La Mentira de la Perfección
Todo era blanco. Un blanco sofocante, cegador y absoluto. No existían las sombras duras ni los rincones oscuros donde esconderse. En el centro de esa sala inmensa e inmaculada, un joven Edward de trece años respiraba entrecortadamente, atado de pies y manos a una silla tallada en un material que imitaba al cristal puro.
Te dicen que nacer con el don es una bendición. Que el dolor no existe.
Alrededor de él, tres Eruditos envueltos en túnicas impecables flotaban a centímetros del suelo impoluto. Con herramientas que parecían compases de oro macizo, trazaban en el aire una serie de círculos mágicos brillantes. Las geometrías perfectas zumbaban con una frecuencia aguda, un sonido que taladraba el cráneo.
—Zzzzt… Vmmmm…
Edward forcejeó contra las ataduras de cristal. Sus ojos estaban inyectados en sangre, abiertos de par en par por el esfuerzo antinatural de resistir la intrusión en su mente. Las lágrimas que resbalaban por sus mejillas no eran de terror, sino de una rabia pura, cruda y animal. En sus pupilas dilatadas se reflejaba la luz dorada de la magia de control.
—Relájate, Alteza —susurró uno de los Eruditos, cerrando un círculo perfecto en el aire con un trazo delicado—. Deja que la euforia reemplace la voluntad. Es por el bien de la Megaciudad.
Te reescriben el cerebro hasta que disfrutas ser un esclavo. Hasta que amas ser su batería.
A través de sus propios gritos ahogados, Edward levantó la vista. Allí arriba, en el balcón de observación protegido por un cristal blindado, estaba su padre. El Gobernante de la Capital vestía ropas majestuosas. Lo miraba hacia abajo, pero su rostro era lo más aterrador de toda la sala: esbozaba una sonrisa plácida, vacía, desprovista de cualquier rasgo humano. Era la sonrisa de alguien que también tenía la mente lavada, alguien que creía genuinamente que torturar a su hijo era un acto hermoso.
Edward tensó los músculos hasta que sintió el sabor a hierro en la garganta. El aire vibró cuando desgarró sus cuerdas vocales en un rugido desesperado.
—¡MÍRAME! —su voz rebotó contra las paredes estériles, cargada de odio—. ¡MÍRAME A LA CARA, PADRE!
La luz dorada comenzó a descender hacia su frente, fría y opresiva.
—¡No somos dioses! —escupió Edward, escupiendo sangre hacia el cristal inalcanzable—. ¡SOMOS COMBUSTIBLE!
Un trueno rompió el recuerdo.
El blanco cegador desapareció, ahogado por la negrura absoluta del Distrito Cero. Edward abrió los ojos.
La lluvia no limpiaba la mugre en los suburbios; solo la esparcía. El agua caía pesada, metálica, rebotando contra los tejados de chapa oxidada y arrastrando el humo espeso de las fábricas clandestinas hacia las alcantarillas. Ya no había palacios, ni Eruditos, ni sonrisas plácidas. Solo frío. Y él lo prefería así.
En el interior de El Refugio, la taberna menos miserable del sector sur, el aire olía a sudor rancio, tabaco barato y aceite de motor. Detrás de la barra de madera astillada, el viejo ex-soldado Kaelen secaba un vaso de vidrio turbio con un trapo igual de dudoso. No miraba a nadie en particular, pero sus ojos cansados, fogueados por años de guerra y traiciones, lo registraban todo.
En la mesa más alejada, envuelto en las sombras, estaba Edward. O como lo conocía el submundo: Void.
No se movía. No parpadeaba al ritmo de la música estridente que escupía un viejo gramófono en la esquina. Sobre sus hombros descansaba una capa oscura, raída en los bordes y manchada por la ceniza perpetua de la ciudad. Era una prenda burda y sin estilo, demasiado grande para él, pero Void nunca se la quitaba. Era el único ancla que tenía con la realidad; un regalo de la única criatura en este vertedero que no lo miraba como a un monstruo o a una herramienta.
Bajo la mesa, sus manos descansaban enfundadas en acero y circuitos. Los guanteletes. El metal frío, ensamblado con precisión quirúrgica por el viejo Garrick, zumbaba con una leve corriente de energía latente, muy distinta a la magia dorada de su pasado. Esta energía era tosca, imperfecta. Y era suya.
La puerta de la taberna se abrió con un crujido violento, dejando entrar una ráfaga de viento helado. Las conversaciones se apagaron de golpe. Varios matones bajaron la mirada hacia sus bebidas de forma instintiva mientras una figura masiva cruzaba el umbral.
Era Thorn.
El híbrido tuvo que agachar la cabeza para no arrancar el marco de la puerta. Su piel gris ceniza brillaba por la lluvia, y su respiración pesada sonaba como el fuelle de una fragua. El cuerno roto en su cabeza le daba un aire de brutalidad asimétrica, pero eran sus ojos —dos orbes de un carmesí encendido y sin esclerótica blanca— los que hacían que hasta los criminales más curtidos tragaran saliva.
Caminó con pasos pesados, haciendo crujir la madera del suelo, y se dejó caer en la silla frente a Void.
—Este clima es una mierda —gruñó Thorn, sacudiéndose el agua de los gruesos brazos llenos de cicatrices. Su voz era un trueno contenido—. Deberíamos quemar el cielo. Tal vez así deje de llover.
Edward levantó la vista lentamente bajo su capucha.
—El fuego se apagaría antes de subir —respondió Void, con un tono monótono, casi clínico—. Y llamaríamos a la guardia del distrito. El oficial Jarek está de patrulla hoy. Está desesperado por cobrar sobornos.
Thorn soltó una carcajada ronca, mostrando sus afilados colmillos inferiores.
—Que venga ese perro asustado. Le arrancaré los brazos y los usaré para rascarme la espalda.
Kaelen se acercó a la mesa en completo silencio. Dejó una jarra de cerveza oscura frente a Thorn y un vaso de agua pura frente a Void. Dio un asentimiento casi imperceptible y se retiró.
Antes de que el semi-orco pudiera darle el primer trago a su jarra, una pequeña sombra se escabulló entre las mesas. Era rápida, silenciosa. Lyra. La niña de doce años, vestida con ropas holgadas y una bolsa de cuero cruzada al pecho, se detuvo junto a la mesa. No temblaba. No apartaba la mirada de Thorn, a pesar de que el híbrido la superaba en tamaño de forma absurda.
—Tengo un mensaje —dijo Lyra, apoyando las manos manchadas de hollín sobre la madera—. Viene del taller de Garrick.
Void inclinó ligeramente la cabeza.
—Habla.
—El Viejo está furioso —explicó la niña, sacando un pequeño engranaje roto de su bolsa y poniéndolo sobre la mesa—. Dijo que el núcleo de ignición que necesitaba para estabilizar tu guantelete derecho fue robado anoche.
Thorn frunció el ceño, y el aire a su alrededor pareció subir de temperatura.
—¿Quién es el infeliz que le roba a Garrick? Ese viejo tiene más trampas en su taller que la bóveda del distrito.
Lyra se encogió de hombros, manteniendo su postura profesional.
—No fue un matón cualquiera. Garrick dijo que no forzaron las cerraduras. No activaron las runas. Simplemente entraron, tomaron el núcleo y dejaron una pequeña carta plateada en la mesa de trabajo.
El silencio de Void se volvió aún más denso. Conocía ese modus operandi.
—Sombra de Plata —murmuró Thorn, escupiendo el alias como si fuera veneno—. Esa ladronzuela pretenciosa.
—Garrick dice que la rastreó hasta los viejos muelles del sector este —añadió Lyra, extendiendo la mano con la palma hacia arriba—. Dijo que si la encuentran y recuperan el núcleo antes del amanecer, las próximas reparaciones corren por su cuenta.
Void metió la mano bajo la pesada capa que le regaló su amigo, extrajo un par de monedas de crédito opacas y las dejó caer en la mano de la niña.
—Buen trabajo, Lyra. Vete a casa antes de que los guardias empiecen la ronda de extorsión —dijo Void.
La niña sonrió brevemente, guardó las monedas y desapareció entre la multitud en un parpadeo.
Thorn bebió la mitad de su cerveza de un solo trago y estrelló la jarra contra la mesa. Una sonrisa depredadora cruzó su rostro grisáceo. Los tatuajes tribales de sus brazos comenzaron a brillar tenuemente con un tono rojizo.
—¿Cazamos a una ladrona, entonces? —preguntó el híbrido, crujiendo los nudillos.
Void se puso de pie. Al hacerlo, los mecanismos de sus guanteletes emitieron un chasquido metálico, engranándose. Tiró levemente del borde de su capucha, asegurándose de que la oscuridad cubriera por completo su mirada.
—Necesito mi equipo funcionando al cien por ciento —respondió Void en un susurro gélido, caminando hacia la puerta—. Si Sombra de Plata se interpone en eso, la borraremos de la ecuación.






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