1. Esmeraldas
Dos brillantes puntos grises asomando entre las llamas, así la describiría. Sus ojos, de un hermoso color cenizo, emergían entre los rojizos bucles fuego de sus cabellos, todo resplandeciendo con su sonrisa. Como muchos niños a esa dulce edad, Bianca era feliz. Creció bajo la protección de su madre y su hermana. El mundo aún era un paraíso para ella y se abría lleno de misterios para ofrecerle. Comenzaba a tener nuevas responsabilidades y se sintió como toda una adulta cuando pudo ir sola por primera vez al mercado. No iba por algo más que el pan, pero, a su parecer, eso era maravilloso.
Comenzaba a ser grande, aunque todavía jugaba con muñecas y continuaba buscando la seguridad de su madre. Adoraba pasear con ella, siempre sujeta de su mano. Recorrían el mercado casi a diario y Bianca miraba las tiendas con emoción. Las usaba para memorizar el camino, deseando que su madre le confiara más encargos. Quería demostrar que podía hacer cosas de grandes, así como su hermana Viviana, pero por impulsiva e imprudente, en ocasiones se perdía, aunque no se desanimaba.
Sabía que, tarde o temprano, crecería y podría ir y venir por su cuenta, conocer los callejones oscuros sin miedo y recorrer hasta el último rincón de ese pueblo que ella pensaba era el mundo entero. Como su madre no quería mandarla a la escuela, Bianca no sabía que ese pueblo no era más que un minúsculo punto en medio de ninguna parte, pero su hermana se lo contó mientras preparaba los bolsos para viajar a una ciudad lejana. Ella parloteaba sobre pueblos, ciudades, reinos, y Bianca intentaba comprender que el mundo no se limitaba a los muros de esa ciudad.
Con el corazón agitado, guardó felizmente las cosas más importantes para ella. No podía conocer el mundo sin su muñeca favorita o su cobija de flores y de ninguna manera olvidaría su vestido a rombos rojos y negros. Tenía su maleta lista cuando su madre dijo que debían irse. Era una niña feliz y, al estar demasiado feliz, a veces no te das cuenta de las cosas.
Bianca no fue capaz de notar la manera en la que su madre la miraba. Se aferró a ella como cada día cuando iban al mercado. Caminaba de su mano e igual que siempre, se emocionaba con las cosas nuevas que descubría, pero esa mañana su madre no tenía tiempo para ella, aunque a Bianca no le importaba; era de lo más natural que la ignorara y jamás había dinero para comprarle cosas. Sus ojos se iluminaron con alegría al notar que doblaban en una calle distinta. Estaban recorriendo otra parte del mercado; nunca habían llegado tan lejos. Fue un camino desconocido, pero emocionante, hasta que su madre les pidió esperar.
—Yo quiero ir contigo —jadeó asustada y se aferró con fuerza a su mano—. Por favor, mami.
—Basta, Bianca —reprendió con firmeza—. Te quedas aquí.
—Sí, mami —musitó avergonzada.
No quería quedarse sola. Si el mundo era tan grande como su hermana decía, podía perderse y no volver a ver a su familia. La última vez que estuvo perdida casi anochece antes de que la encontraran; no quería que volviera a pasar, aunque a su madre no le preocupaban sus angustias infantiles.
No estaba segura de qué le daba más miedo, si perderse en ese vasto mundo o lidiar con su madre enfadada, pero fue agradable sentir el abrazo cariñoso de Vivi. Se preguntó por qué estaría preocupada su mamá. Los adultos eran extraños a su parecer. ¿Acaso no era bueno ser grande? Poder ir y venir sin miedo, comprar cosas, usar lindos atuendos y caminar sin que te empujaran por ser pequeño. No tener que esperar en silencio y conocer el mundo.
Pensó en pedir a Vivi su muñeca para conversar; al fin y al cabo, era la única que realmente la escuchaba. Sin embargo, justo entonces su madre volvió y le dijo algo a su hermana. Vio a Vivi tomar los bolsos y supuso que después sería su turno de entrar.
—Te tengo un regalo, Bianca —miró a su madre con rapidez—. Es solo para ti, mi mágico tesoro. —Ella se arrodilló con una sonrisa dulce, mientras se quitaba un hermoso brazalete de esmeraldas.
—¿Es para mí? —Bianca sonreía emocionada sacudiendo su mano. Aquel era un regalo único. Quizá su madre estaba triste por haberla regañado, supuso mirando brillar las piedras.
—Sí, pero solamente podrás conservarlo si te comportas y te quedas a esperarnos —explicó poniéndose de pie—. ¿Está bien?
—Sí, mami. —Bianca realmente no puso atención a sus palabras. Oyó la condición, pero una cosa es oír y otra muy distinta poner atención.
Sintió la mano de su madre revolverle el cabello como siempre, pero no se percató de su sonrisa triste, ni la escuchó respirar profundamente; ni siquiera se dio cuenta de que nuevamente entró a la tan curiosa casa. Bianca solo tenía ojos para su nuevo regalo. ¿Qué pequeña no los tendría? Era un brazalete para niñas grandes. Sabía que su madre tenía un par de pendientes a juego, que de seguro le regalaría si era buena, y si se convertía en la mejor de las hijas, quizás le entregaría el relicario con una esmeralda en forma de corazón que siempre llevaba al cuello.
Tenía tantas ganas de mostrárselo a Vivi y que la felicitara por ser grande. Contarle a su amiga de tela y enseñarles a las otras niñas al volver a casa. De seguro iba a verse hermoso con su vestido a rombos negros y rojos. Pensaba tantas cosas mientras lo miraba, en todas menos en el tiempo. Para los niños no existe el tiempo, hasta que se dan cuenta de que el sol quema cuando las sombras se van y de que el hambre duele en el estómago cuando es pasada la hora de comer. A pesar de tener un brazalete de grande, Bianca no dejaba de ser una niña. La misma que buscaba a su madre cuando esas cosas pasaban, pero ahora debía esperar.
Observaba a las personas entrar y salir del edificio. Algunas parecían salidas de la nada. Otras entraban y, de esas, no todas regresaban. Qué extraños son los adultos, pensaba Bianca. Estaba aburrida de ser buena; el hambre vuelve desobedientes a muchos, pero quería conservar su regalo. Se asomó con cuidado en la entrada, intentando divisar a su madre entre los que caminaban y corrían con bolsos, pero no pudo hallarla. No quería que la descubriera, no podía entrar y decirle algo; le quitaría su obsequio.
Ser obediente pesa cuando tienes hambre y te obliga a fallar con cuidado más de una vez, volviendo desilusionado a sentarte y obedecer.
—Hola —dijo con suavidad un guardia—. ¿Estás perdida?
—No —dijo como haría una niña grande.
—¿Qué haces aquí sola? —Se arrodilló para quedar a su altura.
—Mi mamá me pidió que la esperara y entró allí. —Señaló el edificio por sobre el hombre, quien preocupado se volvió a mirar hacia la puerta—. No puedo verla. No sé dónde está.
—¿Quieres que la busquemos juntos?
—No —exclamó alarmada—. Me advirtió que si quería conservar mi regalo, debía esperarla. Si descubre que me moví, me lo va a quitar.
—Vamos a buscarla —insistió levantándose—. Yo puedo esconderte y así ella no te notará —añadió con una sonrisa, guiñándole el ojo—. De esta manera no sabrá que entraste.
—¿De verdad me va a esconder?
—Claro que sí. Te pones detrás de mis piernas —ofreció divertido, extendiéndole la mano—. Nadie sabrá que estás allí. Cuéntame, ¿cómo es tu mamá?
—Se parece a mí, pero grande, y sus ojos son verdes, iguales a las piedras de mi brazalete —exclamó entusiasmada—. Mi hermana mayor está con ella y tiene el cabello como el de usted.
—Muy bien.
Se levantó emocionada; con su ayuda podría encontrarla. Los adultos siempre solucionan las cosas difíciles. Lo acompañó, buscándola en aquel montón de rostros que la confundían. Una mujer de cabellos rojos, que no era su mamá. Una joven de cabellos castaños, que no era su hermana. No recordaba el color de su ropa; no le puso atención a eso. Bianca miraba en todas direcciones, incapaz de verlas. Carrozas iban y venían, pero ellas no bajaban de ninguna. Cuando estaba cansada, se sentó junto a la puerta. Estaba segura de que allí su madre la encontraría.
El hombre le regaló un melocotón y se quedó a conversar con ella. De pronto se sobresaltó; Bianca se levantó de un brinco con una sonrisa.
—Ya sé dónde están. —Se sentía tan tonta por no haberlo pensado antes—. De seguro volvieron a casa. Debo ir allá.
—Espera. —El guardia apenas logró tomarla de la mano antes de que comenzara a correr—. ¿Sabes volver sola?
—Sí —dijo, orgullosa de sí misma—. Sé bien el camino. Ya tengo siete.
—¿Estás segura? —Permaneció pensativo y sin soltarla, continuó—. Si no puedes llegar a casa —dijo mirándola atentamente—. Vuelve aquí y yo te ayudaré a encontrarlas.
—Gracias.
Agradecida, Bianca le dio un beso en la mejilla y corrió para ir a casa. La tarde caía en las calles del mercado que poco a poco cambiaba, y no quería volver a perderse. Estaba segura de haber tomado el camino correcto; no se habían alejado demasiado de la parte que visitaban siempre. Intentó reconocer las tiendas a toda prisa, pero ya nada era como cuando paseaba con su madre. No quedaban flores, los animales no estaban y tampoco las cajas de frutas y panes.
Se detuvo a mirar a su alrededor para recordar el camino y sintió que la tomaban del brazo. Su mirada se encontró con la de un hombre corpulento, con el rostro cubierto con pelo sucio y despeinado, que apenas dejaba ver los pequeños ojos oscuros. No le agradaba, parecía que usaba una máscara fea.
—Llevas mucho rato caminando sola —dijo con una voz áspera y apenas comprensible—. Acompáñame.
Aun en su inocencia, en ocasiones los niños perciben la maldad en las personas. Un escalofrío recorrió su espalda al verlo sonreír y el miedo llenó su corazón. No quería ir con él, pues no era como el amable guardia. Gritó pidiendo ayuda, pero la gente pasaba de ella. Temían que el hombre fuese su padre y ella una niña mal portada. Lloraba asustada, ¿acaso nadie iba a ayudarla? Tiró de su brazo para liberarse, pero él era más fuerte, era más grande. La lastimaba y a nadie le importaba. ¿Acaso los demás adultos también le tenían miedo? ¿Por qué solo se volvían en silencio cuando los miraba pidiendo auxilio?
En medio del alboroto, Rebeca, que no estaba lejos, escuchó el llanto y los gritos de la niña. Una mujer como ella, experimentada en cuidar pequeños, sabía la diferencia entre una mocosa malcriada y una pequeña aterrada. Además, recordaba esa vocecita. Reconoció a Bianca; la había cuidado antes para ayudar a su madre y de no ser ella, igualmente no estaba dispuesta a quedarse sin hacer nada. Al verlos, se arremangó y se acercó a ellos por la espalda.
—Suelta a mi hija —exigió en un autoritario grito.
—Lo lamento —tartamudeó el hombre a toda prisa—. Pensé que estaba perdida; solo la llevaba con los soldados para que buscaran a su familia.
—Ya la has encontrado. Suéltala de una vez.
—Claro —dijo liberando su brazo—. Ve con tu madre, pequeña, rápido.
Esa no era su madre, pero en ese momento no importaba; era un ángel que llegó a rescatarla. Bianca corrió y se ocultó tras sus piernas, al tiempo que el hombre se alejaba sin mirar atrás.
—Qué susto —suspiró aliviada—. ¿Te encuentras bien? Pequeña. ¿Dónde está tu madre?
—Creo que fue a casa.
—¿Y te dejó aquí? —Bianca asintió silenciosa—. Vamos, te llevaré con ella.
Estaba feliz, Rebeca sí conocía el camino; con su ayuda llegaría segura a casa y les contaría sobre ese hombre malo. La luz de afuera estaba apagada, aunque ya casi se ocultaba el sol. ¿Acaso su madre y su hermana no habían llegado? Bianca se acercó a tocar, pero la puerta estaba cerrada y pensó que no podían escucharla. Rebeca tenía un mal presentimiento. Descubrió con los vecinos que la mujer planeaba dejar la ciudad y estuvo preguntando a varias personas si podían encargarse de la pequeña. Suspiró mientras negaba con la cabeza y se preguntó por qué no consultó con ella.
Observó con pesar a Bianca, quien, mirando por las ventanas, llamaba a su madre y a su hermana. ¿Cómo se lo iba a explicar? Tomó un largo respiro, se acercó paciente y le pidió sentarse a escucharla. Era mejor no dar largas al asunto; a fin de cuentas, no existía una manera agradable de dar esa clase de noticias.
—No —gritó al oír las horribles palabras—. Quizás están donde me pidió que la esperara. Debí quedarme allí.
—No, pequeña, ellas se han ido…
—Pero —miró en todas direcciones buscando algo que la ayudara a negarlo—. Ella es mi mamá —aseguró al tiempo que las lágrimas se le escapaban—. No me dejaría.
—Por favor, no llores. A veces las mamás hacen cosas que…
—Fui una niña mala —sentenció tratando inútilmente de limpiarse las lágrimas—. Debí quedarme donde me pidió. Por eso me dejó.
—No eres una niña mala.
—¡Ella no volverá por mí! Se enojó y ahora me odia.
—Eres muy buena. —Rebeca la acercó para darle un abrazo—. Esto no es tu culpa.
—Quiero a mi mami.
—Ya, no llores. —La levantó dándole palmadas para calmarla—. Puedes quedarte conmigo hasta que vuelva.
—Quiero a mi mamá —lloró, con la esperanza de que ella apareciese a consolarla.
Bianca ya no despertaba en su cama, abrazando a su muñeca favorita. Ya no estaba Vivi en la cama de al lado al irse a dormir. Su madre ya no le preparaba de comer y tampoco llegó a consolarla durante el tiempo que lloró rogándole que regresara. Ya no podría volver a usar su vestido a rombos rojos y negros, ni volvería a jugar en el patio de la pequeña casa; ahora vivía en un lugar diferente. Rebeca la cuidaba. Insistió en volver a casa; no podía aceptar que su madre la hubiese dejado. Tal vez llegó después, tal vez no coincidían, tal vez aún la buscaba y con el tiempo, tal vez nada.









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