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EL CODIGO DE SANGRE

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Sinopsis

El código de sangre no está hecho para estómagos blandos ni para mentes que necesitan un final feliz para conciliar el sueño. Su crudeza y la precisión quirúrgica con la que destripa la cotidianidad no entran en el pulcro tablero de ajedrez de la literatura comercial; aquí las piezas no se mueven por reglas, se desangran. Habrá que ver si plataformas diseñadas para alimentar el consumo rápido de romance barato y tramas predecibles tienen la columna vertebral suficiente para sostener una obra que no pide permiso, no usa anestesia y está completamente fuera de sus clichés baratos. Quién se atreva a cruzar el umbral tendrá el privilegio de pertenecer a la Nueva Orden.

Genero:
Thriller
Autor/a:
Lián Becker
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1 EL LUTO

Esa noche, la Ciudad de México resplandecía con el cinismo de los diamantes. Un baile de caridad servía de máscara filantrópica para quienes solo saben dar lo que les sobra: hipocresía. Mientras la élite se embriagaba en su propia importancia, yo observaba la invitación sobre la mesa; como se observa un insecto disecado. Era un gesto de cortesía obligatoria, un papel que decía mi nombre pero no me nombraba a mí. Para ellos, yo era un susurro que el aire se llevaba sin dejar rastro; una pieza de ajedrez cuya posición nadie se molestaba en verificar.

Decidí que el silencio era mi mejor vestidura. Dejé el papel de lado, ignorando la gala. Tenía una cita con mi propio destino: una mesa dispuesta para un futuro que se congelaría antes del primer brindis. La opulencia es un estruendo que ensordece, hasta que el silencio decide reclamar su soberanía.

La casa aguardaba con una cortesía gélida, saturada de un aire que se tornaba irrespirable. El comedor principal era un bodegón impecable de cristalería y plata bruñida. Se suponía que sería un pacto de amor puro, una unión que borraría las cicatrices del mundo exterior. Pero el tiempo posee una forma despiadada de detenerse cuando la verdad decide llamar a la puerta.

—Esto es un crimen, Analián —dijo una voz a mi lado, rompiendo la tensión—. Si sigo comiendo, me va a reventar el estómago.

Miré a los que me rodeaban. Caras que hablaban de una calidez que yo no terminaba de procesar. Risas, anécdotas, el tintineo de los vasos. Por un momento, el bullicio me hizo creer que el suelo era firme. Pero el reloj no miente.

A las diez de la noche, las velas eran charcos de cera inerte. La luz se había vuelto lúgubre, parásita. La cena, esa cumbre culinaria que con tanto rigor se había preparado, se degradaba ahora en un catálogo de texturas gélidas y grasas solidificadas. El vino en las copas evocaba sangre estancada.

—Seguro les pasó algo en el trayecto —susurró alguien, con una voz cargada de una lástima que me quemaba la piel.

—No mientas —corté, y mi voz sonó como el roce de dos láminas de metal—. Si hubiera pasado algo, lo sabríamos. Simplemente no llegaron, nadie llegó.

El tiempo se acabó. Me levanté de golpe y la silla rasgó el suelo con un chillido que pareció un grito de guerra.

—Nadie se retrasa más de tres horas para una promesa de vida —solté con amargura.

Atravesé el pasillo, huyendo de las miradas de compasión, hasta llegar a la habitación del fondo. Allí, sobre el maniquí, estaba el vestido. Una trampa de seda impoluta, cruelmente perfecta. Parecía una burla, una prisión de tela que olía a ilusiones muertas.

Sentí asco de la ingenuidad. Marqué el número, una y mil veces más.

—Buzón de voz. —¡Esteban… por favor!… Contesta —maldito seas —susurré—. Contesta y dime que estás muerto en una zanja, porque eso sería menos doloroso que saber que simplemente decidiste no venir.

“El número que usted marcó no existe”. El latigazo fue fulminante. Mi calma se convirtió en una bomba nuclear. Llamé a Isabela; su teléfono estaba apagado. Se habían evaporado. La rabia fue total; aventé el teléfono contra el mármol y se hizo añicos, Rompí el vestido en mil pedazos. La mesa de adornos se hizo trizas. Al pisar el plástico de los regalos, resbalé cayendo abruptamente. Me golpeé la cabeza y borrosamente vi los anillos otorgados por los padres de Esteban. Confirmé lo que ya sabía: nunca me habían aceptado. Solté una carcajada de ironía que, después, se convirtió en un llanto silencioso de amargura.

Me arrastré por el piso con el grito ahogado de un animal herido, arañando las baldosas de la casa que me pertenecía y que odiaba. Mamá O entró al salón, petrificada. Me levantó del suelo y me llevó a mi habitación. Los demás se quedaron ahí parados, viendo mi tragedia. Al llegar, me arropó y se sentó al borde de la cama.

—Supongo que ya sacaste la frustración —dijo, con una voz gélida, desprovista de compasión.

Me senté abrazando mis rodillas, con la mirada perdida en la pared.

—¿Cómo no hacerlo? —respondí, con voz bajita—. Todos estaban ahí. Mi familia… esperando. Y nunca llegó. Me dejó ahí plantada, como una tonta.

Mamá O asintió despacio, con una practicidad demoledora:

—La humillación pesa porque tú lo permites. Que no haya venido te ahorra una vida con un cobarde sin palabra. El amor es presencia, Analián, no suposiciones. Te mostró quién es antes de que fuera tarde. Deja de llorar por el tiempo que invertiste en alguien que no estuvo a tu altura. Levántate, que la vida no termina por un desplante.

No eran frases de consuelo, eran verdades secas que cortaban cada vena de mi cuerpo.

—¿Crees que algún día deje de doler? —pregunté finalmente.

—El dolor se desgasta —respondió, dándome la espalda—. Lo que queda es la astucia de no volver a esperar a nadie.

Salió de la habitación en completa calma.

La peor parte de esa madrugada estaba por colapsar totalmente mi mundo. El peso del cansancio pudo más que el dolor, logrando que me quedara dormida. Pero la calma duró muy poco; lo que creía que era el final de una noche amarga, solo era el principio de algo mucho peor.

El silencio de la madrugada se resquebrajó. Entre sueños escuché murmullos; de golpe abrí los ojos. Los alaridos que brotaban de los muros aturdieron mi percepción. Me incorporé de prisa. El mármol bajo mis pies tenía un frío sepulcral. Al salir corriendo de mi habitación tropecé con Lala en el pasillo; su rostro era un mapa de pavor absoluto.

—¿Qué ocurre? —le espeté, agarrándola de los hombros.

—¡Analián! —su voz era un estertor—. Algo atroz… tus padres… ¡Oh, Dios, tus padres!

El aire se densificó. Los gritos de la familia se mezclaban con balbuceos de desconocidos en el recibidor. Bajé las escaleras. En la entrada aguardaban dos agentes de policía. Camine hasta donde se encontraba Higinio me aferré a su brazo y a la mano de Carlos.

—¿Señorita Analián? —inquirió el oficial—. La identificación fue posible gracias a esto.

Extendió unos papeles. Mi mano temblorosa los tomó.

—Sus padres han sufrido un percance grave —el oficial ni siquiera pestañeó—. Verifique los documentos hallados en el lugar de la tragedia.

Al leer los nombres, mi universo se fragmentó. Solo el abrazo de Carlos impidió que me disolviera.

—¿Tragedia? —la palabra me supo a sangre—. ¿Dónde están?

—El oficial carraspeo y dudó unos segundos, su voz sonó temblorosa—En la morgue —sentenció—. No sobrevivieron.

Mis rodillas cedieron. Un grito bestial escapó de mi garganta mientras Carlos trataba de sostenerme. Lala se arrodilló, deshecha. Higinio se tambaleaba, pálido como un fantasma.

—Analián, por favor… mi niña —susurró, quebrándose por completo.

—¡No! —dije con odio—. ¡No entienden nada! ¡Lárguense! ¡Déjenme sola! ¡Fuera!

—Señorita, hay que proceder —insistió el oficial con mirada de piedra.

La ira me invadió como un veneno y, desde el suelo, los empujé para que salieran. Vicente escoltó a los agentes hacia fuera entre susurros. Quedé ovillada en el suelo, cayendo en un vacío sin fin. El aire era pesado. Un temblor que amenazaba con desintegrarme comenzó casi a convulsionar mi ser. Ya no había pensamiento coherente, ni deseo, ni miedo; solo esa sensación de estar cayendo sin fin, como si todo lo que alguna vez fui se me escapara entre los dedos y no tuviera fuerzas ni para intentar retenerlo.

De pronto, unas manos firmes me sujetaron.

—Analián, respira —ordenó Higinio.

Carlos apareció entre las sombras y, antes de que pudiera protestar, sentí el pinchazo traicionero de la aguja. Un químico bendito recorrió mis venas.

Me hundí en la inconsciencia. Cuando los estímulos volvieron, el entorno se había transformado. El anfiteatro del Servicio Médico Forense —ese gélido santuario donde la muerte es un trámite técnico— se abrió ante mí. El lugar donde yo solía ser la que observaba desde la distancia, ahora me reclamaba como protagonista. El acero inoxidable se cerró sobre mí como una trampa.

CONTINUARÁ.........

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