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El Sonido del Vacío

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Sinopsis

Los Ángeles, 1968. Una simple reunión de académicos está a punto de convertirse en un billete de ida hacia la locura. El enigmático multimillonario Remo Montalvo ha reclutado a un equipo dispar —un joven erudito, una brillante arqueóloga, un cineasta adicto y un exsoldado destrozado por la guerra de Vietnam— cuya misión oficial es viajar a Bahréin para interpretar los hallazgos de las ruinas de Barbar: los míticos templos sumerios donde, según las leyendas, se originó la vida. Sin embargo, lo que aguarda bajo las arenas del Edén no es historia, sino una fuerza primordial e idiota que gruñe en el vacío. Atrapados en una red de alucinaciones sádicas, los expedicionarios descubrirán que no han sido contratados para desenterrar un mito, sino para liberar un apocalipsis. ¿Podrán sobrevivir al abismo cuando su propia mente es el principal enemigo?

Genero:
Horror
Autor/a:
Darío
Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

CAPÍTULO 01: LA REUNIÓN DE MÁSCARAS

Como todas las historias, esta también tenía un comienzo...

Corría el año 1968. Mientras la guerra de Vietnam desgarraba la conciencia social del país, las manifestaciones se multiplicaban y la lucha por los derechos civiles y de la mujer empezaban a surtir efecto.

El 31 de octubre, la festividad de Halloween teñía de naranja los porches estadounidenses. La euforia colectiva y los carteles anunciaban las celebraciones programadas; los muchachos ultimaban sus disfraces y las familias se aseguraban de disponer de suficientes dulces para evitar el clásico bombardeo de huevos y papel higiénico.

En Los Ángeles, la élite se congregaba a las puertas del Hotel Primus, una joya del art decó y punto de reunión de aristócratas y estrellas de cine, para celebrar su ya mítica «Reunión de las Máscaras». El establecimiento era un oasis cosmopolita de música en directo, salones de lujo y un servicio excepcional. Lo dirigía Remo Montalvo, un acaudalado comerciante de arte sin escrúpulos y de dudosos contactos.

El aniversario de apertura del hotel coincidía con Halloween, y desde hacía doce años la expectación no dejaba de crecer. Todo debía rozar la perfección. La tensión en las cocinas y pasillos podía cortarse con un cuchillo; al aproximarse la fecha, los encargados trataban a los empleados con la exigencia de capataces egipcios.

Este selecto evento abría sus puertas a nuestros cuatro protagonistas. Así lo prometía Montalvo en la invitación que cada uno había recibido: un sobre negro sellado con lacre oscuro. En su interior aguardaba una cartulina amarilla, decorada con sinuosas líneas oscuras en torno al nombre del destinatario, con el siguiente mensaje impreso al reverso:

«Estimado Sr. Cohen:

Como bien sabe, el 31 de octubre tiene lugar el evento más destacado de Los Ángeles: el aniversario de la inauguración del Hotel Primus y, con este motivo, la duodécima edición de la “Reunión de las Máscaras”, donde diferentes personalidades se congregan para disfrutar de un ambiente distinguido de jazz y cultura. Este es el lugar perfecto para establecer contactos.

Me encantaría contar con su presencia entre nosotros este año.

Atentamente, Remo Montalvo.

P. D.: No olvide su máscara».

George Cohen, de veintitrés años, acababa de graduarse por la Universidad de Columbia en Literatura y Lenguas Muertas. Tímido y apasionado de los manuscritos antiguos, había logrado costearse los estudios gracias a la Beca Primus, una generosa dotación de Montalvo para jóvenes antropólogos. Aquella invitación era una oferta imposible de rechazar. En una situación similar se encontraba Debra Moore, una activista afroamericana de veinticinco años, licenciada en Arqueología por Yale y devota de la cultura mesopotámica.

Justin Morrison, por su parte, llevaba tiempo esperando aquella carta. Era un prometedor cineasta y fotógrafo de veintisiete años, galardonado por sus cortometrajes experimentales y con exposiciones en el MoMA. Su visión onírica apasionaba y asqueaba a partes iguales a través de piezas audiovisuales cargadas de surrealismo.

El último en discordia, y a quien más sorprendió la cita, fue Albert Barnes; alguien que definitivamente no encajaba en aquel ambiente. A sus cuarenta y ocho años, este exsoldado mutilado en Vietnam lucía una prótesis de madera en lugar de la mano derecha. El caos de la guerra aún lo acompañaba y sus propios traumas se habían convertido en su mayor batalla.

Las escaleras de acceso al edificio desaparecían bajo una enorme alfombra roja, pisoteada por las celebridades de la noche. Los flashes de los paparazzi eclipsaban el alumbrado público de la ciudad, intentando atravesar el anonimato que proporcionaban las costosas máscaras. Los periodistas se empujaban para adivinar identidades, y en la radio no se hablaba de otra cosa que de la posible aparición estelar de Doris Day o Elvis Presley.

Dos corpulentos guardias franqueaban la entrada; bastaba con mostrarles la tarjeta amarilla para perderse de inmediato entre la multitud del interior.

El salón pronto se llenó de vida. Los disfraces inspirados en los bailes renacentistas contrastaban con el art decó del hotel, mientras los más atrevidos lucían adaptaciones vanguardistas que fascinaban a los diseñadores allí presentes. Todo conformaba un cuadro de misterio y belleza, amenizado por una orquesta de jazz en vivo. Los camareros, de riguroso esmoquin negro y antifaz a juego, sorteaban a los invitados ofreciendo copas de champán y canapés en bandejas de plata.

La música se detuvo de forma repentina. Los focos convergieron en lo alto de la escalera para iluminar a Remo Montalvo, ataviado con un llamativo traje amarillo y una máscara de teatro blanco marfil. El anfitrión fue recibido con una sonora ovación. La expresión de su careta resultaba inquietante: los ojos evocaban una profunda tristeza, mientras la boca dibujaba una sonrisa excesiva. Abrió los brazos y, tras tres breves reverencias, se dirigió al público:

—Saludos, afortunados enmascarados. No me gustaría robarle mucho tiempo a esta maravillosa orquesta, así que, ¿por qué no dejamos que siga la fiesta y olvidamos las formalidades? Bienvenidos, amigos. ¡Que suene la música, Let’s Twist Again!

Con sus últimas palabras, los acordes estallaron de nuevo. Las luces generales se apagaron para cederle el protagonismo a dos contorsionistas envueltas en lentejuelas amarillas. Sostenidas por telas oscuras que descendían desde el techo, trazaron figuras aéreas sincronizadas e hipnóticas. Su danza se difuminaba entre el humo del tabaco, bailando una especie de twist suspendido en el aire al ritmo frenético de la canción.

Entre la multitud, Debra Moore se sobresaltó al sentir la mano enguantada de un camarero. El empleado la abordó, interrumpiendo su visión del espectáculo:

—Disculpe, señorita. El señor Montalvo la espera en su despacho. ¿Sería tan amable de acompañarme? —pidió, con la mano izquierda sujeta a la espalda de forma impasible y la derecha indicando el camino.

De forma idéntica, los cuatro protagonistas fueron citados en las dependencias del hombre del traje amarillo.

El despacho era un verdadero bombardeo sensorial. Funcionaba a modo de museo privado donde Montalvo exhibía las maravillas de distintas civilizaciones que había atesorado durante toda su vida. Entre óleos de escenas bíblicas y exvotos paganos, destacaba un baúl con motivos egipcios. En su interior descansaba una flauta doble, formada por dos cañas cilíndricas idénticas, con seis orificios cada una, unidas mediante hilo, cera y brea.

El macizo escritorio de caoba —decorado con relieves de leones y serpientes enzarzados en una eterna lucha— estaba sepultado bajo montones de papeles, libros y una pequeña estatua de una mujer con la mano extendida. Remo se acercó a una vitrina de cristal, sirvió una copa de licor para cada uno y los invitó a sentarse. Los ojos de Cohen, mientras tanto, estaban fijos en aquella antigua flauta, un instrumento representado en el Libro de los Muertos con más de dos mil años de antigüedad.

—Es una zummara sittawiyya, empleada en rituales folclóricos y funerarios. Me costó una fortuna, pero merecía la pena. Veo que le apasiona, señor Cohen —dijo Remo, perdiendo la mirada en los ojos del joven antes de cambiar de tono—. Pero vayamos al grano. Os presento a la señora Sarah Black, danesa de nacimiento. Su marido, Edward James Holmes, ha iniciado unas excavaciones de vital importancia en el golfo Pérsico, concretamente en la isla de Bahréin, donde hace catorce años descubrió la cultura Dilmun. La excavación sigue en activo; un reclamo exquisito para académicos dispuestos a hacer historia.

El anfitrión desenrolló un mapa de la isla sobre el escritorio antes de continuar.

—Cabe resaltar la ingente cantidad de dinero que me va a costar meter las narices allí, así que espero que no lo echéis a perder y aceptéis mi encargo. Volaréis a París, donde os recogerá mi contacto; desde allí atravesaréis los desiertos de Arabia hasta Bagdad y tomaréis un ferri hasta la orilla de Abu Subh. El templo de Barbar no tiene pérdida. Edward y Christian Baker os esperan junto a su equipo. Les he asegurado que sois los mejores en vuestro campo, no me decepcionéis. Ahora bien, la situación política no es la más adecuada, pese al apoyo militar británico. Y es ahí donde entra en juego el señor Barnes; como exsoldado, su figura será clave para garantizar vuestra seguridad.

Remo se preparó para salir de la habitación escoltado por la señora Black, cerrando el trato sin dar margen a debate.

—Mañana os recogerá un coche. Por ahora, regresad a vuestras habitaciones, disfrutad de la fiesta y descansad. Será un viaje largo.

La aplastante seguridad y el prestigio del señor Montalvo tensaron el ambiente, silenciando por completo a los cuatro reclutados. Justo antes de cruzar la puerta, el comerciante se detuvo.

—Por cierto, Barnes. Reúnase conmigo aquí después del gran baile, tengo un trabajo extra para usted.

Al regresar a sus respectivas suites, cada uno encontró un paquete sobre la cama. Además de todo el equipamiento necesario para la expedición y una opulenta cesta de frutas, chocolates y champán, aguardaban los billetes de avión. Coronando el obsequio, una breve tarjeta grapada a los pasajes del Taurus Express que debían tomar en París, dictaba: «No se arrepentirá de vivir esta experiencia».

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