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El Mensaje De Los Enviados

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Sinopsis

¿Qué harías si fueras hijo de un Dios? Los hijos de los enviados se enfrentan a esa pregunta constantemente, y cada uno ha tomado un camino diferente. Algunos luchan por el futuro de su especie; otros desafían los límites del espacio y el tiempo. Hay quienes roban identidades, quienes descubren el amor y el sufrimiento, quienes lo pierden todo y quienes parecen tenerlo todo. Sus historias cobran vida a través de relatos acompañados por canciones originales que pueden escucharse en YouTube, en el canal A.S. Historias o buscando el título del libro. El Mensaje de los Enviados es la última entrega de la saga Los Enviados, aunque puede leerse de forma independiente. No es una lectura ligera ni una fantasía convencional: es una historia compleja, llena de personajes, misterios y conexiones que se extienden a través del tiempo. La recomiendo especialmente a quienes ya leyeron El Día que un Dios Nació o Viajes sin Destino y desean descubrir qué ocurrió después, aunque también puede ser el punto de partida para nuevos lectores dispuestos a sumergirse en este universo. A pesar de su extensión, el libro está compuesto por varias historias interconectadas, lo que hace que la lectura sea dinámica y adictiva.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Alien_S
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Hay algo inquietante y, al mismo tiempo, profundamente reconfortante en ser hijo de un dios. No es una sensación simple ni uniforme; no se limita a la idea superficial de poder o privilegio, sino que se instala en lo más profundo de la identidad, como una raíz imposible de arrancar. Es crecer sabiendo, sin necesidad de que nadie lo repita, que tu existencia no es producto del azar, que no eres el resultado de un cruce fortuito entre destinos desconocidos. Desde antes incluso de comprender el mundo, ya cargas con una verdad absoluta: fuiste querido antes de ser, pensado antes de existir, diseñado con un propósito que te precede y que, inevitablemente, te sobrevivirá. Tu nombre no es una elección estética ni un gesto de afecto; es una sentencia. “Esperanza del futuro”. No hay ambigüedad en esas palabras, no hay espacio para la interpretación. Son un mandato.

Y vivir con un mandato inscrito en la propia esencia transforma todo.

Spe Futuro nunca tuvo un momento exacto en el que “descubrió” que era especial, porque para él no fue un descubrimiento, sino una constante. Una presencia silenciosa que lo acompañaba en cada gesto, en cada pensamiento, en cada duda que no terminaba de tomar forma. No era arrogancia lo que sentía, ni tampoco orgullo en el sentido más simple de la palabra. Era, más bien, una especie de conciencia perpetua, una lucidez que a veces rozaba lo incómodo. Sabía que había algo distinto en él, algo que lo separaba incluso cuando intentaba acercarse. Y esa diferencia no siempre se manifestaba en grandeza; a veces lo hacía en forma de distancia, de una leve imposibilidad de encajar del todo en aquello que lo rodeaba.

No estaba solo en esa condición. Los otros hijos de los enviados compartían, en mayor o menor medida, esa misma marca invisible que los distinguía del resto. Eran observados, medidos, nombrados. Al principio, el mundo los recibió con una mezcla de asombro y expectativa, como si cada uno de ellos fuera una promesa a punto de cumplirse. “La primera generación”, los llamaron, y en ese título había un dejo de respeto, incluso de reverencia. Eran los pioneros de algo que nadie terminaba de comprender del todo, pero que todos intuían importante.

Sin embargo, el tiempo tiene una forma particular de erosionar la admiración cuando las respuestas no llegan con la rapidez esperada.

Las expectativas comenzaron a transformarse en dudas, y las dudas, en murmullos. “La generación de prueba”, empezaron a decir algunos, con un tono que ya no ocultaba cierta distancia, cierta necesidad de marcar una diferencia entre ellos y aquello que observaban. Como si fueran un experimento aún inconcluso, una etapa transitoria hacia algo mejor, más perfecto, más digno de admiración. Y finalmente, como ocurre siempre cuando la decepción encuentra voz, surgieron los nombres más crueles, aquellos que no buscan describir sino herir: “los fallados”.

Spe escuchó esos nombres. No una sola vez, ni de una sola boca. Llegaban en susurros que parecían desvanecerse antes de ser confrontados, en miradas que se apartaban con rapidez, en silencios demasiado prolongados como para ser casuales. Y aunque nunca permitió que esas palabras lo definieran, tampoco pudo ignorarlas por completo. Se quedaban, de alguna manera, suspendidas en su mente, como ecos lejanos que no desaparecen del todo. No porque creyera en ellas, sino porque comprendía el peso que podían tener sobre otros.

Porque no todos estaban hechos para resistir el juicio con la misma entereza.

Algunos de su generación comenzaron a mirarse a sí mismos a través de esas palabras, a medir su valor en función de expectativas ajenas, a preguntarse, en la soledad de pensamientos que no compartían con nadie, si realmente eran lo que se suponía que debían ser. Y en ese proceso, algo comenzó a cambiar. No de forma brusca ni evidente, sino lenta, casi imperceptible, como una grieta que se extiende sin hacer ruido hasta que, un día, resulta imposible ignorarla.

Spe observaba todo eso con una mezcla de distancia y preocupación. No se sentía superior, pero tampoco completamente vulnerable a ese mismo desgaste. Había en él algo que lo anclaba, algo que lo sostenía incluso cuando las dudas intentaban filtrarse. Y ese algo tenía un nombre.

Virindia.

Si había alguien completamente ajeno a las voces del mundo, alguien incapaz de dudar de lo que había creado, era él. Desde el primer instante en que sus miradas se cruzaron, hubo una certeza que no necesitó explicación ni justificación. No fue un reconocimiento grandilocuente ni una revelación cargada de dramatismo; fue algo más profundo, más silencioso, más definitivo. Virindia no vio en Spe un resultado que debía ser evaluado ni una creación sujeta a juicio. Vio un cierre. Una culminación largamente esperada. Un punto final que, paradójicamente, también marcaba un comienzo.

Durante incontables ciclos, Virindia había avanzado guiado por una misión. Había tomado decisiones, había creado, había perdido, había continuado. Su existencia había estado definida por ese movimiento constante hacia un objetivo que, aunque claro en su forma, nunca había logrado llenar completamente el vacío que lo acompañaba. Cumplir con su propósito era necesario, pero no suficiente.

Porque había algo más.

Un deseo que no respondía a ninguna obligación, que no estaba ligado a ninguna expectativa externa, que no formaba parte de ningún plan mayor. Un deseo que, en su naturaleza más pura, era profundamente personal: ser padre.

No en el sentido funcional, no como un rol que se cumple o una responsabilidad que se asume, sino como una experiencia completa, absoluta, sin fisuras. Virindia había sido padre antes, sí. Más de una vez. Había protegido, había guiado, había acompañado. Pero siempre había existido una distancia, una frontera invisible que lo separaba de esos vínculos. Eran reales, pero no nacían de lo más íntimo de su ser. Eran relaciones construidas, no originadas.

Spe era distinto.

Desde antes de existir, ya lo era.

Para traerlo al mundo, Virindia no recurrió únicamente a su poder ni a las formas habituales de creación divina. Podría haberlo hecho. Habría sido sencillo, incluso esperado. Pero eligió otro camino. Uno más antiguo, más simbólico, más cargado de significado. Entendió, quizá de una manera que pocos dioses llegan a comprender, que crear vida no es solo un acto de voluntad, sino también un acto de entrega.

Y así, ofreció una parte de sí mismo.

No una fracción cualquiera, no algo reemplazable o carente de importancia, sino una costilla. Un fragmento de su propia estructura, de su propia forma. Un gesto que trascendía lo físico, que hablaba de una intención clara: Spe no sería simplemente una creación más. Sería alguien que llevaría en su interior una parte real de su origen.

El acto no fue indoloro. No podía serlo. Y quizás ahí radicaba su verdadero valor.

Porque de esa pérdida nació algo que no podía ser replicado de otra manera.

Spe no fue un reflejo perfecto de Virindia, ni una extensión destinada a imitarlo. Fue algo nuevo. Algo que contenía en su esencia la chispa de lo divino, pero también la vulnerabilidad de aquello que ha sido creado a partir de un sacrificio. Y esa dualidad lo definía incluso antes de que pudiera comprenderla.

Virindia lo supo desde el principio.

Lo sostuvo no como quien observa una obra terminada, sino como quien reconoce, en ese pequeño ser, la materialización de todo aquello que alguna vez deseó sin atreverse a nombrarlo. En Spe no solo había cumplido con su misión. Había alcanzado algo que ninguna misión podía ofrecerle.

Había encontrado un sentido que no dependía del destino.

Y Spe, sin saberlo aún, creció bajo esa mirada.

Sin embargo, incluso con esa certeza como ancla, había algo en su interior que no podía ignorar.

Porque llevar un nombre como el suyo no es solo un honor.

También es una carga.

Y tarde o temprano, esa carga exige ser enfrentada.

El niño era, sin lugar a dudas, una preciosura. No de esas bellezas llamativas que buscan imponerse, sino de una que se revela de a poco, que se instala con suavidad en la mirada hasta volverse imposible de ignorar. Su cabello, castaño oscuro, caía en ondas desordenadas que parecían haber sido moldeadas por una brisa caprichosa más que por la mano de alguien que intentara peinarlo. Había algo indómito en esos mechones, una especie de libertad temprana que contrastaba con la quietud casi solemne de su expresión. Sus ojos, de un celeste profundo y limpio, capturaban la luz de una manera particular, como si no solo reflejaran el mundo, sino que lo interpretaran, como si detrás de ellos ya existiera una comprensión incipiente de aquello que aún no podía nombrar.

En sus facciones se adivinaba con claridad la huella de Custo Tempes, el dios del tiempo, una presencia que no se manifestaba solo en lo físico, sino también en una cierta cualidad difícil de definir. Había en el niño algo que parecía desfasado, como si habitara el instante de una manera distinta, como si no estuviera completamente sujeto al fluir común de las cosas. Custo, el único hijo varón adoptivo de Virindia, había dejado en él más que un legado visible; había dejado una impronta silenciosa, una especie de eco que se percibía en los pequeños gestos, en la forma en que su mirada se detenía apenas un segundo más de lo esperado, en la manera en que parecía escuchar incluso lo que no era dicho.

Pero si esa herencia resultaba evidente, también lo era la complejidad que la acompañaba.

La relación entre Virindia y Custo Tempes nunca había sido sencilla, aunque en sus inicios hubiera estado marcada por una cercanía sincera. Con el paso del tiempo, aquello que alguna vez los unió comenzó a desgastarse, no por un único evento ni por una ruptura abrupta, sino por una acumulación de diferencias que, poco a poco, se volvieron imposibles de ignorar. Sus creencias, sus formas de comprender el mundo, incluso sus maneras de asumir el peso de lo que eran, empezaron a divergir hasta crear entre ellos una distancia que no siempre se nombraba, pero que estaba presente en cada intercambio, en cada silencio prolongado, en cada palabra medida con más cuidado del necesario.

Virindia nunca dejó de ver a Custo como su hijo, pero hubo momentos en los que esa certeza parecía enfrentarse a una realidad más compleja. Porque el afecto, por profundo que sea, no siempre logra sostenerse intacto cuando las visiones del mundo chocan de forma constante. Y en ese espacio intermedio, donde el vínculo persiste pero se resiente, es donde comienzan a surgir las preguntas que nadie quiere formular en voz alta.

¿Qué ocurre cuando aquello que amas no es lo que esperabas?

¿Y qué ocurre cuando entiendes que no puedes cambiarlo?

Spe Futuro apareció, de alguna manera, en medio de esa grieta.

No como un reemplazo, porque ni siquiera Virindia, en lo más oculto de sus pensamientos, habría reducido su propia creación a algo tan simple. Pero sí como una forma de compensación silenciosa, casi inconsciente, como si en él se concentrara todo aquello que no había podido construir con Custo. No se trataba de una corrección ni de un intento de rehacer lo que ya existía, sino de una oportunidad distinta, una que no estuviera atravesada por las mismas tensiones, por los mismos desacuerdos que habían marcado su relación anterior.

En Spe, Virindia encontró una posibilidad que no requería imposición.

Porque con Custo, en más de una ocasión, había deseado moldear, guiar, incluso corregir aspectos que escapaban a su control. No desde la tiranía, sino desde una necesidad profunda de ver reflejado en él algo que nunca terminó de aparecer. Pero el tiempo, irónicamente, le había enseñado que hay voluntades que no pueden ser forzadas sin romper aquello que las sostiene. Y Custo, siendo quien era, nunca habría permitido ser convertido en algo que no sentía propio.

Con Dei, la situación había sido aún más lejana.

Ni siquiera había existido el espacio para proyectar ese tipo de anhelo. Lo que fuera que había habido allí, si es que había habido algo, pertenecía a un terreno distinto, uno donde las expectativas no habían llegado a tomar forma, donde lo que pudo haber sido quedó suspendido en un lugar al que Virindia rara vez volvía, no por falta de memoria, sino por una elección consciente de no detenerse en aquello que no podía cambiar.

Spe, en cambio, no arrastraba ese pasado.

Era nuevo. Completamente nuevo.

Y en esa novedad había una pureza que resultaba casi peligrosa, porque invitaba a depositar en él todo aquello que no había encontrado lugar antes. Virindia lo sabía, incluso si no lo admitía en palabras. Sabía que debía tener cuidado, que no podía convertir a Spe en el recipiente de sus propias expectativas no cumplidas. Pero también sabía que, inevitablemente, algo de eso ocurriría.

Porque amar también implica proyectar.

La diferencia, quizás, estaba en que con Spe no sentía la necesidad de imponer. No había en él esa resistencia que había encontrado en Custo, esa firmeza que se oponía a cualquier intento de ser definido desde afuera. En el niño, al menos por ahora, todo era apertura. Todo era posibilidad.

Y eso, más que cualquier otra cosa, era lo que lo volvía tan especial.

No solo por lo que era, sino por lo que aún podía llegar a ser.

Virindia cuidó a Spe con algo que iba mucho más allá del simple acto de proteger; lo hizo con su propia alma, con cada fragmento de su existencia puesto al servicio de ese pequeño ser que acababa de llegar al mundo. No hubo distancia entre creador y creación, no hubo un instante en el que se permitiera observarlo con desapego. Desde el momento mismo en que Spe existió, Virindia se volcó por completo en él, como si en ese gesto se jugara algo más profundo que el cumplimiento de un deseo, como si su propia esencia encontrara, por fin, una dirección clara en la cual expandirse.

Apenas lo creó, cuando aún la fragilidad del niño parecía casi incompatible con la inmensidad de todo lo que representaba, Virindia lo envolvió con cuidado en su propio abrigo. No fue un gesto casual ni práctico, sino íntimo, casi simbólico. Aquel abrigo, impregnado de su presencia, de su calor, de todo lo que él era, se convirtió en la primera protección de Spe frente al mundo. Lo sostuvo contra sí mientras avanzaba, con una calma medida pero firme, hasta la cabaña que había preparado con anticipación, como si desde antes de su existencia ya hubiera sabido que ese momento llegaría.

La cabaña no era ostentosa, pero en su sencillez había una dedicación evidente. Cada elemento parecía haber sido dispuesto con una intención clara, con un cuidado que hablaba de tiempo invertido y de una espera silenciosa. En el centro, una cuna de madera aguardaba al niño. No era una cuna cualquiera: las terminaciones talladas a mano recorrían sus bordes con formas orgánicas, casi vivas, como si la propia madera hubiera querido participar en aquel acto de bienvenida. Las mantas, suaves y cuidadosamente acomodadas, parecían conservar aún el calor de unas manos que las habían dispuesto una y otra vez, asegurándose de que todo estuviera listo.

Allí depositó a Spe, con una delicadeza que contrastaba con la magnitud de su ser. En ese gesto no había prisa ni duda, solo una atención absoluta, como si cada movimiento debiera ser perfecto. Y en ese espacio contenido, lejos del ruido del mundo y de las miradas ajenas, comenzó algo mucho más profundo que la simple crianza.

Lo alimentó, no solo en el sentido físico, sino en todo aquello que permite crecer de verdad. Cada cuidado estaba impregnado de una intención clara: que Spe fuera el hijo de un dios, sí, pero también que fuera completo. Que su crecimiento no estuviera marcado únicamente por lo que debía llegar a ser, sino también por lo que podía sentir, comprender y valorar.

Con el paso del tiempo, cuando la fragilidad inicial comenzó a transformarse en una presencia más firme, Virindia empezó a enseñarle aquello que consideraba esencial. No recurrió a discursos grandilocuentes ni a lecciones impuestas; sus enseñanzas se manifestaban en gestos, en momentos compartidos, en silencios que hablaban tanto como cualquier palabra.

Le enseñó a amar a la tierra.

No como una idea abstracta ni como un deber impuesto, sino como una relación viva, tangible. Lo llevaba a sentirla bajo sus pies, a reconocer sus ritmos, a observar cómo cada ciclo se repetía sin ser nunca exactamente igual. Le mostró la paciencia de las estaciones, la forma en que la vida se abre paso incluso en las condiciones más adversas, la manera en que todo lo que existe está, de alguna forma, conectado.

Le enseñó a agradecer.

No de manera ritual ni vacía, sino desde una comprensión genuina. Cada fruto que la tierra ofrecía no era simplemente tomado; era recibido. Había en ese acto una pausa, un reconocimiento silencioso de que nada de eso era casual, de que cada pequeño regalo formaba parte de un equilibrio mayor. Spe aprendió, poco a poco, a ver más allá de lo inmediato, a entender que incluso aquello que parecía simple estaba cargado de significado.

Y en esa forma de enseñar, Virindia no solo moldeaba el crecimiento de Spe, sino que también se transformaba a sí mismo. Porque en cada gesto, en cada cuidado, en cada enseñanza compartida, reafirmaba algo que ya intuía desde el principio: que criar no es solo formar a otro, sino también descubrir nuevas formas de existir a través de ese vínculo.

Así, en la quietud de la cabaña y en la vastedad de la tierra que los rodeaba, Spe comenzó a crecer. No solo como el hijo de un dios, no solo como la “Esperanza del futuro”, sino como alguien que, desde sus primeros pasos, aprendía a mirar el mundo con una mezcla de asombro, respeto y una sensibilidad que, aunque aún incipiente, prometía definir todo lo que vendría después.

Spe creció bajo la mirada constante del tiempo, como si cada año no solo lo acercara a una nueva etapa, sino que también revelara con mayor claridad aquello que llevaba inscrito en su esencia. Con el paso de las estaciones, su apariencia comenzó a definirse con una precisión cada vez más evidente, y en ella se hacía imposible ignorar la huella de Custo Tempes. No era un parecido superficial ni circunstancial; era una repetición casi inevitable de ciertos rasgos, como si el tiempo mismo se hubiera encargado de esculpir en él una imagen que evocaba, de forma persistente, a quien había marcado su origen visible. Su rostro, sus gestos, incluso la manera en que su mirada parecía demorarse en las cosas, todo en él hablaba de esa conexión, de ese eco que no podía negarse.

Sin embargo, ahí donde la apariencia parecía insistir en una continuidad, su interior se encargaba de trazar una diferencia clara, firme, imposible de diluir. Porque Spe no era una extensión de Custo, ni una repetición destinada a ocupar su lugar. Había en él una individualidad que no tardó en manifestarse, una forma propia de percibir el mundo que no respondía ni a las expectativas ni a los antecedentes que lo rodeaban. Creció con la libertad, quizás inconsciente, pero profundamente real, de no ser aquello que otros habían sido antes que él.

No heredó la destreza de Virindia como carpintero, esa capacidad casi instintiva de transformar la materia en algo útil, sólido, duradero. La madera, en sus manos, no cobraba forma con la misma facilidad, no respondía a su tacto como lo hacía con su padre. Tampoco siguió los pasos de Custo Tempes en el terreno de la invención, en esa inclinación por alterar, crear y manipular las estructuras de lo existente. Donde otros veían mecanismos, posibilidades técnicas o construcciones complejas, Spe parecía percibir algo distinto, algo menos tangible pero no por ello menos real.

Porque su naturaleza encontraba su lugar en otro tipo de creación.

Era, sin lugar a dudas, un artista nato.

No en el sentido grandilocuente o evidente, sino en una forma más íntima, más silenciosa, casi ritual. Su relación con el mundo no pasaba por la construcción ni por la innovación, sino por la transformación sensible de lo que ya existía. Encontraba en los pequeños elementos, en aquello que muchos habrían considerado insignificante, una riqueza que lo fascinaba. Pétalos caídos, fragmentos de flores que otros habrían dejado atrás sin detenerse, se convertían en su materia prima.

Los observaba con atención, como si cada uno guardara un secreto propio. No los tomaba al azar; los elegía. Había en ese gesto una intención clara, una búsqueda de armonía que no respondía a reglas aprendidas, sino a una intuición profunda que parecía guiarlo sin esfuerzo. Los mezclaba, los combinaba, los trituraba con paciencia, permitiendo que sus colores se fundieran, se transformaran, se volvieran algo nuevo.

Y de ese proceso nacían tonalidades que no parecían pertenecer del todo al mundo natural.

Colores vivos, intensos, pero también delicados, imposibles de describir con exactitud. Había en ellos una belleza que no solo se veía, sino que se sentía, como si cada mezcla contuviera algo más que pigmento, como si en esos matices se filtrara una emoción, una forma de percibir la realidad que no necesitaba palabras para expresarse.

Spe no buscaba impresionar ni demostrar nada. Su arte no era una respuesta a expectativas externas, ni un intento de validación. Era, simplemente, una extensión de lo que era. Una forma de existir.

Y en ese acto aparentemente simple, en ese juego de colores nacidos de pétalos olvidados, se revelaba algo esencial: que no toda grandeza necesita imponerse, que no todo legado se continúa repitiendo lo que vino antes. A veces, lo verdaderamente significativo surge en la diferencia, en la capacidad de tomar lo heredado y transformarlo en algo completamente nuevo.

Así, mientras su rostro recordaba cada vez más a Custo Tempes, su esencia se alejaba con la misma fuerza, definiéndose en un camino propio, uno que no respondía ni al pasado ni a las expectativas, sino a una sensibilidad única que, con el tiempo, prometía dejar una marca tan profunda como cualquier otra forma de creación.

—¿Cuánto tiempo suele tardar esto? —preguntó Passer, acomodándose con cierta elegancia descuidada junto a una canasta de frutas, como si no terminara de decidir si formaba parte de la escena o si simplemente había caído en ella por accidente.

El aire a su alrededor parecía más liviano, casi brillante, y Spe no necesitaba levantar la vista para saber que estaba allí. Aun así, no respondió de inmediato. Permaneció concentrado, el ceño levemente fruncido, los dedos manchados de color sosteniendo con precisión aquello que utilizaba para pintar. Sus ojos recorrían la escena frente a él con una atención casi obsesiva, como si no estuviera mirando lo que había, sino intentando descubrir lo que aún no se revelaba del todo. La luz, en particular, parecía resistirse a ser capturada, deslizándose entre formas y colores con una sutileza que exigía paciencia.

—El arte no entiende de tiempos —murmuró finalmente, sin apartar la mirada de su trabajo.

Passer frunció el ceño, no tanto por la respuesta en sí, sino por la forma en que había sido dicha, como si encerrara algo más que una simple afirmación. Había en Spe una manera de hablar que siempre dejaba la sensación de que lo evidente no era lo importante.

A su criterio, aunque jamás lo habría expresado con esa ligereza, Passer era la más preciosa de todas las hijas de enviados. No se trataba solo de su cabello, de ese rubio platinado que rozaba lo blanco y caía en ondas suaves hasta enmarcar su figura, ni de sus ojos celestes, claros y luminosos, que parecían reflejar un cielo perpetuamente despejado. Tampoco era únicamente su rostro, delicado hasta lo irreal, con una armonía que fácilmente podría haber sido llamada perfecta. Había algo más, algo difícil de nombrar, una presencia que se imponía sin esfuerzo, como si la belleza no fuera algo que poseía, sino algo que la rodeaba.

—Debe ser por eso que no entiendo el arte —comentó ella, aún con el ceño fruncido, aunque ahora había en su tono una mezcla de ironía y genuina curiosidad.

Spe dejó escapar una leve exhalación, casi imperceptible, como si aquella respuesta hubiera sido esperada. Su mano continuó moviéndose con precisión, agregando detalles mínimos que, sin embargo, transformaban por completo lo que estaba construyendo.

—Piénsalo diferente —dijo con calma—. ¿Entiendes la belleza?

Passer lo miró por un momento, evaluando la pregunta, como si no fuera tan simple como parecía.

—Entiendo lo que yo considero bello —respondió finalmente, con una honestidad que no intentaba adornarse.

Spe asintió apenas, como si esa fuera exactamente la respuesta que necesitaba.

—El arte, como yo lo entiendo, es realzar esa belleza... comunicarla —explicó, mientras su atención seguía dividida entre sus palabras y la pintura—. Pero no me malinterpretes. Hay belleza incluso en los actos más horrendos, en el sufrimiento más puro. Las lágrimas pueden ser como diamantes deslizándose por un rostro, la sangre puede recordar a pétalos de rosas marcando la piel con su tono carmín. El dolor, con el tiempo, puede revelar versiones más fuertes de quienes lo atraviesan, y en la violencia, muchas veces, es donde más brillan aquellos que la rechazan.

Su voz no se volvió más intensa ni más dramática; al contrario, mantuvo una calma casi inquietante, como si describiera algo natural, inevitable.

—El arte ve todo eso —continuó—. Ve el amor, las personas, las almas, las situaciones... y las transforma en algo que cualquiera puede observar, pero que solo quienes lo han vivido realmente pueden reconocer.

Hizo una pausa breve, no para pensar, sino para ajustar un detalle mínimo en el lienzo, como si ese gesto también formara parte de la explicación.

—Por ejemplo —añadió—, podría pintar o escribir sobre lo frustrante que es el paso del tiempo. Saber que nunca podré observar el pasado, que siempre quedará fuera de mi alcance. Y por más hermoso que te parezca ese concepto... nunca podrías entenderlo del todo.

Cuando Passer se inclinó levemente para mirar por encima del lienzo, su expresión había cambiado por completo. La confusión inicial había sido reemplazada por algo más cercano al asombro, como si no estuviera segura de haber comprendido todo, pero sí de haber percibido la profundidad de lo que acababa de escuchar.

—Pasas demasiado tiempo pensando, ¿cierto? —preguntó, con una mezcla de sorpresa y ligera incredulidad.

Spe negó suavemente, y por primera vez en toda la conversación, una leve sonrisa apareció en su rostro, apenas insinuada, pero suficiente para suavizar la concentración que lo había dominado hasta ese momento.

—El tiempo pasa demasiado rápido cuando no pensamos —respondió—, y demasiado lento cuando pensamos en que pasa rápido.

Passer lo observó unos segundos más, como si intentara decidir en qué lugar ubicarlo dentro de su comprensión del mundo. Finalmente, soltó una pequeña risa, sincera, aunque cargada de desconcierto.

—Hay algo en la forma en que hablas que siempre me hace pensar que eres un genio... o un farsante.

Y, por un instante, pareció no importarle cuál de las dos opciones era la correcta.

Passer era la hija de Custo Tempes y, pese a todo aquello que los separaba, su padre continuaba siendo cercano a Virindia. No era una cercanía simple ni exenta de tensiones, pero persistía, como esas uniones que se resisten a romperse incluso cuando las grietas resultan evidentes. Por eso, entre todos los hijos de los enviados, Passer ocupaba un lugar distinto para Spe. No necesariamente privilegiado en términos de poder o reconocimiento, sino en algo más cotidiano, más constante: la proximidad. Era, sin duda, la más cercana.

Todos se conocían. Habían crecido bajo la sombra de nombres demasiado grandes como para ignorarlos, observándose unos a otros desde la distancia antes incluso de cruzar palabra. Pero ese conocimiento nunca fue limpio. Nunca fue neutral. Cada uno de ellos llegaba al encuentro con una imagen previa del otro, moldeada por lo que sus padres habían dicho o decidido callar. Eran ideas heredadas, juicios incompletos, advertencias disfrazadas de consejo. Así, antes de que existiera un vínculo real, ya existía una interpretación.

Y esas interpretaciones rara vez eran amables.

Spe lo sabía. Lo había sentido desde el principio, incluso antes de entenderlo por completo. Había en él un rechazo silencioso hacia los demás, una resistencia que no siempre podía justificar con palabras, pero que estaba ahí, firme, persistente. Les guardaba rencor. A todos.

A todos menos a Passer.

Nunca terminó de comprender del todo por qué. Quizás era la forma en que lo miraba, sin esa carga invisible que parecía acompañar al resto. Quizás era la claridad de sus ojos, ese celeste limpio que no parecía ocultar nada, que no buscaba medirlo ni compararlo. Había en ella algo que no despertaba defensa, algo que desarmaba, aunque fuera de manera sutil. Y Spe, incluso en su silencio, lo reconocía.

Pero el rencor que sentía hacia los otros no era simple odio.

Era, en el fondo, envidia.

Las pocas veces que los había visto en acción habían sido suficientes para dejar una marca profunda. No eran demostraciones constantes ni exhibiciones abiertas; eran destellos, momentos breves en los que aquello que cada uno era capaz de hacer se revelaba con una claridad imposible de ignorar. Y en esos instantes, Spe no veía compañeros, ni iguales.

Veía todo lo que él no era.

Veía la magia rosada de Circle, vibrante y casi hipnótica, desplegándose con una naturalidad que parecía desafiar cualquier lógica. Había en esa energía una belleza inmediata, evidente, algo que capturaba la atención sin esfuerzo, como si estuviera hecha para ser vista, para ser admirada.

Veía los poderes de Electus, raros, inestables en su frecuencia, pero absolutamente innegables en su magnitud. No eran dones que se manifestaran constantemente, pero cuando lo hacían, dejaban en claro que existía en ella algo fuera de lo común, algo que no necesitaba repetirse para ser temido o respetado.

Veía a Noctis, y con él, el silencio cargado de incomodidad que lo rodeaba. No hacía falta que actuara para imponer su presencia; el simple hecho de estar allí era suficiente para alterar el ambiente. El miedo que despertaba en los demás no era exagerado ni infundado. Era real. Y eso lo volvía aún más contundente.

Veía las alas de Amare y Divi, abiertas con una seguridad casi arrogante, como si el hecho de poseerlas fuera en sí mismo una afirmación de superioridad. No eran solo un rasgo físico, eran un símbolo, una declaración visible de algo que los distinguía sin necesidad de palabras.

Y luego estaba Passer.

Spe intentaba, en más de una ocasión, negarlo incluso ante sí mismo. Reducirlo, restarle importancia, esconderlo bajo cualquier otra emoción más fácil de aceptar. Pero no podía.

El poder de Passer no era algo que pudiera ignorarse.

No se manifestaba con el mismo espectáculo que otros, ni con la misma carga intimidante, pero tenía algo que lo hacía aún más inquietante.

Passer podía viajar en el tiempo.

La simple idea era suficiente para quebrar cualquier intento de comparación. No se trataba de fuerza, ni de control, ni de presencia. Era algo más profundo. Más absoluto. Algo que trascendía incluso aquello que Spe más deseaba comprender.

Porque el tiempo no era algo que pudiera tocarse.

No era algo que pudiera mezclarse, como los colores que él creaba con paciencia y detalle. No era algo que pudiera observar desde distintos ángulos hasta entenderlo.

El tiempo simplemente era.

Y ella podía atravesarlo.

Cada vez que pensaba en eso, algo en su interior se tensaba. No era solo admiración, ni siquiera solo envidia. Era una sensación más compleja, más difícil de nombrar. Porque en ese poder había una respuesta a una de sus mayores frustraciones: la imposibilidad de ver lo que ya había pasado, de acceder a aquello que siempre quedaría fuera de su alcance.

Y, sin embargo, no podía odiarla.

No a ella.

Porque incluso frente a todo eso, frente a todo lo que representaba, Passer seguía siendo la única entre ellos cuya mirada no lo hacía sentir menos.

—Papá... ¿por qué no pudiste darme poderes como los de los demás? —había preguntado Spe una vez, casi sin levantar la mirada del plato, como si la pregunta hubiera estado demasiado tiempo en su cabeza y, al salir, ya no pudiera sostener el peso de enfrentarla de lleno.

La cena transcurría en una calma que, hasta ese momento, parecía natural. La madera de la mesa aún conservaba el calor de los alimentos, y la luz tenue envolvía la escena con una tranquilidad casi engañosa. Virindia no respondió de inmediato. Su silencio no fue vacío, sino contenido, como si eligiera con cuidado cada palabra antes de permitirle existir.

—Tienes cualidades mucho más destacables —murmuró al fin, con un tono bajo, medido, que dejaba entrever que aquella no era una conversación que deseara tener.

Spe alzó la vista entonces, y en su expresión no había duda, sino incredulidad.

—¿Más destacables que ser una bestia invencible o poder hacer lo que quiera con solo pensarlo? —replicó, y su voz, aunque no elevada, llevaba una tensión evidente—. ¿Mejores que viajar en el tiempo?

Las palabras no eran solo preguntas; eran comparaciones, acumuladas una sobre otra, como si necesitara poner en evidencia lo que para él resultaba obvio. Virindia lo observó en silencio por un instante, como si midiera no solo lo que había dicho, sino todo aquello que quedaba implícito detrás.

—Tu poder yace en tu mente —aclaró finalmente—. Nunca te confiarás. El hecho de estar en desventaja te hará más astuto que ellos. Y tu fuerza no reside en tu individualidad, sino en los demás humanos.

Spe dejó escapar una pequeña risa, breve, seca, más cercana al sarcasmo que a cualquier otra emoción.

—Es decir... que necesitamos diez humanos para combatir al más débil de los suyos.

Virindia frunció el ceño de inmediato, y esta vez su reacción fue más rápida, menos contenida.

—¿Combatir? —repitió, con una preocupación que no intentó ocultar—. ¿Quién habló de un combate?

Spe lo miró fijamente, y por un momento pareció más adulto de lo que era, como si en su forma de razonar hubiera algo que no correspondía a su edad.

—Ustedes tuvieron... diferencias siendo solo ocho —dijo, eligiendo la palabra con una precisión que no era casual—. No sería una sorpresa que pase lo mismo entre cientos o miles. No seré el único en notar esta desventaja.

El silencio que siguió no fue tranquilo. Se volvió denso, incómodo, como si el aire mismo se hubiera cargado de algo difícil de atravesar. Virindia apartó la mirada apenas un instante antes de volver a fijarla en su hijo, y cuando habló, su voz ya no tenía la misma calma.

—Qué forma tan desagradable y malagradecida de pensar —sentenció, con una firmeza que no dejaba lugar a discusión—. Aunque sean diferentes, todos ellos son tus hermanos. Todos ustedes son hijos del destino, de una forma u otra.

Spe apretó ligeramente la mandíbula. Había algo en esas palabras que no le resultaba suficiente, que no lograba calmar lo que llevaba dentro.

—Entonces... ¿deberíamos rezarle al destino? —murmuró, y ahora sí, su enojo era evidente—. ¿O deberíamos agradecer por lo que le sucedió a Angelia?

El golpe resonó antes de que el silencio pudiera responder. Virindia había llevado su mano contra la mesa con una fuerza que hizo vibrar la madera, quebrando por completo la aparente calma que aún quedaba en la escena.

—Se terminó esta conversación...

Su voz no fue un grito, pero tuvo el peso suficiente para imponerse. Sin embargo, cuando levantó la vista hacia Spe, encontró algo que no esperaba del todo: desafío. No un arrebato impulsivo, sino una firmeza sostenida, una mirada que no retrocedía.

Virindia lo observó unos segundos más, y en su expresión se filtró algo distinto, algo más complejo que el enojo.

—¿Sabes? —dijo finalmente, con un tono que había perdido parte de su dureza, pero no su carga—. Quizás te pareces demasiado a Custo.

La frase quedó suspendida entre ellos, y por un instante, todo pareció detenerse.

Spe no apartó la mirada.

—Soy su reemplazo, después de todo... ¿cierto?

No hubo respuesta inmediata. De hecho, no hubo respuesta en absoluto. El silencio de Virindia, esta vez, fue más elocuente que cualquier palabra. Y en ese silencio, Spe encontró una confirmación que no necesitaba ser pronunciada.

Desvió la mirada apenas, como si no quisiera sostener más tiempo aquello que acababa de entender, pero su voz no perdió firmeza.

—Como Passer es el reemplazo de Angelia —añadió, más bajo, pero igual de claro—. Quizás por eso somos tan amigos...

La frase no buscaba provocar, pero tampoco evitaba hacerlo. Y al pronunciarla, algo cambió en el aire, como si aquello que hasta entonces había sido una sospecha silenciosa acabara de adquirir forma.

Ninguno de los dos volvió a hablar.

Pero lo que había quedado dicho, de una manera u otra, ya no podía deshacerse.

Amistad era una palabra demasiado pequeña, demasiado simple, para abarcar aquello que comenzaba a crecer entre Spe y Passer. No era un vínculo fácil de encasillar, ni una relación que pudiera describirse con los términos habituales sin que algo esencial se perdiera en el intento. Había en su cercanía una naturalidad extraña, casi contradictoria: se buscaban sin necesidad de admitirlo, se entendían sin coincidir, y encontraban en el otro un espacio donde podían existir sin la presión constante de aquello que se esperaba de ellos.

Pasar tiempo juntos no respondía a una razón concreta. No había un propósito claro, ni una intención definida detrás de esos encuentros. Y, sin embargo, había algo profundamente entretenido en ello. No en el sentido superficial de la distracción, sino en una forma más viva, más inquieta. Sus diferencias no los separaban; los mantenían en movimiento. Cada conversación parecía abrir un nuevo desacuerdo, cada idea daba lugar a otra que la contradecía, y aun así, ninguna de esas discusiones terminaba en una imposición. No buscaban cambiarse. No intentaban moldear al otro para hacerlo más comprensible o más cercano a sí mismos. Había, en esa resistencia mutua, un respeto silencioso que no necesitaba ser nombrado.

Aquella tarde, estaban en una de las huertas de Virindia, rodeados por el crecimiento paciente de la tierra. El aire tenía el aroma húmedo de las hojas y la tierra removida, y la luz se filtraba entre los cultivos con una suavidad que parecía ralentizar todo a su alrededor. Passer se encontraba sentada junto a Spe, lo suficientemente cerca como para que su presencia no pudiera ignorarse, pero sin invadirlo. Jugaba distraídamente con un mechón de su cabello, enrollándolo entre sus dedos y dejándolo caer una y otra vez, como si aquel gesto, aparentemente trivial, fuera también una forma de pensamiento.

—Creo que Virindia no quiso hacerte débil —comentó, con una ligereza que no ocultaba del todo la seriedad de lo que decía—. Solo no quería hacerte capaz de causar un daño irremediable... como Ele.

Spe no reaccionó de inmediato. Sus ojos estaban fijos en algún punto indefinido frente a él, pero no parecía realmente estar mirando nada en particular. Cuando habló, lo hizo sin girarse hacia ella.

—Es frustrante ser tan débil.

No había dramatismo en su voz, ni siquiera queja. Era una afirmación directa, honesta, despojada de cualquier intento de suavizarla. Passer detuvo por un momento el movimiento de sus dedos, como si evaluara sus palabras antes de responder.

—Los humanos son igual de fuertes que los ángeles, que las brujas... y que nosotros mismos, en realidad —dijo finalmente—. A todos nos mataría una flecha o un cuchillo.

Spe dejó escapar una leve exhalación, apenas perceptible, y bajó la mirada hacia sus propias manos, como si buscara en ellas una respuesta que no encontraba.

—Pero ustedes tienen habilidades útiles —murmuró—. Tienen algo que los hace... únicos.

Al decirlo, levantó la vista y buscó la de ella, como si necesitara confirmar que aquello que veía en los demás no era una ilusión.

Passer lo sostuvo por un segundo... y luego se rió.

No fue una risa burlona, sino clara, abierta, casi luminosa, como si la palabra misma le resultara curiosa.

—¿Únicos? —repitió, todavía con una sonrisa dibujada en el rostro—. Ay, Spe...

Negó levemente con la cabeza, pero no con desaprobación, sino con una especie de ternura difícil de disimular.

—Eres como un pez en un mundo de pájaros —continuó, inclinándose apenas hacia él—. Quizás no puedas volar... pero ninguno de nosotros entiende cómo respiras bajo el agua.

Sus palabras no sonaban como consuelo, ni como una forma de minimizar lo que él sentía. Había en ellas una convicción tranquila, como si realmente creyera en lo que decía sin necesidad de adornarlo.

—Virindia tiene razón en una cosa —añadió, retomando aquel tono más sereno—. Ninguno de nosotros jamás tuvo la necesidad de pensar tanto como lo has hecho tú.

Spe no respondió de inmediato. Se quedó en silencio, dejando que esas palabras encontraran su lugar dentro de él. No sabía si las aceptaba del todo, pero tampoco podía rechazarlas por completo.

Y en ese instante, entre la tierra viva de la huerta y el murmullo suave del mundo que los rodeaba, algo se reafirmó sin necesidad de ser dicho: que, más allá de sus diferencias, había entre ellos un equilibrio extraño... uno que no se sostenía en la igualdad, sino en la forma en que cada uno completaba aquello que al otro le faltaba.

—¿Y crees que, si un pez piensa lo suficiente, podría entender cómo volar? —preguntó Spe, con una media sonrisa que dejaba entrever un tono burlón, aunque no exento de curiosidad real.

Había algo en su forma de decirlo que no era del todo un desafío, pero tampoco una simple broma. Era una de esas preguntas que nacen en el límite entre la ironía y el deseo, como si una parte de él necesitara ridiculizar la idea para no admitir cuánto le atraía.

Passer no respondió de inmediato. En lugar de eso, llevó la mano a su bolsillo con un gesto natural, casi automático, y extrajo su reloj. El objeto, apenas visible hasta entonces, parecía concentrar en sí mismo una delicadeza difícil de ignorar. Era precioso, no por ostentoso, sino por la precisión de su diseño: un colibrí tallado con minuciosidad se extendía entre formas florales que parecían estar en pleno florecimiento, como si el tiempo que medía no fuera lineal, sino vivo.

Spe lo observó en silencio. La luz se reflejaba en la superficie del reloj con un brillo suave, casi hipnótico, y por un instante su atención se desvió por completo hacia ese juego de destellos. Había algo en ese objeto que no terminaba de comprender, algo que iba más allá de su función evidente. Cuando volvió a alzar la mirada hacia Passer, lo hizo con una leve confusión, como si intuyera que aquello que tenía frente a él era más importante de lo que parecía.

—Quizás sí... —murmuró ella finalmente, sin apartar los ojos del reloj—. Quizás podría llevarte conmigo.

La frase cayó con una calma engañosa, como si no implicara nada extraordinario. Pero en Spe, el efecto fue inmediato.

Se sentó con mayor firmeza, girando completamente hacia ella, y una emoción súbita comenzó a recorrerle el cuerpo. No era una alegría explosiva, sino algo más inquieto, más eléctrico, como un cosquilleo que nacía en las palmas de sus manos y se extendía sin permiso. Había esperado algo así sin saberlo, había imaginado posibilidades sin atreverse a nombrarlas, y ahora, de pronto, se abría una puerta que hasta ese momento solo había existido como idea.

Passer, por su parte, desenrolló la cadena del reloj con una lentitud cuidadosa. No era un gesto improvisado; cada movimiento parecía responder a una práctica repetida, a una atención precisa que evitaba cualquier error. La cadena, de aproximadamente un metro, caía en curvas suaves entre sus manos, reflejando la luz en pequeños destellos intermitentes. La sostuvo con delicadeza, asegurándose de que no se enredara, de que cada tramo quedara libre, listo para cumplir su función.

—Mi padre puede llevar a cualquiera con él —explicó, sin levantar demasiado la voz, como si lo que decía requiriera una especie de respeto implícito—. No puede hacerlo constantemente, porque los no jugadores no están físicamente preparados... pero puede hacerlo una vez.

Hizo una breve pausa, no por duda, sino para ordenar lo que venía después.

—Aunque no funciona con otros enviados —añadió, ahora sí mirándolo—. Así que no sé si funcionará contigo.

Spe no dudó.

—¿Qué es lo peor que puede pasar? —respondió, y esta vez su emoción era imposible de ocultar—. ¿Que no funcione?

Había en su tono una ligereza casi temeraria, como si el riesgo fuera insignificante frente a la oportunidad. Passer lo observó durante un segundo más, evaluándolo, midiendo no solo sus palabras, sino la convicción detrás de ellas.

Entonces sonrió.

No fue una sonrisa amplia ni exagerada, sino suave, contenida, pero suficiente para dejar en claro que había tomado una decisión. Con cuidado, extendió la cadena y la colocó alrededor de ambos, asegurándose de que los envolviera sin apretar, como si los uniera en un mismo punto sin restringirlos. El contacto del metal era frío al principio, pero pronto se volvía casi imperceptible, como si el cuerpo lo aceptara con rapidez.

Con la otra mano, manipuló el reloj. Sus dedos se movieron con precisión sobre los pequeños detalles, ajustando algo que Spe no alcanzaba a comprender del todo. Marcó un tiempo. Un lugar. Coordenadas que no podían verse, pero que parecían definirse con absoluta claridad en su mente.

Cuando terminó, alzó la vista hacia él.

Extendió su mano.

—¿Listo? —preguntó.

Y, por primera vez, había en su voz un leve rastro de nerviosismo. No miedo, pero sí la conciencia de que estaban a punto de hacer algo que no podía deshacerse una vez iniciado.

Spe asintió con una seguridad que no era del todo consciente, como si el impulso hubiera tomado la decisión antes que su razón pudiera intervenir. No dudó. No preguntó nada más. Simplemente confió. En Passer, en la idea, en aquello que estaba a punto de suceder.

Cuando ella presionó el botón del reloj, el mundo pareció contener el aliento.

Un sonido de estática los envolvió de inmediato, pero no era un ruido común. No era simplemente interferencia ni vibración sin sentido. Era una tensión audible, como si el aire mismo se cargara de electricidad, como si ambos se encontraran justo en el punto exacto donde un rayo estaba a punto de caer. Todo alrededor pareció comprimirse, volverse denso, inestable.

Los primeros destellos aparecieron casi sin aviso.

Pequeñas chispas de luz comenzaron a recorrer la piel de Spe, deslizándose sobre su cuerpo como si buscaran un camino que no terminaban de encontrar. No quemaban, no al principio, pero había algo profundamente antinatural en su contacto, una sensación que no podía compararse con nada que hubiera experimentado antes.

Passer apretó su mano con fuerza.

Y entonces llegó el vértigo.

No fue gradual. No hubo transición. Fue inmediato, absoluto, como si su cuerpo hubiera sido arrancado de su propio equilibrio. El suelo dejó de ser una referencia, el aire dejó de sostenerlo, y por un instante, Spe no supo si estaba cayendo, flotando o simplemente dejando de estar.

Después vino el dolor.

No como un golpe ni como una herida localizada, sino como algo que se expandía, que lo atravesaba desde dentro hacia afuera. Sintió su piel tensarse de una forma imposible, como si ya no le perteneciera, como si estuviera siendo estirada más allá de su límite.

Y luego... se desgarró.

Spe nunca había imaginado que viajar en el tiempo pudiera doler. Nunca lo había considerado siquiera. En su mente, era algo lejano, casi abstracto, una capacidad fascinante, inalcanzable. Pero la realidad fue otra.

Vio su propia carne enrojecerse, abrirse, como si algo invisible la estuviera separando. No era una ilusión. No era una sensación exagerada. Era real. Y en ese instante, comprendió algo con una claridad brutal: algo estaba saliendo terriblemente mal.

El grito escapó de él sin control, desgarrado, puro, incapaz de contenerse.

Passer abrió los ojos de golpe.

Hasta ese momento, había mantenido una concentración firme, casi automática, como si todo respondiera a un procedimiento que ya conocía. Pero al ver lo que estaba ocurriendo, algo cambió. Su expresión se quebró en un instante, y el control que había sostenido comenzó a tambalearse.

Sin perder tiempo, llevó su atención al reloj.

Sus manos se movieron con rapidez, con una urgencia que no dejaba espacio para el error. Comenzó a retroceder el tiempo marcado, deshaciendo aquello que acababa de iniciar, intentando revertir el viaje antes de que fuera demasiado tarde.

Pero el daño ya había comenzado.

Spe sintió, de pronto, una fuerza brutal en su brazo, como si algo lo estuviera separando de Passer. No fue un simple tirón. Fue una ruptura. Como si la conexión entre ambos no pudiera sostenerse, como si el propio tiempo rechazara su presencia.

Y entonces, con un chasquido ensordecedor, todo se detuvo.

El sonido desapareció de golpe. Las luces se extinguieron. El aire dejó de vibrar.

Pero el dolor no.

Spe cayó al suelo sin poder sostenerse, su cuerpo incapaz de responderle. Su piel estaba abierta en múltiples puntos, la carne expuesta, sangrando de forma irregular, como si su propia forma hubiera sido alterada y luego forzada a volver a un estado que ya no encajaba del todo.

No podía hablar. No podía moverse. Apenas podía respirar.

Solo pudo gemir.

El mundo a su alrededor se volvió distante, borroso, como si estuviera siendo observado desde muy lejos. En algún lugar, más allá del dolor, más allá de la confusión, creyó escuchar la voz de Passer. Gritaba. No distinguía las palabras, pero reconocía el tono. Desesperación. Culpa. Miedo.

Sus ojos comenzaron a cerrarse.

La conciencia se le escapaba, deslizándose entre sus dedos como algo que no podía retener. Y en ese último instante de lucidez, antes de que todo se apagara por completo, vio figuras acercarse.

Custo y Virindia.

No supo si realmente estaban allí o si su mente intentaba aferrarse a algo familiar antes de caer en la oscuridad. Pero no importó.

Porque lo último que sintió... no fue el dolor.

Fue la certeza de que no estaba solo.

Cuando volvió a abrir los ojos, el mundo regresó de forma lenta, como si la realidad misma dudara en asentarse por completo. No hubo un instante claro en el que despertara del todo; fue más bien un proceso fragmentado, en el que primero apareció la sensación de su propio cuerpo y, solo después, el entorno que lo rodeaba. Reconoció la cama antes que cualquier otra cosa. La textura conocida bajo él, la forma en que el espacio parecía envolverlo con una quietud familiar. Estaba en su habitación.

La mayor parte de su cuerpo estaba vendada.

No necesitó moverse para entenderlo. Lo supo por la presión constante sobre su piel, por la forma en que cada respiración parecía expandirse contra capas que no cedían del todo. Aun así, evitó cualquier intento de incorporarse. No por prudencia, sino porque el simple pensamiento de hacerlo despertaba una sensación inquietante: un calor que emanaba desde su propia piel, profundo, persistente, como si su cuerpo aún estuviera intentando comprender lo que le había ocurrido.

Desde la cocina llegaban murmullos.

Voces bajas, contenidas, como si quienes hablaban evitaran ser escuchados o, quizás, evitaran perturbarlo. No distinguía palabras, pero sí el tono. Había algo en esa forma de hablar que no pertenecía a una conversación casual.

Giró apenas la mirada.

A su lado, en una silla demasiado cercana a la cama, estaba Passer. Dormida. Su cabeza descansaba contra el borde del colchón, en una postura incómoda que dejaba en claro que no había planeado quedarse así. Debía haber estado allí durante horas. Tal vez más. Sus manos aún se encontraban cerca de él, como si en algún momento hubiera intentado sostenerlo incluso después de que todo terminara.

Spe la observó en silencio.

Había algo frágil en esa imagen que no coincidía con la seguridad que solía mostrar. Su respiración era irregular, ligera, como la de alguien que no ha descansado realmente, sino que ha cedido al cansancio sin dejar de estar alerta. Y entonces, con cuidado, levantó la mano que menos dolor le provocaba. No era la que Passer había sostenido durante el accidente.

Esa, simplemente, no podía moverla.

Con movimientos lentos, cargados de una incomodidad que no desaparecía, extendió los dedos y rozó su cabello. El gesto fue torpe, limitado por el dolor, pero suficiente. Apenas un contacto.

Passer tardó un momento en reaccionar.

Un minuto, quizás menos, pero lo suficiente para que el movimiento se sostuviera en el tiempo. Y cuando finalmente despertó, lo hizo de golpe, sobresaltada, como si hubiera estado esperando ese momento incluso mientras dormía.

—Spe... —susurró.

Su voz era apenas un hilo, quebrado, y cuando levantó el rostro, sus ojos lo confirmaron todo. Estaban rojos, hinchados, marcados por horas de llanto que no necesitaban explicación.

—Estoy bien —mintió Spe.

Su voz salió ronca, débil, pero lo suficientemente firme como para intentar sostener la ilusión. No lo estaba. Ambos lo sabían. Pero aun así, lo dijo.

Passer lo miró durante un segundo más, como si buscara algo en su expresión, algo que confirmara o desmintiera esas palabras.

—Te ves genial —bromeó, aunque su voz tembló al hacerlo.

Intentó sonreír, pero la expresión no terminó de formarse. Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas casi de inmediato, como si el esfuerzo de mantener la calma hubiera sido demasiado.

—Lo siento tanto...

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