Burning Desires "Indómita" por Noslen Gómez en Inkitt
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Burning Desires "INDÓMITA"

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Sinopsis

No es tu típica novela de vampiros llorones mirándose al espejo con crisis existencial. Esto es sangre, glamour y caos puro. Un grupo de amigos acampa en el Pantano Gabriele "solo por una noche"... spoiler: no sobreviven todos. Y lo que empieza como un finde de tequila y Monopolio termina desatando algo que llevaba siglos escondido en Lifehill. Terror gore + estética girly + drama sobrenatural = la combinación perfecta que no sabías que necesitabas. ¿Qué esperas? Sumérgete en los secretos que esconde Lifehill y sus extraños habitantes...

Genero:
Thriller
Autor/a:
Noslen Gómez
Estado:
Completado
Capítulos:
19
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Intro

Prólogo: La Sangre del Pantano Gabriele

“Las vidas de inocentes caen sobre nosotros cuando es inevitable el inminente fin que todos desconocemos”

—NOSLEN GÓMEZ

El Pantano Gabriele no es solo tierra húmeda y aguas estancadas; es un osario olvidado que pasó a la leyenda por dar caza a los últimos vestigios de la estirpe vampírica de Lifehill. Durante aquella fatídica noche de La Revelación en 1589, las sombras cobraron vida. Esa madrugada, las enigmáticas y ancestrales criaturas no fueron recordadas por su poder, sino por la humillación de ser cazadas como alimañas: dejaron de ser los depredadores para convertirse en la presa.

“Y corrieron como ganado despavorido directo a las masas oscuras del pantano. Buscaban refugio en la negrura y el fango putrefacto, esperando que la oscuridad los ocultara de nuestra ira; pero mi intelecto superaba su instinto. Los había estudiado por años, diseccionando sus movimientos, sus patrones de pensamiento y sus reacciones ante el miedo. Sabía exactamente cómo responderían a cada golpe. La carnicería fue mutua y las bajas llovieron de ambos lados, pero me enorgullece decir que, de entre 366 vampiros, solo cuatro lograron escapar: los conocidos Jefes del Coven. Jamás los encontré...”

•••

Presente

Hace unos años...

Un grupo de cinco estudiantes universitarios, ebrios de juventud, acordaron celebrar su último curso escolar por todo lo alto. Carlos, buscando impresionar al grupo, propuso una idea que entonces pareció audaz: acampar una noche en el corazón del pantano, donde su abuelo poseía una vieja cabaña de madera carcomida. Sorprendentemente, la estructura todavía se mantenía en pie, un verdadero milagro arquitectónico; una trampa del destino que desafiaba la humedad y el paso de los siglos.

Elizabath era la única que aún permanecía fuera de la cabaña, lidiando con su madre, Mirna, a través del móvil, quien la atiborraba a preguntas con la precisión quirúrgica de una interrogadora de la policía.

—Mirna: ¿Segura que no quieres que pase a recogerte? —la voz de su madre, distorsionada por la estática—. Aquí en el pueblo el cielo se ha cerrado; parece que el fin del mundo quiere caer en forma de lluvia sobre Lifehill.

—Elizabath: ¡Mamá, en serio, relájate! Tengo veintidós años, no soy una niña.

—Mirna: De verdad que no entiendo. Con tantos lugares hermosos en la región, y deciden encerrarse en ese pantano a… ¡dieciséis kilómetros de distancia!

—Elizabath: ¡No seas dramática! En auto son solo ocho minutos. Vinimos todos en el carro de Carlos, estamos bien.

—Mirna: ¿Y si el coche falla? ¿¡Y si se quedan sin señal en medio de esa nada!?

Una ráfaga de aire cortante, gélida y con olor a vegetación muerta, violó la llamada, haciendo que se entrecortara.

—Elizabath: Mamá, oye, la cobertura es un asco aquí. Voy a colgar. ¡Bye! ¡Te quiero!

No era una excusa para evadir la sobre protección. El cielo se había transformado, tornándose de un negro violáceo, más denso y profundo de lo que cualquier noche normal debería ser; de lo que cualquier tormenta normal debería ser.

—Elizabath: Oigan, ya llegué. El tiempo se puso realmente asqueroso ahí fuera —dijo entrando y frotándose los brazos.

—Antonella: ¡Vamos, chicas! Ayuden o nos mojaremos todos si no cerramos estas ventanas —espetó, forcejeando con un pestillo oxidado que se resistía a ceder—. ¡Qué asco! A ver si ahora contraigo tétanos o, peor aún, ¡arruino mi manicura!

—Carlos: ¡Ryan y yo iremos por las mantas!

—Alice: Qué bien... las chicas nos quedamos aquí asegurando puertas y ventanas, y los machos van por las mantas —comentó con un sarcasmo punzante que hizo reír al grupo femenino.

—Elizabath: ¡Para que luego digan que somos las superficiales!

—Alice: ¡Blandos!

—Antonella: ¡Literal!

Tras un despliegue de esfuerzo, lograron asegurar cada abertura de la cabaña. El ambiente se tornó cálido, casi acogedor, bajo el arrullo de la lluvia que empezaba a golpear el techo. Antonella encendió una pequeña bocina que había traído consigo, conectándola por Bluetooth a su celular para reproducir una pista:“End of Beginning” de Djo. Así, se acomodaron en el suelo sobre mantas gruesas, jugando Monopolio y bebiendo ponche barato. Los chicos se perdían en debates sobre fútbol; ellas discutían con pasión quién era más atractivo: si Luis Hamilton por su aura poética, o Pierre Vinsent con su drama teatral.

—Antonella: ¡No! ¡Es injusto! ¡Esa es mi propiedad! —chilló indignada.

—Elizabath: ¡Lo era! Te declaraste en bancarrota, y para salvarte de quedar fuera, Ryan te la compró.

—Ryan: ¡Vamos Anto! Te di dos mil por la estación y tres mil por Villa Métrica, no te quejes.

—Antonella: ¡Y ahora me lo has vuelto a robar todo!

—Ryan: ¡No es mi culpa tener tres casas construidas y que el peaje cueste ocho mil dólares!

—Antonella: Es más de lo que puedo dar... —murmuró con un atisbo de orgullo herido—. Ok, me rindo. No pienso darles el gusto de verme derrotada.

—Alice: Dios, finalmente.

—Elizabath: No queríamos decírtelo para no herirte, ¡pero eres malísima jugando esto!

Antonella se levantó con desaire, lanzando una contemplación de fuego.

—Antonella: ¡Sigan ustedes, nerds, haciendo cosas de tontos! Yo iré fuera, ya escampó un poco. Necesito unas selfies con vibes de naturaleza muertísima para mis seguidores.

—Carlos: Ten cuidado, no dejes que te coman los lobos... dicen que rondan estos lugares —se burló él, emitiendo un aullido sarcástico—. ¡Auuuuuuu!

—Antonella: ¡Pues que vengan! Si aparece uno, ¡me sacaré una foto con él y me haré súper viral en Insta!

Cerró la destartalada puerta con un golpe seco que hizo vibrar las paredes de madera.

—Ryan: Hay que ver lo borde que se pone a veces.

— ¡Jajajajaja! —rieron todos.

—Elizabath: Oigan tengo una idea: ¡chupitos de tequila!

El grupo celebró instantáneamente la propuesta con vítores. Elizabath se dirigió a la pequeña nevera que Alice llevó, pero justo cuando sus dedos rozaron la botella, un sonido desgarró la noche.

— ¡¡¡AAAAAAAAAAAAHHH!!! ¡¡¡AYÚDENMEEE!!! ¡¡¡AAAAAAAHH!!!

La voz de Antonella no era un juego; emitía un terror primario, una agonía líquida que capturaba la dulce ironía de la muerte acechando entre los musgos y la humedad del Pantano Gabriele.

¿Realmente creían que estaban solos?

El pánico electrificó la habitación. Carlos y Ryan, impulsados por la adrenalina, tomaron sus capas y salieron disparados en dirección a la oscuridad. Elizabath y Alice se quedaron petrificadas en el umbral, viendo cómo las figuras de sus amigos desaparecían bajo una lluvia que se volvía tan densa que ocultaba hasta sus propios pies.

Dentro, el caos se desató. Una ventana estalló bajo la presión de ráfagas sobrenaturales, lanzando astillas y lluvia al interior; Alice fue rápida a la parte de la cocina para cerrarla. El suspenso mutó en horror puro: la tormenta no era natural, era un evento provocado, una fuerza que sacudía los troncos de los cipreses calvos como si un titiritero manejara marionetas de madera. Y ellos eran las marionetas.

—Alice:¡¡Elizabath, huye!! ¡¡¡AAAAAAAHHH!!!

Golpes de forcejeo seco, sangre derramada y el sonido de algo afilado desgarrando tela y piel. Elizabath escuchó los gemidos roncantes de Alice, el sonido áspero de quien es acuchillado repetidamente. Un solo pensamiento, salvaje y eléctrico, inundó su mente: ¡SOBREVIVE!

Corrió. No agarró su capa, no sintió el frío ni el agua. Se adentró en la maleza espesa buscando a los chicos, cuando de entre un orbe de sombras y enredaderas emergió Ryan.

—Elizabath: ¡Ryan! ¡Tienes que venir! —su voz era un hilo roto, sus ojos desorbitados por el espanto—. ¡Alice está siendo atacada! ¡¡Tenemos que largarnos de aquí!!

Ryan no respondió. No hubo gesto ni alivio. Elizabath bajó la vista y el mundo se detuvo: la ropa de Ryan estaba hecha jirones; sus manos goteaban un carmesí espeso. Sus pupilas, opacadas por un vacío absoluto, miraban directo a la nada. De repente, una mano pálida, con dedos largos y garras monstruosas, dotada de una fuerza imposible, atravesó el pecho de Ryan desde atrás, emergiendo por el esternón con un crujido de costillas rotas. La mano sostenía su corazón, aún latiendo con una última y desesperada contracción.

Un hilo de sangre escapó por la comisura de los labios del muchacho.

—Elizabath: ¡Aaah...! —se cubrió la boca para no vomitar, los ojos fijos en la cavidad abierta en el pecho de su amigo.

—Ryan: (en un último suspiro) ¡Corre...!

El instinto animal: esa programación antigua que rige a los humanos desde hace eones, tomó el control absoluto de sus músculos. Elizabath saltó sobre troncos podridos y evadió helechos que se sentían como manos intentando retenerla. No importó; el pantano reclamó su tributo: resbaló en un charco de fango y cayó de bruces.

Antes de poder levantarse, un agarre con tacto de hielo y bordes cortantes le atenazó la pierna.

—Elizabath: ¡¡NOOO!! ¡¡SUÉLTAME!! ¡¡AGH!!

En un estallido de furia ciega, tomó una piedra pesada y golpeó hacia atrás. Sintió el impacto contra algo sólido, un cráneo que cedió bajo el golpe, dándole los segundos necesarios para levantarse y correr con el corazón martilleando en sus oídos. Al fin, vio el asfalto. La carretera.

A lo lejos, la salvación: dos faros cortando la penumbra. Elizabath se lanzó al centro de la vía, agitando los brazos con la última pizca de energía que le quedaba, rogando por piedad. Pero el vehículo no redujo la velocidad. El rugido del motor ahogó sus gritos y, antes de que pudiera reaccionar, el metal impactó contra su cuerpo. Fue fugaz y grotesco. El coche la atropelló y siguió, pasándole por encima con un crujido seco de huesos aplastados.

Elizabath, tendida en la oscuridad. Su pierna, cadera y brazos eran ahora un puzle de fragmentos rotos; sus costillas, astilladas como púas, se hundieron profundamente en sus pulmones, ahogando su capacidad de gritar. La hemorragia interna comenzó a reclamar sus últimos segundos de vida, y la lluvia seguía acariciando su rostro magullado, mezclándose con el charco de sangre que se expandía bajo ella.

Allí, inmersa bajo el cielo estrellado, vio su vida pasar delante de sus ojos... o más bien, de lo que quedó de ella antes de que la negrura del Pantano Gabriele la reclamara eternamente...

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