I. Un Tiempo de Paz

Audiolibro: www.youtube.com/watch?v=DeOjqWCL2zI
El suelo retumbó bajo sus botas. Vegeta avanzó con paso firme entre la nube de polvo, con el rostro impasible. Frente a él, Freezer lanzó un rugido, concentrando energía entre sus manos.
—¡Desaparece, maldito simio! —bramó el tirano, disparando su ataque.
Vegeta no dudó. Con un solo movimiento, desvió la ráfaga con el dorso de la mano y hundió su puño en el estómago de Freezer. El grito del tirano se quebró al instante; su cuerpo se desintegró bajo la fuerza abrumadora, borrado como si nunca hubiera existido.
Vegeta recuperó la postura, como si eliminar a Freezer no hubiera sido más que un calentamiento.
De pronto, la silueta de Cell emergió frente a él. Avanzaba despacio, con una mueca de superioridad y cada paso cargado de confianza. Su voz resonó grave y desafiante.
—Vegeta… ¿todavía crees que puedes superarme?
El príncipe no se inmutó. Sin transformarse, se plantó firme, con los puños en guardia. Su mirada lo atravesó con una mezcla de orgullo y desafío.
Cell alzó una mano, preparando un ataque. El aire vibró a su alrededor. Vegeta tensó los músculos, listo para lanzarse hacia adelante…
—Sistema de simulación desactivado —anunció una voz metálica.
De repente, el campo de batalla desapareció, reemplazado por el frío metal de un recinto cerrado. Bulma inspiró hondo mientras manipulaba el panel de mando y el marcador luminoso descendió de golpe desde los 500G. Vegeta inspiró con fuerza, notando de inmediato cómo la presión que lo oprimía se disolvía de golpe.
Bulma retiró la mano del botón y habló al interfono.
—Ya está bien, Vegeta. Dijiste que hoy vendrías conmigo al teatro, ¿lo recuerdas? Han pasado muchos años desde la última batalla. El mundo está en paz, no necesitas esto cada día.
Vegeta permaneció en silencio unos instantes, aún de pie en el centro de la sala, con el pecho agitado. Por fin, su voz grave rompió el aire:
—La paz es una ilusión. Kakarot sigue entrenando, y yo no cometeré el error de quedarme atrás.
Bulma apoyó la frente en una mano y resopló.
—Sí, sí… lo que tú digas. Pero ahora te vas a duchar y te vienes conmigo al teatro, ¿entendido?
Vegeta cerró los ojos un instante y bufó con fastidio. Después relajó los puños.
—Hmph… Está bien. Pero que conste que lo hago porque insistes.
Bulma sonrió. Había ganado una batalla invisible.
—Por supuesto, príncipe. Como siempre.
La Tierra vivía días tranquilos. Cinco años habían pasado desde el 28º Torneo de Artes Marciales. En todo ese tiempo, no había surgido ninguna amenaza que inquietara a sus habitantes. Era una calma extraña, como si el mundo hubiese decidido olvidar lo que significaba el peligro.
En otra ala del edificio, Trunks trabajaba junto a su abuelo. El Dr. Brief, retirado pero incansable, seguía participando en proyectos clave. Abuelo y nieto ajustaban detalles del nuevo sistema de entrenamiento, mientras Bra, sentada sobre una caja de herramientas, los observaba con interés.
—Con estas mejoras, papá notará la diferencia —murmuró Trunks, sin apartar la vista del monitor.
Bra se dejó caer hacia atrás, apoyando las manos en la caja.
—Genial... Pero me pregunto contra qué monstruos horribles me hará luchar la próxima vez.
Mientras tanto, Goten abandonaba la universidad con un suspiro de alivio. El último examen del curso había terminado y las vacaciones de verano se extendían ante él como un horizonte abierto. Con una sonrisa de libertad recién estrenada, llamó a Kinton, que descendió desde las nubes con la misma viveza de siempre.
—¡Vamos, viejo amigo! —exclamó, saltando sobre la nube dorada.
El viento golpeaba su rostro cuando, a mitad de trayecto, un estruendo llamó su atención. Un deportivo negro se abría paso por la autopista a gran velocidad. A bordo, tres delincuentes custodiaban un botín de dinero robado mientras la policía les pisaba los talones. Desde el aire, un helicóptero intentaba cerrarles el paso… hasta que uno de los ladrones sacó un bazuca por la ventanilla trasera.
—¿En serio…? —bufó Goten.
El proyectil salió disparado contra el helicóptero. En un abrir y cerrar de ojos, Goten descendió en Kinton, se impulsó al aire y desvió el misil con una patada limpia, que explotó lejos en el cielo. Sin perder tiempo, giró en el aire y se lanzó en picado hacia el coche fugitivo.
Cayó con fuerza sobre el capó, hundiendo la carrocería. El vehículo chirrió, derrapó de lado y se detuvo en seco entre chispas y humo, dejando a los tres ladrones aturdidos en el interior.
Los policías se abalanzaron sobre los criminales mientras Goten, con gesto tranquilo, volvía a subirse en Kinton antes de que alguien le pidiera explicaciones.
Cuando la nube voladora se alzó en el aire, Goten se llevó una mano al bolsillo y envió un mensaje rápido:
'Me retraso un poco, ahora voy.'
En cuestión de minutos, una estela amarilla cruzó el cielo hasta la Capital del Oeste. Desde lo alto, Goten divisó el imponente edificio de Capsule Corporation, rodeado de jardines y cúpulas brillantes.
Trunks lo esperaba a la salida con aire confiado.
—Siempre llegas a lo grande, ¿eh?
—Je, claro —rió Goten, bajando de un salto—. Hay que aprovechar que Kinton todavía me acepta.
No tardaron en dirigirse a su café habitual, donde brindaron con bebidas heladas. Sus rostros adultos reflejaban la madurez de los años, aunque sus ojos conservaban el brillo de siempre.
—¡Por fin libre! —exclamó Goten—. Mi cerebro estaba a punto de derretirse.
—No te quejes tanto —rió Trunks—. Yo tengo que lidiar con proyectos que cambian el humor de mi padre. Créeme, eso es casi peor que un examen.
La charla derivó en lo cotidiano, pero no tardaron en retomar lo que siempre les unía.
—¿Sigues entrenando o ya te has oxidado? —preguntó Trunks, esbozando una mueca de reto.
—¿Oxidarme yo? —Goten rió, desafiante—. Tranquilo, aún me queda cuerda.
—Eso habrá que comprobarlo algún día —replicó Trunks, apoyando el codo en la mesa, desafiante—. Aunque si hablamos de entrenamientos… ¿Qué pasaría si tratáramos de hacer la fusión ahora mismo?
Goten casi se atraganta con la bebida.
—¡Ugh! —tosió, riendo—. ¿Y si acabamos convertidos en un saco de huesos o en un tonel con patas? ¡Bastante ridículo hicimos ya en su día!
—Je, y todo delante de Piccolo y el resto —añadió Trunks, conteniendo la risa—. Aunque reconócelo, cuando por fin lo conseguimos… éramos imparables.
—Sí… —murmuró Goten, con la mirada perdida un segundo—. Éramos realmente fuertes.
Trunks asintió, observando su vaso.
—Lástima que no fuera suficiente.
El silencio duró apenas un segundo, hasta que Goten lo rompió con una carcajada forzada.
—Bueno, ¡pero ahora somos adultos! ¡Quizá esta vez sí nos saldría perfecta a la primera!
Trunks arqueó una ceja, escéptico.
—¿Ah, sí? ¿Quieres apostar?
En la Kame House, Krilin disfrutaba de la calma con la Androide 18, mientras Marron paseaba junto a su tío el Androide 17 en la orilla, dejando huellas que el mar borraba una tras otra. La brisa, el sol y las risas componían una estampa de paz que Krilin valoraba más que cualquier tesoro.
Un poco más atrás, Mutenroshi descansaba en su hamaca. Sostenía una revista abierta, aunque apenas la miraba. Tras un largo bostezo, alzó la vista hacia Krilin.
—Sabes… deberías volver a raparte. Dieciocho sigue igual de joven y guapa que siempre, y esas canas no te hacen ningún favor.
Krilin rió por lo bajo, llevándose una mano a la cabeza.
—Supongo que tienes razón, maestro… pero ya estoy acostumbrado.
Dieciocho desvió la vista, sin molestarse en intervenir, como si la conversación no fuera con ella.
En Satan City, Mr. Satán avanzaba entre vítores durante la inauguración de un nuevo estadio en su honor. El público rugía su nombre, convencido de que el mundo seguía a salvo gracias a él. A pocos pasos, Mr. Buu caminaba feliz con un helado en cada mano, saludando a los niños con la inocencia de un gigante.
El campeón levantó el brazo con su pose habitual. A esas alturas, interpretar al héroe era tan natural como respirar.
—¡La paz del mundo sigue en buenas manos! —gritó, y los flashes lo envolvieron.
A su lado, Mr. Buu se deleitaba con sus helados, ajeno a todo cuanto ocurría.
—¡Buu! ¡Di algo para la prensa! —susurró Mr. Satán, manteniendo la sonrisa congelada.
—¡Satán es genial y la vainilla también! —respondió Mr. Buu, sin levantar la vista.
El público estalló en carcajadas. Mr. Satán bajó los hombros ligeramente, derrotado, pero terminó riendo con ellos.
En el Monte Paoz, la calma se sentía tensa. Pan lanzaba combinaciones de golpes en el patio, mientras Videl y Gohan discutían en voz baja cerca de la entrada.
—No deberías cortarle las alas, Gohan —decía Videl con firmeza—. Pan tiene un talento natural. Si quiere entrenar, deberíamos apoyarla.
—No me molesta que entrene —replicó Gohan, cruzado de brazos—. Pero el próximo año tendrá más responsabilidades. Si no empieza a tomarse los estudios en serio, luego le costará ponerse al día.
Pan, ajena a la conversación, descargó un último puñetazo con una sonrisa radiante.
En ese momento apareció Chi-Chi, con un gesto maternal pero firme.
—Ya está bien, vosotros dos. El equilibrio es lo más importante. Que entrene, sí, pero que también estudie. Una buena educación nunca debe faltar.
Gohan la miró, incrédulo, hasta que no pudo evitar estallar:
—¡¿Qué?! ¡Pero si tú no me dejabas entrenar ni un minuto cuando era niño!
Chi-Chi negó con la cabeza.
—Ay, Gohan, no seas tan dramático. Quizá fui dura, pero siempre te dejé respirar. Además… no hay que ser tan estrictos. Hacedme caso, sé de lo que hablo.
Videl soltó una carcajada, llevándose la mano a la boca para disimular. Gohan, con una mano sobre su frente, dejó escapar un soplo de aire.
Pan, sin enterarse de nada, se agachó a recoger su toalla, satisfecha por el entrenamiento.
Chi-Chi la observó con ternura.
—Mírala… tan responsable. Me recuerda a mí de joven.
El viento agitó las hojas del patio y la escena se detuvo en ese orgullo silencioso.
En el Palacio de Kamisama, Piccolo meditaba inmóvil. El viento acariciaba su capa mientras mantenía los ojos cerrados. La quietud de la Tierra lo mantenía alerta.
—Demasiada calma… —murmuró— y eso nunca es buena señal.
A pocos metros, Dende conversaba con Mr. Popo mientras cuidaban el jardín celestial.
—Estas flores eran las favoritas del anterior Kamisama —comentó Popo con un gesto amable, acariciando los pétalos.
Dende asintió, con una mirada serena.
Piccolo abrió un ojo, los observó unos segundos y luego volvió a sumirse en su concentración.
La paz envolvía la Tierra, pero más allá de su horizonte, quedaban huellas de algo que el tiempo no había logrado borrar del todo.