Prólogo
La noticia fue furor en todos los periódicos de Tokio.
“Alumna de primer año de preparatoria se quita la vida al lanzarse desde la azotea de su escuela”.
Una chica se encontraba sentada enfrente de un hombre en sus treinta y algo, con traje y corbata, lentes redondos y cara algo obesa.
—¿Estás consciente de lo que acabas de hacer, Kuroneko-san? —preguntó el hombre, entrecruzando los dedos—. Ahora mismo, ellos están en el hospital con múltiples fracturas en todo su cuerpo.
—Son demonios —murmuró.
—¿Disculpa?
—Son demonios... nos atormentaban día tras día y nadie nos ayudó —habló la chica, mientras se abrazaba a sí misma entre lágrimas—. Los humanos... son seres tan repulsivos, lo que yo les hice... fue lo correcto, se merecían cada golpe, cada fractura, tenía que pagar caro por Yuko-Chan.
—Lo que ocurrió con Fujiwara-san no justifica tus actos —le recriminó— ¿Qué hubiera pasado si alguien hubiera muerto debido a los golpes que les diste?
—Me hubiera alegrado mucho, de hecho, era lo que buscaba hacer —confesó mirando a los ojos al hombre, con unos ojos amarillos que brillaban—. Ellos me quitaron a Yuko-Chan... merecían morir.
—¡¿Te estás escuchando?! ¡¿Pensabas tirar todo ese futuro que tienes por una venganza?! —le gritó, anonadado por todo lo que escuchaba.
—Usted también... merece la muerte —acusó apretando los dientes con furia—. Siempre supo lo que nos hacían y nadie los detuvo... sus manos también están manchadas con la sangre de Yuko-Chan.
El hombre estaba rojo de la ira, se levantó de su silla con violencia, tirándola al suelo, levantó su dedo índice y parecía listo para seguirle gritando, pero de la nada, un escalofrió recorrió todo su cuerpo. Del otro lado de la puerta, había una presencia terrible.
A la oficina entró un hombre en sus cuarenta y ocho años, con cabello negro y largo, atado con una cola de caballo, sus ojos eran de color amarillo, su piel era bastante pálida. Vestía con una hakama negra, un kimono azul oscuro y un haori de color morado.
—Watanabe-Sensei... ¿Qué significa esto? —preguntó el hombre, con una voz bastante grave y algo rasposa.
—K-Kuroneko-Sensei, debe entender la situación —trató de explicarse algo nervioso—. S-su hija ha hospitalizado a varios de mis alumnos.
—Hasta donde yo sé, esos seis alumnos acosaban constantemente a mi hija y a su mejor amiga —replicó el hombre, acercándose al escritorio lentamente—. Les he llamado la atención varias veces, sin embargo, usted no se ha dignado a expulsarlos debido a que sus padres son grandes benefactores de la escuela, ¿verdad?
—B-bueno, debe entender la posición en la que me encuentro...
—No me interesa, guárdese sus excusas —interrumpió de forma brusca—. Usted me dice: “Kuroneko-Sensei, haga justicia con su hija”, pero usted nunca ha pensado en hacer justicia por Yuko-Chan a quien consideraba como otra de mis hijas.
Aquel intimidante hombre tomó a la chica del brazo para levantarla y darse ambos media vuelta.
—¡Alto! ¡¿A dónde piensan que van?! —les gritó, boquiabierto.
—Sacaré a mi hija de esta escuela, es obvio que este es un nido de ratas —acusó el hombre intimidante—. También presento mi renuncia como profesor de kendo y retiraré los fondos que he estado donando a esta institución, me tienen profundamente decepcionado.
El padre y su hija se fueron sin decir más ninguna otra palabra, tampoco hablaron entre ellos hasta que llegaron a su casa. Tras quitarse los zapatos en la entrada, el hombre volteó a ver a su hija.
—No me importa lo que digas, no me arrepiento de...
Su padre no le dio tiempo a terminar lo que iba a decir, solamente le dio una fuerte cachetada con el dorso de su mano.
—Debería darte vergüenza deshonrar así el código del bushido y, sobre todo, deshonrar la memoria de Yuko-Chan con este acto de violencia sin sentido —le regañó con un tono severo— ¿Crees que ella hubiera querido eso para ti? ¡Ve a tu habitación inmediatamente y honra su partida como debería ser!
La chica empezó a llorar y se fue corriendo.
—¡Cállate! ¡Te odio, eres igual que todos los humanos! —le gritó— ¡Son demonios, son repulsivos, ojalá todos los humanos se mueran!
—¡Kuroneko Yamiko, no te atrevas a hablarme así! —le gritó el hombre de regreso, siendo detenido por su esposa.
Una mujer bajita, con cabello negro corto, ojos cafés, labios rosados y un yukata de color morado.
—Ella está muy dolida, trata de entenderla, Munenori —le dijo con una expresión melancólica—. A ti también te afectó su muerte.
El hombre mordió su labio inferior, haciéndolo sangrar.
—Debí haber visto las señales —replicó con una gran furia a sí mismo—. Podría haberla salvado, podría haberle hecho justicia..., pero ya es muy tarde.
La mujer abrazó a su marido con fuerza, ella empezó a llorar y esta escena fue vista por los otros cuatro hijos del matrimonio, quienes también estaban inconsolables.
En su habitación, la chica ahogaba sus gritos mordiendo su almohada con fuerza, sus ojos estaban ya hinchados de tanto llorar.
—Malditos humanos... son seres repulsivos... los odio a todos.








