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Lagunas de pasión

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Sinopsis

Tras una tragedia personal, Marta intenta reconstruir su vida sin imaginar que una sola noche cambiará su destino para siempre. Un encuentro inesperado la arrastra a un mundo de secretos, peligro y emociones imposibles de controlar. Entre amenazas, verdades ocultas y una atracción que desafía toda lógica, deberá descubrir si el amor puede ser refugio… o la mayor de las condenas

Genero:
Romance
Autor/a:
Lyudmila
Estado:
En proceso
Capítulos:
23
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

La noche que lo cambió todo

Capítulo 1: La noche que lo cambió todo

Era mayo, un viernes cálido, casi veraniego. Un día que transcurrió sin sobresaltos, como tantos otros. Nada hacía presagiar que aquella noche la vida de Marta daría un giro irreversible.

Marta es estudiante de Literatura Contemporánea en la Universidad Politécnica de Madrid. Para ella, la literatura siempre ha sido un refugio, un territorio en el que resguardarse del mundo. Desde niña se perdía entre páginas: primero en los cuentos que su madre le leía antes de dormir, luego en las historias que su abuela Rocío le narraba cuando la enfermedad se llevó a su madre. Aquellas noches eran su ritual compartido: leer, comentar, soñar. Tras la reciente muerte de su abuela, esos recuerdos se habían convertido en su único consuelo. Aún no sabía cómo vivir sin ella.

Trabajaba en la cafetería Lagunas para pagar sus gastos. No era el futuro que deseaba, pero apreciaba a la gente con la que compartía las noches: Mari Carmen, siempre maternal; José Ramón, el cocinero bromista; Alejandro, su amigo de toda la vida. Aquél pequeño grupo era su familia elegida.

Esa tarde, después de clases, Esther, su mejor amiga, la paró a la salida de la facultad. Venía con una sonrisa luminosa, cargada de una energía que chocaba con el aspecto melancólico de Marta.

—¡Marta! ¿Cómo estás, guapa? —la saludó, agitando la mano.

—Bien, agotada, como siempre —respondió ella, con una sonrisa débil.

—Pues hoy no hay excusas. Esta noche vienes conmigo al Gaviota. Música en vivo, buen ambiente, chupitos… ¡Va a estar genial!

Marta rodó los ojos, divertida.

—¿Chupitos? Después de la última vomitera dijiste que no volverías a beber.

—¡Ay, venga! Eso ya pasó.

—Pasó la semana pasada —rio Marta.

Esther se cruzó de brazos, fingiendo indignación.

—Tienes que salir más. No puedes pasarte la vida entre libros y el bar. Te lo digo en serio.

Marta suspiró.

—Hoy cierro yo. Si se alarga, lo más probable es que me vaya a casa a descansar.

—¡No! Solo un rato. Te prometo que te lo pasarás bien.

Marta dudó. Una parte de ella quería negarse, como siempre; otra, agotada de la rutina, ansiaba algo distinto.

—Bueno… me acercaré. Pero solo un rato.

—¡Sabía que dirías que sí! —celebró Esther, abrazándola.

Aun así, Marta no estaba segura de si realmente lo deseaba o solo quería complacerla.

Como cada día, pasó por el cementerio a visitar a su abuela. Le habló de su jornada, de sus planes para el día y le volvió a recordar lo mucho que la echaba de menos. Después volvió a casa, donde Rosario, su vecina, la esperaba en la puerta.

—Te he dejado un pedacito de tarta de manzana. Ah, y tienes un paquete. Creo que es el chándal que me comentaste.

—¡Gracias, Rosario!

—Y no riegues las plantas, ya lo hice yo —añadió con una sonrisa.

Marta entró recordando la imagen de su abuela en la cocina, esperándola. Se preparó para el trabajo, aún indecisa sobre si fuera al Gaviota después de cerrar, la verdad, es que no tenía ni pizca de ganas.

Cuando llegó al bar, este rebosaba vida. El aroma a café recién hecho y comida casera la envolvió. Mari Carmen la recibió con su habitual calidez, José Ramón soltó alguna broma y Alejandro apareció detrás de la barra con su sonrisa de siempre.

—Alejandro —lo llamó—, hoy no te he visto en la facultad por la mañana. ¿Te ha pasado algo?

Él sonrió de inmediato, con esa expresión suya tan transparente.

—No, nada grave —respondió—. Es solo que tenía que acompañar a mi hermana a su revisión médica. Ya sabes… pronto seré tío.

Lo dijo con un orgullo imposible de disimular.

—Sí, lo sé —sonrió Marta—. Se te nota en la cara que estás impaciente por conocer a tu sobrina. Me alegro mucho por ti. ¿Y cómo está tu hermana?

—Muy bien, la verdad —contestó Alejandro—. El médico ha dicho que todo va perfecto. En dos semanas, como mucho, tendremos a la bebé en brazos.

—¡Qué alegría! —exclamó Marta—. Pues ya nos avisarás y vamos a verla. Le llevamos unas flores y la enhorabuena a tu hermana.

—Cuenta con ello, guapi —respondió él, guiñándole un ojo.

Entre pedido y pedido, volvieron a hablar de la hermana de Alejandro, de la ilusión por la bebé que estaba a punto de llegar. Marta agradeció esa conversación sencilla, normal, tan doméstica. Por un rato, todo parecía estar en su sitio.

La noche transcurrió entre risas, comentarios y esa familiaridad que hacía del Lagunas un lugar acogedor, un refugio.

Cuando Mari Carmen se despidió, Marta quedó sola para cerrar.

—No tardes, cariño —le dijo antes de irse—. Y avísame cuando llegues a casa.

—Claro, Mari —respondió Marta.

Eran las dos de la madrugada cuando terminó. El bar estaba completamente vacío y el suelo brillaba tras la última pasada de la fregona. Afuera, la calle dormía bajo la luz amarillenta de las farolas, silenciosa, casi irreal.

Marta apoyó los codos en la barra y dejó escapar un suspiro largo.

Pensó en Esther. En la promesa que le había hecho.

—Ufff… qué cansada estoy —murmuró para sí misma—. Y qué pocas ganas tengo ahora mismo de ir al Gaviota…

Sacó el teléfono del bolsillo con la intención de escribirle cualquier excusa. Algo creíble. Algo suave. Mientras buscaba las palabras, escuchó de repente el chirrido de unos neumáticos frenando en la calle.

El sonido la sobresaltó.

Levantó la cabeza de golpe y se giró hacia la cristalera.

Y entonces lo vio.

Un deportivo rojo derrapó y volcó a pocos metros del bar. El estruendo sacudió el silencio nocturno. Marta corrió hacia la puerta, pero se detuvo cuando apareció otro coche: un todoterreno negro y elegante, frenando de golpe junto al coche volcado.

Por un instante parecía que alguien acudía a ayudar. Pero pronto quedó claro que no era así.

Un hombre alto, trajeado, de porte imponente, salió del todoterreno. Su rostro era una máscara de frialdad. En su mano brillaba el metal de una pistola.

Se acercó al coche volcado. Dentro, un hombre joven ensangrentado intentaba salir, balbuceando algo inaudible. El del traje no vaciló: alzó el arma y disparó.

El eco del disparo retumbó en la mente de Marta, paralizándola. Su cuerpo se quedó rígido, incapaz de reaccionar. El miedo se adueñó de ella por completo.

El asesino giró para marcharse… y entonces la vio.

Sus miradas se cruzaron. Los ojos del hombre eran oscuros, impenetrables, como si fueran capaces de leer el alma. No había nadie más en la calle. Esa era la peor clase de mala suerte.

El hombre levantó el arma.

El metal brilló bajo la luz amarillenta de la farola mientras la apuntaba directamente. Marta sintió cómo el mundo se encogía hasta convertirse en ese cañón negro frente a ella. No podía respirar. No podía moverse.

Cerró los ojos.

Esperó el disparo. Esperó el final.

Pero el sonido no llegó.

Cuando se atrevió a abrirlos, él seguía allí, inmóvil, observándola. Su mirada era fría, calculadora. Lentamente, alzó la mano libre y llevó un dedo a los labios.

Silencio.

No fue una súplica. Fue una orden.

Después bajó el arma con una calma inquietante, se dio la vuelta y regresó al coche. El motor rugió en la noche y, segundos después, el vehículo desapareció calle abajo, dejando tras de sí un silencio aún más aterrador.

Las piernas de Marta, finalmente, cedieron. Cayó al suelo, temblando, con el corazón desbocado. Cuando logró ponerse en pie, otra clase de miedo la golpeó: ¿y si alguien más aparecía? ¿Y si la policía la encontraba allí? Era una testigo.

Guardó todo a toda prisa, tomó sus cosas, cerró y salió corriendo. Al llegar a casa cerró con llave, echó el pestillo y bajó las persianas. Se metió en la cama sin ducharse, intentando dormir sin éxito. Cada vez que cerraba los ojos veía esos ojos oscuros y el gesto de silencio.

Entonces sonó su móvil.

Una notificación iluminó la pantalla:

Número desconocido:

“Nos vemos pronto, Marta.”

Su corazón se detuvo. No había dado su número a nadie aquella noche.

¿Era él? ¿Cómo lo había conseguido? ¿Quién era realmente ese hombre? ¿Y qué quería de ella?

Fue la noche más larga de su vida. Y apenas era el principio.

* * *



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