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EDYS - Estrellas Caidas

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Sinopsis

Itzcatl un chico universitario después de ser atacado y perseguido por un cartel, tiene que buscar ayuda en un casona le revelará muchas cosas.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Magnus
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Cap 1

Era viernes por la mañana en la Ciudad de México. El despertador sonaba desde hacía varios segundos, pero Itzcatl seguía acostado, mirando el techo como si el sonido no fuera con él.

Al final, con un suspiro largo, estiró el brazo y lo apagó.

Se levantó sin prisa y comenzó a cambiarse. Frente al espejo se detuvo un momento. Piel clara, cabello castaño ligeramente despeinado, ojeras apenas visibles. Nada fuera de lo normal.

El collar descansaba sobre su pecho.

Obsidiana blanca. Extraña. Pulida. La correa de cuero ya mostraba el desgaste del uso constante.

Lo sostuvo entre los dedos.

—Vamos… ya es viernes —murmuró para sí.

Al salir de su habitación pasó frente a una puerta cerrada.

Se detuvo.

Durante años había tocado esa puerta cada mañana, solo para asomarse y despedirse antes de irse a la universidad.

Ahora no tenía sentido hacerlo.

La madera permanecía intacta. Nadie había entrado desde el funeral.

Itzcatl apartó la mirada y continuó hacia la cocina.

Preparó el desayuno en silencio. El sonido del sartén y el refrigerador era lo único que rompía la quietud de la casa. Sus padres ya se habían ido; como siempre, salían antes de que él despertara.

Se sentó en el sillón con el plato en las manos y encendió la televisión sin prestarle atención real. Las voces llenaban el espacio, pero no la casa.

Cuando terminó, dejó los trastes en el fregadero, tomó su mochila y se dirigió a la puerta.

Antes de salir, volvió a sujetar el collar.

Lo apretó con fuerza.

Solo un segundo.

Y luego salió.

Caminaba distraído hacia la parada del camión cuando algo pasó junto a él.

Demasiado cerca.

Por un segundo creyó ver un perfil extraño… mandíbula más marcada, algo afilado en la silueta.

Giró la cabeza.

Solo un hombre revisando su celular.

Itzcatl frunció el ceño, pero no dijo nada.

Cuando llegó a la parada, el camión no tardó en aparecer. Subió y, para su suerte, encontró asiento junto a la ventana. Sacó los audífonos y dejó que la música llenara el espacio que su mente no quería ocupar.

Casas. Negocios. Gente esperando sobrevivir al día.

El camión se detuvo en un semáforo.

Y entonces lo vio.

De reojo, una chica de pie junto a la puerta parecía tener algo que se movía detrás de ella. Una sombra curva.

Una cola.

Itz enfocó.

Nada.

Solo la mochila colgando de su espalda.

Tragó saliva.

—Me estoy volviendo loco… —murmuró.

Su parada estaba cerca. Se levantó y pidió permiso para avanzar hacia la salida.

Al bajar, el aire del exterior no ayudó.

Entró al metro entre el tumulto y chocó ligeramente con otro chico.

—Perdón —dijo, levantando la vista.

Se quedó inmóvil.

Por encima del cabello oscuro del desconocido, algo sobresalía. Dos puntas cubiertas de pelaje.

Orejas.

El chico sonrió.

—No hay problema.

Itz parpadeó.

Ya no había nada.

Solo cabello.

El ruido del metro lo empujó hacia adelante y continuó caminando, aunque el pulso le latía en los oídos más fuerte que la música.

Cuando abordó, le tocó ir de pie. Cerró los ojos un momento.

¿Era estrés?

¿Falta de sueño?

¿O algo más?

La última estación llegó demasiado rápido.

Y esta vez, Itz no miró a nadie a los ojos al bajar.

Itz llegó a la última estación y bajó junto con las pocas personas que quedaban en el vagón. Mientras avanzaba hacia la salida, su mente seguía repasando todo lo que había visto en el trayecto: sombras que no parecían pertenecer a nadie, siluetas con formas que no encajaban del todo con lo humano. Intentaba convencerse de que solo había sido sugestión.

No muy lejos, una mano se agitaba en el aire.

Era Citlali.

Por un momento, la nube espesa de pensamientos se disipó mientras caminaba hacia ella.

—¡Itz! ¿Cómo estás? —dijo efusivamente, rodeándolo en un abrazo que lo obligó a regresar al presente.

—Hola, Li… más o menos.

Ella se separó apenas lo suficiente para mirarlo con atención.

—¿Es por tu abuela…?

La pregunta no fue invasiva, sino cuidadosa.

—No… bueno, sí, pero… es otra cosa.

Citlali inclinó un poco la cabeza.

—Anda, dime. Sabes que estoy para cualquier cosa.

Itz dudó un segundo. Sentía que, al decirlo en voz alta, sonaría ridículo.

—Esta mañana he visto… o creído ver cosas raras. Sombras distorsionadas. Personas con… orejas. O cola.

Esperó una risa. O al menos una expresión de sorpresa.

Pero Citlali no se sorprendió.

Sus ojos se mantuvieron fijos en él un instante más de lo normal antes de suavizar el gesto.

—¿Estás seguro? Tal vez es falta de sueño… Mira esas ojeras —dijo, intentando aligerar el momento mientras le tocaba suavemente las mejillas.

Itz sostuvo su mirada, buscando algo más, pero solo encontró la misma calma de siempre.

—Sí… tal vez.

Caminaron hacia la facultad hablando de cosas banales: una tarea pendiente, un profesor exageradamente estricto, el rumor de un examen sorpresa. La rutina se acomodó entre ellos como una manta conocida.

Al llegar, se despidieron; ese semestre sus horarios no coincidían.

Cuando Itzcatl se sentó en el salón para su primera clase, sus pensamientos volvieron a dispersarse. La voz del profesor se volvió un murmullo lejano mientras recordaba el trayecto de la mañana… y, sin saber cómo, sus recuerdos derivaron hacia su abuela.

Había pasado una semana desde que ella dejó este plano.

Le dolía.

Lo sabía.

Pero nunca lloró.

Ni una sola lágrima.

A veces se preguntaba si eso lo hacía frío… o si simplemente algo dentro de él se había quedado suspendido, como si aún estuviera esperando que todo fuera un error.

Parpadeó y regresó al presente justo cuando el profesor explicaba el ejercicio. Tomó el lápiz y comenzó a resolverlo con mecánica precisión.

Las demás clases transcurrieron con normalidad.

Al finalizar, se dirigió al lugar donde siempre comía con Citlali. Se sentó en el pasto, apoyó la mochila a su lado y esperó.

Minutos después la vio correr hacia él.

—¡Ya llegué! Perdona, el profesor no nos dejaba salir hasta que termináramos —dijo mientras se dejaba caer a su lado.

—No te preocupes, yo tampoco tengo mucho de haber llegado.

Como siempre, mientras comían, Citlali hablaba y él escuchaba. A veces asentía, a veces sonreía apenas.

—¿Qué harás esta tarde, Itz? —preguntó ella.

—Iré al tianguis. Quiero comprar unas cosas. ¿Y tú?

—Iré con mi mamá a hacer unas compras… pero puedes venir si quieres.

Itz bajó la mirada un momento.

—Gracias… pero quiero estar solo. Perdón.

Citlali lo observó unos segundos, evaluando algo que no dijo.

—No te preocupes. Cualquier cosa, me llamas —respondió con una sonrisa que parecía ligera, pero no del todo despreocupada.

Itz tomó su mochila y se fue.

Itzcatl llegó al tianguis sin un objetivo claro. Más que comprar algo, quería perder el tiempo. No le gustaba llegar temprano a casa… ahora nadie lo esperaba.

El bullicio lo envolvió: voces que ofrecían ofertas, música que se mezclaba con el olor a fritura y fruta madura, colores vibrantes colgando de los toldos.

Caminó sin rumbo hasta detenerse frente a un puesto de collares y pulseras de estilo mexica. Figuras de obsidiana, cuentas de jade falso, símbolos grabados en metal.

Pero algo llamó su atención.

Una escultura.

Era Quetzalcóatl… pero no en su forma de serpiente emplumada.

Era humanoide.

Tallada en piedra, con facciones serenas y severas. En los ojos, dos pequeñas gemas verdes parecían brillar con luz propia.

Sintió un ligero escalofrío.

—Hola, buenas tardes. ¿Cuánto por la escultura? —preguntó.

El vendedor lo observó un segundo más de lo necesario antes de responder.

—Buenas tardes, güero. Está en doscientos… pero se la dejo en ciento cincuenta. Es parte de una colección de los dioses. Cada semana sale uno nuevo, por si se anima a completarla.

La manera en que dijo “completarla” sonó casi como una invitación… o una advertencia.

—Sí… gracias —respondió Itz mientras pagaba y guardaba la figura en su mochila.

Siguió recorriendo el tianguis.

Ya casi en la salida, chocó contra un grupo de jóvenes.

—Perdón —murmuró sin detenerse.

—No hay fijón —respondió uno de ellos, clavando la mirada en su espalda mientras se alejaba.

Cuando Itz estuvo lo suficientemente lejos, el que parecía el líder habló en voz baja:

—Oigan… ¿qué era lo que buscaba el jefe?

—Una obsidiana blanca —respondió uno.

—¿Y eso qué es?

—Shh… —lo interrumpió el líder, sin apartar la vista de Itz.

Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.

—Creo que ya la encontré. Vengan.

Itz comenzó a sentir esa incomodidad conocida.

La sensación de ser observado.

Aceleró apenas el paso.

No quería voltear.

Volteó.

Era el mismo con el que había chocado.

Por un segundo pensó que estaba exagerando… como en la mañana.

Hasta que lo rodearon.

Sin darse cuenta, lo habían guiado hacia un callejón lateral, lejos del bullicio principal.

Su primer instinto fue sacar el celular y la cartera.

—No queremos eso —dijo el líder, señalando su pecho—. Queremos eso.

El collar.

Itz bajó la mirada.

No valía mucho… o eso siempre creyó.

Su abuela le había enseñado que la vida siempre vale más que cualquier objeto.

Y estuvo a punto de quitárselo.

Hasta que recordó.

Era lo último que tenía de ella.

Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del dije.

—No… no puedo.

El líder frunció el ceño.

—No te estoy pidiendo permiso. Dámelo.

Sacó una navaja.

El metal reflejó un destello opaco.

—Yo no puedo… —repitió Itz, la voz temblándole.

Con un impulso desesperado, golpeó al agresor entre las piernas. El hombre soltó un gruñido y se dobló.

Itz intentó correr de regreso al tianguis.

No llegó lejos.

Lo sujetaron por detrás. Otro le arrancó el collar con violencia. Sintió el tirón en el cuello.

El líder, recuperado, se acercó furioso.

—Hijo de tu puta madre…

Itz apenas alcanzó a ver el movimiento.

Luego, una punzada ardiente en el abdomen.

El mundo se volvió ruido.

Cayó de rodillas. Escuchó pasos. Risas. Alguien gritó algo. La música del tianguis seguía sonando a lo lejos como si nada pasara.

Llevó las manos a su vientre. Calor. Humedad.

Su visión comenzó a desdibujarse.

—Háblenle al jefe… ganamos la recompensa —escuchó entre ecos.

Entonces, un aullido grave rompió el aire.

No supo de dónde vino.

Una sombra cayó desde lo alto.

Negra.

Grande.

El hombre que tenía el collar apenas tuvo tiempo de girarse antes de que algo lo derribara.

Gritos.

Algo crujió.

Itz parpadeó, intentando enfocar.

Las figuras de los otros dos comenzaron a deformarse… o tal vez era su vista. Las siluetas se alargaron, los hombros se ensancharon, las sombras se volvieron demasiado grandes para sus cuerpos.

Vio algo con cuernos.

Vio pelaje.

Vio movimiento violento.

El lobo negro se movía con una precisión brutal.

Luego solo quedaron cuerpos inmóviles.

La figura oscura se volvió más pequeña.

El lobo… se transformó.

O eso creyó.

Un joven de rostro borroso caminó hacia él. No podía distinguir sus facciones. Solo unos ojos intensos mirándolo con algo que no supo identificar.

¿Preocupación?

¿Reconocimiento?

El frío comenzó a subirle por la espalda.

Intentó hablar.

No pudo.

Y todo se volvió negro.

Un olor extraño y particular invadió la nariz de Itzcatl.

Desinfectante. Metal. Algo clínico.

Abrió los ojos apenas.

Techo blanco. Luz artificial. Un pitido lejano.

Hospital.

Giró lentamente la cabeza hacia la puerta. Un chico estaba de espaldas, hablando con alguien en el pasillo. No pudo distinguir su rostro. Vio cómo le entregaba algo a otra persona… y luego se marchó.

Cuando terminó de enfocar, la figura que entró fue más clara.

Citlali.

Intentó incorporarse.

Un dolor punzante le atravesó el abdomen.

—¿Qué haces? No te muevas —dijo ella, acercándose rápido—. ¿Cómo estás?

—Me duele…

—Claro que te duele. Te operaron de emergencia.

Itz cerró los ojos un momento.

—¿Mis papás…?

Citlali hizo una mueca incómoda.

—Les marqué. No pueden venir… están trabajando.

Itz soltó una risa breve, sin humor.

—Como siempre…

Ella desvió la mirada un segundo antes de volver a enfocarse en él.

—¿Recuerdas qué pasó?

Itz tragó saliva.

—Una pandilla me acorraló en el tianguis… me llevaron a un callejón. No querían dinero. Ni el celular. Querían mi collar.

Sus dedos se movieron instintivamente hacia su cuello… vacío.

—Te juro que iba a entregarlo… pero no pude.

Citlali suspiró.

—Entiendo por qué no lo hiciste… aunque fue bastante tonto.

Su tono intentaba ser firme, pero se notaba más preocupación que enojo.

Itz dudó.

—Hay otra cosa…

Ella se tensó apenas.

—El que me salvó… era un lobo. Los atacó. Ellos… se transformaron en algo con cuernos. No veía bien. Todo estaba borroso. Luego el lobo se volvió una persona.

Se quedó en silencio.

—Fue real… ¿verdad?

Citlali no respondió de inmediato.

En vez de eso, abrió su bolsa y sacó algo.

El collar.

Lo colocó suavemente sobre el pecho de Itz.

—¿Te he contado realmente de mi familia?

—Me dijiste que hacían cosas de brujería… que creían en magia. Pero eso es diferente.

Citlali respiró hondo.

—Mi familia no es… completamente humana. Somos otra raza, digamos. Trabajamos con magia. Y no somos los únicos. Hay más. Lo que viste… fue real.

Itz la miró incrédulo.

—Si no me crees, no tienes que burlarte.

—No me estoy burlando.

Su voz fue firme esta vez.

—Te oculté cosas porque este mundo es peligroso. No quería que salieras lastimado.

Un silencio pesado cayó entre los dos.

—Entonces lo que vi en la mañana… —murmuró él—. Pensé que estaba volviéndome loco. ¿Por qué no me dijiste nada?

—Porque no sabía si estabas listo. Y porque no entendía por qué podían verte.

Esa frase quedó flotando.

Un golpe suave en la puerta interrumpió el momento.

Un hombre entró.

—Buenas noches. Soy el doctor Elisondo.

Se acercó a la cama y levantó con cuidado la bata hospitalaria. Una cicatriz reciente, cerrada con puntos, atravesaba el abdomen de Itz.

—Tuvimos que operarlo de emergencia. Por suerte, el corte no dañó órganos vitales. Deberá regresar en unos días para retirar los puntos. Puede irse hoy, pero nada de esfuerzos. Si se abre la herida, regresará aquí.

—Gracias, doctor —dijo Citlali.

—Señorita, acompáñeme para firmar el alta.

Salieron.

Itz se quedó mirando el collar en sus manos.

Obsidiana blanca.

Las palabras del callejón regresaron a su mente.

Tomó las pastillas para el dolor.

Salieron del hospital con paso lento. Citlali pidió un taxi por aplicación y lo ayudó a subir.

Durante el trayecto, Itz notó algo.

No iban hacia su casa.

—Li… ¿vamos a tu casa?

—No.

—¿Entonces?

—A un lugar donde pueden ayudarte.

El coche se internó hacia el centro de la ciudad.

Las calles antiguas se volvieron más estrechas.

Finalmente se detuvieron frente a una casona colonial, de muros altos y ventanas oscuras. Parecía abandonada.

—¿Aquí? —preguntó Itz.

Citlali lo ayudó a bajar.

—Podría explicarte todo… pero es mejor que lo veas.

Se acercó a la enorme puerta de madera y tocó con un patrón específico.

Tres golpes.

Pausa.

Dos golpes.

Silencio.

Luego, la puerta se abrió apenas… y una luz cálida inundó el umbral.

Citlali dio un paso al frente y entró sin dudar.

Itz se quedó inmóvil.

Podía regresar.

Podía fingir que nada había pasado.

Volver a clases.

Ignorar sombras.

La puerta seguía abierta.

Algo dentro de él —o tal vez algo más— lo empujó hacia adelante.

Cruzó el umbral.

La puerta se cerró tras él.

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