Untouchable
El sonido intermitente de las direccionales del auto marcaba el ritmo de su frustración. Kim Taehyung golpeaba suavemente el volante de cuero con el dedo índice, manteniendo la vista fija en el pesado tráfico de Seúl. En la pantalla del tablero, el nombre de Park Jimin parpadeaba, indicando que la llamada en manos libres seguía activa.
—Debería estar en la empresa ahora mismo, Jimin. Literalmente estamos en medio de la sesión fotográfica principal para la nueva campaña de Calvin Klein con nuestros mejores modelos, y yo tengo que estar cruzando la ciudad por esto —se quejó Taehyung, su voz cargada de un denso cansancio, arrastrando las palabras con fastidio—. Pero no, claro que no. Tengo que perder mi tarde yendo a espantar a otro pretendiente que mi madre encontró en alguna parte de Seúl. Es ridículo.
Al otro lado de la línea, la risa de Jimin resonó clara por los altavoces del vehículo, carente de cualquier pizca de piedad.
—Oh, por favor, Tae. Admite que ya tienes experiencia en esto. ¿Cuántos van esta semana? ¿Tres? ¿Cuatro? Aunque, siendo honestos… yo no me preocuparía tanto por el nuevo candidato.
Taehyung frunció el ceño, deteniendo el auto ante una luz roja.
—¿A qué te refieres?
—A que probablemente el innombrable ya se aseguró de que haya otro regalo ridículamente caro esperándote en la mesa en lugar de un alfa —se burló Jimin—. A estas alturas, dudo que ese pobre tipo haya logrado pasar de la esquina de su casa.
—Ni lo nombres, Jimin. En serio, no lo digas —bufó Taehyung, pasando una mano por su cabello gris platinado y desordenándolo ligeramente—. Ya no sé qué hacer para deshacerme de ese hombre. Es insoportable. No entiende un “no” en ningún idioma.
—Solo digo que la persistencia de Jeon es de temer —comentó el otro omega, suavizando un poco el tono—. En fin, ¿ya casi llegas?
—Sí, estoy a dos calles del restaurante —susurró Taehyung, viendo cómo el semáforo cambiaba a verde—. Escúchame bien, Chim. Estate muy atento al teléfono. En el preciso momento en que me siente y vea qué tipo de idiota me puso mi madre enfrente, te enviaré un mensaje. Llámame sin dudar. No pienso pasar más de veinte minutos perdiendo el tiempo.
—Entendido, capitán. Teléfono en mano y listo para el rescate. Suerte, Tae.
La llamada se cortó. Taehyung estacionó el vehículo frente a la elegante fachada del lugar. Al bajarse, acomodó su abrigo de diseñador sobre su esbelta figura y respiró hondo para recuperar la compostura profesional que lo caracterizaba como Director Ejecutivo.
Caminó con paso firme hacia la entrada del lujoso establecimiento. Al cruzar las puertas de cristal, se acercó a la recepción con la intención de identificarse.
—Buenas tardes, tengo una reservación a nombre de Kim Taeh…
Ni siquiera pudo terminar de pronunciar su propio apellido. Uno de los trabajadores, que parecía haber estado esperando exclusivamente su llegada, hizo una reverencia inmediata e interrumpió con extrema cortesía.
—Señor Kim, por aquí, por favor. Su acompañante ya lo está esperando.
Taehyung parpadeó, extrañado por la rapidez, pero asintió en silencio. Siguió los pasos del empleado a través del elegante salón principal, esperando ser conducido a una de las mesas compartidas cerca de los ventanales. Sin embargo, el camino se desvió hacia los pasillos del fondo, aquellos que resguardaban las áreas más exclusivas.
El trabajador se detuvo frente a una puerta de madera pesada y la abrió con delicadeza, invitándolo a pasar a una pequeña habitación privada. Taehyung reconoció el diseño al instante; ese tipo de salas eran reservadas casi de manera exclusiva por altos empresarios para cenas de negocios confidenciales con socios de gran calibre. ¿Por qué un pretendiente de una cita a ciegas habría reservado un espacio así?
La respuesta llegó en el milisegundo en que dio un paso hacia el interior del privado.
Sentado al fondo, con una postura impecable y la atención fija en un documento que sostenía entre sus manos tatuadas, se encontraba Jeon Jungkook. El cabello negro azabache caía sutilmente sobre su frente, vistiendo un traje oscuro hecho a medida que acentuaba su robusta y atlética complexión física.
El estómago de Taehyung se contrajo de inmediato, no por emoción, sino por una mezcla pura de frustración, estrés y absoluto hartazgo. Una oleada de fastidio le recorrió la espina dorsal. Ver a aquel alfa allí, en el lugar donde se suponía que debía conocer a alguien nuevo, le provocó un ferviente deseo de morir. Quería que la tierra se tragara el restaurante entero o, al menos, desaparecer de ese sitio lo más rápido posible.
Jungkook levantó la mirada. Al notar la presencia del omega, sus ojos oscuros brillaron con una intensidad peligrosa y una sonrisa ladina, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. Disfrutaba ver la reacción de Taehyung. Le fascinaba el sutil destello de furia en sus ojos grises y la rigidez de su cuerpo esbelto. Para Jungkook, cualquier reacción de Taehyung era una victoria; prefería mil veces su rechazo y su desdén antes que la indiferencia. Al menos así sabía que causaba algo en él.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Taehyung, sin molestarse en ocultar el veneno en su voz, manteniéndose firmemente plantado junto al marco de la puerta.
Jungkook dejó el documento sobre la mesa con parsimonia, se puso de pie demostrándole su imponente altura y caminó hacia el otro extremo.
—Buenas tardes para ti también, Taehyung —respondió el alfa, su voz profunda resonando en el espacio cerrado. Desplazó una de las sillas hacia atrás, sosteniéndola con la clara intención de que el omega se sentara—. Tu madre tiene un gusto excelente para los restaurantes. Seré tu cita de este día.
Taehyung soltó una risa seca, negando con la cabeza. Su postura no flaqueó; permaneció cerca de la salida, midiendo la distancia por si necesitaba salir corriendo en cualquier instante.
—Estás demente. Mi cita de hoy debía ser un idiota llamado Minhyuk, no tú. ¿Qué le hiciste?
Jungkook simplemente se encogió de hombros, mostrando una total falta de remordimiento en su rostro de facciones marcadas.
—Digamos que el señor Minhyuk recordó de repente que tenía un compromiso urgente al otro lado del país y decidió ceder su lugar. Acepta la invitación, Taehyung. Siéntate.
Taehyung observó la silla y luego fijó sus ojos platinados en el alfa. La audacia de Jungkook le parecía intolerable. No se trataba de un negocio, no era una empresa que pudiera comprar mediante extorsiones o sobornos a sus rivales.
—No pienso sentarme contigo, Jeon. Me largo.
Dando una media vuelta sobre sus talones, Taehyung comenzó a alejarse a paso rápido por el pasillo del restaurante, ignorando por completo la etiqueta y las miradas del personal.
Detrás de él, un gruñido bajo y territorial escapó del pecho de Jungkook. Los pasos pesados del alfa resonaron apresurados mientras lo seguía de cerca, acortando la distancia en el vestíbulo principal. Antes de que Taehyung pudiera empujar las puertas de cristal hacia el estacionamiento, Jungkook habló, empleando un tono que jamás usó con nadie en su vida corporativa o privada: un tono que rozaba la súplica.
—Taehyung, espera. Quédate. Al menos quédate a comer conmigo; no tienes que hablarme si no quieres, pero no te vayas así.
Taehyung se detuvo en seco justo antes de salir al exterior. Se giró lentamente, encarando al imponente alfa azabache. La distancia entre ambos era corta, permitiéndole ver el contraste entre su propia silueta estilizada y la robustez tatuada de Jungkook.
—Entiéndelo de una maldita vez: no estoy interesado en ti. No me importan tus regalos, no me importan tus notas y mucho menos tus escenas. Solo si el infierno se congela, te daría una oportunidad. ¿Te queda claro?
Cualquier otro alfa se habría retirado con el orgullo herido ante semejante humillación pública, pero Jungkook no era cualquier alfa. Su obsesión no conocía límites. Dio un paso hacia el frente, clavando sus ojos oscuros en los del omega, destilando una seguridad tan soberbia como magnética.
—Podría hacer que el mismo Lucifer se arrodille ante mí si tú me lo pidieras, Taehyung —respondió Jungkook, con voz sombría pero firme, la mandíbula tensa—. Nadie me dice que no a mí. Y tú no serás la excepción.
Taehyung guardó silencio por un segundo, asimilando la inmensa arrogancia de sus palabras. Luego, simplemente se limitó a soltar una risa carente de humor, una muestra del desprecio que le causaban sus intentos de control. Sin responderle una sola palabra más, empujó las puertas de cristal, caminó hacia su auto con paso elegante y se subió en él.
Arrancó el motor y aceleró, dejando a Jeon Jungkook parado solo en la entrada del restaurante, observando cómo el vehículo gris se perdía en la avenida.
Jungkook se quedó allí, estático, con la mirada fija en el asfalto. Le habían dicho que no una vez más. Sin embargo, mientras acomodaba el saco de su traje y sentía el eco de la risa de Taehyung en su mente, supo que aquella negativa solo alimentaba el fuego de su fijación. El omega creía que sus muros eran infranqueables, pero Jungkook estaba más que dispuesto a demostrarle que, si era necesario, quemaría el mundo entero con tal de ganarse el derecho a estar a su lado.









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