prólogo
Un pitido agudo le atravesó los oídos al recobrar la conciencia, aún aturdida por el estruendo del choque. La mujer contrajo el rostro, atrapada entre el dolor y la confusión. Un líquido tibio comenzó a deslizarse por su frente, y el sabor metálico en su boca le revolvió el estómago. Cuando llevó los dedos a la herida, un gemido se le escapó sin poder evitarlo... pero no fue eso lo que realmente la heló por dentro.
Con manos temblorosas bajó hacia su vientre. Palpó con cautela la curva de su abdomen, temiendo lo peor. Contuvo el aliento hasta comprobar, con un alivio frágil y momentáneo, que el cinturón de seguridad no había presionado demasiado sobre su barriga. El miedo no era por ella: cada latido de terror lo sentía por la pequeña vida que llevaba dentro.
Sin esperar más, tomó el bolso que tenía en el asiento del copiloto, se lo colgó en el hombro y salió del auto. La brisa fría la golpeó, haciéndola temblar. Miró el coche destrozado y maldijo en voz baja. Dio media vuelta y observó la calle. Estaba desierta. Metió las manos en los bolsillos de su chaqueta para intentar calentarse y continuó su camino. Lo único importante era su bebé.
A pocos pasos, entre la maleza, divisó un camino. Aunque no se notaba mucho debido a la vegetación, era un sendero que se adentraba en el oscuro y silencioso bosque. Se preguntó: «¿a dónde llevará este sendero? Tal vez a una residencia...»
Con determinación, comenzó a caminar por el sendero y se internó en el bosque. No llevaba linterna, ni agua, ni comida. No sabía que se estaba adentrando en la boca del lobo sin darse cuenta.
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Sus piernas se negaban a dar un paso más. Todo su cuerpo estaba entumecido por el dolor y el frío. Estaba sudada y caída en el suelo. El cielo comenzaba a aclararse; debía encontrar un lugar pronto. «Levántate, Ember. No puedes rendirte ahora. Primero debes poner a salvo a tu bebé, que es lo más importante», se decía a sí misma. Se levantó, tambaleante, y continuó su caminata, rogando encontrar civilización pronto.
Como si fuera un milagro, entre la maleza, vio una cabaña. Parecía abandonada. Se acercó cautelosamente. No era ni grande ni pequeña; era de dos pisos y la madera que la formaba la hacía ver vieja y deteriorada, como la típica cabaña que encontrarían los viajeros perdidos en las películas de terror. Tenía un aire misterioso. Puso un pie en el primer escalón de madera del pequeño porche; la madera crujió bajo sus pies. Subió los demás escalones y llegó a la puerta de roble oscuro, que estaba entreabierta. La empujó suavemente, dejando ver el interior de la cabaña.
Metió un pie y luego el otro hasta estar completamente dentro.
—¿Hola...? —preguntó con voz rasposa.
Silencio absoluto. Dejó la mochila en el suelo, en un lugar donde no estorbara, y comenzó a explorar la casa. Miró a la derecha y caminó tambaleante hasta llegar a lo que parecía ser la cocina. No esperó más, y comenzó a revisar todos los cajones buscando comida desesperadamente. En uno de los cajones de arriba encontró un paquete de galletas de chocolate. Lo tomó con las manos, temblorosas, y abrió la caja salvajemente, casi dejando que todas las galletas cayeran al suelo.
Soltó una maldición y se agachó a recogerlas, pero en lugar de meterlas en lo que quedaba de la caja, comenzó a devorarlas como si no hubiera comido en días. Luego de comer todas, se levantó y volvió a rebuscar en el mismo cajón, donde encontró un tarro de crema de maní. Tomó ambas cosas, las puso sobre la mesa circular detrás de ella, se sentó en una silla y abrió el tarro. Metió el dedo, ensuciándolo todo con la pegajosa crema, y luego se lo metió a la boca. El sabor dulce y salado era tan delicioso que terminó comiéndose medio tarro. Después caminó hacia el recibidor y miró hacia la escalera que subía al segundo piso. Subió lentamente los escalones y, al llegar al último, vio una sola puerta frente a ella. Tomó el pomo, lo giró y entró.
Era un cuarto con una cama en el centro, exageradamente grande, dos mesas a los costados y cortinas grises que cubrían el enorme ventanal. Al otro lado de la habitación a un costado había otra puerta. Caminó hacia ella y la abrió. Era un baño que olía a productos de limpieza y a menta. Cerró la puerta y miró la cama.
Sin pensarlo más, caminó hacia ella y dejó caer su cansado cuerpo sobre las sábanas. Un ligero olor a rosas la envolvía. Pasó las manos por la suave tela y cerró los ojos, dejándose vencer por el cansancio.








