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Instinto

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Sinopsis

El plan era simple: un fin de semana con su padre, como cualquier otro. Pero las horas pasan, las llamadas se quedan sin respuesta, y Sofía comprende que su peor pesadilla ha comenzado. Su exmarido ha desaparecido con sus hijas. Y cada minuto cuenta. Sofía inicia una carrera contrarreloj que la llevará a cuestionar todo: su matrimonio, sus amistades, y a las personas que creía conocer mejor que a nadie. Porque en esta historia, la verdad no está donde parece... y encontrarla podría costarle todo. Un thriller trepidante sobre el instinto materno, la traición y hasta dónde puede llegar una madre cuando el tiempo se agota.

Estado:
Completado
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

ANTES. Barcelona. Viernes, 3 de noviembre del 2000

«En esta vida hay que morir varias veces para después renacer. Y las crisis, aunque atemorizan, nos sirven para cancelar una época e inaugurar otra». Eugenio Trías

A las diez de la mañana de aquel viernes, Sofía acababa de entrar en la consulta, estaba ubicada en la tercera planta del número 71 del Paseo de Grácia de Barcelona, y desde el ventanal se observaba el andar de las gentes por la ajetreada avenida. Siempre le había fascinado observar a «la fauna de la ciudad», aquella jauría de ejecutivos, empleados de cadenas de comida rápida, vendedoras con faldas que dejaban poco quehacer a la imaginación y familias acaudaladas cuyo pasatiempo era reverenciar la opulencia, en las fastuosas tiendas del paseo más famoso de la ciudad condal.

Absorta como estaba por aquel deambular que le resultaba tan cercano y tan ajeno al mismo tiempo, no había escuchado cuando el doctor Fernández entró en la habitación.

—Buenos días Sofía —la mujer se sobresaltó—. Perdona, no quería asustarte, —se disculpó el psiquiatra al presenciar su reacción.

—Buenos días doctor, no se preocupe.

—¿Cómo estás hoy?

—Estoy bien. Emma ha dormido toda la noche así que estoy de maravilla —dijo con un deje de ironía.

—¿Cómo ha ido la semana?

—Normal, todo dentro de lo normal.

—¿Me podrías explicar un poco más? —El terapeuta obviamente buscaba detalles, y Sofía evitaba darlos, se le daba fatal esto de las terapias y de contarle su vida a un extraño, pero intentaba convencerse de que le haría bien a la larga, sólo llevaba tres sesiones al fin y al cabo, demasiado pronto para sacar conclusiones.

—Dedicándome a escribir ficción y a editar manuscritos, esperaría usted que hiciera un mejor uso de las palabras, ¿cierto? —dijo queriendo amenizar la conversación, aún sin entender realmente cuál debía ser su rol en aquella relación. El doctor le sonrió con candidez, pero no dijo nada—. Pues las niñas han estado bastante contentas, hemos seguido nuestra rutina de ir al colegio por las mañanas, al parque por las tardes y luego a casa; cenamos, nos duchamos y a la cama. Al siguiente día, más de lo mismo.

El doctor tomaba notas y miraba a Sofía de vez en vez.

—¿Y cómo te hace sentir esa rutina?

—Cansada —dijo Sofía como un resorte, como si estuviera jugando al pasapalabra— estoy siempre agotada, además a eso he de añadir las pesadillas.

—Cuéntame, ¿qué tipo de pesadillas tienes y desde cuándo te ocurre?

—Desde hace meses duermo mal, aunque las pesadillas son esporádicas, es siempre el mismo sueño el que se repite, con alguna variación. No sé, quizás comenzaron a raíz de mi separación o incluso antes de eso. Hace mucho tiempo que no estoy bien.

—Las pesadillas recurrentes suelen ser un modo de expresión de la ansiedad contenida, del malestar psicológico que incluso no se refleja a un nivel consciente, por eso durante el sueño, encuentran un medio de expresión idóneo a través del inconsciente —explicó el doctor, para ella tenía sentido lo que decía, llevaba mucho tiempo sintiéndose mal con su vida—. ¿Podrías explicarme alguna de esas pesadillas repetitivas?

—Sí. —Sofía recostó su espalda en la butaca color marrón y se acomodó, por primera vez se disponía a otorgar un atisbo de confianza a aquel hombre—. En la versión más frecuente —comenzó—, estoy dentro de una antigua mansión victoriana, en ruinas, es de noche y con cada paso siento el crujir del suelo de madera deshecho bajo mis pies. Las paredes están cubiertas por un moho verdoso, negro, repulsivo a la vista, y la casa desprende un hedor a podredumbre. Todo está sumergido en una oscuridad abrumadora, yo no sé por qué estoy allí pero sé que quiero salir. De repente comienzo a escuchar un llanto de bebé, por la forma del lloro no tiene más de dos meses de edad, lo busco con la mirada, pero me resulta imposible hallarlo, lo siento cerca, pero no lo veo. El llanto es ensordecedor, irritante, abrumador, necesita ayuda, está solo, lo han abandonado y me llama, pero no lo veo. Comienzo a caminar a tientas por la casa, voy palpando las paredes ásperas y húmedas que me provocan repulsión. Entonces encuentro una puerta y la abro, pero me lleva a la nada, está vacía y en tinieblas, no veo realmente lo que hay dentro, y el llanto se aleja. Regreso al pasillo por el que andaba, sigo a tientas, abro otra puerta, lo mismo, y así otra y otra, mientras el desgarrador lamento no cesa. Mi piel está toda crispada, mi corazón late muy deprisa, me siento mareada, pero sé que debo continuar, el bebé me necesita. De pronto el llanto cesa de golpe y se hace la luz, frente a mí, mi exmarido Enric, me mira como si fuese yo una idiota y me pregunta: «¿Qué haces Sofía, te has vuelto totalmente loca?» Tiene la mano en el interruptor, que acaba de accionar y estamos en nuestro hogar. Entonces me despierto.

El doctor había escuchado atentamente el relato. Una vez finalizado tomó alguna nota y volvió a mirar a la mujer. Se recostó en su sillón mullido y meditó por unos segundos sus siguientes palabras.

—Sé que el divorcio es reciente Sofía, y que es difícil romper una relación tan larga como la que habéis vivido. Pero quisiera que valoraras esa sensación que tienes cuando te despiertas de la pesadilla. ¿Cómo es?

Ella volvió a mirar a través de la ventana, le costaba mucho verbalizar los sentimientos que había albergado durante tantos años, esos que había mantenido encerrados en un armario profundo y oscuro, en algún trastero lejano, tan lejano que podía pretender que no le pertenecía, así como no le pertenecían aquellos sentimientos.

—Me siento como una inútil, me siento triste, mortificada, impotente, siento que no soy capaz —admitió con pesar.

—¿De qué no eres capaz?

—De hacerlo sola, de hacer nada sola, Enric siempre ha estado conmigo desde que me dejaron mis padres, él ha sido toda mi familia, no es tan fácil pasar página.

—Lo sé, y tienes toda la razón, no es fácil, será un proceso largo, doloroso y lleno de altibajos. El divorcio, como cualquier relación que termina da lugar a un duelo, un proceso de rompimiento no sólo con la pareja, sino también con el ideal de familia que teníamos, con los planes de futuro que habíamos hecho. Es importante entenderlo. Por eso quiero que recuerdes la imagen de ti que refleja tu inconsciente cuando Enric aparece en tu sueño.

—Me hace sentir que no soy suficiente, siempre ha hecho eso de alguna manera, aunque no fuera obvia.

—Dentro de esas sensaciones con las que has convivido, veo apropiado reconocer dos cosas que me parecen significativas: una es que tu exmarido puede haber actuado de un modo manipulador y transgresor hacia ti, pero tus emociones son tuyas, tú eliges cómo enfrentar lo que sientes, está en ti dotarlo a él con el poder de hacerte sentir de un modo o de otro, es importante reconocer y tomar el control sobre nuestra propia vulnerabilidad. La segunda cosa que creo debemos subrayar, es que ya tú diste el paso más importante en el camino de la autocomprensión y del autocuidado; has sido lo suficientemente valiente como para tomar distancia de una persona que te hacía daño. Como hacías en tu sueño antes de que él apareciera, tú has tomado las riendas de la situación y en el sueño intentabas ayudar a alguien que te necesitaba, a aquel bebé que pedía auxilio, quizás como una representación de ti misma. En el sueño te sentías capaz de al menos intentar ofrecer ese auxilio —Sofía asintió con la cabeza, escuchaba callada, quería dejar entrar aquellas palabras que como un vendaje, comenzaban a contener sus heridas abiertas—. Ahora es importante que te concentres en aquellas cosas que te hacen bien y que te ayudan a seguir.

—Mis hijas, Emma y Elena, que son dos soles. Me vuelven loca, pero son toda mi fuerza para seguir adelante, por ellas di el paso de terminar con Enric, porque no quería que crecieran en esa dinámica entre nosotros que estaba resultando difícil y dañina para todos —Sofía meditó un momento antes de continuar—. Luego, escribir, es mi terapia, lo hago desde niña. Cuando era pequeña y mis amigas quedaban para salir por ahí o ir a bailar yo muchas veces no iba, prefería escribir. Puede que esa sea la única constante positiva en mi vida.

—Por supuesto, son dos buenas motivaciones. La escritura, que se presenta como tu refugio y las niñas, que son el resultado también de tu relación con Enric. Es bueno saber buscar y reconocer lo positivo, sin perder perspectiva de los hechos, de las situaciones que habéis vivido del modo real en que sucedieron, sin romantizar ninguna de ellas. Sólo haciendo una valoración consciente se puede llegar a alguna conclusión relativamente certera, que te sirva de apoyo para navegar en ésta relación que como bien has dicho es difícil y que también se presenta duradera.

La consulta terminó después de una hora y Sofía salió al Paseo de Gracia en dirección al metro. La línea cuatro, la amarilla, la llevaba hasta la Ciutadella en pocos minutos y era la ruta más directa hasta su casa. Mientras bajaba hacia el mar (un modo muy barcelonés de orientarse), pensaba en el significado de aquellos sueños macabros, en las palabras del terapeuta y en cómo se sentía, engullida por un mar inmenso, incapaz de mantener el control del barco que era su vida.

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