Impecable E Imperfecto por Aryafher en Inkitt
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Impecable e Imperfecto

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Sinopsis

Una traición humillante la lleva a conocer en plena tormenta a la persona que volverá su mundo de cabeza. El deseo y los sentimientos confusos convertirán su vida perfecta de alta ejecutiva en un mundo nuevo lleno de caos.

Genero:
Romance
Autor/a:
Aryafher
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Encuentro lluvioso

Debido a la repentina lluvia, la cafetería donde se encontraba se había llenado de golpe, pero aun así ella tenía que hacer lo que debía. El hombre sentado frente a ella la miraba con aburrimiento mientras jugaba con su teléfono, como si esperara algo o a alguien más, y ella lo sabía perfectamente.

De su cartera de diseñador sacó unas fotografías impresas y, con un golpe sonoro, las dejó frente a él con una expresión fría. El hombre solo soltó una risita y un suspiro.

—Si no fueras una mujer tan frívola, quizás no hubiera llegado a esto.

Aquella voz carente de culpa, mientras él miraba las imágenes que lo mostraban con la nueva secretaria en situaciones íntimas, fue lo que más le dolió. ¿Acaso para él esos seis años no habían valido nada? Incluso había estancado su propia carrera para estar junto a él y no herir su orgullo. Sentía un nudo asfixiante en la garganta, pero no se permitiría mostrar debilidad. Se puso de pie y alcanzó su rostro con una bofetada limpia, atrayendo las miradas de todos los presentes.

—Lo nuestro acaba acá, Lucio.

Tras decir eso, e ignorando los insultos que salían de su boca acusándola de ser una mujer fría y sin sentimientos, tomó su bolso y salió del lugar, directo a la tormenta.

La lluvia se había desatado con la misma violencia con la que su vida de los últimos seis años se había ido al demonio. Alessia estaba de pie bajo el estrecho toldo de la cafetería, con los nudillos blancos de tanto apretar las asas de su bolso de diseñador. Su traje sastre gris marengo seguía impecable, ni un solo cabello oscuro se había salido de su perfecto moño, pero por dentro era un volcán en erupción. La imagen de su ahora ex prometido en el escritorio con la secretaria de veintipocos años se le había quedado grabada a fuego en la retina.

Quería gritar. Quería romper algo. En cambio, como una ejecutiva de su nivel no hacía escenas en público, se limitó a clavar la mirada en el asfalto mojado, respirando hondo para contener las lágrimas de rabia.

—Sabes... si sigues mirando el suelo con esa intensidad, vas a abrir un agujero negro y nos vas a tragar a los dos. Y, honestamente, hoy no tengo ganas de viajar a otra dimensión.

Alessia parpadeó, saliendo de su trance, y giró la cabeza con fastidio.

Apoyado contra la pared de la cafetería, completamente relajado, con una sonrisa de medio lado y un cigarrillo en la mano, había un chico. Era notablemente menor que ella, de unos veintitantos, y vestía como si acabara de salir de un concierto de rock: una chaqueta de cuero negra con parches, jeans oscuros y desgastados, y unas botas militares cubiertas de gotas de agua. A sus pies descansaba una funda de guitarra llena de pegatinas. Tenía el cabello revuelto y unos ojos oscuros que desbordaban una curiosidad casi infantil.

Alessia lo miró de arriba abajo con su mejor expresión de "no me molestes", esa que usaba para intimidar a los directores de banco.

—No estoy de humor —cortó ella, con la voz gélida.

—Oh, se nota a un kilómetro —Dante soltó una risa suave, para nada intimidado por el aura de hielo de la ejecutiva—. Tienes esa vibra de "acabo de cometer el crimen perfecto o estoy planeando uno". Y como soy un ciudadano responsable, tengo que intervenir.

—¿Intervenir en qué? —preguntó ella, mirando de reojo cómo la lluvia arreciaba, arruinando cualquier posibilidad de encontrar un taxi pronto.

Dante dio un paso al frente, acortando la distancia. Era alto, y el aroma a lluvia mezclado con un perfume amaderado y masculino golpeó los sentidos de Alessia al sentir cómo él la recorría descaradamente con la mirada. El chico señaló con el mentón hacia la esquina de la calle, donde el neón de un local parpadeaba amistosamente a través de la tormenta.

—En que la lluvia no va a parar en una hora, tu traje costoso se va a arruinar si intentas correr, y tú te estás tragando un chisme que se ve que está buenísimo. Hay un bar a la vuelta, sirven un tequila que despierta a los muertos y soy excelente escuchando desgracias ajenas. ¿Qué dices? ¿Me cuentas quién se ganó que le desearas la muerte hoy?

Alessia lo miró, incrédula ante el desparpajo y la falta de seriedad del desconocido. Se suponía que debía rechazarlo, pedir un maldito auto corporativo y encerrarse a procesar su ruptura en la soledad de su departamento. Sin embargo, miró la sonrisa juguetona de Dante, luego su propia vida hecha pedazos, y por primera vez en sus treinta y tres años, decidió hacer algo completamente fuera de su portafolio.

—Si el tequila es malo, te demandaré —advirtió, aunque la comisura de sus labios amagó con elevarse.

Dante soltó una carcajada limpia y recogió la funda de su guitarra con agilidad.

—Trato hecho, jefa. Camina rápido, que no quiero que se me moje el público.

El bar se encontraba oculto en la ciudad; era pequeño, con una luz tenue y un ambiente impregnado de madera y rock clásico de fondo. Dante la guio hacia una mesa apartada en el rincón más oscuro, dejando la funda de su guitarra en el suelo con total familiaridad. En cuestión de minutos, dos vasos de tequila reposado y un plato con rodajas de limón estaban sobre la mesa.

Alessia se quitó el abrigo mojado, revelando las líneas perfectas de su blusa de seda blanca un poco húmeda, y se sentó cruzando las piernas con elegancia. Dante, en lugar de sentarse frente a ella, se acomodó en el taburete contiguo, acortando deliberadamente la distancia.

—Bien, jefa —dijo Dante, apoyando los codos en la mesa y sosteniendo su vaso con una sonrisa traviesa—. Ya estamos a salvo del diluvio. Ahora, cuen. ¿Quién es el idiota que dejó a una mujer como tú al borde de un colapso nervioso bajo la lluvia?

Alessia soltó un suspiro largo, la rigidez de sus hombros cediendo un poco gracias al calor del lugar. Le de dio un trago directo al tequila; el líquido quemó su garganta, pero le devolvió el fuego que necesitaba.

—Seis años —soltó, con una mezcla de desdén y rabia—. Seis años tirados a la basura porque no pudo mantener sus manos quietas con la nueva secretaria de finanzas. Una niña que apenas sabe usar Excel.

La mirada de él estaba fija en su rostro; ella podía sentirla, atenta y analítica.

—¿Pero sabes qué es lo que más me dolió? —Tomó otro trago de tequila para juntar valor y continuar—. El maldito me echó la culpa, como si él hubiera cumplido como hombre.

Dante silbó suavemente, pero sus ojos oscuros se volvieron repentinamente serios, demostrando una empatía real que Alessia no esperaba de un chico de su aspecto.

—Un imbécil con suerte que no supo lo que tenía —comentó Dante con voz baja y arrastrada. Luego, la chispa juguetona regresó a su mirada—. Pero no me digas que solo vas a llorar. Las mujeres como tú no se deprimen, Alessia... Ejecutan. Dime, ¿cómo nos vamos a vengar? Porque espero que haya un plan destructivo en marcha. Si necesitas que le ponche las llantas o que sabotee su sistema operativo, tengo los contactos adecuados.

Alessia no pudo evitar soltar una risa genuina, la primera en muchas horas. El desparpajo de Dante era extrañamente reconfortante.

—Nada de vandalismo, aunque tiente —respondió ella, inclinándose un poco hacia él, contagiada por su energía—. Voy a destruirlo donde más le duele: en su ego y en su billetera. Mañana mismo se abre la postulación para la dirección regional de la firma. Él lleva dos años preparándose para ese puesto, asumiendo que era suyo. Yo iba a dar un paso al costado por nuestra relación... pero ya no más. Voy a presentar mi postulación y le voy a quitar el maldito trabajo de su vida.

Dante la observó en silencio durante un segundo. Su mirada bajó por un instante a los labios de Alessia antes de volver a sus ojos, cargada de una admiración ardiente que la hizo contener el aliento.

—Dios, eres jodidamente letal —susurró él, con una voz que de pronto se había vuelto más profunda.

Dante extendió la mano hacia la mesa. Sus dedos largos, adornados con un par de anillos de plata, se deslizaron con una lentitud calculada hasta rozar la muñeca de Alessia. Su piel estaba cálida, y el pulgar de él comenzó a delinear círculos perezosos sobre la piel sensible donde se sentía su pulso, que inmediatamente se aceleró.

—Eso no es solo una venganza, jefa. Eso es una masacre —continuó Dante, inclinándose un poco más, lo suficiente para que Alessia pudiera oler el tabaco dulce y su perfume—. Y me encanta. Te aseguro que ese puesto es tuyo. Si yo tuviera a una mujer con esa mente y esa... presencia en mi empresa, te entregaría las llaves de la oficina el primer día.

Alessia sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal ante el toque y la intensidad de sus palabras. Intentó mantener su máscara de frialdad ejecutiva, pero el calor que emanaba de la mano de Dante la estaba desarmando por completo.

—No sabes nada de mis capacidades financieras —replicó ella, con la respiración un poco más corta, aunque sin retirar la muñeca de su agarre.

Dante sonrió de lado, esa sonrisa descarada que prometía problemas, y subió lentamente los dedos por su antebrazo, un roce sutil que erizó cada vello de su piel.

—No —admitió él con picardía, sus ojos brillando con pura seducción mientras sostenía su mirada—. Pero sé reconocer a alguien que tiene el control absoluto de la situación. Bueno... de casi toda la situación. Bébete otro tequila, futura directora. La noche es joven y apenas estamos empezando a celebrar tu ascenso.

Para cuando terminaron la tercera ronda de tequila, el dolor y la humillación que Alessia había llevado sobre los hombros al salir de la oficina se habían transformado en una euforia electrizante. La risa de Dante, baja y contagiosa, lograba lo imposible: hacer que los seis años de relación fallida se sintieran como un problema lejano, casi insignificante frente a la intensidad del presente.

Dante no la miraba como lo hacían sus colegas de la junta directiva —con recelo o evaluando su utilidad corporativa—. La miraba con un hambre felina, divertida y magnética.

—Así que... un as de las finanzas que planea un golpe de Estado corporativo —comentó Dante, haciendo girar el líquido restante en su vaso. De repente, acortó la distancia que quedaba entre sus taburetes, quedando tan cerca que Alessia podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Me encantan las mujeres peligrosas, Alessia. Son mi debilidad.

—Y a mí no me gustan los hombres predecibles, Dante —replicó ella, sosteniendo la mirada, aunque el corazón le daba vueltas—. Y tú pareces el manual completo del chico malo con guitarra. Déjame adivinar: tocas en bares subterráneos, vives al día y huyes del compromiso.

Dante soltó una carcajada genuina, inclinando la cabeza hacia atrás. Cuando volvió a mirarla, la complicidad en sus ojos oscuros se intensificó.

—Me atrapaste a medias —admitió, con una sonrisa juguetona—. Sí me gusta el rock, sí toco la guitarra... pero no vivo al día. Digamos que logré convertir mi caos en un negocio bastante lucrativo. Tengo mi propia firma discográfica. Yo decido quién suena en la radio y quién se queda en el garaje. Así que, técnicamente, también soy un hombre de negocios. Solo que no uso corbata porque me asfixia... y prefiero invertir en talento que en la bolsa.

Alessia arqueó una ceja, genuinamente sorprendida. La revelación de que este chico de veintitantos con aspecto rebelde era el dueño de su propio imperio del entretenimiento cambió las reglas del juego. No era un bohemio buscando contención; era un igual, pero uno que jugaba bajo sus propias reglas.

—Una firma discográfica... —murmuró ella, impresionada—. Eso requiere mucha más disciplina de la que aparentas.

—Aparentar es parte de la diversión, jefa —susurró él.

Dante dejó el vaso en la barra y, con una lentitud que rozaba la tortura, estiró la mano hacia el rostro de Alessia. Ella no se movió. Con la punta de los dedos, él apartó un mechón rebelde de su cabello oscuro que había escapado del moño perfecto y lo colocó detrás de su oreja. El roce de su piel cálida contra el cuello de ella hizo que a Alessia se le cortara la respiración. Los dedos de Dante no se retiraron; bajaron lentamente por la línea de su mandíbula, deteniéndose justo en la barbilla, obligándola a inclinar el rostro ligeramente hacia arriba.

—Tú vives analizando los riesgos, Alessia —continuó Dante, su voz bajando a un tono casi confidencial, ronco y sugerente—. Pasas la vida calculando el siguiente movimiento. Pero esta noche... tu ecuación perfecta se rompió. ¿Qué te parece si por unas horas dejas de calcular?

La distancia entre sus labios era de apenas unos centímetros. Alessia podía ver las pequeñas líneas de expresión alrededor de los ojos de Dante, la intensidad de su mirada fija en su boca y la promesa de un fuego que su ex prometido jamás había sido capaz de encender en seis años. El aroma a lluvia, cuero y alcohol era una mezcla embriagadora.

—¿Y qué sugieres que haga, Dante? —preguntó ella en un susurro, desafiante, sintiendo el calor instalarse firmemente en su vientre.

Dante sonrió de lado, sus dedos acariciando suavemente su labio inferior con el pulgar antes de soltarla con una lentitud deliberada. Se puso de pie, agarrando la funda de su guitarra con una sola mano y extendiéndole la otra a ella.

—Sugiero que salgamos de aquí. Mi departamento está a unas pocas calles, tengo una excelente colección de vinilos, más alcohol del que podemos beber y muchas ganas de ayudarte a celebrar, por adelantado, tu nuevo puesto como directora. No hay riesgos que calcular, Alessia. Solo tú y yo. ¿Vienes?

Alessia miró la mano extendida de Dante. Sabía perfectamente lo que significaba aceptar esa invitación. Sabía que cruzar esa puerta con él destruiría por completo la imagen de la ejecutiva intocable que había construido. Y por primera vez en su vida, no le importó en lo más mínimo. Se puso de pie, deslizó su mano sobre la de él y dejó que sus dedos se entrelazaran firmemente.

—Espero que tus vinilos sean tan buenos como tu tequila —dijo, con una sonrisa decidida y pecaminosa

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