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Te sentí sangrar

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Sinopsis

En la lluviosa megaciudad de Velshai, donde los clanes más poderosos controlan universidades, corporaciones y secretos enterrados durante siglos, Marcel Taeyangson regresa a casa para comenzar sus estudios de medicina en la prestigiosa Universidad Velyokamado. Criado bajo la estricta protección de su madre, Helena Taeyangson, sólo desea disfrutar por primera vez de una vida propia. Pero Velshai es una ciudad construida sobre heridas antiguas. La llegada del enigmático clan Agondelig al corazón de la universidad amenaza con romper el frágil equilibrio entre las grandes familias. Y cuando Marcel conoce a Draco Agondelig, el carismático hijo de Dimitris Agondelig, entre ambos surge una conexión tan intensa como inexplicable. Mientras su relación se estrecha, Marcel comienza a experimentar cambios imposibles, visiones inquietantes y una extraña conexión con Gamabi, una criatura ancestral vinculada a la sangre, el mar y la destrucción de Velshai siglos atrás. Entre rivalidades ancestrales, conspiraciones, secretos familiares y una profecía olvidada, Marcel descubrirá que su regreso nunca fue una coincidencia. Porque algunas ciudades no olvidan la sangre que se derramó para levantarlas. Y algunos destinos están escritos mucho antes de que dos personas se enamoren.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Sunitend
Estado:
Extracto
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Preludio


Hace diecinueve años.

La lluvia caía como una cortina gris. Desdibujaba los rascacielos y disolvía los fluorescentes de la ciudad. En aquel callejón, detrás del prestigioso Hospital Yangson Center, los gatos se refugiaban bajo los contenedores. Un bombillo defectuoso tintineaba en aquella penumbra.

Bajo un estrecho alero, un hombre se protegía a duras penas del temporal.

Su hábito vaporoso de monje Mohada se le comenzaba a pegar al cuerpo. Temblaba de frío. El cabello castaño oscuro, largo y brillante, caía por su espalda, mientras parte de él descansaba recogido en un pequeño moño alto de inspiración tradicional.

Sus ojos oscuros y profundos permanecían serenos, casi melancólicos. Había algo llamativamente hermoso en sus facciones delicadas, una belleza tranquila que contrastaba con la pobreza de sus ropajes y las ojeras que ensombrecían sus cuencas.

Permaneció impasible, hasta que la puerta de personal se abrió con un chirrido oxidado.

Helena Taeyangson apareció.

Impávida.

Con una bata quirúrgica y sin nada que la protegiera del clima. Su cabello rubio en un moño medio deshecho era su única muestra de cansancio. Llevaba un bulto en los brazos. Envuelto en gruesas mantas.

El monje intentó ayudarla a abrir la pesada cancela. Pero con un seco gesto del hombro, ella lo rechazó.

Tenso, el hombre forzó una reverencia.

—Ahórrate las formalidades —dijo Helena con desagrado.

—Lo que usted diga, directora —contestó Ridiro con un tono neutral y parsimonioso.

La mujer miró al bebé descansando tranquilamente en sus brazos. Sus ojos se humedecieron, pero antes de que pudiera evidenciarse, apartó la vista.

Ordenó al clérigo que pasara. La puerta de seguridad se cerró detrás de él con un sonido de pizarra arañada.

El corredor interior estaba casi tan oscuro como la callejuela de afuera. Era una zona abandonada del hospital: apenas unas camillas sueltas, humedades, el suelo sin limpiar.

—Te he preparado una bolsa con lo esencial, y un paraguas —Helena no se esforzaba por hacer contacto visual—. Nadie debe verte durante los próximos tres días.

—Entendido, señora —a pesar de su juventud, el agotamiento habitaba en su rostro.

La doctora, entonces, lo examinó minuciosamente. Le puso con delicadeza el bebé en los brazos.

—Repíteme lo que acordaste decirle —exigió.

—La verdad —respondió él, ajustando el peso del bebé—. Que la madre murió tras inducir el parto.

El niño gimió, un sonido breve, sin fuerza. Ridiro lo meció con un movimiento mínimo.

Helena abrió la puerta, sacó de su bata una cajetilla de tabaco y se encendió un cigarrillo. El humo se mezcló con la lluvia antes de deshacerse. Se apoyó en el rellano. El agua caía sin tregua.

—¿Y usted? —Ridiro vaciló—. ¿Qué le dirá a la familia?

Ella giró la cabeza, dedicándole una expresión de asco.

—No te confundas, monje —le señaló—. Cíñete a hacer lo que te he dicho. Soy yo la que te ha hecho un favor esta noche.

Ridiro sostuvo la mirada un instante, pero la retiró rápidamente.

El bebé volvió a quejarse. Esta vez con un hilo de voz más urgente.

Helena dio un paso al frente. Miró al niño de nuevo y, durante un segundo, algo cedió en su expresión. No mucho. Lo justo.

Alzó la mano y rozó la mejilla del bebé con la yema de los dedos. El llanto se cortó.

Helena la retiró de inmediato, como si hubiera tocado algo indebido. Sus dedos vacilaron antes de cerrarse en un puño.

Un sigiloso movimiento en las sombras cortó el repiqueteo del agua.

Helena se llevó la mano a la sien, haciendo que la densidad del aire se entumeciera.

—Te han seguido.

Ridiro se giró sobre su propio eje, agarrando instintivamente con más fuerza al bebé.

—Son dos. —Helena seguía con los dos dedos pegados a la frente—. Y ya saben demasiado. ¡Salid!

Con determinación, la mujer se salió completamente al exterior de la callejuela. Con un ademán indicó al monje que se quedara dentro del recinto.

Empezó a inspeccionar el área con rapidez, con las pupilas moviéndose de forma frenética por todos los ángulos. No hubo respuesta.

Ella siguió avanzando. A escasos metros, encontró otro alerón más grande que había conseguido salvar del aguacero un pedazo de grava.

Con la rapidez que le permitieron sus tacones y mientras sacaba un trozo de tiza del bolsillo de su bata, llegó allí, mientras dos imponentes figuras ya empezaban a aproximarse por detrás de los contenedores.

Sus andares depredadores empezaron a reptar hacia la doctora, que, apresuradamente, comenzaba a dibujar sobre la superficie seca una serie de rayas y curvas intrincadas que, a primera vista, no parecerían tener sentido.

Cuando el silbido del desenvaine de una de las katanas rebotó en la oscuridad, Helena se alzó y levantó ambas manos.

Ya estaban allí.

Con sus trajes oscuros, gafas de sol y cubiertos de tatuajes hasta el cuello, los dos hombres se habían detenido en pleno ataque ante el comando del gesto de la mujer, cuyos brazos temblaban.

Ridiro se asomó por la puerta y, espantado, se encontró con tal escena.

—Te dije que no salieras —le espetó Helena.

—¿Cómo piensas hacerlos entrar en el sello?

Helena guardó silencio, sólo mantenía las manos en alto, mientras los otros dos hombres temblaban, intentando zafarse de su restricción.

Ridiro alzó el dedo mientras se ponía de cuclillas, buscando algo en la oscuridad, hasta que, de pronto, de entre los movimientos del suelo, agarró una rata.

Tenía las manos libres; el bebé había empezado a llorar desde el interior del recinto.

Se aproximó al garabato que había dibujado la mujer, pasando entre los dos hombres. Rompió el cuello del animal, lo dejó desangrarse sobre la tiza y se apartó.

—Libéralos —dijo.

Helena vaciló, pero el sudor empezaba a caer por su frente. Después de un segundo, dejó caer sus extremidades, exhausta.

Pero casi las tuvo que volver a levantar al instante en un movimiento defensivo, pues las dos quimeras, por un momento, parecieron ir a abalanzarse sobre ella.

Sin embargo, ambos entraron en una lucha encarnizada por poder devorar el roedor que Ridiro acababa de ejecutar.

Al contacto con la tiza, los dos empezaron a sumirse en una especie de letargo, que acabó por dejarlos en pie y rectos, como dos estatuas de cera.

Helena miró al monje.

—Gracias.

—De nada.

—Necesitarán un nuevo recuerdo. Por suerte, sólo ellos te siguieron, ten más cuidado.

El clérigo asintió.

—Ahora, vete —dijo—. Y que nadie sepa nunca su verdadero nombre.

Ridiro no respondió.

El niño lloraba aún dentro de la oscura sala. Lo tomó con delicadeza en sus brazos e intentó mecerlo.

Abrió el paraguas con un gesto contenido; la tela negra se desplegó sobre él y el bebé como un techo insuficiente.

Cuando echó a andar, no miró atrás. Las luces de la urbe refulgían a lo lejos, deformadas por la lluvia. El sonido del agua golpeando el paraguas marcaba un ritmo constante.

Ridiro caminó hacia la ciudad vieja. Al templo donde creció, y donde se escondería durante los próximos días.

El bebé no volvería a llorar esa noche.

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