ONE
Jungkook tenía una regla.
Y Jimin la conocía desde la primera noche que durmieron juntos.
—Nada de gemidos —le había dicho con voz firme mientras sus dedos viajaban por su cuerpo. —Ni un solo sonido, ¿Entendido?
Jimin había asentido con el corazón latiendo rápido y una mezcla de confusión y deseo en el pecho.
Jungkook era así: seguro, dominante, sabía lo que quería; y Jimin, que llevaba meses enamorado de él, no iba a cuestionarlo.
Porque Jungkook era todo lo que había deseado.
Y si para tenerlo tenía que aprender a callarse, lo haría.
Ahora, meses después, Jimin seguía la regla. Cuando Jungkook lo tocaba, se mordía el labio. Cuando lo penetraba, enterraba la cara en la almohada. Cuando estaba a punto de correrse, contenía la respiración para que ningún sonido escapara de sus labios.
Y Jungkook, encima de el, se movía con la seguridad de quien sabe que está siendo obedecido.
Esa noche, estaban en la cama de Jungkook en su apartamento de Seúl.
Las cortinas estaban cerradas, la luz de la luna apenas iluminaba la habitación.
Jungkook estaba entre sus piernas, besándole el cuello con una lentitud que volvía loco a Jimin.
—Te he extrañado —susurró Jungkook en un ronroneo. —Esta semana ha sido muy larga.
Jimin quería decirle que también lo había extrañado, quería decirle que había soñado con él todas las noches, que se había tocado pensando en él.
Pero abrió la boca y solo salió un susurro: —Yo también.
—Shh —dijo Jungkook, poniendo un dedo sobre sus labios. —Silencio. Ya sabes la regla.
Jimin asintió y se mordió el labio.
Jungkook siguió besándolo, bajando por su cuello hasta sus clavículas y luego hasta el borde de su camiseta. Lo levantó lentamente, y cuando sus tetas quedaron al descubierto, Jungkook se detuvo un momento a mirarlas.
—Tan hermosas —murmuró pasando sus dedos por la curva de sus pechos. —Siempre tan perfectas.
Jimin contuvo el aliento cuando sus dedos rozaron sus pezones.
Quería gemir.
Quería arquear la espalda y dejar escapar ese sonido que se acumulaba en su garganta.
Pero no lo hizo; en lugar de eso, se mordió el interior de la mejilla.
Jungkook bajó la cabeza y tomó un pezón en su boca, chupó, lamió, mordió suavemente. Jimin cerró los ojos y apretó las manos contra la sábana.
Cuando Jungkook se separó, su pezón estaba duro y brillante.
—¿Te gusta? —preguntó, y la pregunta era una trampa.
Jimin asintió.
—Quiero oírte decir que sí, pero sin hacer ruido.
El asintió de nuevo y Jungkook sonrió.
Siguió bajando, besando su estómago, sus caderas, hasta llegar al borde de sus pantalones.
—Mírame —ordenó.
Jimin abrió los ojos y lo vio, con su cabeza entre sus piernas, mirándolo con una intensidad que la desarmaba.
—Vas a estar callado, ¿verdad?
—Sí —susurró Jimin.
—Sí, ¿qué?
—Sí, Jungkook.
Él sonrió satisfecho y bajó sus pantalones.
Jungkook no fue suave.
Nunca lo era cuando estaba de ese humor: ese humor oscuro y exigente que hacía que Jimin sintiera que su cuerpo no era suyo, que le pertenecía a él. Y a el, en el fondo le gustaba. Le gustaba sentirse tan deseado, tan controlado, tan suyo.
Pero también había algo que no le gustaba. Algo que guardaba en un rincón de su pecho como un secreto vergonzoso.
Jungkook lo penetró con dos dedos y Jimin tuvo que morderse la mano para no gritar.
Estaba tan húmedo que los dedos de Jungkook entraban y salían con facilidad, pero la sensación era tan intensa que necesitaba expresarla de alguna manera.
—Bien —dijo Jungkook moviendo los dedos dentro de el. —Así me gustas. Callado. Sumiso. Perfecto.
Jimin cerró los ojos y se concentró en no hacer ruido, pero las lágrimas comenzaron a acumularse detrás de sus párpados.
No eran lágrimas de dolor, eran lágrimas de frustración.
Porque el quería gemir, quería gritar el nombre de Jungkook, quería que él supiera lo bien que lo hacía sentir.
Pero no podía.
Porque la regla era la regla, y Jungkook se enfadaría si la rompía.
Y Jimin tenía miedo de enfadar a Jungkook.
Miedo de que lo dejara.
—Ahora —dijo Jungkook retirando los dedos. —Quiero que te gires.
Jimin obedeció sin dudar.
Se puso de rodillas en la cama, apoyando el pecho en el colchón, y sintió cómo Jungkook se colocaba detrás de el.
Su polla presionó contra su entrada, y Jimin contuvo la respiración.
—¿Listo? —preguntó.
—Sí —susurró el.
Jungkook empujó, y Jimin sintió cómo lo llenaba por completo. Abrió la boca en un grito mudo, enterrando la cara en la almohada para que ningún sonido escapara.
Jungkook comenzó a moverse, primero lento, luego más rápido, y cada embestida era como una ola de placer que amenazaba con ahogarlo.
—Cállate —dijo Jungkook con un gruñido. —No quiero oír nada.
Jimin asintió con la almohada aplastada contra su boca.
Jungkook lo follaba con fuerza, con una intensidad que lo hacía temblar.
Sus manos se aferraron a sus caderas y Jimin sintió cómo sus dedos se clavaban en su piel. Le dolería mañana, pero en ese momento no le importaba.
Lo único que importaba era no hacer ruido.
Llegó al orgasmo en silencio. Su cuerpo se tensó, sus manos se aferraron a la sábana, y su boca se abrió en un grito que no pudo salir.
Jungkook sintió cómo se apretaba a su alrededor y se corrió dentro de el, soltando un gemido bajo.
Cuando terminaron, Jungkook se retiró y se tumbó a su lado.
Jimin se quedó quieto con la cara aún enterrada en la almohada.
—Ha estado bien —dijo Jungkook acariciándole la espalda—. Has sido muy bueno.
Jimin asintió pero no se giró.
—¿Jimin? —dijo Jungkook con un tono de confusión. —¿Qué pasa?
El respiró hondo, y cuando se giró, sus ojos estaban secos. No había lágrimas, no las había dejado caer.
—Nada —dijo con una sonrisa que no llegó a sus ojos. —Estoy bien.
Jungkook lo miró un momento, y luego sonrió satisfecho.
—Sabía que podías hacerlo —dijo besándole la frente. —Eres el mejor.
Jimin cerró los ojos y se dejó abrazar.
Pero en su interior, algo se rompió.
Las semanas pasaron, y la regla se mantuvo.
Cada vez que estaban juntos, Jimin se callaba. Se mordía los labios hasta sangrar. Se clavaba las uñas en las palmas de las manos. Enterraba la cara en almohadas, en sábanas, en el pecho de Jungkook para que ningún sonido escapara.
Y Jungkook cada vez lo felicitaba.
—Eres tan bueno. —decía. —Tan obediente.
Y Jimin sonreía y asentía, pero su sonrisa era como una máscara.
Porque el quería gemir. No para molestar, o para fingir.
Quería gemir porque el placer era real, porque Jungkook lo hacía sentir cosas que no podía contener.
Quería gritar su nombre para que el mundo supiera que era suyo.
Pero Jungkook no quería oírlo.
Y Jimin, que amaba a Jungkook con todo su ser, no podía negarle nada.
Una noche, después de que Jungkook se quedara dormido, Jimin se levantó y fue al baño.
Se miró en el espejo y vio a un chico que apenas reconocía.
Sus ojos estaban apagados.
Sus labios, mordidos y secos.
Su cuerpo, marcado por las manos de Jungkook, pero también por el esfuerzo de contenerse.
Se apoyó en el lavabo y sintió cómo las lágrimas comenzaban a acumularse.
Pero no las dejó caer.
Porque si lloraba, Jungkook se despertaría, y tendría que explicarle por qué estaba triste.
Y no podía, no tenía palabras para decirle: "Me duele que no quieras oírme. Me duele que mi placer te moleste. Me duele que tenga que apagarme para que me quieras."
Así que se secó los ojos antes de que las lágrimas cayeran y volvió a la cama.
Se acurrucó contra Jungkook, y él lo abrazó sin despertarse.
—Te quiero —susurró Jimin, tan bajito que apenas se oía.
Y Jungkook, dormido, no respondió.
Pasaron tres meses.
Tres meses de silencio.
Tres meses de morderse los labios, de enterrar los gemidos, de sonreír cuando Jungkook lo felicitaba.
Tres meses de sentirse cada vez más pequeño, cada vez más invisible.
Hasta que una noche, Jimin no pudo más.
Estaban en la cama de Jimin, en su pequeño apartamento.
Jungkook lo había tumbado boca arriba, y sus dedos estaban dentro de el moviéndose con un ritmo que lo volvía loca.
Jimin sentía el orgasmo acercarse.
Lo sentía en la punta de los dedos, en la nuca, en la garganta.
Y por un momento, solo un momento, se olvidó de la regla.
Un gemido escapó de sus labios.
—Ah...
Fue bajito, apenas un susurro.
Pero Jungkook lo oyó.
Se detuvo al instante.
Retiró los dedos y lo miró, su expresión era de pura decepción.
—¿Qué he dicho? —preguntó con voz fría.
Jimin sintió cómo el corazón se le hundía en el pecho.
—Lo siento —dijo con la voz temblorosa. —Lo siento mucho, no fue a propósito.
—Te he pedido una sola cosa —dijo Jungkook incorporándose. —Una sola y no puedes cumplirla.
—Puedo —dijo Jimin con desesperación. — Si puedo, solo fue un error. No volverá a pasar.
Jungkook lo miró, y en sus ojos había una mezcla de frustración y... ¿asco? Jimin no estaba seguro. Solo sabía que esa mirada le dolía más que cualquier palabra.
—Voy a casa —dijo Jungkook poniéndose de pie.
—No —dijo Jimin levantándose también. —No te vayas, por favor. Te prometo que no volveré a hacerlo.
—Lo has roto una vez —dijo Jungkook, y su voz era implacable. —¿Qué me garantiza que no lo romperás otra vez?
Jimin sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—Te lo juro —dijo y su voz se quebró. —Te lo juro por todo. No volveré a hacerlo. Solo... no te vayas.
Jungkook lo miró un largo momento.
Luego suspiró y su expresión se suavizó.
—Bien —dijo volviendo a la cama. —Pero esta es la última vez, si vuelves a gemir no te dejaré venir a mi apartamento por un mes. ¿Entendido?
Jimin asintió, tragándose las lágrimas que amenazaban con caer.
—Entendido —susurró.
Jungkook lo tumbó de nuevo y lo penetró.
Jimin cerró los ojos y se concentró en no hacer ruido.
Se mordió el labio con tanta fuerza que sintió el sabor de la sangre. Se clavó las uñas en la sábana. Contuvo la respiración.
Y cuando llegó al orgasmo, lo hizo en completo silencio.
Jungkook se corrió dentro de el y se tumbó a su lado, agotado. Durmió en cinco minutos.
Jimin se quedó despierto mirando el techo.
Y por primera vez, sintió que Jungkook no lo quería de verdad.
Solo quería al Jimin que se callaba.
Al Jimin que no existía.
Al día siguiente, Jungkook se fue temprano.
Tenía una sesión de grabación y no podía quedarse, se despidió con un beso en la frente y una sonrisa.
—Eres el mejor —dijo. —Te quiero.
Jimin sonrió y le devolvió el beso.
—Yo también te quiero —dijo.
Y era verdad.
Pero también era verdad que cuando Jungkook cerró la puerta, Jimin se sentó en el borde de la cama y se quedó mirando la pared durante una hora.
Sintió el nudo en la garganta.
Sintió cómo las lágrimas presionaban detrás de sus ojos.
Pero no lloró.
Porque Jungkook no le gustaba verlo llorar. Decía que era dramático, que era exagerado, que ese tipo de chicos lloraban por todo.
Y Jimin quería ser perfecto para él.
Así que se tragó las lágrimas.
Se tragó los gemidos.
Se tragó todo lo que era, todo lo que sentía.
Y cuando Jungkook volvió esa noche, el estaba sonriente, abierto, dispuesto.
—¿Listo para otra ronda? —preguntó Jungkook con esa sonrisa que lo enamoraba.
—Siempre —respondió Jimin.
Y cuando Jungkook lo tumbó en la cama y comenzó a besarlo, Jimin cerró los ojos y se prometió a sí mismo que no haría ruido.
No importaba que sus dedos temblaran.
No importaba que su corazón latiera tan fuerte que casi podía oírlo.
No importaba que, en el fondo, supiera que no podía seguir así.
Porque Jungkook lo quería.
Y si para que él lo quisiera tenía que ser una muñeca de porcelana que no hablaba, que no gemía, que solo se movía cuando él quería... entonces eso sería.
El sería eso.
El sería cualquier cosa con tal de no perderlo.








