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El Elegido de una Venganza Divina

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Sinopsis

Un chico es arrancado de su mundo por una extraña entidad que toma su lugar sin dejar rastro. Despierta en un mundo hostil donde la supervivencia depende de sus decisiones, no de su fuerza. Con poderes que no le pertenecen y un pasado que aún lo persigue, se verá envuelto en conflictos entre reinos, traiciones y verdades ocultas. Pero en un mundo donde incluso los "héroes" pueden equivocarse... cada decisión tiene un precio.

Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo: El Otro Yo

Una tarde ruidosa.

Gente hablando.

Pasos apresurados.

Autos cruzando la avenida sin detenerse.

El ruido de la ciudad era constante, pesado, imposible de ignorar.

Un chico regresaba del colegio con la mochila colgando de un hombro. Caminaba despacio, con la vista fija en el suelo.

No dejaba de darle vueltas a una misma pregunta.

¿Y si de verdad se suicidó...?

Apretó los labios.

No. No quería creerlo.

Pero tampoco podía quitarse la otra posibilidad de la cabeza.

¿Y si solo fue una excusa...? ¿Y si simplemente quería desaparecer de mi vida...?

Cuanto más lo pensaba, más le dolía el pecho.

Llevaba días sin dormir bien.

Sin comer con ganas.

Sin dejar de imaginar una respuesta distinta para la misma historia.

Levantó la vista.

Había llegado al cruce peatonal.

Los autos seguían pasando uno tras otro.

Esperó.

Otro automóvil.

Y otro más.

—¿Ahora qué debería hacer...?

Suspiró con cansancio.

Entonces...

Algo cambió.

No fue un sonido.

Fue su ausencia.

El ruido desapareció de golpe.

Frunció el ceño.

Parpadeó.

Los motores.

Las conversaciones.

El viento.

Todo había desaparecido.

Miró hacia la avenida.

Los autos ya no avanzaban.

Se giró lentamente.

Las personas permanecían inmóviles.

Un hombre sostenía el teléfono frente al rostro.

Una mujer había quedado a mitad de un paso.

Un niño seguía señalando un escaparate.

Nadie respiraba. Nadie pestañeaba.

Era como si el tiempo hubiera dejado de existir.

Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Hola...?

No hubo respuesta.

Se acercó con cautela a la mujer.

Le tocó el hombro.

Nada.

Ni siquiera perdió el equilibrio.

Era como tocar una estatua.

Retrocedió unos pasos.

Le hizo una seña con la mano al hombre del teléfono.

—Oiga...

Silencio.

Ni un movimiento.

El miedo empezó a reemplazar la confusión.

¿Qué demonios está pasando...?

—Tranquilo.

La voz vino desde atrás.

Se giró de golpe.

Y el aire abandonó sus pulmones.

Frente a él estaba él mismo...

O algo que intentaba parecerse.

Su silueta temblaba como un reflejo sobre el agua.

Por momentos era idéntico.

Por momentos...

Su rostro parecía deformarse en algo imposible.

Cuatro alas nacían de su espalda.

No tenían plumas.

Eran negras. Irregulares.

Y abiertas sobre ellas...

Había ojos.

Decenas de ojos.

Ninguno miraba al mismo lugar.

Todos parecían vivos.

El chico dio un paso hacia atrás.

Su cuerpo no respondió.

—Has sido apartado de este mundo.

La voz era tranquila.

Serena.

Como si aquello fuera lo más normal del universo.

Intentó responder.

—Yo...

No salió ninguna palabra.

El aire no llegaba a sus pulmones.

Como si su cuerpo hubiera olvidado cómo respirar.

La criatura avanzó lentamente.

No caminaba.

Simplemente aparecía cada vez más cerca.

Hasta quedar frente a él.

Le apoyó una mano sobre el pecho.

No sintió calor.

Ni frío.

Solo vacío.

—Has sido elegido.

Entonces ocurrió.

Una grieta apareció frente a sus ojos.

Después otra.

Y otra más.

El mundo entero comenzó a resquebrajarse.

Como un inmenso espejo.

Las calles.

Los edificios.

Las personas inmóviles.

El cielo.

Todo empezó a romperse.

Miles de fragmentos flotaron a su alrededor.

Uno por uno fueron cayendo hacia una oscuridad infinita.

El chico intentó alcanzarlos.

No pudo.

Su propio cuerpo también comenzó a agrietarse.

Y el último sonido que escuchó fue el cristal rompiéndose.

Después...

Oscuridad.

Mientras el vacío lo envolvía, alcanzó a ver una última imagen.

La criatura tomó su mochila.

Se la colocó sobre el hombro.

Su cuerpo dejó de deformarse.

Su rostro terminó de copiar el suyo.

Incluso su expresión.

Se acomodó exactamente donde él había estado unos segundos antes.

Entonces...

Los fragmentos volvieron a unirse.

El mundo recuperó su forma.

El ruido regresó.

Los autos continuaron avanzando.

Las personas siguieron caminando.

Como si el tiempo jamás se hubiera detenido.

Como si aquel chico nunca hubiera desaparecido.

Solo había un detalle diferente.

El que seguía caminando hacia su casa...

Ya no era él.



Abrió los ojos de golpe.

Arena.

Arena hasta donde alcanzaba la vista.

El sol caía directamente sobre él, abrasándole la piel. El calor era tan intenso que sentía la ropa pegada al cuerpo, y el aire seco le raspaba la garganta con cada respiración.

Tosió.

—¿Qué...?

Se incorporó apoyándose sobre una mano. La arena estaba tan caliente que tuvo que retirarla de inmediato.

Miró a su alrededor.

Nada.

Ni árboles.

Ni edificios.

Ni caminos.

Solo un océano de dunas moviéndose lentamente bajo el viento.

Su corazón comenzó a acelerarse.

—No... esto no puede ser real...

Giró sobre sí mismo una vez, luego otra, buscando cualquier cosa que rompiera aquel paisaje.

Una sombra.

Una persona.

Una señal.

Lo que fuera.

Pero el desierto parecía no tener fin.

Cuando estaba a punto de rendirse, algo sobresalía entre la arena.

Era apenas una esquina de madera.

Entrecerró los ojos.

—¿Qué es eso...?

Se acercó con pasos inseguros.

Al arrodillarse comprobó que casi todo el objeto estaba enterrado.

Comenzó a retirar la arena con ambas manos.

Los granos calientes se colaban entre sus dedos y se pegaban a la piel empapada de sudor.

Apartó un puñado.

Después otro.

Respiró hondo.

La arena volvía a deslizarse hacia el hueco que acababa de hacer.

—Vamos...

Siguió cavando.

Cada movimiento hacía que el cansancio y la sed se hicieran más evidentes.

Finalmente apareció la mitad de un viejo cofre de madera.

En la tapa había un pequeño símbolo grabado.

Lo recorrió con la yema de los dedos.

La madera estaba tibia por el sol.

Parecía llevar años allí.

O quizá apenas unos minutos.

No podía saberlo.

—Si esto es una broma... ya perdió la gracia.

Esbozó una sonrisa nerviosa.

No duró ni un segundo.

Sujetó la tapa.

Dudó.

Podría haber algo peligroso.

Podría no haber absolutamente nada.

Pero quedarse allí tampoco iba a ayudarlo.

La abrió lentamente.

Dentro había una capa desértica cuidadosamente doblada, una bolsa con monedas, un pequeño cuchillo y un mapa enrollado con una precisión casi exagerada.

Como si alguien hubiera sabido exactamente lo que iba a necesitar.

Sintió un nudo en el estómago.

—¿Quién dejó esto aquí...?

No esperaba una respuesta.

Solo el silbido del viento contestó.

Una ráfaga levantó arena y se la arrojó al rostro.

Cerró los ojos por reflejo y levantó un brazo para protegerse.

Cuando el viento se calmó, volvió a mirar el horizonte.

Seguía vacío.

Entonces comprendió algo que hasta ese momento había intentado negar.

No había voces.

No había motores.

No existían huellas.

Ni siquiera el canto de un ave.

Solo el viento.

Solo la arena.

Solo él.

Sintió un peso en el pecho.

Pensó en su casa.

En el camino por el que caminaba hacía apenas unos minutos.

En todas las preguntas que nunca tendrían respuesta.

Apretó la tela de la capa entre sus dedos hasta arrugarla.

—Estoy solo...

Su voz sonó extraña.

Pequeña.

El desierto se la devolvió unos segundos después, convertida en un eco casi imperceptible.

Y por primera vez desde que abrió los ojos...

Lo creyó.

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