PROLOGO
Los vampiros siempre existieron. Pero nunca fueron dueños del mundo.
Durante siglos vivieron ocultos, alimentándose en las sombras, sobreviviendo con pequeñas extracciones de sangre que pasaban desapercibidas. Eran monstruos de leyenda, criaturas de las que se susurraba en voz baja, seres que los humanos cazaban cuando los descubrían. Por eso se escondían. Por eso temían ser vistos.
Pero un día todo cambio para ellos, la hambruna y la peste llegaron para cambiar todo.
Las tierras se secaron. Las cosechas se volvieron polvo. La comida escaseó. La gente, débil y hambrienta, empezó a enfermar. La llamaron la Peste Roja, porque los que la contraían vomitaban sangre hasta perecer, tiñendo sus labios y sus manos de un rojo que nunca se borraba.
El mundo colapsó. Los gobiernos cayeron. Las ciudades se vaciaron. Los humanos empezaron a morir por millones, y los que sobrevivieron lo hicieron matando por un pedazo de pan, por una gota de agua, por una noche más de vida.
Fue entonces cuando los vampiros vieron su oportunidad. No para conquistar, sino para sobrevivir. Sin humanos, ellos también morirían de hambre. Su existencia dependía de la sangre humana, y si la humanidad se extinguía, ellos la seguirían.
Así que salieron de las sombras y ofrecieron un trato: sangre a cambio de protección y, el pacto de una tregua.
Los vampiros donaban su sangre inmune para curar la peste. Los humanos les daban un lugar donde vivir y les donaban sangre voluntariamente para alimentarlos. Fue un pacto de necesidad. No de confianza. Y como todos los pactos de necesidad, no duró para siempre.
Pasaron los años. La hambruna terminó. La peste fue controlada. Los humanos comenzaron a recuperarse, a reconstruir lo que habían perdido. Y entonces, como siempre hacen los humanos cuando ya no necesitan algo, descartaron a quienes los habían salvado.
Empezaron a cazarlos.
No por miedo, sino por ingratitud. Los vampiros, que habían confiado en el pacto, se vieron obligados a defenderse. Pero no podían luchar solos. Eran pocos, y los humanos eran muchos. Entonces encontraron una solución más oscura: convertir humanos en vampiros.
Los convertidos no eran iguales a los puros.
Los vampiros puros nacían vampiros. Eran la élite, la sangre original, los únicos que podían gobernar. Habían existido desde antes de que los humanos escribieran su primera palabra. Los convertidos, en cambio, eran humanos que habían sido mordidos y transformados, arrancados de su humanidad para servir a una nueva naturaleza. No era una elección, era una imposición biológica. Y los convertidos, por naturaleza, se sometían a la voluntad de los puros.
Esa jerarquía se convirtió en la base del poder vampírico.
Los puros eran los señores. Los convertidos eran sus soldados, sus sirvientes, sus herramientas. Y más abajo, en el escalón más bajo de la cadena, estaban los bestias: vampiros que habían perdido toda su humanidad, criaturas que solo conocían el hambre y la violencia. Eran el resultado de una conversión fallida, o de una caída irreversible. No obedecían a nadie. Solo a su instinto.
La guerra que estalló no fue entre buenos y malos. Fue una guerra de ideologías, miedos y traiciones.
Surgieron facciones. Vampiros que querían dominar a los humanos y someterlos por completo. Vampiros que creían en la convivencia y soñaban con un mundo donde ambas razas coexistieran. Humanos que querían exterminar a todos los vampiros sin distinción. Humanos que preferían someterse a cambio de seguridad y poder. Y humanos que simplemente querían que la guerra terminara, sin importar quién ganara.
La guerra duró décadas. Ciudades enteras fueron arrasadas. La civilización humana colapsó. Los vampiros tomaron el poder en la mayoría de los territorios, no por la fuerza bruta, sino porque los humanos, debilitados y divididos, ya no podían detenerlos.
Pero no todos los humanos se rindieron.
Algunos se organizaron. Fundaron la Resistencia, una red de personas que luchaban desde las sombras, saboteando cargamentos de sangre, liberando prisioneros, protegiendo a los débiles. No eran muchos, pero eran persistentes. Y en ciudades como Valdoria, la última ciudad con una Resistencia organizada, su presencia se hacía sentir.
Valdoria es una ciudad mediana, rodeada de murallas que se alzan como heridas cicatrizadas en el paisaje. Sus calles son estrechas y sombrías, sus edificios mezclan lo moderno con lo antiguo, y su gente camina con la cabeza gacha, aprendiendo a no mirar a los ojos de quienes los gobiernan.
Gobernada por un vampiro puro de la Casa de los Primigenios, la ciudad es un reflejo de lo que el mundo se ha convertido: un lugar donde los humanos sobreviven, pero no viven. Donde la sangre es una moneda de cambio, y la vida humana es un recurso más.
Pero la Resistencia sigue en pie. Y en las sombras de Valdoria, hay quienes aún creen que el mundo puede ser diferente.
Esta es la historia de aquellas vidas que buscaban un cambio.
FIN DEL PRÓLOGO








