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Del amor al mal hay solo un libro

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Sinopsis

Malus el Maligno es el peor villano de todo Verus. O al menos lo era hasta que, hace un año, Kyle se despertó en su cuerpo después de su primer club de lectura de empresa y se hizo cargo de su negocio "maligno". Aunque ha sabido mantener las apariencias hasta ahora, todo cambia cuando se reencuentra con su ex, Ted, la misma persona que eligió la cutre novela de fantasía en la que se encuentran atrapados. Ted le hace una propuesta a Kyle que el ahora villano se verá incapaz de rechazar. Una propuesta que puede exponer su secreto o ser la solución a todos sus problemas "villaniles". Historia en Lista Larga del ONC26 de Wattpad. Portada realizada por ArtsJadee. BL / Isekai / villano / enemiestolovers / romancegay / comedia romántica

Genero:
Romance
Autor/a:
Alis Andel
Estado:
Completado
Capítulos:
18
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Ser un villano es duro

—¡Señor! ¡Nos atacan!

No hay nada peor que despertarse con el estruendo de una pesada puerta de madera abriéndose de par en par y esas tres palabras. Abro un ojo con el párpado medio pegado por las legañas secas y descubro que ni siquiera ha amanecido.

Pues sí, sí que hay algo peor, y es que todavía no haya salido el sol cuando te despiertan de esa forma.

¡Qué pereza! ¿Tanto les cuesta a mis enemigos atacarme a una hora decente? ¿Es que acaso no se dan cuenta de que si no duermen no rinden?

Me incorporo en mi mullida y gigantesca cama y le dirijo una mirada cansada a Sake, mi secuaz más fiel. No puedo evitar que las comisuras de los labios se me curven ligeramente hacia abajo cuando me encuentro con su rostro de serpiente. Aunque ya ha pasado más de un año desde que me desperté en Verus, todavía no he conseguido acostumbrarme a su desagradable aspecto. Su cuerpo es como el de un hombre normal, pero su rostro es alargado, con unos ojos negros sin iris y una lengua bífida que sale y entra continuamente de una boca con unos labios tan finos y blancos que casi no parecen estar ahí. Confieso que su piel cubierta de escamas del color de la piel humana me da bastante mal rollo. Sé que se da cuenta de mis expresiones de asco cuando lo miro y del escalofrío que me recorre de arriba a abajo cuando nos tocamos sin querer, pero es un profesional y se mantiene estoico sin hacer ningún comentario. Yo me siento bastante mal con todo este asunto de que Sake me dé repelús porque, a pesar de pertenecer al equipo del villano, es bastante buena persona.

—¿Quiénes son? —pregunto cuando consigo que mi cara vuelva a adquirir una expresión neutra.

—Los Caballeros de la Verdad, señor.

—¿Otra vez? ¿No nos atacaron la semana pasada?

—No, señor, esos eran los Caballeros de la Veracidad.

—¿Estás de coña?

Sake cierra varias veces las membranas que tiene por párpado intentando descifrar mis palabras. Yo me llevo los índices a las sienes y me las masajeo un rato para intentar centrarme. Todavía es demasiado temprano como para que tenga la capacidad de no emplear las expresiones de mi “yo” de antes, el que no vivía en un libro de fantasía barata que su “ex” había elegido para leer en el club de lectura del trabajo.

—¿De dónde han salido estos Caballeros de la Verdad? —pregunto sin levantarme de la cama.

—Son el ejército de élite de Terminus, señor.

Frunzo el ceño intentando recordar si he ordenado realizar alguna maldad en Terminus recientemente. Es un reino que se encuentra en la frontera de Verus y el único interés que tiene para mí radica en sus minas de plata dulce.

Me encanta la plata dulce, con una pizca de canela está deliciosa. Si alguna vez consigo regresar a mi mundo, creo que es una de las pocas cosas que verdaderamente echaré de menos de este lugar.

—¿Por qué nos ataca Terminus ahora? Hace por lo menos dos meses que les robamos aquel cargamento de plata dulce.

Un temblor recorre las paredes de ladrillo azul de mi palacio. Tenso la mandíbula y me levanto de un salto de la cama.

—¿Qué es eso? —pregunto.

—Han traído tres minotauros voladores con ellos, señor.

¿Tres minotauros voladores? Estamos jodidos.

—Saca las catapultas aturdidoras —ordeno mientras me quito mi pijama de satén oscuro y me pongo una camisa abierta hasta la mitad del pecho y unos pantalones ajustados, todo ello de color negro, por supuesto. Los villanos no tenemos permitido vestir ningún otro tipo de color en este tipo de novelas.

—¿Fuerza no letal, señor? —pregunta Sake por pura cortesía.

—Solo contra los caballeros —matizo—. Contra los minotauros voladores sed todo lo letales que queráis.

Sake asiente y sale de mi estancia a toda prisa. El palacio vuelve a vibrar ante lo que probablemente haya sido una embestida de los cuernos de las tres criaturas fantásticas. Hay que tener muy poca imaginación para ponerle alas a unos hombres toro y volverlos una de las criaturas más mortíferas de tu reino de fantasía.

Cojo aire y me vuelvo a masajear las sienes. Necesito despertarme del todo para poder interpretar correctamente mi papel de villano. Me lavo la cara en un barreño de metal junto al espejo y contemplo mi reflejo durante unos segundos para confirmar que tengo más o menos una apariencia respetable. Al igual que todavía no me he acostumbrado al aspecto de la mayoría de mis secuaces, incluido Sake, tampoco lo he hecho con el mío. Cuando me desperté en aquella cueva en medio de la nada rodeado por los que no hacía tanto habían sido mis compañeros obligados a asistir al club de lectura de la empresa, lo que más me sorprendió fue mi cuerpo. Durante mi vida en el mundo real, nunca me había considerado guapo. Más bien todo lo contrario. Era alto, pero desgarbado a pesar de que no era exactamente delgado. Mis extremidades eran largas y todas las calorías que comía de más se acumulaban directamente en mi abdomen. Mi cabello era oscuro y rebelde y nunca lograba dar con el corte adecuado. Dado que de entrada no daba muy buena impresión, nadie se acababa fijando bien en mi rostro, pero tampoco se perdían demasiado. Era afilado y poco agraciado, con unos ojos que parecían más negros que marrones. Al despertar en la cueva seguía siendo yo, pero parecía que acababa de salir del último episodio de un programa de estos que te hacen un cambio radical de aspecto. Había ganado mucho peso, pero todo en forma de músculos. Ocupaba casi el doble que en el mundo real y mi abdomen era plano y formaba lo que coloquialmente se denomina como “una tableta de chocolate perfecta”. El peso extra había dotado a mi rostro de unos ángulos que lo hacían bastante atractivo y, por fin, descubrí que mi corte de pelo perfecto era no cortarlo.

Ahora me veo exactamente igual que aquel día, aunque la melena negra que cae sobre mis hombros es un par de centímetros más larga. Mantener mi forma física no es fácil, pero mi nuevo cuerpo recuerda los entrenamientos a los que lo sometía su anterior dueño y no tardé en acostumbrarme a hacer dos horas de ejercicio a diario.

Salgo bostezando de mi habitación y me encuentro con una sucesión de mis secuaces corriendo a través de los corredores del palacio, cargados con ballestas y espadas. Casi todos tienen rasgos animales, aunque también tengo a mis órdenes a unos pocos de aspecto humano. Todos me saludan con una rápida reverencia cuando me ven y yo les respondo agitando la mano. No sé si debería mostrarme más preocupado, pero mis enemigos atacan mi palacio una vez a la semana más o menos, y siempre salimos airosos. Aunque creo que los minotauros voladores van a hacer un destrozo importante en la fachada y no hace tanto que la mandé reparar. Soy un villano acaudalado, pero me cae muy mal el albañil que nos hace los apaños y no me apetece tener que volver a llamarlo tan pronto.

Subo lentamente los escalones mientras un nuevo temblor recorre mi hogar y escucho cómo algo pesado se cae y se rompe. Probablemente una de las gárgolas de las almenas. Mis labios forman una sonrisa inconsciente. Llevaba un tiempo pensando en cambiarlas porque son demasiado siniestras y esta es la excusa perfecta para hacerlo.

Llego a la terraza del último piso y me asomo para ver qué es lo que está pasando exactamente. Todo sigue muy oscuro y lo único que me permite ver algo son las antorchas que cubren la entrada al palacio. Me paso la mano por el pelo y ahogo una risa malvada. Apenas son veinte Caballeros de la Verdad. Los minotauros voladores están centrados en intentar derribar la puerta principal, lo cual es imposible. Contraté a un mago para que la hechizara y la volviera indestructible. Bueno, el verdadero villano de la historia lo contrató, pero lo recuerdo como si lo hubiera hecho yo mismo.

Al menos, por ahora, parece que la fachada está a salvo.

Me doy la vuelta para volver a entrar en el palacio. Me arrepiento de haber salido de la cama. Esto no tardará demasiado en acabar. Veinte caballeros y tres minotauros voladores no son nada para los hombres de Malus el Maligno.

Un escalofrío de vergüenza me recorre al pensar en mi nombre de villano. Ojalá pudiera cambiarlo. Ojalá el autor del libro no hubiera sido tan falto de imaginación. Ojalá yo siguiera siendo ese oficinista invisible al que nadie le hacía demasiado caso.

Antes de que llegue a la puerta, la terraza comienza a temblar violentamente bajo mis pies. El borde que la une al resto del palacio se agrieta y la plataforma se inclina hacia delante. Me escurro hacia el borde mientras intento agarrarme a la resbaladiza superficie de ladrillo. Casi como un milagro, mi caída se ve interrumpida por la barandilla de metal. Por el rabillo del ojo me doy cuenta de que, aunque la puerta ha aguantado como una campeona gracias a la magia, la estructura que la rodea ha terminado cediendo a la violencia de los golpes y ha fracturado la fachada hasta llegar a la terraza.

¡Mierda!

Meto las manos en los bolsillos de mi pantalón ajustado y muevo los dedos en búsqueda de alguna poción olvidada que me ayude a salir de esta. Obviamente, no hay ninguna. Gruño y aprieto los dientes, un tic que no es mío sino del anterior villano, pero que es bastante adecuado para esta situación.

Uno de mis secuaces alados me descubre, creo que gracias al gruñido, y vuela a mi rescate. Consigue agarrarme por los hombros con sus garras de gaviota y me sostiene en el aire segundos antes de que la terraza se desplome por completo sobre la cabeza del resto de los secuaces que se encontraban protegiendo la entrada del palacio. Suelto un par de improperios mientras los Caballeros de la Verdad aprovechan la situación para sacar ventaja y acercarse a la puerta impenetrable. Le dan órdenes a los minotauros voladores para que se centren en las grietas. Visto lo visto, creo que Malus el Maligno le pagó demasiado dinero a aquel mago por el hechizo “impenetrable”.

—Señor, pesa demasiado. —Es lo último que escucho antes de que mi secuaz me deje caer a tres metros sobre el suelo.

Si consigo salir de esta, tengo que acordarme de despedirlo.

La cabeza de uno de los caballeros amortigua mi caída. El resto de ellos está inmerso en una batalla campal con los secuaces que no han sido sepultados por los escombros de la terraza. Yo me pongo de pie lo más rápido que puedo y me centro en buscar una espada entre los cadáveres. Las catapultas aturdidoras han sido un error. Malus nunca habría dudado en matar, pero a mí no me parece adecuado y siempre intento elegir la opción menos letal. Pero en esta ocasión, puede que mi pasado y mis principios vayan a acabar con la vida de ambos.

Encuentro un puñal curvo entre unas garras de lobo que todavía están calientes. Lo agarro y murmuro un “lo siento” esperando que el propietario consiga sobrevivir cuando neutralicemos a los enemigos.

El caballero sobre el que he aterrizado ha conseguido incorporarse y está buscando su espada a tientas en su cadera. La saca y la apunta en mi dirección. Yo me pongo en guardia y cojo el puñal en posición defensiva. Mis únicos talentos son mi carisma y mi habilidad con las armas, y espero que al menos el último me ayude a salir vivo de aquí.

—¡Te voy a dar una inyección de tu propia medicina sincera, Caballero de la Verdad! —digo—. ¡No vas a salir vivo de mis dominios!

Horrible, pero estoy nervioso y no se me ocurre nada mejor. ¿He dicho que uno de mis talentos es que soy carismático? En realidad, me refería a Malus. Yo soy nefasto con todo lo que implique hablar con otro ser vivo.

El Caballero de la Verdad no inicia el ataque y su mano tiembla. Parece que mi reputación de hombre cruel y despiadado me está ayudando a ponerle nervioso. Me agacho y cambio a una posición ofensiva. Su armadura del color del fuego tiene una abertura perfecta para el tamaño de mi puñal. Si soy lo suficientemente ágil, puedo acabar con esto con un golpe. Y sí, soy así de ágil.

—¿Kyle? —pregunta el Caballero justo antes de que inicie mi ataque.

Me detengo y alzo la mirada hacia su yelmo. Lo único que puedo ver a través de la rendija que le cubre el rostro son unos penetrantes ojos del color del océano al atardecer. Pero no me hacía falta verlos para saber quién es la persona que se esconde bajo esa armadura. He reconocido perfectamente su voz. Una voz que hace aproximadamente dos años me hablaba con pasión sobre la última novela de fantasía romántica que había leído y de lo mucho que me parecía a uno de los protagonistas. Una voz con la que todavía sueño cuando me siento demasiado solo. Una voz que pronunció dos palabras que nunca esperaba oír de los labios de su propietario. Una voz que he deseado un millón de veces volver a escuchar, y que he temido otro millón volver a hacerlo.

—¿Qué demonios haces aquí, Ted? —pregunto poniéndome recto y olvidando por un segundo que estamos en Verus.

El caballero se retira el yelmo con un gesto y descubre el rostro perfecto de mi ex, el mismo que eligió la novela de fantasía en la que nos encontramos ahora y el que propuso hacer un club de lectura en la empresa en la que ambos trabajábamos.

El día ni siquiera ha empezado y ya está siendo un absoluto desastre.

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