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Cuando te volviste invierno

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Sinopsis

Hay pérdidas que no hacen ruido, no estallan, no quiebran puertas, solo se deslizan despacio como el hielo cuando invade una grieta, a veces una empieza a irse así, en los silencios que nadie nota, en las palabras que se tragaron por miedo y en las veces que elegiste no molestar, te encoges, te borras, aprendes a no pesar. Yo también me fui así, desapareciendo de a poco con un gesto, una decisión o una lágrima escondida detrás de una sonrisa, no sé cuándo me rompí, solo sé que lo hice tantas veces que ya no distingo lo que era de lo que quedó, perdí cosas que no se recuperan, a ella, a mí, y terminé creyendo que lo único que merecía era el dolor, como si eso fuera amor. Hay días en que todo parece estar bien, hasta que no, basta con una risa, una calle o una taza de té para que los recuerdos se claven, no todos duelen, pero cuando lo hacen te atraviesan. Y entonces lo vi. Después del hielo, después del silencio, cuatro años, cuatro putos años, y bastó una mirada, sus ojos no eran distintos pero me vieron, me vieron de verdad, como si supieran lo que nadie se atrevió a preguntar, como si dijeran: aún estás ahí. Y por un instante, uno solo, creí que tal vez todavía podía volver, volver a sentir, a arder, a existir sin miedo.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Daddy Issues- The neightbourhood

El aire estaba frío esa mañana, de ese frío que no solo se siente en la piel sino también en el pecho, me vestí con mis jeans negros y una sudadera holgada, como cada día, sin pensar mucho y sin sentir demasiado, caminaba por las calles de Richmond upon Thames, el barrio residencial donde vivíamos desde hacía apenas tres años, mi padre, Christian, había apostado por un negocio que resultó exitoso y eso nos había permitido mudarnos a esa zona mejor, pero yo aún no me sentía del todo parte de ese mundo.

Elain, en cambio, sí, mi hermana se adaptó con facilidad a pesar de los problemas, era carismática y pronto encontró una amiga cercana, Sophie, yo solo empecé a sentirme un poco menos perdida cuando conocí a Liz, el college no exigía uniforme y agradecía eso, porque podía vestirme como quisiera, lo que me daba cierta sensación de control.

Esa mañana, mientras caminaba, pensaba en los exámenes de fin de trimestre, el cielo estaba gris, todo era gris, incluso yo, me senté en uno de los bancos del patio, envuelta en ese silencio que a veces duele más que cualquier ruido.

Entonces lo vi.

No sé si fue su forma de caminar, la manera en que iba ligeramente por delante de los otros como si no perteneciera del todo al grupo, o esos ojos entre verdes y dorados, pero algo en mí se tensó, estaba con tres amigos y uno de ellos, Oliver, llevaba semanas siendo insoportable conmigo, dejándome notas absurdas y acercándose con excusas ridículas, no era feo, pero su insistencia me agotaba.

Hasta que escuché la voz, grave, seca, como si le molestara hablar.

—Atrévete a besarla de una vez.

Le lancé una mirada de advertencia a Oliver, quien sonrió medio en broma.

—Solo si ella quiere.

—No quiero, ni ahora ni nunca, ¿qué mierda les pasa? —espeté, clavando la mirada primero en Oliver y luego en el otro.

El otro, él.

—Tienes agallas —comentó, no sonrió, solo me miró como si analizara algo, como si me hubiera desafiado sin abrir la boca.

—Y tú tienes demasiada cara, ni siquiera sé quién eres, piérdete —espeté, ya al borde.

Me levanté del banco y lo empujé con fuerza, pero no se movió ni un poco, era como una puta muralla, pasé por su lado pero pude sentirlo, la mirada fija en mi espalda, como si supiera que me iba enfadada y también incómodamente alterada.

Los días siguientes lo vi en los pasillos, lo justo para saber que no era exactamente un chico bueno, lo vi reírse con otras, rozarlas al pasar, caminar con ese aire de no deberle nada a nadie, tenía pinta de desastre y a mí no me gustaban los desastres, no más.

Hasta que choqué con él, literal.

Al doblar una esquina del college intenté esquivarlo, pero él se adelantó y se plantó delante.

—¿Por qué me evitas? —preguntó, ni una sonrisa, solo esa ceja ligeramente alzada.

—No te evito, ni siquiera te conozco.

—Me llamo Thesan, tú eres Cass.

—¿Y eso qué, quieres una medalla? —dije, sin apartar la mirada.

—Solo digo que te conozco.

—Veo que tu amiguito se entretiene hablando de mí.

—Ese idiota no se calla, realmente le gustas.

—Qué emocionante, ¿te quitas o te empujo otra vez, idiota?

Sus labios se curvaron apenas, pero no era una sonrisa amable, era algo más, como si se divirtiera viendo cuánto me jodía su presencia.

—¡Auch! Tranquila, polvorita —murmuró, retrocediendo medio paso.

Me quedé mirándolo, incrédula.

—¿Perdón?

—Eso, que eres pequeña pero enojona del demonio.

—Vete a la mierda.

—Ahí está —rió apenas—, justo lo que decía, polvorita.

Solo me di vuelta, le enseñé el dedo del medio y no respondí, no porque no tuviera nada que decir sino porque no tenía energía, y no era por culpa del idiota caraculo sino porque la noche anterior había sido horrible, gritos y reproches que me dejaron sin fuerzas para seguir con la farsa, seguí mi camino intentando proteger a Elain incluso en mis pensamientos.

Era viernes, el fin de semana comenzaba como una losa sobre mi cabeza y necesitaba un libro, mi forma de escapar, y aunque me odiara por pensarlo, una parte de mí seguía sintiendo esa maldita mirada clavada en la nuca, como si el maldito idiota aún no se hubiera ido.

Ordinary- Alex warren

Thesan Rowar

El regreso a Londres no fue una decisión que planeara demasiado, mi madre me dijo que ya era momento de dejar de cargar con lo que no me tocaba, pero yo no volví para empezar de nuevo, regresé porque él estaba enfermo y, a pesar de todo, aún era mi padre.

Así que volví.

Cambridge me había enseñado a estar en silencio sin que doliera, Londres me devolvía el ruido que pensaba haber dejado atrás, el college era el mismo, pasillos largos, luces apagadas a mediodía y profesores que cambiaban de tema sin avisar, pero yo no era el mismo, no hablaba con nadie más de lo necesario porque no me interesaba hacerlo, las conversaciones forzadas me daban dolor de cabeza.

Fue en una mañana cualquiera, ni especial ni distinta, que la vi sentada en la esquina del patio, estaba sola, con un libro en las manos, el auricular apenas asomando de la manga de su chaqueta y esa forma de mirar el suelo como si lo sostuviera con la mente para que no se viniera abajo, no sonreía, tampoco parecía triste, solo contenida, como si todo dentro de ella estuviera en pausa, tenso, esperando a romperse sin hacer ruido, la mayoría de las personas se esfuerzan por ser vistas, ella parecía estar haciendo todo lo posible por desaparecer sin moverse.

La volví a ver al día siguiente, y al siguiente, en la biblioteca, en el comedor, en la entrada, siempre estaba con algo entre las manos, un libro, un cuaderno, una taza, nunca con alguien más por mucho tiempo, salvo con una chica de cabello rubio y ojos azules que hablaba más de lo que escuchaba, tan distinta a ella.

Me llamó la atención que no se esforzara, que no buscara nada y que viviera a la defensiva pero con decencia, eso fue lo primero, lo segundo fue el anillo, lo llevaba siempre, lo giraba entre los dedos cuando pensaba que nadie la veía y cuando alguien la llamaba lo soltaba rápido, como si fuera una especie de secreto, como si ese gesto dijera más de lo que estaba dispuesta a contar.

Después vinieron los detalles, las perforaciones en su oreja izquierda hechas no por estética sino por rabia, la forma en que arrugaba la nariz cuando algo la incomodaba, la costumbre de mirar al suelo antes de responder como si organizara su dolor en frases que no pudieran quebrarla, a veces se recogía el pelo con un lápiz y quedaban unos mechones sueltos que le rozaban las mejillas, tenía una boca difícil de olvidar, no solo por la forma sino por lo que callaba, y cuando lograba verla sonreír sus hoyuelos aparecían y la hacían aún más hermosa.

A veces estaba sentada en el suelo del pasillo, sola, con las rodillas recogidas y escribiendo algo en el margen de un libro, no tomaba notas como el resto, escribía pensamientos, se le notaba en la mirada, como si estuviera dejando algo importante ahí, algo que nadie más entendería.

No me di cuenta de cuándo empecé a esperarla, no a buscarla, solo a esperarla, en los pasillos, en el comedor, en el sofá de la biblioteca donde solía quedarse dormida con el libro abierto pero sin pasar página, más que leer solo quería esconderse entre las palabras, y entonces empecé a verla en todo, en el vapor de la taza de té que dejaba olvidada, en el eco de sus pasos cuando salía del aula antes que todos, en la forma en que a veces se mordía el labio sin darse cuenta cuando algo la perturbaba.

Me di cuenta de que me jodía verla mal, que me jodía que fingiera estar bien y que quería saber por qué evitaba las miradas, por qué se apagaba tanto, y al mismo tiempo me gustaba que no intentara parecer fuerte, no como los demás, ella no presumía cicatrices, solo cargaba con ellas.

Hasta que un día ella me miró, fue solo un segundo pero fue distinto, no fue un vistazo sino una mirada real, directa, sin disfraz, no había nada de coqueteo ni expectativa, solo una pregunta muda contenida en sus ojos, como si me dijera: ¿vas a romperme tú también?

Y algo en mí se tensó, no de nervios sino de consideración, porque entendí que ella también estaba mirando por primera vez, que lo había notado y que a partir de ese momento todo lo que fingía ser invisible dejaría de serlo, y aunque no lo dije, aunque no lo mostré, supe que ya no había vuelta atrás, ella no era como las demás y eso era justo lo que más me atraía, no su silencio, sino todo lo que ese silencio estaba gritando.

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