Personalizar legibilidad
Aa

La Senda del Heroe Olvidado.

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

El héroe murió... pero una nueva misión comienza para el soldado. Vergil tendrá que eliminar al rey demonio si quiere regresar con su familia.

Genero:
Scifi
Autor/a:
Jose
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

El Vacío de Órbita

Año 2074 | 22 de enero, 16:40 horas | Base Militar Alfa


—¡Hoy terminamos con esta maldita guerra! —La voz de José retumbó en el hangar metálico, abriéndose paso entre el rugido ensordecedor de los motores de plasma que vibraban bajo sus pies—. ¡Todo está listo! ¡Es hora de echar a estas cucarachas de nuestro planeta y recuperar lo que es nuestro!


Los hombres y mujeres a su cargo respondieron con un estruendoso unísono de golpes secos sobre sus placas de combate. El sonido, rudo y disciplinado, demostraba la lealtad absoluta que sentían por él. José, a sus treinta y cinco años, era el líder de la Fuerza de Incursión Global: un cuerpo de élite entrenado para sobrevivir y vencer en situaciones donde la lógica decía que era imposible.


Hacía ya una década que la Tierra había caído bajo el yugo de los Ciberan: seres biomecánicos, gigantescos y aterradores, que combinaban una tecnología oscura y avanzada con una fuerza física devastadora. Habían llegado sin aviso, destruyendo ciudades y sometiendo a la humanidad. José lo había perdido casi todo durante esos años de invasión: su hogar, sus amigos, gran parte de su familia. Lo único que le quedaba ahora era su equipo, su fiel fusil de inducción magnética y un juramento de sangre grabado a fuego en su memoria: defender su mundo o morir en el intento.


Se giró hacia la figura que permanecía a su lado, un hombre de cabello canoso y mirada profunda, vestido con la misma armadura, pero con las marcas de mil batallas grabadas en su piel y en su equipo.


—Estamos listos, Jonathan. Ha llegado la hora de partir —sentenció José, ajustándose el casco táctico y activando los sistemas de su visor.


Jonathan, su segundo al mando, su amigo y el veterano más sabio que conocía, asintió con firmeza.


El despegue fue, tal como José había predicho, un viaje directo al infierno. En cuanto la nave de transporte atravesó la capa de nubes y entró en la estratosfera, el cielo, que debía ser azul y claro, se transformó en un tapiz caótico de fuego, humo y metralla. A su alrededor, docenas de cazas de la Resistencia humana caían como estrellas fugaces, sacrificándose valientemente para destruir las defensas enemigas y abrirle un camino seguro a la nave que llevaba a la última esperanza de la Tierra.


Tras realizar una maniobra brusca que desafió todas las leyes de la gravedad y que los lanzó a todos contra los asientos, el transporte impactó con violencia, pero con precisión quirúrgica, contra el fuselaje superior de la inmensa nave nodriza Ciberan: una estructura colosal del tamaño de una ciudad, que orbitaba el planeta como una espada sostenida sobre la cabeza de la humanidad.


—¡A las escotillas! ¡Salten! ¡Salten ya! —ordenó Jonathan a través de los comunicadores, con la voz firme pero cargada de tensión.


José se acercó a él, ajustando las correas de su equipo mientras se miraban a través de las viseras digitales de sus cascos.


—Amigo mío, quédate a mi flanco —le dijo José, con un tono más suave, casi personal, que solo él podía usar—. Si logramos romper la línea hasta el núcleo, necesito saber que tú me cubres la espalda. No confiaría esta misión ni mi vida a nadie más.


—Siempre, muchacho —respondió el veterano, y aunque sus palabras eran seguras, José pudo notar el ligero temblor de sus manos al aferrar el arma, el único indicio de que incluso los guerreros más duros sentían el peso de la muerte que los rodeaba.


Se lanzaron al vacío. El paracaídas magnético se activó al instante, atrayéndolos con fuerza contra el metal frío y rugoso del casco alienígena. El impacto fue duro, sacudiendo cada hueso de sus cuerpos, pero se mantuvieron en pie sobre la superficie inmensa, en el silencio absoluto del espacio exterior. Allí no había aire, ni sonido, solo la luz fría de las estrellas y el resplandor azul de la Tierra abajo.


José sacó una carga de termita molecular, la fijó con precisión en una junta estructural y activó el temporizador. El estallido subsiguiente no produjo ruido alguno, como todo en el vacío, pero vio cómo el metal reforzado se retorcía y se fundía bajo el calor intenso, abriendo un agujero negro y humeante que servía como vía de entrada a los pasillos tecnológicos de la colmena Ciberan.


—¡Dentro! ¡Formación de asalto! —bramó José, transmitiendo la orden a todo el escuadrón.


Al entrar, la penumbra y el calor los recibieron. Avanzaron por corredores interminables, llenos de luces parpadeantes y tuberías que silbaban con fluidos desconocidos. Cada paso era una amenaza, pero se movían con la sincronización de un solo cuerpo. El hedor a ozono quemado, aceite pesado y lo que parecía ser sangre alienígena inundaba los filtros de sus cascos, un recuerdo constante de contra qué luchaban. Encontraron patrullas de drones de combate y los eliminaron con ráfagas precisas y letales, sin detenerse, sin piedad.


Finalmente, llegaron ante la inmensa compuerta blindada que daba acceso al puente de mando, el corazón de la nave y el lugar donde se ocultaba su líder.


—Cúbranse, todos. Esta puerta cae ahora —advirtió Jonathan, arrodillándose para colocar los explosivos pesados en los puntos de presión calculados.


La detonación sacudió toda la estructura, haciéndola crujir como un ser vivo. El humo blanco y espeso lo cubrió todo por unos segundos. Al disiparse, cruzaron el umbral y lo vieron.


Sentado en un trono grotesco construido con cables pulsantes y nanotecnología que fluía como venas, el Rey Ciberan los esperaba con una inmovilidad aterradora. Medía casi cuatro metros de altura, una mole de metal y circuitos, y sus múltiples ojos brillaban con un destello carmesí que parecía atravesar las almas de los soldados.


—Tontos humanos... —La voz del Rey no sonó por altavoces, sino que se transmitió directamente a los sistemas de audio de sus cascos, profunda, pesada y cargada de desprecio—. Debieron haberse dejado exterminar hace años. Esta guerra era inútil. La Tierra y todo lo que hay en ella ya nos pertenece.


—¡Vete al infierno de donde viniste! —rugió José, desafiante, y abrió fuego directamente contra la figura gigante.


Lo que siguió fue una masacre. A pesar de la disciplina perfecta del escuadrón, concentrando todo su poder de fuego en una sola dirección, el Rey Ciberan se movía con una velocidad que desafiaba la percepción humana, veloz como un rayo eléctrico. Sus extremidades y apéndices mecánicos eran armas en sí mismas, y comenzó a despedazar al equipo uno a uno, con movimientos secos y brutales, reduciendo las armaduras a chatarra y los cuerpos a nada en cuestión de segundos.


—¡Señor! ¡Las armas de plasma no le hacen nada! —gritó Jonathan, acercándose a José mientras disparaba para cubrirlo. Su visera estaba rota, el cristal agrietado dejaba ver su rostro ensangrentado y sus ojos llenos de horror—. ¡Es invulnerable! ¡No saldremos de aquí con vida!


—¡Mantén la línea! ¡Cúbreme un segundo más, tengo una ventana! —respondió José, esquivando un golpe que habría partido su cuerpo en dos.


En un movimiento que solo podía ser calificado como suicida, José corrió directamente hacia el monstruo, vaciando todo el cargador de su fusil sobre los sensores y visores ópticos de la criatura. Mientras el Rey se cubría instintivamente ante el ataque cegador, José aprovechó esa fracción de segundo para deslizar una pesada mochila repleta de detonadores de fusión a los pies del trono, justo entre los cables vitales.


Pero el Rey reaccionó más rápido de lo calculado. Un golpe brutal de su brazo biomecánico impactó contra el pecho de José, lanzándolo por los aires como un muñeco de trapo. Chocó contra una pared metálica y cayó al suelo sintiendo cómo su armadura se fracturaba y sus costillas crujían bajo el impacto. El detonador manual, la única llave para activar la carga, resbaló de sus manos y cayó al suelo, a solo unos metros de distancia, pero que para él parecían kilómetros.


José intentó arrastrarse, pero el dolor era insoportable; cada movimiento le robaba el aire. Desde el suelo, vio a Jonathan. El viejo soldado también estaba herido, cojeaba, pero al ver el artefacto, supo lo que tenía que hacer. Se puso de pie y corrió en línea recta hacia él, exponiéndose a todo peligro.


—¡No lo hagas! ¡Retrocede, Jonathan! —gritó José desesperadamente por el canal abierto, sintiendo cómo se le rompía el corazón.


Fue inútil. Jonathan alcanzó el dispositivo y lo tomó en su mano, pero en ese mismo microsegundo, un tentáculo de aleación oscura y afilada atravesó su pecho de lado a lado, saliendo por la espalda con un chorro de fluidos y sangre.


—¡Nooo! —El grito de José desgarró su propia garganta, lleno de rabia, dolor e impotencia.


El viejo soldado cayó de rodillas, escupiendo sangre que manchó el cristal de su casco. Con sus últimas fuerzas, y con una sonrisa que mezclaba tristeza y orgullo, miró directamente a José. Sin decir una palabra más, y con un último giro de muñeca que requirió todo lo que le quedaba de vida, lanzó el detonador lejos de sí, directamente hacia las manos de su comandante.


—Termine el trabajo... por todos nosotros... —susurró, antes de desplomarse y quedar inmóvil.


El detonador rebotó en el suelo y cayó justo entre los guanteletes de José.


—¡Muere, maldito engendro! —sentenció José, con la voz rota y llena de odio.


Presionó el botón.


Un pulso electromagnético seguido de una explosión cegadora envolvió todo el puente. El calor fue tan intenso que fundió parte del suelo. Cuando el humo se disipó, vieron el resultado: el Rey Ciberan había caído de rodillas, inmóvil, con el torso abierto en canal y sus sistemas vitales expulsando refrigerante a presión como sangre artificial.


José, con la armadura parcialmente derretida, el cuerpo magullado y apenas con aire en los pulmones, se arrastró hasta él, cojeando y dejando un rastro de sangre. Se inclinó y le plantó el cañón de su arma secundaria directamente en el ojo central de la máquina.


—Esto se acaba aquí —dijo, con un alivio amargo que pesaba más que cualquier dolor físico.


Entonces, el Rey Ciberan emitió un sonido extraño, un chirrido electrónico que imitaba de forma macabra una carcajada humana. A pesar de todo, su voz volvió a sonar, débil pero triunfal:


—Humano estúpido... creíste que habías ganado... El núcleo de esta nave ya entró en secuencia de autodestrucción. Explotará en tres minutos, justo al entrar en la atmósfera de vuestro planeta. La Tierra arderá junto con nosotros. Habéis muerto por nada.


José no lo dudó ni un segundo. No se dejó vencer por la desesperación. Con la claridad de quien ya sabe cuál será su destino, giró la cabeza y gritó a los tres soldados que aún permanecían con vida, agotados y aterrados:


—¡Ustedes! ¡Corran a las cápsulas de escape! ¡Lleguen a casa y cuenten lo que pasó! ¡Vayan ya!


Ellos dudaron, querían ayudarlo, pero una mirada de José les ordenó obedecer. Mientras corrían hacia la salida, él se arrastró con lo que le quedaba de fuerzas hasta la consola principal de la nave, una maraña de luces y símbolos extraños. Sus dedos, cubiertos de sangre y quemaduras, golpearon torpemente los controles alienígenas, códigos y rutas que había estudiado en secreto durante años, memorizados hasta el último detalle, esperando este momento desesperado.


Con una determinación férrea, bloqueó los propulsores principales y ejecutó la maniobra más peligrosa de todas: forzar a la inmensa nave nodriza a invertir su rumbo, alejándose de la órbita terrestre y empujándola hacia la oscuridad absoluta del espacio profundo, lejos, muy lejos de la Tierra.


A medida que el coloso metálico se alejaba velozmente, dejando atrás la gravedad y la seguridad del planeta, José se dejó caer contra el suelo frío del puente. Se arrastró hasta el gran ventanal de cuarzo blindado y miró hacia abajo. Allí estaba: su mundo, hermoso, azul, brillante y ahora, a salvo.


Las luces de alarma parpadeaban en rojo intenso por todo el interior, anunciando la explosión inminente. Pero él ya no sentía miedo.


En sus últimos segundos de vida, el dolor desapareció y los recuerdos lo abrazaron con suavidad. Vio el rostro de su esposa, el aroma dulce a jazmín que flotaba en el aire el día de su boda; sintió de nuevo el tacto suave de la barriga de ella, cuando su hijo, aún por nacer, pateaba por primera vez bajo su mano; y vio aquella tarde de verano, con el sol brillando en el cielo, jugando al fútbol con su niño de cinco años en el patio trasero, riéndose juntos, sin saber nada de guerras ni monstruos.


—Los salvé... Están a salvo... Los amo, siempre los amaré... —susurró José, cerrando los ojos con una sonrisa tranquila, en paz consigo mismo.


Un destello blanco, brillante y eterno, borró el universo.

¡Cuéntale a Jose lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

1

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Luna auf der Flucht

N.: Ich mag die Idee der Geschichte und die Charaktere sind sympathisch und die Handlungen nachvollziehbar. Ich würde das Buch uneingeschränkt jedem empfehlen, der dieses Genre mag

Leer ahora
The Luna Trials

Nadège: Je recommande ce titre. Très plaisant à lire. Des personnages et une intrigue bien construits. Quelques redondances mais qui ne gâchent pas le plaisir.

Leer ahora
Chroniken der Werwölfe Band 1 Der Gefährte

Stefanie : Manchmal irritieren die Schreibfehler aber die Geschichte ist sehr spannend und ich freue mich das ich weiter lesen kann und es sogar noch weitere Bücher gibt... Bin gespannt wie es weiter geht..

Leer ahora
The Orc's Pet

Victoria: Hi,I analyzed your work, and I think it has a very unique and engaging storytelling style. The way you present your ideas and emotions really stands out. By the way are you currently working on any other stories or writing projects?

Leer ahora
Bloodlines

Victoria: Hi,I analyzed your work, and I think it has a very unique and engaging storytelling style. The way you present your ideas and emotions really stands out. By the way are you currently working on any other stories or writing projects?

Leer ahora
Silver's Second Chance

Victoria: Hi,I analyzed your work, and I think it has a very unique and engaging storytelling style. The way you present your ideas and emotions really stands out. By the way are you currently working on any other stories or writing projects?

Leer ahora
The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]

Victoria: Hi,I analyzed your work, and I think it has a very unique and engaging storytelling style. The way you present your ideas and emotions really stands out. By the way are you currently working on any other stories or writing projects?

Leer ahora
I Am The Luna Queen

Victoria: Hi,I analyzed your work, and I think it has a very unique and engaging storytelling style. The way you present your ideas and emotions really stands out. By the way are you currently working on any other stories or writing projects?

Leer ahora
A Blessing in Disguise

Khayena Zee: It was fun but got boring in the endI wished the book went onOr maybe if there was a better endingBut all in all it was a great experience

Leer ahora