Capítulo Uno
El otoño llegó, y con él, mis ganas de colgar los tenis. Solo anhelaba que me diera un infarto fulminante para liberarme de esta existencia miserable y ahorrarme el trámite de la pensión que nunca tendré. Pero no, la vida es así de aferrada: tenía que seguir adelante, asistir a la universidad y fingir que todo estaba bien. Esa era yo, una joven de 19 años atrapada en una vida más aburrida que un domingo sin fútbol. Me preguntaba en qué momento iba a comenzar a disfrutar la vida, pero la verdad es que yo ya había alzado la bandera blanca hace años. Estaba esperando que la muerte viniera por mí, pero parece que ni ella me aguantaba el paso.
Los libros eran mi único refugio, mi escape de esta realidad de transporte público y café de tres pesos. Me permitían imaginar mundos ficticios donde yo era la mera mera de la plaza, donde mi vida tenía sentido y, mínimo, una trama interesante. A veces, vomitaba esas historias en mi computadora. No era una escritora de best-sellers, pero tenía mi grupito de seguidores en Wattpad, una secta de almas en pena que disfrutaban sufrir con mis tragedias. Si yo no dormía por la depresión, ellos no dormían por mis capítulos. Justo pago.
Mientras caminaba por los pasillos de la facultad, me aferraba a mis libros como si fueran un escudo, también por si a algún despistado se le ocurría hablarme, poder acomodarle un buen "librazo" en la cara. Veía a mis compañeros corriendo como si regalaran boletos para ir al concierto de Bad Bunny y me parecía tan absurdo, el hecho de que corrieran para ir al siguiente salón. ¿Por qué estresarse por tareas y exámenes solo para terminar en un cubículo de dos por dos, odiando al jefe hasta que el cuerpo aguante? Una rutina de terror, pero sin el presupuesto de Hollywood.
—¿Estás bien? —preguntó una rubia, interrumpiendo mi hermoso pensamiento nada deprimente.
Solté un suspiro. Me acababa de romper el hilo de mi pensamiento sobre lo horrible que es la existencia. Qué falta de respeto.
—Sí —respondí, seca como el bolillo de tres días que mi mamá guardaba en la cocina.
Me alejé en chinga, sin querer empezar una conversación que, lo sabía, se pondría más incómoda que cena de Navidad con tíos peleándose por los terrenos de la abuela. No nací para socializar, soy más de estar en silencio, disfrutando el hecho de no tener que inventar temas de conversación para rellenar el hueco.
Entré al salón y me instalé en el último asiento, mi trinchera personal. Desde ahí observaba al zoológico que tenía por compañeros. Casi siempre me aburría y mi mente se iba a dar la vuelta por otros lados. Me ponía a imaginar sus vidas, pero nada de finales felices. No, señor. Les inventaba miserias dignas de la Rosa de Guadalupe. Porque si yo me estoy hundiendo en el fango, mínimo que a ellos les salpique el lodo.
—Buenos días —saludó el profe con su voz de "ya denme mi jubilación".
—¡Buenos días! —respondió la de gafas de la primera fila. Tenía un entusiasmo tan castrante que cada que abría la boca me daban punzadas detrás de los ojos.
Mientras el maestro empezaba a escribir en el pizarrón, susurré para mis adentros:
—Este es un excelente momento para enterrarme el lápiz en la yugular y dejar de pagar el plan del cel.
Mi compañero de banca se hizo un poquito para allá, seguramente pensando que ya se le había sentado al lado la "loquita del centro". No lo culpo, por algo mi círculo social es un punto. Hasta yo misma me asusto con mis ideas, pero doy gracias a Dios que nadie puede leer mentes, porque si no, ya me habrían mandado al manicomio con camisa de fuerza y toda la cosa. De pronto, alguien se disculpó por llegar tarde. Mi corazón dio un vuelco que casi me saca el aire. Era él. Lo miré de reojo y mi respiración se puso más irregular que el internet de la escuela.
Llevaba esa chaqueta de cuero que lo hacía ver como el "chico malo" de la película, aunque de malote no tenía ni un pelo, era más pan de Dios que otra cosa, pero la fachada le salía de lujo.
Moví el pie como si tuviera hormigas, ansiosa por que la clase acabara para correr a la biblioteca a dormir o a leer. Anoche me desvelé con un libro y resultó ser una trilogía, ahora Cardan y la poderosísima Jude no se me salían de la cabeza. ¿Qué tanto le costaba al destino mandarme al mundo de las hadas? Eso sí, sin que despacharan a mis papás en el proceso, que no soy Batman. No era mucho pedir, ¿o sí? La idea me sacó una media sonrisa y me quedé ahí, flotando en mi propia burbuja, soñando con mundos mágicos donde, por lo menos, no hay que presentar exámenes de estadística.
Era triste reconocer que la única forma de no mandarlo todo al carajo era vivir colgada de la lámpara, creando escenarios ficticios en mi cabeza que tenían menos probabilidades de pasar que el hecho de que me ganara la lotería sin comprar boleto.
—Rara... —me llamó el que compartía banca conmigo, rompiendo mi burbuja de fantasía justo cuando el protagonista me iba a declarar su amor eterno.
—Yo podré ser rara, pero tú estás más buey que una vaca —solté sin siquiera dignarme a mirarlo.
—Lo que quieras, ¿me prestas un lápiz? —insistió el muy necio.
—No —contesté con la amabilidad de un perro rabioso—. Y no me hables, porque si sigues dando lata, te voy a decorar el ojo con la punta de este lápiz.
Hice un movimiento ninja con mi lápiz para que viera que no estaba jugando. Santo remedio. El tipo se levantó como si le hubiera dado un toque eléctrico y se fue a sentar a la otra esquina. Me reí por dentro, me encanta ver cómo la gente huye cuando saco mi "personalidad de loquita" o sea, siempre. Mi espacio personal es como una zona de radiación: entre más facha de "no te me acerques" traigo, parece que a la gente más le dan ganas de venir a ver si muerdo.
Entonces, Isaac me clavó la mirada con una curiosidad que me picaba las costillas. Le dediqué mi dedo medio con una elegancia impecable y una cara de odio que ensayé frente al espejo. Pero el muy cínico solo soltó una sonrisa de esas cálidas que te dan ganas de pedirle prestado. Rodé los ojos. Me purga su amabilidad, no estoy acostumbrada a que me traten como ser humano, y menos con esa sonrisita que parece comercial de pasta de dientes.
Después de lo que pareció una eternidad de clase (donde el tiempo pasó más lento que un trámite en el Seguro Social), por fin sonó la campana. Todos salieron disparados como si estuvieran regalando tamales afuera. Me encasqueté la capucha, agarré mis tesoros y salí al último, cuidando que nadie me rozara. Pasé al casillero a guardar la carga pesada y me quedé solo con "El Rey Malvado". Al asomarme al pasillo, casi me da un patatús: estaba hasta el tope de gente. El ruido era un martirio. Ojalá a todos les cayera un rayo desintegrador, o de plano que la tierra me tragara a mí para no tener que verles sus caras de felicidad fingida.
—¡Kiaraaaaa! —chilló una voz que reconocería hasta debajo del agua.
Me di la vuelta y ahí venía ella, tacleando gente y repartiendo empujones como si fuera el último día de rebajas en el tianguis. A la mitad se les puso al brinco, pero a ella le valía tres hectáreas de pepino. Su cabello volaba de forma tan exagerada que juraría que venía en cámara lenta, como en esas películas chafas de romance. Ella era la única persona que se atrevía a hablarme, y me caía gordísimo. Por más que le hacía muecas de desagrado y le contestaba de mala forma, la muy terca no se alejaba. Era como un chicle en la suela del zapato.
—¿Qué quieres ahora? —pregunté con menos ganas que las de ir a trabajar en lunes.
—¿A poco ya te vas? —dijo mirando mi libro como si fuera un bicho raro.
—A la biblioteca —le enseñé la portada, esperando que entendiera la indirecta de "necesito silencio".
—Ay, no seas así, mejor vamos a chismear un rato —dijo haciendo un puchero que no me conmovió ni tantito.
—Paso. No tengo ganas —la bateé de inmediato.
—¿Segura que estás bien? —preguntó de la nada, con esa cara de preocupación que me revuelve el estómago—. Te ves medio mal... digo, desde que pasó lo de... bueno, ni sé qué pasó, pero andas muy "dark".
Sentí un hueco en el pecho, pero lo rellené rápido con puro orgullo.
—Así soy yo, siempre tengo cara de pocos amigos —le corté el tema antes de que se pusiera sentimental.
Era la neta: siempre parezco enferma. Bueno, enferma de la cabeza sí estoy por vivir en mis cuentos, pero físicamente doy el gatazo de alguien que no ha visto la luz del sol en años. Pálida como Gasparín, con unas ojeras de mapache que ya tienen código postal propio (cortesía de las desveladas leyendo) y los labios todos mordisqueados por la ansiedad de saber si el protagonista vive o muere. Mi cabello castaño es un desastre, pero es mi desastre y así lo quiero.
Le di la espalda sin decir "adiós" y me enfilé a la biblioteca. Ese lugar es mi tierra prometida. Ahí el silencio es ley y nadie te juzga por ignorar al mundo. En mi casa leer es deporte extremo: que si "¡Kiara, ayúdame con los trastes!", que si "¡Kiara, hazte para allá!", que si "¡Kiara, ¿sigues viva o ya te hiciste mueble?". Siempre es el mismo cuento. Por eso prefiero la noche, cuando el mundo se calla y solo quedamos mi cobija, mi lámpara, mi libro y yo, viviendo la vida que realmente me gustaría tener.
Cerré la puerta detrás de mí y, por primera vez en el día, mi amargura se tomó un descanso, sonreí por dentro. El silencio de la biblioteca era glorioso, una bendición en este mundo lleno de gente que grita por todo. Caminé de puntitas hasta mi rincón de siempre, ese que tiene el sello invisible de "propiedad privada de la antisocial", y puse mi libro sobre la mesa con la reverencia de quien posa una reliquia santa.
Antes de abrirlo, me quedé viendo por la ventana. Solo se alcanzaba a ver un pedazo de cielo, pero para mí era más que suficiente. Afuera, los de mi especie, o sea, los jóvenes vivían pegados al celular como si fuera un tanque de oxígeno y como yo era única diferente prefería leer libros. Ya nadie se detiene a admirar las pequeñas bellezas del mundo, prefieren tomarle mil fotos al atardecer, ponerle filtro y subirlo a Instagram con una frase profunda, sin haber despegado los ojos de la pantalla para verlo en vivo. A veces siento que soy una doñita de ochenta años atrapada en el cuerpo de una de diecinueve, solo me falta el tejido, el rosario y empezar a quejarme del dolor de ciática.
Abrí mi libro, pero la concentración me duró lo que un suspiro. Mi mente, que es más dispersa que una ráfaga de confeti, decidió que era mejor momento para checar las notificaciones de Wattpad y ver cómo seguían llorando mis lectores por el final de Efímero.
Los comentarios eran una joya del ingenio humano:
LapolladeChristophermorgan1: "Noooo, mi Dante merecía ser feliz después de tanto sufrimiento. Autora, te odio pero te amo, pero más te odio".
Ana_roos: "Si la protagonista no lo quiere por traumado, yo sí. ¡Pásenme el cloro!".
EsposadeAres: "¿Habrá segunda parte? Dime que sí o me corto las venas con una galleta María".
"Vaya que se lucen con los nombres de usuario", pensé con una mueca de diversión. Hay que tener talento para bautizarse así en internet.
Me cansé del drama literario y me puse a ver videos por YouTube, saltando de un lado a otro sin rumbo. Empecé viendo videos de gatitos que se asustan con objetos en movimiento (un clásico que nunca falla) y, por un error de mi dedo torpe, terminé dándole clic a un video que no tenía nada que ver.
El título era una joya del internet: "¿Cómo traer a la realidad a un personaje literario? | En solo 5 pasos".
Solté una carcajada que casi hace que la bibliotecaria me lance un zapato. Pero la curiosidad, que es la que siempre termina matando al gato (y a mis neuronas), me obligó a verlo. Pensé que sería un video de comedia, de esos que se burlan de las morras básicas que aman los libros, pero no. La explicación parecía un tutorial de brujería de mercado, algo sacado del "Libro de San Cipriano" versión centennial. Era ridículo: no puedes sacar a alguien que solo existe entre hojas de papel y tinta.
Me imaginé a medio ritual invocando por error a un demonio de bajo presupuesto que, en lugar de matarme, se llevaría mi alma. Y luego, mi fantasma regresaría para darle dislike al video por publicidad engañosa. Sin embargo, luego, mi lado oscuro y desesperado me dio un codazo: ¿Y si funcionara?
En mi cabeza solo había dos opciones:
A) Invoco a un demonio y por fin se acaba mi semestre.
B) No pasa absolutamente nada y solo quedo como la más payasa.
Obviamente, mi parte racional (que es muy chiquita, la verdad) decía que era puro cuento. No podía ser que con cinco pasos simples apareciera un personaje literario frente a ti. Pero... ¿qué tal si lo intentaba? Al final, lo único que podía perder era el tiempo, y de todos modos ya lo estaba desperdiciando viendo gatos. Me reía para mis adentros, esto parecía otro de mis escenarios ficticios, solo que esta vez yo tenía el control remoto.
"Bueno," pensé, acomodándome la mochila, "si termino poseída por un espíritu chocarrero, al menos será más interesante que todo los años de vida que llevo.








