Naruto: Slowly Into the Unknown (Español)

Sinopsis

Teo es un joven de 24 años que, de repente, apareció en un mundo totalmente desconocido para él, sin recuerdos claros de cómo llegó allí. Solo tiene una certeza: si quiere sobrevivir, deberá aprender rápido las reglas no escritas de este nuevo mundo… porque este no perdonará sus errores. Etiquetas: #Naruto, #Ecchi, #supernatural, #debil a fuerte, #Isekai, #R18, #SlowLife. pueden haber mas etiquetas mas adelante. Esta historia es original. Los personajes de Naruto no me pertenecen, solo los Ocs que voy a ir creando. **************** Apoya al autor: cada donación reduce en un 0.03% las probabilidades de que tenga que vender un riñón. Paypal: [https://www.paypal.com/paypalme/Gomedra] Pdt: Ningún Hyūga fue secuestrado durante la escritura de esta historia.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Gomedra
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: El Abismo de un Pensamiento

...

¿Alguna vez has pensado en tener el poder de teletransportarte? Ya sabes, ese poder mágico y descaradamente tramposo que te permitiría ir a donde quieras, cuando quieras, sin perder horas en trayectos aburridos o quedarte atrapado en ese extenuante tráfico vehicular capaz de sacar de quicio al más paciente de los santos.

Es tentador, ¿no?

Para muchos, ese poder equivale a una libertad absoluta; lo describen como un pase ilimitado para escapar de cualquier situación incómoda o para visitar lugares exóticos con la misma facilidad con la que parpadean.

Y lo entiendo, de verdad lo entiendo. Es atractivo imaginar una vida sin límites, sin distancias y sin esperas.

Pero hay una parte de mí —una parte pequeña, retorcida y bastante insistente— que siempre me susurra cosas al oído.

Es una voz dentro de mi cabeza que jamás logro callar, por mucho que lo intente, una voz que insiste en formular preguntas que nadie, incluido yo, quiere escuchar:

«¿Qué pasaría si, por un simple descuido, pensaras en ir al espacio? ¿Si te imaginaras en el fondo del océano? ¿O si aparecieras a diez kilómetros de altura y el poder decidiera fallar justo en ese instante?»

«¿Qué harías entonces?»

Ese tipo de preguntas, esas posibilidades que la mayoría preferiría ignorar, me aterran más de lo que quisiera admitir. Y aun así, esa voz, esa sombra dentro de mí, forma parte de lo que soy; una parte que odio, sí, pero que no puedo ignorar, porque no importa cuánto lo intente: no puedo apagarla ni tampoco borrarla.

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El mar abierto es un lugar vasto, despiadado y, de forma casi injusta, muy hermoso. Sus aguas azules se extendían hasta donde alcanzaba la vista, con esa vibración extraña y contradictoria de un desierto líquido que, aunque se mueve, parece no tener fin.

En algún punto de ese océano interminable, en medio de la nada absoluta, una persona apareció envuelta en un tenue destello de luz.

No hubo anomalías en el cielo. Ni un remolino extraño en el agua. Ni siquiera un sonido que anunciara que algo sobrenatural acababa de ocurrir.

Nada.

Simplemente, alguien que no existía hace un segundo... estaba allí ahora, a dos metros bajo la superficie, como si el destino hubiera decidido recibirlo con una crueldad particularmente despiadada.

«¡¿Qué carajos?!»

Su primera reacción fue entrar en pánico. El instinto de supervivencia tomó el control de inmediato y su cuerpo comenzó a buscar una salida por todos los medios posibles.

Sus manos se movieron hacia la boca y la nariz en un intento desesperado por impedir que el agua salada entrara en sus pulmones.

Pero ya era demasiado tarde.

La sorpresa había sido más rápida que él y un trago de agua de mar descendió por su garganta, provocándole una quemazón áspera que lo hizo estremecerse.

«¡No, no, no!», gritó dentro de su propia mente, aunque lo único que escapó de su boca fue una corriente de burbujas que ascendió lentamente hacia la superficie.

Sus ojos se abrieron de par en par, buscando algo, cualquier cosa, que le diera una pista de lo que estaba ocurriendo. Sin embargo, solo encontró el azul profundo del océano, atravesado por los rayos de luz que descendían desde la superficie.

Los segundos dejaron de tener una duración reconocible.

Su mente, aún golpeada por la confusión, intentaba hilar pensamientos coherentes, pero era como tratar de atrapar humo con las manos. Nada encajaba. No había respuestas. Solo el frío del agua oprimiéndole el pecho y el instinto más básico de su existencia recordándole que disponía de muy poco tiempo antes de que la necesidad de respirar lo destruyera desde dentro.

Con un esfuerzo que rozaba la desesperación, logró contener el pánico lo suficiente para mirar hacia arriba una vez más.

La superficie.

La luz brillaba sobre ella como un faro en mitad de la oscuridad, guiando cada fibra de su cuerpo hacia una única conclusión.

Salir.

Sin pensarlo, sus brazos y piernas comenzaron a moverse. Nadó hacia arriba con todas sus fuerzas mientras el agua se aferraba a él como si intentara retenerlo, convirtiendo cada brazada en una lucha agotadora contra una resistencia invisible.

«¡Vamos, vamos!», se repetía mentalmente, aferrándose a esas palabras como si pudieran empujarlo los últimos centímetros hasta la superficie.

...

Cuando finalmente emergió, su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Se inclinó hacia adelante y expulsó con violentas arcadas el agua salada que había tragado. Tosió, jadeó y, en cuanto logró llenar sus pulmones de aire, lo utilizó para gritar, como si aquel simple acto pudiera arrancarle de encima el terror que lo envolvía.

—¡¿Qué mierda...?! ¡¿Qué mierda está pasando?!

Su voz sonaba áspera, desgarrada por la sal y el pánico. La marea lo levantaba y hundía sin ninguna consideración, obligándolo a tragar pequeños sorbos de agua cada vez que una ola rompía contra su rostro.

El océano parecía empeñado en recordarle que allí no mandaba él.

A pesar de que cada respiración le quemaba los pulmones, aquel dolor era bienvenido. Era la prueba de que seguía vivo.

Su mente, sin embargo, era un caos.

¿Cómo era posible?

Hacía apenas unos instantes estaba sentado en su casa viendo un documental sobre la vida marina. Recordaba perfectamente aquel pensamiento absurdo que había cruzado por su cabeza.

¿Qué pasaría si apareciera de repente en el fondo del océano?

Solo había sido una idea fugaz. Uno de esos pensamientos intrusivos que aparecían sin invitación y desaparecían igual de rápido.

Pero ahora estaba allí.

En medio del océano.

Solo.

—¿En serio...? —murmuró con una risa temblorosa que sonaba peligrosamente cercana a la histeria—. ¿Así voy a morir? ¿Ahogado por un maldito ¿y si...?

El sol brillaba implacable sobre él, reflejándose en la superficie interminable que lo rodeaba.

No había tierra.

No había barcos.

No había absolutamente nada.

El silencio era tan inmenso que resultaba opresivo. Solo podia escuchaba el sonido irregular de su propia respiración.

—Tranquilo... tranquilo...

Intentó controlar el ritmo de sus inhalaciones mientras luchaba por mantener la cabeza fría.

Entrar en pánico no iba a salvarlo.

Miró a su alrededor una vez más.

Nada.

Ni un chaleco salvavidas.

Ni una embarcación.

Ni una referencia que le permitiera saber dónde estaba.

—Perfecto. Todo marcha de maravilla.

Respiró hondo y obligó a su mente a concentrarse.

Quedarse flotando no era una opción.

—Nadar. Solo tengo que nadar hacia algún lado.

La idea era ridícula, pero era mejor que no hacer nada.

—Elige una dirección y reza para que no conduzca a una muerte inmediata.

Con esa pobre excusa de plan, comenzó a avanzar.

Mientras nadaba, una idea seguía golpeando su mente una y otra vez.

Esto era real.

El agotamiento en sus músculos era real.

La sal en su boca era real.

El sol abrasando su piel era real.

Y si todo aquello era real, entonces también lo era la conclusión a la que intentaba resistirse.

Aquel pensamiento intrusivo.

Aquella idea absurda de aparecer bajo el agua.

Se había hecho realidad.

De alguna manera había activado un poder que jamás supo que poseía.

Un poder que, lejos de liberarlo, lo había arrojado directamente a una pesadilla.

—No... no puede ser.

Negó con la cabeza mientras seguía avanzando.

—Esto no está pasando.

Pero cada brazada era un recordatorio de que la realidad no tenía intención alguna de adaptarse a sus deseos.

Estaba solo.

Perdido.

Y, por primera vez en su vida, completamente a merced de las circunstancias.

...

Media hora había pasado desde que comenzó a nadar.

Para entonces, sus brazos y piernas ardían como si tuviera brasas bajo la piel, pero el miedo y la adrenalina seguían empujándolo hacia adelante. Hasta que algo rompió su ritmo.

Una comezón en las piernas.

Al principio fue leve, casi insignificante, como si una hebra de alga hubiera rozado su piel. Sin embargo, la sensación se volvió más intensa y localizada con cada segundo que pasaba. Era demasiado específica e insistente, como si intentara advertirle de algo.

Dos segundos después, un recuerdo cruzó su mente y, sin perder tiempo, tomó aire y sumergió la cabeza.

El mundo se volvió silencioso y azul. Sus ojos recorrieron las profundidades buscando cualquier señal de peligro, pero no encontró nada, absolutamente nada.

El océano estaba inquietantemente vacío.

Rápidamente sacó la cabeza del agua.

—¿Dónde están los peces...? —susurró.

Era extraño. En mitad del océano debería haber señales de vida: peces, medusas, algas... cualquier cosa. Pero el agua parecía desierta, como si todos los seres vivos hubieran abandonado aquel lugar o estuvieran evitando acercarse.

Mientras observaba el horizonte, no se dio cuenta de la sombra que avanzaba a su espalda.

Era enorme. Tenía más de cinco metros de largo y se movía con una velocidad alarmante.

Una advertencia llegó en forma de otra comezón, esta vez en la espalda. Era más intensa y urgente que las anteriores.

Teo giró por reflejo y se quedó inmóvil.

—¿Qué carajos...? —Las palabras se ahogaron en su garganta.

Aquello no se parecía a ningún animal que hubiera visto antes; era más bien una pesadilla hecha realidad.

¡Era un monstruo!

Espinas afiladas recorrían su lomo y parte de la cabeza, formando una especie de armadura natural. Su enorme mandíbula permanecía entreabierta, revelando varias filas de dientes capaces de partir a un hombre en dos. A grandes rasgos recordaba a un tiburón blanco, pero había algo profundamente antinatural en su aspecto.

No parecía una criatura real.

—No... no, no...

Retrocedió instintivamente mientras su corazón golpeaba con tanta fuerza que parecía querer escapar de su pecho.

En medio de su pánico un recuerdo surgió en su mente. Había visto en un documental que algunos tiburones protegían sus ojos durante el momento del ataque, pero aquella idea se desmoronó en cuanto observó a la criatura con atención.

Sus ojos permanecían abiertos, completamente abiertos, y estaban fijos sobre él. No parecían los ojos de un depredador cualquiera; transmitían una inquietante sensación de atención, como si aquella cosa lo estuviera estudiando.

—¡No puede ser!

El pánico terminó de apoderarse de él.

—¡Aléjate!

Golpeó el agua con las manos en un intento desesperado por parecer una amenaza.

La criatura no reaccionó. Siguió avanzando lentamente, sin prisa alguna, como si supiera perfectamente que él no tenía adónde huir.

—¡Por favor...!

Una súplica escapó de sus labios antes de que pudiera detenerla.

El agua parecía vibrar alrededor del monstruo. Cada movimiento transmitía una sensación de poder que hacía que el instinto de Teo gritara peligro y, mientras lo observaba acercarse, comprendió algo aterrador.

No iba a escapar.

No importaba cuánto nadara ni cuánto luchara.

No allí.

La criatura abrió aún más la mandíbula.

Teo cerró los ojos y esperó lo inevitable.