Chapter
El rugido ensordecedor de los motores había cesado, aunque la sensación seguía recorriendo el cuerpo de Jungkook.
El Gran Premio de Singapur había sido un infierno de asfalto caliente, curvas cerradas y decisiones tomadas a 300 kilómetros por hora.
Segundo lugar.
Debería estar eufórico, subido en la nube de un podio, pero una inquietud profunda le carcomía por dentro. No por la plata, sino porque la victoria se le había escapado por un error suyo en la última vuelta, un milisegundo de duda al frenar.
El paddock era ahora un circo de luces, música electrónica y el olor dulzón del champán barato mezclado con caucho quemado.
Jungkook, con el traje de carreras desabrochado hasta el ombligo, la camiseta interior empapada y el casco bajo el brazo, intentaba sonreír para las fotos. Los flashes lo dejaban ciego.
—¡Gran carrera, JK! —le gritó un periodista. —¿La próxima será la buena?
—Siempre damos lo mejor —respondió Jungkook con la respuesta automática, mientras su mirada escaneaba la multitud.
Lo buscaba. Entre uniformes de equipo, trajes de ejecutivos y vestidos de fiesta, necesitaba encontrar a su punto de calma.
Lo vio junto al muro de neumáticos del equipo rival, deliberadamente alejado del centro de atención.
Jimin. Llevaba un vestido corto de satén plateado, su cabello rubio y unos tacones de aguja lo elevaban, haciéndolo parecer un dios en medio del caos industrial.
El rubio sostenía una copa de champán sin beber, observando el espectáculo con una sonrisa tranquila que no llegaba a sus ojos.
Esa mirada, esa distancia, Jungkook la conocía bien. Era su mirada de “estoy contigo, pero este circo no me toca”.
Se abrió paso entre mecánicos sudorosos que le palmearon la espalda y ejecutivos que le ofrecieron cigarros.
Cuando finalmente llegó a su lado, el aire pareció cambiar.
—Héroe del pueblo —dijo Jimin, sin mirarlo, su voz un susurro apenas audible sobre la música. —Casi.
—No suficiente —gruñó Jungkook, tomando la copa de su mano y bebiendo el resto del champán de un trago.
El líquido burbujeante no limpió el sabor a fracaso en su boca.
—Para mí sí lo fue —Jimin lo miró, sus ojos color miel lo atravesaron. —Podia ver tu cara en la tele, a través del casco, en esa última curva. No era miedo. Era rabia pura. Me puso… nervioso.
La palabra “nervioso” en su boca tenía un significado especial. Un código entre ellos.
Jungkook sintió que la inquietud se transformaba en algo más caliente, más urgente. La adrenalina de la carrera, la frustración, el cansancio extremo… todo se reconvirtió en un deseo bruto y simple.
—Necesito salir de aquí —dijo, su voz sonó más áspera de lo que pretendía.
—Tu equipo te espera para el brindis —señaló Jimin con la cabeza hacia donde sus ingenieros levantaban copas.
—Que esperen —cortó él.
Su mano encontró la de el, los dedos entrelazándose con fuerza. —Ven.
No fue un paseo romántico. Fue una retirada táctica. Jungkook, todavía en modo piloto, identificó la ruta más rápida hacia la sombra.
Lo alejó de la carpa principal, pasando por detrás de los remolques de los equipos, donde solo había cables gruesos serpenteando por el suelo y montañas de llantas usadas apiladas unas sobre otras.
El ruido de la fiesta quedó atrás, reemplazado por el zumbido de los generadores y el sonido metálico de alguna herramienta cayendo a la distancia.
El aire olía a aceite caliente, combustible y humedad tropical.
—¿A dónde vamos? —preguntó Jimin, pero sus pasos eran firmes, seguros.
Confiaba en él a ciegas, incluso aquí, incluso ahora.
—A algún lugar donde no haya cámaras —respondió Jungkook, tirando de el hacia un estrecho pasillo formado por dos contenedores de equipo de alta tecnología.
En la penumbra, se detuvieron.
La espalda de Jimin tocó la pared fría del contenedor. Jungkook lo miró, y en sus ojos vio el mismo fuego.
—No puedo esperar —declaró Jungkook.
—Entonces no esperes —fue su respuesta, en un tono desafiante.
El primer beso fue un choque. No hubo ternura. Fue el encuentro brusco de dos necesidades urgentes.
Los labios de Jungkook sabían a champán y a fatiga; los de Jimin a paciencia agotada.
Jungkook lo empujó contra el metal, su cuerpo musculoso, aún tenso por las horas al volante, aprisionándolo.
Una mano se enterró en su cabello rubio, tirando suavemente para exponer su cuello.
La otra bajó por su costado, palmeando la curva de su cadera antes de agarrar el vuelo del vestido plateado.
—Este vestido es un impedimento —murmuró contra su piel.
—Entonces quítalo —retó, su voz temblorosa pero firme.
Pero no se lo quitó. Solo se lo subió.
La seda resbaló sobre sus muslos, revelando que, efectivamente, no llevaba nada debajo.
Un suspiro gutural escapó de Jungkook.
Lo había sabido, lo había esperado, pero confirmarlo era otra cosa.
Su mano se deslizó por su vientre, hacia su coño.
—Joder, Jimin —jadeó, encontrándolo empapado, más que listo. —Todo esto… ¿por mí?
—Todo por ti —susurró, abriendo las piernas un poco más, invitándolo. —Por cada curva que tomaste al límite. Por cada maldito riesgo. Me hirvió la sangre y ahora no puedo pensar.
Sus palabras encendieron aun mas a Jungkook.
Con movimientos bruscos bajó la cremallera lateral de su mono, peleando con la tela hasta que pudo sacar su erección, grade, dura y palpitante, al aire húmedo de la noche.
Levantó una de las piernas de Jimin, enlazándola alrededor de su cintura. El rubio se aferró a sus hombros, clavando los tacones en la parte baja de su espalda.
—¿Estás seguro? —preguntó Jungkook, en un último intento por contenerse.
La respuesta de Jimin fue arquearse contra él, guiando la punta de su pene hacia su entrada.
—Gana esta carrera —susurró.
Fue toda la autorización que necesitó.
La penetración fue profunda, Jimin ahogó un grito agudo contra el hueco de su cuello, sus uñas arañando el material de sus hombros.
No fue lento. Todo lo que había contenido durante la carrera salió de golpe. La frustración por el segundo puesto, el agotamiento físico, la presión de aquellas cincuenta y ocho vueltas, todo se desahogó en el empuje de sus caderas.
El contenedor metálico resonaba con un sonido sordo y rítmico. Jimin mordía su propio labio para silenciar los gemidos, pero lograban escapar sonidos guturales, quejidos de placer puro, entre sus respiraciones entrecortadas.
—Así… —jadeaba Jungkook, su frente apoyada contra el metal frío, al lado de la cabeza de su rubio. —Eres la única meta que importa.
Su voz, áspera y cargada de verdad, hizo algo dentro de Jimin.
El riesgo de ser descubiertos y la vulgaridad del lugar, lo llevaron al límite. Sintió su orgasmo acumulándose en su vientre.
—Jungkook… no puedo… voy a…
—Sí —dijo Jungkook acelerando el ritmo hasta un punto casi brutal. —Vente. Vente conmigo. Déjame sentir que gano algo hoy.
Esa frase lo logró. Un orgasmo violento lo sacudió. Su cuerpo se tensó y se arqueó, un grito ahogado escapó de sus labios.
La sensación de su interior apretándose alrededor de él fue demasiado para Jungkook. Con un gruñido largo y profundo se vino dentro de el, derramándose mientras su propio cuerpo se sacudía con el espasmo final.
El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el sonido de su respiración jadeante.
Permanecieron entrelazados, pegados, sudorosos, durante lo que pareció una eternidad.
La realidad exterior—la música, los gritos, el zumbido de los generadores—regresó lentamente a sus oídos.
Poco a poco, Jungkook lo bajó, asegurándose de que sus piernas temblorosas lo sostuvieran.
Jimin se apoyó contra el contenedor, tratando de recuperar el aliento.
Él se arregló el traje de carreras con movimientos torpes, la fatiga cayendo sobre él.
Se miraron.
Jimin se veia perfecto: el vestido plateado arrugado y subido, el lápiz labial corrido, el cabello deshecho.
—Esto ha sido… —empezó Jimin, sin aliento.
—Lo sé —lo interrumpió Jungkook, y esta vez su voz era suave, llena de asombro.
Acercó su mano y con el pulgar limpió suavemente una mancha de labial de su barbilla. —Lo sé.
Desde la entrada del pasillo, la voz del presentador principal anunció el espectáculo de fuegos artificiales.
Los fuegos artificiales de color verde y rojo iluminaron el cielo sobre ellos.
—Deberíamos volver —dijo Jimin, con una sonrisa cansada pero radiante. —Tu público te espera.
—Que espere un minuto más —susurró él, y lo atrajo hacia un abrazo que no era sexual, sino profundamente íntimo.
Descansó la barbilla sobre su cabeza y cerró los ojos, respirando su perfume bajo el olor a sudor y sexo. —Esto es lo único real hoy.
Permanecieron así, en su burbuja de metal y sombra, mientras los fuegos artificiales estallaban en el cielo y la fiesta por su segundo puesto continuaba sin ellos.
Por primera vez desde que cruzó la línea de meta, Jungkook sintió una paz genuina.
No había trofeo, no había champán, no había entrevistas. Solo Jimin, su respiración sincronizada con la suya, y la certeza de que fuera cual fuera el resultado en la pista, siempre tendría este refugio.
Finalmente, Jimin se separó un poco.
Buscó en su pequeña bolsa plateado y sacó un pañuelo de papel. Con cuidado, limpió un poco de sudor de la frente de Jungkook y luego se arregló el lápiz labial lo mejor que pudo.
—Listos para enfrentar al mundo otra vez, piloto? —preguntó, con un brillo juguetón en los ojos.
Jungkook tomó su mano y la llevó a sus labios, besando sus nudillos.
—Con mi copiloto a mi lado, puedo enfrentar cualquier cosa —dijo.
Y cuando salieron del escondite, tomados de la mano, caminando lentamente de regreso hacia las luces y el ruido, nadie en la multitud notó nada más que al piloto estrella y a su glamoroso novio.








