Prólogo
Kael siempre había creído que la lealtad era el pilar más fuerte de una manada.
Más fuerte que la fuerza.
Más fuerte que el rango.
Incluso más fuerte que el vínculo entre dos almas destinadas.
Porque una manada no sobrevivía porque sus miembros fueran los más poderosos.
Sobrevivía porque, cuando llegaba la oscuridad, cada lobo sabía que los demás estarían allí.
O eso había creído siempre.
A sus veinticuatro años, Kael era el beta de los Valles Grises.
Un puesto que no había heredado.
Un puesto que no había conseguido por apellido ni por privilegio.
Se lo había ganado.
Con sangre.
Con esfuerzo.
Con noches sin dormir.
Con heridas que nadie vio.
Había liderado patrullas durante tormentas, había defendido las fronteras cuando otros buscaban refugio y había puesto su cuerpo delante de los miembros más jóvenes de la manada más veces de las que podía contar.
Porque para Kael un beta no era aquel que estaba por encima de los demás.
Era aquel que estaba delante cuando llegaba el peligro.
Y detrás cuando alguien necesitaba apoyo.
Aunque, para cualquiera que lo conociera superficialmente, Kael no parecía el típico líder.
Era demasiado relajado.
Demasiado insolente.
Demasiado aficionado a provocar.
Un hombre que podía estar en medio de una reunión importante y encontrar la manera de desesperar a todos los presentes.
—Si algún día dejo de hacer bromas —decía siempre—, revisad si sigo respirando. Probablemente algo terrible habrá ocurrido.
Nadie sabía nunca cuándo hablaba en serio.
Esa era una de las razones por las que algunos lo adoraban.
Y una de las razones por las que otros querían golpearlo.
Kael sonreía cuando estaba feliz.
Sonreía cuando estaba enfadado.
Y sonreía especialmente cuando algo le dolía.
Porque las heridas del cuerpo podían curarse.
Las del orgullo podían soportarse.
Pero mostrar una herida del corazón era entregar un arma a quien quisiera usarla.
Y Kael había aprendido hacía mucho tiempo que las personas más peligrosas eran aquellas a las que les habías dado permiso para acercarse.
Aun así, había cometido un error.
Había confiado.
En dos personas.
Alina.
Su mate.
La mujer con la que pensaba compartir su futuro.
Y Darian.
Su mejor amigo desde los doce años.
El hermano que había elegido.
Los dos pilares sobre los que había construido su vida.
Hasta aquella noche.
La luna llena bañaba el bosque con una luz tan blanca que parecía haber robado el color al resto del mundo.
El viento movía las copas de los árboles con un susurro constante, y el aroma de los pinos se mezclaba con el de la tierra húmeda.
Era una noche perfecta para correr.
También era una noche perfecta para que una vida se hiciera pedazos.
Kael caminaba despacio entre los senderos de la montaña, con las manos en los bolsillos y una sonrisa distraída dibujada en el rostro.
Había terminado antes de lo previsto la patrulla del sector oeste.
Su alfa insistía siempre en que los betas debían supervisarlo todo personalmente.
Kael opinaba que eso era una forma elegante de decir:
"Kael, ve tú porque sabemos que si mandamos a otro volverá perdido".
—Si tengo que mandar a alguien a meterse entre zarzas hasta las rodillas —murmuró—, lo mínimo es comprobar que las zarzas siguen pinchando.
Nadie sabía nunca cuándo hablaba en serio.
Siguió caminando mientras silbaba una melodía terriblemente desafinada.
Un sonido desde un árbol lo hizo detenerse.
Un cuervo lo observaba.
Kael levantó la vista.
—No me mires así.
El cuervo inclinó la cabeza.
—Tú tampoco eres precisamente un tenor.
El animal graznó.
Kael asintió.
—Eso pensaba.
Sonrió y siguió caminando.
Hasta que el aire cambió.
No fue algo evidente.
No fue un ruido.
Fue una sensación.
Un instinto.
Una advertencia.
Su sonrisa desapareció poco a poco.
Había reconocido dos aromas.
El primero pertenecía a Alina.
Su mate.
El segundo...
Darian.
Su mejor amigo.
Kael frunció el ceño.
Sabía que ambos habían salido esa noche.
Pero aquel lugar...
Era extraño.
El antiguo mirador de piedra.
Un lugar donde las parejas iban cuando querían estar solas.
Un lugar donde él y Alina habían compartido algunos de los mejores momentos de su vida.
Kael soltó una pequeña risa.
—Bueno...
Se pasó una mano por el cabello.
—A lo mejor están organizando una fiesta sorpresa.
Miró alrededor.
—Aunque si es para mí, el escondite deja bastante que desear. He visto cachorros ocultarse mejor.
Subió por el sendero sin hacer ruido.
El olor era más fuerte.
Entonces escuchó una risa.
La de Alina.
Después otra.
La de Darian.
Y luego...
Silencio.
No necesitó acercarse más.
Desde detrás de unos arbustos los vio.
No estaban hablando.
No estaban discutiendo.
No había ninguna explicación posible.
Se estaban besando.
Con la confianza de quien llevaba haciéndolo mucho tiempo.
Kael permaneció inmóvil.
Esperó sentir rabia.
No llegó.
Esperó sentir odio.
Tampoco.
Solo una extraña calma.
Como si una parte de él ya hubiera entendido que aquella vida acababa de terminar.
Alina apartó el rostro.
—¿Y si Kael sospecha algo?
Darian soltó una carcajada.
—¿Kael?
Negó con la cabeza.
—Ese idiota cree que el mundo entero es incapaz de mentir.
Kael arqueó una ceja.
Y entonces decidió que, si iban a romperle el corazón, al menos no les permitiría hacerlo con elegancia.
—Vaya.
Su voz hizo que ambos se giraran.
—Pues resulta que alguien sí sabía mentir.
El rostro de Alina perdió todo el color.
—Kael...
Él levantó una mano.
—No, no, por favor.
Sonrió ligeramente.
—No empecemos con el clásico "no es lo que parece".
Miró alrededor.
—Porque llevo aquí bastante tiempo y, salvo que hayáis inventado una forma muy extraña de practicar primeros auxilios, creo que la situación está bastante clara.
Ninguno respondió.
Kael salió de entre los árboles.
Despacio.
Tranquilo.
Como si simplemente estuviera dando un paseo.
Como si no acabaran de destruir años de confianza.
Se detuvo frente a ellos.
Miró a Darian.
Después a Alina.
Después otra vez a Darian.
—Tengo una duda.
Silencio.
—¿Cuánto tiempo?
Darian tragó saliva. Alina bajó la mirada. Aquello fue suficiente.
Kael sonrió.
Pero sus ojos estaban vacíos.
—Entiendo.
Alina dio un paso hacia él.
—Quería decírtelo.
Kael asintió.
—Claro.
Pausa.
—Y yo quería aprender a cocinar.
Ella lo miró confundida.
—¿Qué?
—Nada. Me parecía una buena noche para empezar cosas imposibles.
Su sonrisa desapareció.
—Ninguno encontró el momento, ¿verdad?
—Kael...
—No.
Esta vez su voz fue más fría.
—No me mientas ahora.
Ya habéis hecho suficiente esta noche.
Darian apretó los puños.
—Escúchame.
Kael soltó una pequeña risa.
—Siempre me ha gustado esa frase.
Lo miró.
—Suele aparecer justo antes de que alguien diga algo que no arreglará absolutamente nada.
El silencio fue insoportable.
—Hace dos semanas —continuó Kael— casi te rompo la mandíbula por decirme que jamás permitirías que nadie hiciera daño a tu hermano.
Se señaló el pecho.
—Supongo que técnicamente no mentías.
Pausa.
—El daño me lo hiciste tú.
Darian bajó la mirada.
Alina tenía lágrimas en los ojos.
Kael la observó.
Y por un momento pareció simplemente cansado.
—No llores.
Ella levantó la vista.
—Las lágrimas funcionan mejor cuando quien las derrama no ha elegido primero clavar el cuchillo.
Intentó tocarlo.
Kael retrocedió.
No con rabia.
No con desprecio.
Solo lo suficiente para marcar una distancia que antes no existía.
—¿Lo amas?
Alina cerró los ojos.
Después asintió.
Y esa respuesta dolió más que cualquier mentira.
Porque Kael podía luchar contra el odio.
Pero no contra una elección.
Respiró profundamente.
Entonces se quitó el brazalete plateado de beta.
Lo dejó sobre la piedra.
—Mañana presentaré mi renuncia.
Ambos levantaron la cabeza.
—¿Qué?
Kael sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Cansada.
—No voy a quedarme donde ya no tengo un hogar.
Alina dio un paso.
—Kael...
Él negó.
—No te preocupes.
No voy a obligarte a elegir.
La miró por última vez.
—Ya lo hiciste hace tiempo.
Se giró.
Comenzó a caminar.
—¿Eso es todo? —preguntó Darian.
Kael se detuvo.
Levantó una mano.
—No.
Pausa.
—Os perdono.
Ambos parecieron respirar.
Entonces Kael añadió:
—Pero perdonar no significa olvidar.
Su voz fue apenas un susurro.
—Y olvidar no significa dar una segunda oportunidad.
Siguió caminando.
Sin correr.
Sin llorar.
Sin mirar atrás.
Porque había aprendido algo aquella noche.
El corazón podía romperse sin hacer ningún ruido.
Y a veces...
El aullido más doloroso...
Era el que nadie llegaba a escuchar.








