Capítulo 1
El viento atraviesa su cuerpo sin detenerse. Ráfagas heladas provienen de un frío mucho más tenue en comparación con el que ya siente por dentro. Hannibal sostiene la mirada en algo más allá del extenso campo cubierto de nieve que tiene por delante. Sobre la línea del horizonte hay un punto que lo llama, pero no puede alcanzarlo. Sus pequeñas manos se adormecen poco a poco, congelándose.
Quiere ser capaz de dormir, pero al cerrar los ojos todo lo que puede ver es el rostro de Mischa, rojo por tanto llorar, su pequeño cuerpo siendo arrancado de su lado y los gritos lanzados al aire con tanta desesperación. Quisiera retroceder a ese momento, extender la mano para brindarle algo de su calor. Ya no lo posee. Porque Mischa está muerta y fue su culpa.
El mundo pareció silenciarse sin más a partir de ahí. Se aferró a su nueva realidad, deteniéndose a pensar en el dolor solo si este provenía de algo como el hambre o el sueño. El resto de las cosas no dolían. Escapó de los asesinos y logró refugiarse el tiempo suficiente para perderlos de vista. La crueldad de los inviernos lituanos se le pegaba en la piel como una costra, buscando perforarle hasta los huesos. La sangre real Alpha que corría por sus venas no funcionó para salvarla, ni a sí mismo. Era su mente lo único que lo mantenía andando.
No sabe muy bien si era de día o de noche, dentro de la pequeña cabaña la poca luz que ingresaba competía con las proyecciones de la fogata que logró prender a la primera. Dormir cerca del fuego lo mantenía despierto, alerta. El hambre le provocaba desmayos cada vez más seguidos, pero Hannibal sabía que morir quemado era un escenario probable si no se mantenía despierto para evitarlo. Años más tarde comprendería que la mente, por regla general, no busca protegernos de nosotros mismos, tan siquiera intenta minimizar el dolor. Lo que hace es asegurarse su propia supervivencia, apelando al sufrimiento del portador.
Dos días fueron lo máximo que pudo aguantar sin tomar la decisión de salir nuevamente al bosque helado y toparse con alguien. Guiado por sus instintos, logró llegar a los límites de lo que parecía ser un pueblo. La visión se le desenfoca debido a los calambres estomacales y las lágrimas arden urgentes. Quiere apresurar el paso, acortar distancias, pero cada pocos metros se detiene contra un árbol para recobrar el equilibrio antes de continuar. Una voz dentro de él le advierte del peligro de ser visto, los asesinos de Mischa podrían estar buscándolo aún. Ni siquiera algo como el odio le recorre por dentro para enfrentarlos.
Un último paso y cae de rodillas en la nieve. El horizonte volviéndose negro, como todo a su alrededor.
Un grupo de personas lo observan desde arriba. Hablan entre sí y luego se giran a verlo para lanzarle pregunta tras pregunta a las cuales Hannibal no responde. Tras muchos intentos, las cuatro personas se rinden, alejandose hacia la puerta de la habitación, dejándolo solo. La conciencia de seguir con vida resulta menos alarmante que no saber dónde está. Por el aspecto de las personas, tres mujeres y un hombre que presume, es médico, creería que se trata de un hospital. Pero nada en la habitación daba cuenta de ello. Una cama de hierro algo desvencijada en la que está acostado. La pintura gris cemento de las paredes, desconchada en su mayoría, también estaban cubiertas de polvo. Un ventanal a su izquierda dejaba entrar la luz de fuera, diciéndole a Hannibal que aún era de día. Su silencio le permitía concentrarse en los ruidos externos e ignorar las náuseas repentinas que querían arremeter con fuerza.Voces, en su mayoría de niños, se entremezclaban con gritos y ordenes de mujeres.
<> concluye.
Quiere levantarse de la cama para poder irse, pero el mareo le impide moverse muy rápido. Sentirse atrapado en su propio cuerpo es peor que ser retenido por alguien más. Necesita moverse, conseguir comida. Irse de allí.Mientras se debatía entre las pocas opciones que tenía, un ruido del otro lado de la puerta llamó su atención. Un sollozo bajo, seguido de un golpe hueco. Un cuerpo cayendo contra la puerta. Hannibal no pudo llegar a hilvanar un pensamiento al respecto cuando la oscuridad volvió a llamarlo.
En la que probablemente sea su segunda desmayandose y de regreso a la vida, esta vez fueron un par de ojos azules los que lo observan con curiosidad. Su rostro, por poco a la altura del de Hannibal, permanece de pie a una distancia prudente. Su postura delataba temor, y sin embargo, nunca desvía la mirada.El hilo de vapor seguido por el aroma de la comida logran que Hannibal rompa el contacto visual con el extraño y busque el origen de lo que su cuerpo lleva tiempo pidiendo. Junto a su cabeza, sobre una pequeña mesa hay un plato de sopa y un poco de pan.Sin dudarlo, arremete contra ellos en cuestión de segundos, olvidándose de su entorno. Una tibieza confortable le calienta el cuerpo por dentro y algo momentáneamente parece mejorar.
—¿Duele? — la pequeña voz del otro lado de la habitación le recuerda a Hannibal que existe un intruso y que sigue observándolo.
Es un niño, más joven que él, de aspecto andrajoso como el propio Hannibal. Ropa sucia y algo rasgada, pies descalzos, una mata de rizos castaños sucios y sin brillo. Un huérfano pobre y solo. Algo con lo que Hannibal comenzará por identificarse.El niño se fue acercando con cautela, se podía ver que temía por la reacción del chico extraño y silencioso. Antes, su madre diría que Hannibal intimidaba por su porte distinguido, incluso cuando llegaban suscios de barro por jugar a las escondidas con Mischa en los terrenos menos convenientes de su mansión en Lituania. Ahora en cambio, se asemeja más a una hoja en blanco.
—¿Duele mucho? — repite el niño.
Hannibal entrecierra los ojos, sin comprender. Desmayarse no suele doler, al menos que sea causado por un golpe.Al llegar al borde de la cama, se detiene. De cerca, la luz de fuera le da de lleno y el azul de esos ojos parecen volverse verdes hacia los bordes. Hay algo en su rostro, un perfil casi angelical, tan inocente como el tono de su voz. Una imagen cruzó por la mente de Hannibal, algo parecido a un destello luminoso. Pero murió al instante.El niño se llevaba las manos a la boca, mordisqueándose las uñas, pero en todo ese tiempo el foco siempre fue Hannibal. Hipnotizado.Sacudiendo la cabeza apenas hacia los lados, respondió a la pregunta del niño.
—¿Como te llamas? — al notar que Hannibal respondió a su pregunta, el niño parece interesarse aún más. Un impulso lo lleva a subirse a los pies de la cama, conservando una distancia prudente para no tocarse.
El silencio se prolonga entre ambos. Hannibal solo se dedica a observarlo mientras el extraño deja caer sus manos a cada lado de su cuerpo.Por un momento, Hannibal teme por cualquier reacción. El brillo en esos ojos azules ha desaparecido. Ya no reflejaban nada. Sin saber qué más hacer, estira la mano, pero antes de que lo alcance, la puerta se abre de golpe.
—Despertaste — anuncia lo evidente la mujer mientras se acerca hasta la cama —William ¿Qué te he dicho de entrometerte donde no te llaman? Vete al comedor con el resto. ¡Ahora!. — el grito del final parece surtir efecto, porque William parpadea unas cuantas veces y vuelve a ser el niño tímido y curioso que era cuando Hannibal despertó.
Las preguntas vuelven a sucederse una tras otra y Hannibal no es capaz de seguir prestándole atención a William. Su prioridad es escaparse de allí y volver al bosque, aunque que no haya nada de importancia. Posee su libertad, y eso es algo que Hannibal aún debe proteger.
Tras una revisión médica rápida, llegaron a la conclusión de que Hannibal era mudo y huérfano. No había más nada que discutir: permanecería en aquel lugar el tiempo que les llevara encontrarle una familia o creciera y se fuera por sus propios medios. Sin terceras opciones.
Por el resto de ese día lo dejaron en paz. Pudo ponerse en pie y comenzar a explorar el lugar. No se decepcionó cuando comprobó que su idea era correcta: un pasillo extenso y algo estrecho, pintado del mismo gris y con varias puertas a los lados que daban a diferentes habitaciones exactamente iguales entre sí. El deterioro del edificio aumentaba si tenía en cuenta el frío hermético que se respiraba. El color no existía allí, mucho menos el calor.
Al finalizar el pasillo y girar a la izquierda, una puerta doble de madera se mantenía medio abierta. Las voces provenían de dentro.Un comedor del doble del tamaño de una de las cocinas del viejo castillo Lecter le dio la bienvenida. Mesas alargadas, bancos de madera a cada lado y niños de variadas edades interactuando. Más de uno se dio media vuelta al verlo parado en la entrada, pero luego de unos minutos perdieron el interés.
El mismo Hannibal solo esperaba encontrar a William entre el resto, algo en su genuina curiosidad despertó la de Hannibal. Comprendió de alguna forma su silencio y esperó por sus respuestas. Si llegaba a establecer una especie de comunicación, quizás le ayudaría a salir de allí.
De regreso por el pasillo, al pasar por enfrente de una de las habitaciones, una mancha borrosa de color marrón captó su atención. Se detuvo de inmediato y retrocedió sobre sus pasos. Acurrucado contra la pared, el cuerpo de William se sacudía incontrolablemente. Quejidos bajos junto con un sollozo acompasado, no fueron lo que le dijeron a Hannibal que William había sido golpeado. Fue el olor metálico de su sangre flotando en el aire.Se acercó hasta estar a su lado y se agachó para no asustarlo.
Quería estirar la mano para llamar su atención, pero se contuvo. No había tocado a otra persona desde Mischa, y solo el pensamiento le provocaba querer arrancarse la piel.Por eso se quedó allí, esperando a que William lo notara.Cuando los sollozos fueron convirtiéndose lentamente en una respiración tranquila, Hannibal se dio cuenta de que el niño se había quedado dormido. Un aroma diferente al de la sangre inundó poco a poco el aire, hasta alcanzar a Hannibal. Pinos y naturaleza. Un bosque.








