Miedo...
Estaba lloviendo, era una noche tranquila. Como siempre, me encuentro sentada perdiendo mi tiempo, pero últimamente me he estado sintiendo observada. Todo empezó cuando entré a la universidad, primero solo se sentían las miradas, pero luego empecé a ver sombras a lo lejos mirando hacia mi dirección, aunque no le podía ver la cara tenía cuerpo de un chico como de mi edad.
—Te amo, Víctor.
Se escuchó desde la televisión, sacándome de mis pensamientos.
Siempre me han gustado las películas románticas. Me gusta cómo las personas se miran, cómo se eligen entre todas las demás. Me gustan los momentos donde parece que alguien podría amarte tanto... que jamás te dejaría sola.
Supongo que por eso amo tanto a David.
Aunque últimamente ya no se siente igual.
Antes hablábamos durante horas. Antes me besaba apenas me veía. Antes yo no tenía miedo de perderlo.
Ahora siento ansiedad cada vez que tarda demasiado en responder mis mensajes. Cada vez que me habla más cortante. Cada vez que parece distraído cuando estoy con él.
Me da miedo no tenerlo a mi lado. No sabría qué hacer sin él.
Suspiré y abracé mis piernas sobre el sillón. La lluvia golpeaba las ventanas con suavidad mientras las luces de los autos se reflejaban sobre el pavimento mojado. Era una noche bonita, pero no lograba disfrutarla.
Tomé mi celular. Ningún mensaje nuevo. La última conversación con David había terminado hacía más de dos horas.
“Estoy ocupado.”
Solo eso. Ni un corazón. Ni un “te amo”. Ni siquiera un “luego hablamos”. Antes me habría dicho que estaba ocupado y después me habría escrito cinco mensajes seguidos para compensarlo.
Ahora simplemente desaparecía. Escuché otro ruido. Esta vez fue algo brusco. Un golpe seco proveniente de afuera.
Fruncí el ceño. Otro golpe. Como si algo hubiera chocado contra la ventana. Mi corazón dio un pequeño salto. Me levanté del sillón y me acerqué lentamente. Corrí apenas un poco la cortina y observé hacia el exterior. La lluvia seguía cayendo.
Y ahí estaba David. Bajo la tormenta. Completamente empapado. Sonriendo. Sentí un alivio tan grande que casi me hizo reír. Abrí la ventana rápidamente.
—¿Qué haces aquí?
Pregunté entre una pequeña risa nerviosa.
—Quería verte.
Su voz fue suave. David levantó una mano y me sostuvo del mentón acercándome a él. Por un segundo olvidé todo. Las sombras. La ansiedad. El miedo. Todo. Solo existía él.
Y ahí estaba esa sensación ridícula en mi pecho. La necesidad desesperada de sentirme amada, aunque fuera por unos segundos. Quería besarlo. Quería abrazarlo. Quería quedarme así toda la noche. Pero David se apartó antes de que pudiera hacerlo.
Depositó un beso rápido sobre mi mejilla izquierda y entró a mi habitación. Lo observé quitarse la sudadera mojada mientras hablaba de cualquier cosa sin importancia.
Que había mucho tráfico. Que uno de sus amigos había reprobado una materia. Que el clima estaba horrible.
Yo apenas le prestaba atención. Solo me alegraba que estuviera ahí. Por un momento pensé que todo volvería a ser normal.
Que quizá estaba exagerando. Que quizá los problemas solo existían dentro de mi cabeza.
Entonces volví a mirar la ventana. Y lo vi. Otra vez. La figura. Alta. Inmóvil. Parada entre los árboles.
La lluvia caía sobre ella, pero ni siquiera parecía moverse. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Mi respiración se volvió más lenta. La sombra estaba mirando directamente hacia mi habitación.
Directamente hacia mí. Intenté distinguir su rostro. No pude. Solo oscuridad. Parpadeé. Y desapareció.
Como si jamás hubiera estado ahí.
—¿En qué piensas?
La voz de David me hizo sobresaltarme. Volteé rápidamente. Él estaba acostado en el sillón observándome.
—En nada.
Respondí demasiado rápido. David arqueó una ceja.
—Pareces asustada.
—Solo estoy cansada.
Mentí. No quería contarle. Ni siquiera yo entendía lo que estaba ocurriendo. Porque si le decía que llevaba semanas viendo sombras observándome probablemente pensaría que me estaba volviendo loca.
Y tal vez tendría razón. Me acerqué al sillón. David abrió un espacio para mí y me acosté a su lado. Su brazo rodeó mi cintura. El olor de su perfume me tranquilizó de inmediato. Era familiar. Seguro. Conocido. Me aferré a esa sensación. Aun así no podía dejar de pensar en aquella figura.
¿Quién era?
¿Por qué aparecía siempre?
¿Por qué parecía seguirme?
Las preguntas daban vueltas dentro de mi cabeza. La lluvia golpeaba la ventana. La televisión seguía encendida. David parecía relajado. Como si viviera en un mundo completamente distinto al mío. Uno donde no existían las sombras ni los miedos.
Uno donde todo era sencillo. Cerré los ojos. Intentando convencerme de que todo tenía una explicación. La oscuridad. El cansancio. El estrés de la universidad.
Eso tenía mucho más sentido que creer que alguien realmente me estaba observando.
Sentí los labios de David sobre mi hombro.
—Te ves cansada.
Susurró.
—Estoy bien.
Contesté con una sonrisa que ni siquiera yo me creí. David no insistió. Y el silencio volvió a llenar la habitación. Poco a poco mis párpados comenzaron a pesar.
La lluvia se convirtió en un murmullo lejano. Y terminé quedándome dormida. No sé cuánto tiempo pasó.
Minutos.
Tal vez horas.
Pero desperté de golpe.
Con la misma sensación. Esa horrible sensación.
La certeza de que alguien me estaba mirando. Abrí los ojos lentamente. La habitación estaba oscura. La televisión se había apagado. La lluvia continuaba.
Miré a David. Dormía plácidamente a mi lado, como si no existiera ninguna preocupación en el mundo. La suave luz de la luna entraba por la ventana e iluminaba delicadamente su rostro, afinando cada uno de sus rasgos.
Algunos mechones de su cabello negro descansaban sobre su frente y a los lados de sus ojos, dándole un aspecto tranquilo que siempre había logrado calmarme. Su piel blanca brillaba tenuemente bajo la luz plateada de la noche, creando un contraste tan hermoso que por un instante olvidé todo lo que había estado sintiendo.
Me quedé observándolo durante varios segundos, intentando encontrar en aquel rostro al David del que me enamoré, al chico que alguna vez me hizo sentir que jamás estaría sola.
Seguía a mi lado. Su mano descansaba sobre mi pierna. Por un instante me sentí tranquila. Segura. Entonces escuché su voz. Somnolienta. Casi como si estuviera soñando.
—Te amo mucho...
Sonreí. Pero la sonrisa desapareció al instante.
Porque David continuó hablando.
—Camila... te amo.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
Mi nombre no es Camila.








