. quería algo caliente y dormir. Pidió una pizza, que estaba deliciosa y recién salida del horno.

¿Le gustaría a Louis la pizza? ¿Le gustaría comerla desnudo sobre la cama y luego quejarse de las migas en las sábanas? ¿Le gustaría tomar una botella de vino de vez en cuando, hasta embriagarse delicadamente y luego hacer el amor hasta el amanecer?

¿Por qué todos sus pensamientos siempre terminaban en el cuerpo de Louis? ¿Por qué sentía esa necesidad de tocarlo, de besarlo y llevarlo al límite? Estaba al borde de la locura, y lo frenaba el sentir que era todo muy rápido y que el omega podía asustarse si avanzaba de la manera en que quería hacerlo. Porque si fueran las cosas como el alfa quería, estarían planificando su boda y pensando en su luna de miel encerrados en un cuarto de hotel, con servicio a la habitación.

Amarraría a Louis a la cama, y probaría su cuerpo de todas las maneras y formas existentes, incluso inventaría más, porque así de fuerte era lo que sentía.

Necesidad.

Necesidad de Louis.

Necesidad del cuerpo de Louis.

Y necesidad de Louis todo. De su sonrisa, de esa manera de mirar tan dulce, de su preocupación y de su manera de tomar la taza de café; de las melosidad que aparecía por sus poros, de la ternura que emanaba de su voz. Louis era todo y todo era Louis. Y Harry había enloquecido por ese omega sin aroma.

Quizás la vida lo había puesto en su camino para decirle que se merecía un amor bonito, no como uno de los tantos que había tenido y que fracasaron irremediablemente por una única razón. ¿Querría Louis amarlo incluso al saberlo diferente? Si no lo hiciera, no estaba seguro de poder seguir adelante, porque sería caminar desgarrándose en cada movimiento.

No quería pensar en eso, esperaba jamás tener que pasar por algo así.

Sentía, en el fondo de su corazón, que Louis lo miraba con un algo diferente, y solo esperaba que ese algo fuera un poquito hermoso.

Al día siguiente, Harry llegó a trabajar a mediodía como era su costumbre, y se dio cuenta de que la florería estaba cerrada. Eso lo entristeció mucho, y también lo preocupó. Tomó su celular y marcó.

—Hola, Harry...

—¿Cómo estás? ¿Te sientes muy mal? ¿Puedo hacer algo por ti? ¿En qué te ayudo?

Louis rio, haciendo sonreír al alfa.—Estoy bien, voy en camino. No me quise levantar temprano, aún me dolía un poco la cabeza pero ya estoy bien, gracias por preocuparte.

—Espero entonces... Nos vemos...

—Nos vemos...

Harry entró al estudio, y se dio cuenta de que los girasoles le habían dado un nuevo aire al estudio, y que necesitaba un poco más de color. Tal vez unos tulipanes quedarían perfectos al lado del espejo, o unas peonías junto al pequeño sofá.

Por suerte, ese día tenía cuatro clientes, por lo que estaba feliz. Sus publicaciones en redes sociales estaban teniendo mayor llegada también, y eso hablaba de que estaba haciendo bien las cosas.

Cerca de veinte minutos después, llegó Louis, directo al estudio de Harry.

—Permiso, ya llegué, —saludó.

—Estás pálido... ¿De verdad te sientes bien? ¿Puedo llevarte un té? ¿Ir a comprarte algo?

—Estoy bien, gracias por preocuparte tanto...

Se quedaron mirando, por primera vez, como si nada más existiera en el universo. Era un momento especial, bonito, cercano.

—Solo quiero que te sientas bien... —Susurró el alfa, a punto de caer rendido a los pies de Louis.

—Está bien... ¿Podrías comprarme un pastel? Estoy antojado de comer algo muy dulce.

—Voy corriendo... Digo, te acompaño a la florería y voy. Te ayudo a sacar los maceteros, ¿sí me dejas?

—Lo hago.

Harry cerró el estudio, y Louis abrió la florería. El alfa de inmediato fue sacando las flores y plantas hasta la vereda, también el letrero.

Una vez que estuvo listo, se fue a la cafetería por un par de pasteles llenos de crema y azúcar. Cuando volvió, Louis había preparado dos tazones de café.

—¿Anduviste corriendo? No te demoraste nada.

—Solo un poco, no quería que esperaras...

—Harry, no soy de porcelana, te lo juro, —dijo el omega con ternura. —No te preocupes tanto, te va a hacer mal. —Le dio un gran mordisco a su pastel.

—Lo siento, ¿estoy siendo muy molesto?

—No lo eres, me gusta mucho sentirme así, que alguien se preocupe de mí de esta forma. Es solo que no estoy acostumbrado, pero nunca has sido molesto.

Harry bajó la cabeza, no sabía qué hacer ni qué decir.

—¿Puedo preguntarte algo? —Dijo dejando de lado su café.

—Lo que quieras, —respondió Louis, pensando que el momento de la verdad había llegado.

—¿Aceptarías salir conmigo en una cita?

—No.

—¿No? —El corazón de Harry se trizó de golpe.

—Es decir... Es complicado, hay cosas que no sabes, y que me gustaría que supieras antes de pensar en una cita.

—Creo que sé a lo que te refieres, y está bien si no quieres hablar de eso ahora... Pero dame una oportunidad, ¿sí?

—Esta bien... ¿A dónde vamos a ir?

—¿A un bar? ¿O prefieres ir a cenar?

—Me gusta la idea del bar, aunque no puede ser hasta muy tarde, sabes que me levanto temprano.

—Lo sé...

—¿El sábado?

—Es perfecto.

—Bien... Ah, se me olvidaba... Necesito dos arreglos florales, uno de tulipanes y uno de peonías, por favor.

—¿En serio?

—Sí, los girasoles le dieron mucha vida al estudio, y creo que algo más colorido es un atractivo para el local, y tiene mucho que ver con la técnica que utilizo.

—Te los preparo y te los llevo.

—No, prefiero que me avises y los vengo a buscar, no quiero que te esfuerces de más...

—Está bien, yo te aviso... ¿Sabes que eres muy dulce?

—No lo soy... Nos vemos...

Harry salió de la florería más nervioso que nunca. El sábado sería la prueba de fuego para él y para Louis. Por un lado quería que llegara pronto, y por el otro, que no llegara jamás.

Media hora después, Louis llamaba a Harry para que fuera a buscar los arreglos. Estos eran preciosos, llenos de colores y las flores muy frescas y aterciopeladas.

Harry fue a la florería, y no podía creer lo hermoso de los ramos.

—Dime cuánto te debo, —pidió Harry.

—Este es el total, —respondió Louis, entregándole la boleta.

—No sé por qué creo que me hiciste un descuento...

—Lo hice, es por tu primera compra.

—Te voy a creer. Pago con tarjeta, por favor.

Louis ingresó los datos y realizó el cobro.

—Espero que te gusten, y que queden muy bonitas en el estudio. Cuando vaya a despedirme voy a ver dónde las pusiste.

—Me voy, tengo un cliente que va a llegar en cualquier momento. Nos vemos más tarde...

Mientras Harry dejaba las flores en sus lugares, Louis se quedaba suspirando. ¿Qué hizo tan bien en sus vidas pasadas, para que en esta el universo le hubiese mandado un regalo como Harry? Y al mismo tiempo, ¿qué hizo de malo para no merecerlo?

Si Harry lo pudiera amar así, sin aroma, su vida sería la más feliz. Ese alfa nervioso y tierno estaba incrustado en su corazón. No lo pudo evitar, y ya era demasiado tarde para devolver el tiempo. Lo había intentado, pero Harry lo hacía muy difícil, siempre tan dulce y presente, tan lindo.

Pero sabía que ahora su vida estaría inevitablemente dedicada a vivir viendo de lejos a su amor, soñando con un imposible, deshaciéndose de dolor lentamente, cada día sufriendo un poquito más, hasta que llegara el último día de su vida, y ya no tuviera más lágrimas ni sonrisas. Así de trágico veía su porvenir sin Harry.

Y pese a todo sonrió, porque lo que estaba sintiendo en su cuerpo y en su mente, jamás le pasó antes. No sabía que podía reaccionar así a alguien, a un alfa. No sabía que su amor podía crecer sin límites de tiempo ni de intensidad. Empezaba a enamorarse, lo sabía.

El día sábado sería el momento en que todo acabaría.

Por mientras, seguiría fantaseando con Harry, con su boca, con sus manos, con esa mirada tan intensa que se le escapaba de vez en cuando; con ese cuerpo tallado por el mejor artista, con su espalda que tan bien recibiría sus rasguños, con ese cuello precioso donde podría dejar la marca de sus dientes y de sus labios.

La semana pasó tranquila. Harry estaba teniendo muchos clientes, y eso lo tenía muy feliz. Uno por el lado económico, y dos porque estaba haciendo lo que más le gustaba en la vida.

La florería, por su lado, seguía como siempre. Con muchos pedidos de arreglos, con muchas historias de amor, de perdón, de amistad.

El día sábado llegó inevitablemente, y los encontró ocupados y casi sin nervios, porque habían olvidado que tenían una cita en medio de tanto ajetreo. Pero al llegar la hora de salida de Louis, todo se volvió real.

El omega cerró como todos los días, y se acercó al estudio. Harry estaba desocupado, revisando algunas fotografías de sus tatuajes.

—Hola, ya me voy.

—¿Te vas?

—Sí, ¿por qué?

—Es mi idea, ¿o es sábado? ¿No tenemos una cita?

—¿Es sábado? ¿Estás seguro? Lo olvidé por completo.

—¿Quieres que lo dejemos para otro día?

—No, vamos, pero ¿no tienes más clientes?

—Tenía uno a las nueve, pero me canceló recién. Podemos irnos.

Louis solo sonrió.

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