Personalizar legibilidad
Aa

Stirring Up [EunHae +18]

Sinopsis

Donghae tiene 31 años. También tiene un trabajo estable como policía y un anillo de matrimonio que ya no se pone. Le gusta encerrarse en la galería de tiro, darle palizas a los maniquíes de boxeo y fumar cigarrillos mentolados, aunque nunca hace nada de esto delante de su hija. Por primera vez, decide ir por sí mismo a una reunión el día que la niña empieza la escuela elemental. Lo que no espera es reencontrarse con un viejo amigo, alguien a quien no ve desde hace trece años y que, de repente, parece que le odia. Hyukjae está a punto de cumplir los 32. Adora su trabajo como profesor tanto como leer un buen libro o beberse una copa de vino. Nunca mira sus álbumes de fotos porque odia sentirse nostálgico. Casi tanto como odia que Donghae se casara con... ella.

Genero:
Romance
Autor/a:
Cherry-kun
Estado:
Completado
Capítulos:
87
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1. Reencuentro

No podía oír cómo las balas atravesaban las siluetas, pero sentía el retroceso de la pistola contra las manos, haciéndolas vibrar hasta llevarse consigo una milésima parte del estrés que se le acumulaba en cada parte del cuerpo.

Donghae había probado cientos de maneras para deshacerse de él, pero solo encerrarse en la galería de tiro había sido lo suficientemente efectivo. Las prácticas de lucha cuerpo a cuerpo también le gustaban, pero no más que agarrar el mango del arma, fijar un objetivo y apretar el gatillo. ¡Bang!

Se pasó la lengua por los labios resecos con sabor a cacao. Entornó los ojos, clavados en el centro de la diana blanca dibujada en la zona de la cabeza, y levantó ligeramente los brazos, ajustando su puntería al máximo. Movió el seguro con el pulgar lentamente. Tomó aire por la nariz. Guiñó un ojo y disparó.

Bang.

La bala se alejó apenas un centímetro del punto exacto. Donghae chasqueó la lengua, se ajustó las gafas de seguridad y dio un paso adelante. Esperó con impaciencia a que apareciera la siguiente silueta para llevar a cabo el mismo procedimiento. Si bien odiaba imaginarse disparando a una persona de carne y hueso, no tenía piedad con las de cartón. Cuando disparó de nuevo y volvió a fallar, sus nervios se crisparon. Se mordió el labio y empezó a disparar sin parar. Unos diez agujeros se acumularon en la diana.

Iba a por el onceavo, listo para rematar su trabajo, cuando alguien le tocó el hombro. Se giró de golpe con la pistola en alto y acabó apuntando con ella a su mejor amigo.

—¡Joder! —chilló, aunque fue incapaz de oírse por culpa de los cascos— ¡Te he dicho que no me molestes cuando estoy estresado! ¿Qué dices? ¡No te oigo! ¿Qué? ¡Deja de hacer señas! ¡Espera, que me los quito!

Agarró con las puntas de los dedos los gruesos cascos rojos que le cubrían ambas orejas y se los colgó del cuello. Se rascó la sien con el mango de la pistola mientras esperaba a que Jongwoon le repitiera lo que había querido decirle apenas unos segundos atrás. Éste, sin embargo, parecía más centrado en mirar con miedo el arma de fuego.

—Aléjatela de la cara, Hae.

—No me va a pasar nada. Sabes que es como una extensión de mi cuerpo.

—Sí, una extensión que podría matarte. Bueno, y a mí y a cualquiera que entre por esa puerta.

Abrió la boca, dispuesto a señalarle que si no quería ver pistolas, se fuera de la galería de tiro, pero volvió a cerrarla sin decir nada. Sabía que el mayor odiaba ese sitio, así que tenía que haber una razón importante para que se hubiera atrevido a cruzar el umbral. Posiblemente había estado chillándole desde lejos pero no le había oído.

Kim Jongwoon, de pelo negro y complexión delgada, también era policía, pero trabajaba en un departamento totalmente diferente al suyo. Mientras que Donghae era más de detener a criminales con esposas, golpes, gritos y corriendo hasta borrar las suelas de sus zapatillas, su amigo se encargaba de los ordenadores. Era un mago de la informática. Huellas dactilares, antecedentes, suplantación de identidad, búsqueda de información y mucho más. Ambos se habían conocido en la universidad y, junto a Cho Kyuhyun, se habían hecho inseparables. Al menos hasta que el tercero se había ido a trabajar a Gyeongju, pero para algo existían las videollamadas, ¿no?

Resignado, Donghae se llevó los brazos a la espalda. Esto hizo que el otro suspirara con alivio.

—¿Me cuentas ya qué pasa?

—Sí, eh... —Jongwoon miró el reloj en su muñeca— Creo que se te hace tarde. Faltan diez minutos para...

—Las seis —terminó por él, dándose cuenta—. Mierda —gruñó después—. Mierda, mierda. La reunión. Voy a llegar tarde a esa estúpida reunión. ¡Haneul va a matarme si vuelvo a llegar tarde!

Dicho esto, le dio la pistola a Jongwoon y salió corriendo. Un grito con su nombre hizo que frenara nada más cruzar la puerta. Dio media vuelta, volvió corriendo a la galería de tiro y devolvió los grandes cascos y las gafas de seguridad a su sitio.

—No sé cómo puede darte más miedo ella que esta cosa...

Al girar de nuevo se encontró con que Jongwoon sujetaba el mango de la pistola entre índice y pulgar. No pudo evitar echarse a reír.

—Ella es más aterradora —le recordó mientras recuperaba el arma. La colocó en su cubículo, soltó una última risita y se frotó las manos— Si no vengo mañana a trabajar, o estoy muerto o Haneul me ha convencido para que duerma con ella.

—Mientras no vengas con los labios pintados de rojo como aquella vez...

Los dos rieron ante el recuerdo. Se quedaron mirándose durante un momento y, luego, Donghae dio un respingo y echó a correr por segunda vez. Salió del lugar a toda prisa, disculpándose con todos los compañeros con los que se tropezaba por el camino, y llegó a la calle con el corazón palpitando descontroladamente contra su pecho. Saltó sobre sus pies mientras intentaba recordar dónde había aparcado. No quería dejar de moverse hasta estar en su destino.

No lo hizo. En cuanto se acordó de que había dejado su coche frente a la cafetería de la esquina (donde lo aparcaba siempre, pues durante la jornada usaba el del trabajo), corrió a por él. Sacó las llaves antes de llegar. Lo abrió desde la distancia apretando un botón, para así poder simplemente tirar de la puerta, entrar y cerrarla. Se puso el cinturón, se encendió un cigarrillo y arrancó a la par que bajaba la ventanilla de su lado.

Si tenía suerte, la reunión se habría retrasado un poco.

Y, si le ocurría lo mismo que siempre, interrumpiría a la persona que hablaba y se ganaría miradas de desprecio por parte de los demás asistentes. Tenía treinta y un años. ¿Acaso había algo que pudiera sorprenderle a esas alturas? Estaba seguro de que no.

Se dio tanta prisa en llegar como en fumar. Por desgracia, el cigarro se consumió y transformó en humo antes de que él visualizara el colorido edificio. Aplastó la colilla contra el cenicero, apretando el acelerador con el pie, y agarró el volante con las dos manos. Solo un poquito más.

Aparcó en el primer sitio que vio libre, asegurándose de que el coche cabía perfectamente y no obstaculizaba ninguna salida. Salió de un salto y tuvo que volver a correr para cruzar las dos manzanas que lo separaban de su destino. Miró la hora en el móvil sin detenerse; las seis y diez. Maldijo en voz baja.

Jadeante y sudoroso, por fin se detuvo frente a la puerta cerrada. Agarró el mango granate e intentó empujarlo, pero le resultó imposible. Así que tuvo que llamar al timbre y esperar a que alguien le abriera desde dentro.

—Vamos... —volvió a llamar— Por favor.

Aquel pitido fue mejor que un coro de ángeles celestiales. Donghae quiso ponerse a gritar de alegría cuando empujó la puerta y ésta se movió con él, pero se guardó sus celebraciones para otro momento. Cerró a su espalda sin ningún cuidado y se dirigió corriendo a la mujer de mediana edad que lo miraba desde recepción.

—¿Un... agente? —preguntó ésta sorprendida— ¿Es que ha pasado algo?

—No —respondió él. Tomó aire profundamente y señaló el pasillo de la izquierda— La reunión es... ¿En qué... Vengo corriendo y no...

Ella parpadeó lentamente sin decir nada. Lo miró de arriba abajo, cruzó las manos sobre la mesa y arqueó las cejas.

—¿Viene a la reunión? Ha empezado hace casi quince minutos.

—Llego tarde...

—Ya lo veo.

—¿Puede decirme dónde es?

—En la última puerta antes de llegar al comedor. No haga ruido al entrar.

—De acuerdo.

Hizo una pequeña reverencia con la cabeza que no le fue devuelta. En su lugar, la mujer sacó su teléfono y empezó a golpear la pantalla con las yemas de los dedos. Posiblemente estuviera escribiéndole a alguien «Ha venido un agente de policía a la reunión, pensaba que iba a detener a alguien, pero no lo ha hecho. Qué pena». Porque el morbo siempre era mayor que la moral.

—Gracias —añadió.

Ella le mostró una sonrisa forzada y siguió a lo suyo. Entre cansado y malhumorado, Donghae avanzó. El resto del trayecto lo hizo andando rápido, con las manos en las caderas y la cabeza echada hacia atrás. Era consciente de que debía pensar una excusa, el problema era que tenía escasos segundos para hacerlo y no sabía exactamente a quién debería dársela. Bien podían aceptarla con una sonrisa y pedirle que se sentara o bien podían echarlo junto a Haneul. No sabía si eran capaces de hacer lo segundo. En realidad, no sabía nada. Los últimos años habían sido tanto Donghwa como su madre quienes acudían a las reuniones mientras que él trabajaba. Pero se trataba de un momento importante para Haneul, así que debía estar allí y demostrarle cuánto la quería.

No podía ser tan complicado.

Se pasó una mano por el pelo corto y la apoyó en el picaporte. Llamó a la puerta un par de veces con el puño cerrado, antes de empujarla suavemente y asomar la cabeza.

La escena que se presentó frente a sus ojos no era diferente a lo que había imaginado. En la pared frente a él se distribuían varias ventanas abiertas de las cuales entraba un ligero aire primaveral digno de mediados de marzo. La habitación estaba llena de pupitres, ocupados por madres y padres con sus hijos e hijas o sin ellos. Y a la derecha tenía una pizarra y a un hombre de pelo castaño que le daba la espalda mientras escribía con tiza blanca. De repente se sintió como cuando llegaba tarde a clase por quedarse toda la noche viendo la televisión.

Sin pedir permiso, entró, cerró la puerta a su espalda y buscó el sitio que Haneul le había indicado la noche anterior. La segunda mesa de la fila del medio. La encontró enseguida, obviamente ocupada por una niña que miraba al frente sin perder detalle del profesor.

—Un policía —murmuró entonces una mujer.

A los pocos que lo habían visto entrar se les sumaron todos los demás. Los murmullos no se hicieron esperar, llenando toda el aula de preguntas y teorías sin sentido. Se quedó plantado en el umbral con incomodidad. Debería haberse cambiado antes de ir o al menos haberse puesto una sudadera encima de la camisa para cubrir el uniforme. Se rascó el cuello y miró al profesor, esperando que éste diera media vuelta para poder explicarle la situación.

Sin embargo, no hizo falta. Una voz aguda interrumpió todas las demás en cuestión de segundos.

—¡Papá!

Haneul lo miraba desde su sitio, con los grandes ojos abiertos de par en par y los pequeños labios curvados en una enorme sonrisa. Se hizo el silencio, aunque las miradas no dejaron de ser intensas. Ignoró todas y cada una de ellas para cruzar el aula y poder estar por fin con su hija. Le había prometido que iría a su primera reunión en la escuela elemental y ahí estaba. Tarde, pero estaba.

En cuanto llegó, la pequeña se levantó. Él se agachó para poder abrazarla. Le besó la mejilla con fuerza y la levantó del suelo para así poder sentarse en la silla con ella encima.

—¿Me he perdido algo? —susurró contra su oreja.

Haneul lo agarró de las manos y meneó la cabeza, sacudiendo sus trencitas en el proceso.

—El profe Lee está haciendo un esquema —explicó en voz igual de baja—. Sobre los objetos del curso.

—¿Objetos?

—Objetivos, Haneul —corrigió una voz masculina de repente.

Donghae levantó la vista. Un hombre de aproximadamente su edad los miraba a través de un par de gafas redondas; llevaba una camisa blanca a rayas verticales levemente metida bajo la cintura de los vaqueros, y zapatillas blancas de deporte, arreglado pero informal para ser profesor de un puñado de niños revoltosos; y tenía los gruesos labios curvados en una amable sonrisa que desapareció en el mismo momento que sus ojos se encontraron con los de él.

El "profe Lee", como Haneul lo había llamado, dio media vuelta y señaló la pizarra. Con su voz suave les explicó que el proyector estaba roto, por lo cual debía hacer como en los viejos tiempos y escribirlo todo a mano. La mayoría de los adultos rieron. Donghae no. No porque no le hiciera gracia, pues en otro momento se habría carcajeado junto a los demás, sino porque tenía la extraña sensación de que conocía a ese hombre de algo. Lo miró de arriba abajo como quien revisa la escena de un crimen. Quizá lo había detenido en algún momento, aunque lo dudaba seriamente. No tenía un aura peligrosa. Más bien todo lo contrario. Parecía exactamente el tipo de persona a la que no temes dejarle a tu hija durante siete horas al día. Tampoco se lo imaginaba presentándose en la comisaría para denunciar y, si lo había hecho, probablemente habría hablado con Jongwoon.

Se mojó los labios con la lengua intentando hacer que los engranajes de su cabeza funcionaran. Había algo familiar en Lee. ¿"Lee" qué más? Quizás sabiendo su nombre completo lograba dar con la respuesta.

Salió de su ensimismamiento al oír otro conjunto de risas, incluyendo la de Haneul y los demás niños. Miró rápidamente a la pizarra, pero no entendió el chiste. Suspiró. Miró el reloj que colgaba de la pared. Solo se había evadido durante cinco minutos, no podía haberse perdido mucho. Apretó los deditos de Haneul entre los propios y se prometió a sí mismo que iba a prestar atención a cada palabra que el profesor de la niña dijera a partir de ese momento. Había ido allí por ella, como el padre responsable que era, para enterarse de todo lo que se suponía que un padre debía saber antes de que su hija se metiera de lleno en el mundo de la enseñanza obligatoria.

Sabía que no tenía la necesidad de hacer que Haneul estudiara hasta los siete años, pero por trabajo y para no depender siempre de sus familiares y amigos, había decidido inscribirla en la guardería en cuanto había cumplido los tres. Lo mismo pasaba ahora con la escuela elemental. Iba a ser la más pequeña de la clase, probablemente se llevaría dos años con el resto de sus compañeros, pero era una pequeña muy lista y seguro que se adaptaba rápido. Es más, Donghae incluso confiaba en que ya se hubiera adaptado. Después de todo, llevaban una semana de clases. Eso era suficiente, ¿no?

Se apartó esos pensamientos de la cabeza y se centró en su tarea. Leyó las cosas escritas en la pizarra, escuchó cada frase del profesor, asintió lentamente cada pocos minutos, puso cara de interés cuando otro padre u otra madre hacía una pregunta e incluso se apuntó en el teléfono algunas cosas para que no se le olvidaran. Aunque quizás se le olvidaba que las había apuntado... Hizo un gesto con los labios y se las mandó a Donghwa. Su hermano mayor se encargaría de recordárselo.

Una hora y media después, la reunión terminó. Donghae dejó que Haneul se bajara de sus piernas antes de levantarse cargado con un puñado de papeles. Los metió en la mochila de Mini Force (Haneul adoraba a Volt, la ardilla azul que lideraba el equipo), se la colgó de un hombro y buscó a su hija para darle la mano y salir del aula. La encontró varias mesas más atrás, hablando con una niña algo más alta que ella que parecía ser su amiga. La pobre quedó muda al verlo llegar.

—Mi papá es policía —anunció Haneul con orgullo, cosa que solía hacer bastante a menudo. Lo tomó de la mano y señaló la placa que Donghae llevaba en el pecho— Mira cómo brilla.

—¡Hala! ¿Y ha matado a gente?

Los ojos de la niña se abrieron con interés. No sabía si le resultaba gracioso o espeluznante. Fuera como fuese, meneó la cabeza.

—No, nunca he...

—Pero tiene una pistola de verdad —le interrumpió su hija—. ¿A que sí?

—¿Me la enseña?

—Bueno, la verdad es que no la llevo encima ahora mismo...

—¡Pero, papá!

Haneul lo soltó e hizo un puchero. La otra niña la imitó con descaro. Las miró a ambas detenidamente antes de caer en la cuenta de que tenía a dos crías de cinco y siete años reprochándole que no llevara un arma de fuego encima porque de esa forma no podía enseñársela. Se llevó las manos a las caderas y arqueó las cejas.

—Y aunque la llevara —empezó—, no os la dejaría. ¿Sabéis lo peligrosa que es una pistola? Usad una de agua si tantas ganas tenéis de disparar.

—No es verano —respondió la más pequeña.

—Pero hace calor —añadió la otra. Miró por encima de su hombro y señaló a la mujer que hablaba por teléfono junto a la puerta del aula— ¿Vienes a mi casa mañana?

Solo con esa pregunta, el berrinche de Haneul se desvaneció. Lo miró con ojitos de cachorro mientras saltaba sobre sus pies.

—¿Puedo, papi?

—Hablaré con el tío Donghwa —respondió sin pensárselo demasiado. Era bueno que tuviera amigas.

Las dos niñas lo celebraron abrazándose y corrieron hacia la madre de la mayor, que las hizo esperar antes de prestarles atención. Mientras tanto, Donghae miró a su alrededor. El aula estaba ya vacía excepto por ellos cuatro y una mujer que mantenía una conversación bastante seria con el profesor. Éste se hallaba sentado en su escritorio e intentaba mantenerse tranquilo, pero tenía la mandíbula tensa.

¿Quién más solía apretar la mandíbula de esa forma cuando se ponía nervioso? Suspiró y miró al techo. ¿Quién era, por Dios? Apretó los ojos. ¿Quién diablos era?

No bajó la cabeza hasta notar que alguien pasaba por su lado a toda velocidad y sin ningún cuidado. Era dicha mujer, que no parecía nada contenta con el resultado de su conversación. La vio empujar a las niñas y salir del aula hecha una fiera. Por un momento quiso salir a detenerla. Nadie trataba de esa manera a su hija.

Pero una voz le hizo cambiar totalmente el foco de atención. Se giró de golpe al oírle hablar y se quedó pasmado en cuanto el "profe Lee" se cruzó de brazos delante de él. De cerca se le hacía incluso más conocido.

—¿Señor Lee? —preguntó éste, quitándose las gafas.

Donghae abrió la boca, volvió a cerrarla y asintió.

—Ya veo —continuó el otro al no oírle hablar—. Pensé que vendría su hermano como en la reunión anterior.

—¿Qué reunión anterior?

—La que hubo antes de que empezara el curso.

—Oh.

No se acordaba de ella, pero tampoco era tan raro. A principios de año, entre Navidad y el Año Nuevo Chino, los picos de criminalidad se incrementaban muchísimo, así que solían estar hasta arriba de trabajo. Su hermano lo sabía. Al no ser la primera reunión del curso como tal, debía de haber pensado que era indiferente y no le había dicho nada para no preocuparlo. Asintió para darle a entender al profesor que lo entendía y le dejó seguir hablando.

—Bueno, es un placer conocer por fin al... padre de Haneul. Soy Lee Hyukjae.

—Lee Donghae —respondió, extendiendo su mano con amabilidad.

Lee Hyukjae le respondió el saludo. Luego se colgó las gafas del cuello de la camisa y señaló a la pequeña.

—Yo, Lee Hyukjae, seré su profesor para casi todas las asignaturas durante el resto del curso. Será conmigo, Lee Hyukjae, con quien deberá hablar siempre que ocurra algo.

—De acuerdo.

—Lee Hyukjae.

—Ya.

—Lee Hyuuuuk Jaaaeee.

Donghae frunció el ceño. Eso tenía que ser una broma. Vale, había deseado saber su nombre una hora atrás, pero no hacía falta que se lo repitiera lentamente como si fuera uno de sus alumnos. No. Ni siquiera a los niños necesitaba repetirles de ese modo un nombre tan simple.

—Vale, profesor Lee Hyuuuuk Jaaaeee, si no necesita decirme nada más...

Empezó a dar media vuelta hacia la puerta con cierto cansancio. Pero, antes de estar totalmente de espaldas al de pelo castaño, su cerebro hizo clic. Los engranajes acababan de encajar perfectamente y giraban a toda velocidad. Lee Hyukjae. Él conocía muy bien ese nombre. Lee. Hyuk. Jae. Volvió a girar sobre sus talones, esta vez casi bruscamente, y abrió los ojos de par en par.

El aludido hizo una mueca con los labios.

—¡Lee Hyukjae! —empezó a gritar— ¡Eres Hyukjae! ¡Hyuk! —saltó hacia delante— ¡Hyuk! ¡Mi Hyuk! Bueno, mi amigo Hyuk. O sea... ¡Íbamos juntos al instituto! ¡Siempre estábamos juntos! ¡No me puedo creer que seas tú! ¡Hyuk!

Estaba tan nervioso que no le importó chillar demasiado. Hacía años que no veía a Hyukjae, al menos trece si se ponía a contar. Jamás se hubiera imaginado que se encontraría con él precisamente en ese lugar, siendo el nuevo profesor de su hija. ¡Y con el pelo castaño en lugar de rubio! La alegría creció desde su estómago, expandiéndose por todo su rostro y haciéndole abrir los brazos por puro instinto. Se lanzó a abrazarlo con muchas ganas, deseando ponerse a recordar momentos felices junto a él.

Y entonces Hyukjae dio un paso atrás y puso distancia con un movimiento de manos. Donghae se detuvo en mitad de un paso, confuso.

—Deja de llamarme así, ya no estamos en el instituto. Tampoco somos cercanos. Y mucho menos amigos.

Las palabras del mayor lo dejaron paralizado, pero gracias a ellas entendió por qué no lo había reconocido nada más verlo. Ya no era el Hyukjae que había sido su mejor amigo durante casi dos décadas. Esos no eran los ojos que le habían mirado con aprecio durante más de la mitad de su vida.

Donghae se ruborizó y dio un paso atrás.

—Lo... lo si-siento... yo no pe-pensaba... e-esto...

—Es vuestra hija, ¿verdad?

—¿Qué?

—Haneul. ¿Es tuya y de... ella?

"Ella".

Miró sobre su hombro hacia la puerta y, solo por un instante, tuvo la sensación de que iba a verla entrar. Con un moño deshecho sobre la cabeza, su camiseta blanca favorita, un peto vaquero con las perneras dobladas hacia fuera y las Doctor Martens negras y amarillas. Quizá con las gafas puestas, quizá sin ellas. Posiblemente con el enorme bolso de tela beige con la cara de Frida Kahlo estampada a ambos lados colgándole del brazo derecho. Y con el anillo brillándole en el dedo anular izquierdo.

Tomó aire antes de dirigirse de nuevo a Hyukjae.

—Sí —respondió al fin—. Es nuestra.

Se miró los pies para intentar deshacerse del dolor que todavía consumía su alma. Había aprendido a sobrellevarlo. Su corazón ya no le obligaba a tirarse de los pelos y llorar desconsoladamente, pero eso no significaba que lo hubiera superado. Nunca iba a poder superarlo.

—Ya veo. Enhorabuena.

El tono cortante del mayor seguía pillándolo desprevenido. No entendía por qué se comportaba de ese modo. Según su forma de verlo, estar tanto tiempo alejados solo debería haber aumentado el entusiasmo de los dos durante el reencuentro. No se habían peleado antes de perderse de vista. No recordaba haber hecho nada que hiriera sus sentimientos. Incluso lo habían invitado a la boda, pero él nunca había contestado. Cabía la posibilidad de que el sobre se hubiera extraviado por el camino y nunca hubiera llegado, pero, entonces, ¿cómo sabía Hyukjae que no había terminado con ella en la universidad? ¿Cómo sabía que su relación había durado el tiempo suficiente como para casarse y tener una hija? Estaba claro que había rechazado la invitación.

No obstante, Donghae nunca había pensado mal sobre él. Siempre había creído que su trabajo, fuera el que fuese, lo tenía demasiado ocupado. O quizás una familia, una mujer, unos hijos... No lo sabía. Lo único que conocía de Hyukjae después de tantos años era su nombre completo.

—Gracias —murmuró.

—¡Papi, papi!

Haneul llegó a su lado como un suavizante de la tensión que se palpaba entre los dos. Con sus trenzas sacudiéndose arriba y abajo, tomó a Donghae del antebrazo y siguió saltando sobre sus pies. Miró a su profesor alegremente antes de clavarle a él esos ojazos tan convincentes.

—¿Qué pasa, osito?

—¿Puedo quedarme en casa de Sena todo el finde? Su mamá dice que sí. ¿Puedo? Dile a tío Donghwa que puedo. ¿Siiiií?

—¿Todo el finde? —arrugó el entrecejo— No sé...

—¡Su mamá dice que sí! —repitió, como si esa fuera razón suficiente para que la dejara quedarse a dormir dos noches seguidas en casa de una familia a la que acababa de conocer— ¡Porfiiii!

—No creo que sea buena idea. Puedes irte a pasar el día si quieres, pero tío Donghwa te recogerá por la noche.

—¡No es justo!

—Yo no hago las reglas... bueno, sí, sí que las hago. O duermes en casa o no vas.

La respuesta de la niña fue inminente. Lo soltó, se cruzó de brazos y frunció los labios en un pronunciado puchero mientras volvía con su amiga arrastrando los pies. Donghae bufó. Ya estaba haciendo suficiente al dejarla ir. Después de todo, la madre le había visto vestido con el uniforme de policía. Quedaba advertida.

Cuando volvió a mirar al frente, se dio cuenta de que Hyukjae seguía ahí y de que lo estaba mirando con una pequeña y casi imperceptible sonrisa en los labios. Se acordó de los pocos momentos en los que ambos habían estado acompañados de niños. Estos siempre acababan llorando entre sus brazos y siendo consolados en los del mayor. Hyukjae tenía madera de profesor desde pequeño.

—¿A ella también la haces llorar?

Verle arquear las cejas provocó cierto calor en su estómago. ¿Ya se le había pasado el enfado? Sacudió la cabeza y respondió sin evitar detenerse de vez en cuando a reír.

—De pequeña sí. Por alguna razón siempre hago llorar a los bebés... pero ella la tomaba en brazos y la calmaba enseguida. Ahora ya no, prefiere hacer pucheros hasta conseguir lo que quiere. No sé dónde lo habrá aprendido.

—Ni idea...

Lo miró detenidamente, dudando si esas palabras habían sido sinceras o solo sarcasmo. Hyukjae soltó una pequeña risa, pero se detuvo en cuanto notó sus ojos sobre él y volvió a ponerse las gafas con un movimiento rápido. Donghae se encogió de hombros sin darle más importancia.

—Bueno, tengo que irme. Será mejor que salgáis del aula para que pueda cerrar.

La mirada ajena le dijo que diera media vuelta, tomara a Haneul y se fuera, pero no quería perder la oportunidad de reconciliarse con él. Así que se rascó el cuello con incomodidad y titubeó antes de hablar sin haber dado ni un paso atrás.

—¿No te apetece que tomemos un café o... no sé, algo? Podemos hablar de todo lo que ha pasado en nuestras vidas desde la última vez que nos vimos. Tengo muchas cosas que contarte, Hyuk.

Lo miró con esperanzas. Hyukjae cogió aire profundamente, como quien recarga una pistola, para así poder matarlas de un solo disparo.

—No tengo razones para ir contigo a tomar un café; no somos amigos.

—Pero lo fuimos antes de que tú...

—¿Yo? —arqueó una ceja con incredulidad— ¿Yo qué?

—Bueno, desapareciste.

—¿Y qué?

—Nada. Solo digo que antes éramos muy buenos amigos.

—Pues ya no lo somos.

—¡Éramos muy cercanos, casi como...

La palabra "hermanos" no llegó a salir de sus labios, pues el mayor sacudió los brazos y lo interrumpió.

—Estás hablando en pasado. Ya no somos amigos, ya no somos cercanos. Ya no somos nada.

—Pero podríamos serlo.

—No, no podríamos.

—¿Por qué no? —fue su momento de mover los brazos con frustración— Tú y yo... y... y ella éramos inseparables.

—Mira, no es tan difícil de entender. El pasado es eso, pasado. A partir de ahora, solo nos comunicaremos si ocurre algo con Haneul.

Donghae abrió la boca para replicar, pero la seguridad en los ojos ajenos era demasiado dolorosa.

—Si eso es lo que quieres...

—Es lo que quiero.

—Bien —suspiró resignado. Apretó los puños e hizo una reverencia— Encantado de conocerle, señor Lee.

Dio media vuelta sobre sus pies con lentitud apremiante y echó a andar hacia Haneul. Aún tenía un pequeño atisbo de esperanza de que Hyukjae se arrepintiera y lo detuviera a medio camino. Sin embargo, logró llegar a su hija, tomarla de la mano y salir del aula junto a Sena y su madre. Las tres iban hablando animadamente sobre lo que iban a comer después de jugar con las pistolas de agua.

Al llegar al vestíbulo, la mujer de recepción le lanzó una intensa mirada, posiblemente preguntándose si había ocurrido algo y por eso eran los últimos en salir de la reunión. Bufó. Ella no tenía ni idea de lo que había pasado ahí dentro.

Una vez fuera, dejó que Haneul se despidiera de su amiga largo y tendido. Mientras las niñas hablaban, la puerta se abrió y alguien salió del edificio: Lee Hyukjae, quien ni siquiera lo miró antes de cruzar la carretera.

Donghae apretó los labios.

¡Cuéntale a Cherry-kun lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

1

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Die Wölfe von Welby

maryketteler: Ich bin von diesem Roman sehr angetan. Es handelt sich um eine wunderschöne Geschichte, die durch ein tolles Happy End abgeschlossen wird.

Leer ahora
Fated to My Ex- Best Friend

Kota2015: A really good read. This is my first time on this web site. Glad I found it!

Leer ahora
Mystic Wolf

Akthea: Fantastica

Leer ahora
Ruthless Lord

Ock: romance captivante. Hâte de lire la suite

Leer ahora
SECRET BILLIONAIRE

Janet: Very heart warning, shows what a kindness will be rewarded. Good reading.

Leer ahora
Sweet Caroline

Doridoo: I really enjoyed this story and had trouble putting it down at 2:00 in the morning but couldn’t read more due to blurry eyes! I even reread the chapter I left on so I could relive it again. The story had me tear up and gasp in parts. I Look forward to more stories from this author. Now I need to ca...

Leer ahora
Stadt der Alphas

Uschi: Sehr gut geschrieben aber durch die kleinen Happen baut sich keine Spannung, Erotik, Romantik oder ähnliches auf

Leer ahora
Buried Alive

JlD: A beautiful and inspiring love story! 😍

Leer ahora