A Escondidas Del Mundo por Keidler en Inkitt
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A escondidas del mundo

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Sinopsis

Hugo tiene el control de su vida, pero no de lo que siente cuando Gael está cerca. Gael tiene el control de sus palabras, pero ha perdido el dominio sobre su corazón. En el marco idílico de Indonesia, el romance se mezcla con la tensión de un grupo que esconde más de lo que muestra. Un juego de miradas, una obsesión creciente y un viaje a través de Komodo que marcará un antes y un después en sus vidas. Acompáñalos en esta historia donde la única forma de ganar es, precisamente, dejando de luchar. Bienvenidos a un viaje sin armaduras.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Keidler
Estado:
En proceso
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

Gili Air era una pequeña isla de las miles y miles que formaban el archipiélago indonesio. Un lugar que parecía pensado para bajar la guardia. Sus playas de coral blanco bañadas por un mar cristalino repleto de peces creaban una experiencia única para aquel que la visitaba.

El sol se levantaba muy temprano sobre la isla, tiñendo el cielo de tonos anaranjados que se reflejaban en el agua. El efecto era hipnótico. Las palmeras se mecían al suave ritmo de la brisa mientras sus habitantes despertaban. Cada amanecer era completamente diferente al anterior. Belleza que se imponía ante tus ojos sin pedir permiso.

Un nuevo amanecer. Un nuevo día por delante en el cual darse el gusto de vivir era simplemente lo que importaba para Gael.

Con apenas diecinueve años recién cumplidos, el chico ya había conseguido cumplir uno de sus sueños: poder vivir de lo que su mente creaba.

Un martes como cualquier otro, tres semanas después de haber subido su segunda novela a una plataforma digital, recibió la llamada de una importante editorial española. El libro, que mezclaba erotismo, intriga y paisajes exóticos de ensueño, se convirtió en pocos meses en un éxito rotundo del que todo el mundo hablaba. Gracias a esa gran acogida, la editorial le ofreció un suculento contrato por otros seis libros más.

Durante los tres años siguientes, su vida cambió radicalmente, convirtiéndose en un torbellino de ideas y creatividad. Parecía irreal poder dedicarse a tiempo completo a escribir.

La magia de sus palabras dio su fruto. Gael publicó tres libros más. Cada uno de ellos vendía más que el anterior. Las giras promocionales y los premios se sucedían uno tras otro. Se consolidó como el mejor escritor joven del momento. Sus novelas llegaban a traducirse a treinta y cinco idiomas diferentes. Un par de ellas ya tenían en proceso su adaptación a la gran pantalla, contando con actores de renombre mundial.

Su éxito era abrumador. Pero la falta de tiempo y la vorágine a la que estaba sometido estaban mermando su creatividad. Con veintidós años se notaba estancado y frustrado ante la imposibilidad de centrarse en su sexta novela.

Tras meditarlo un par de meses, decidió embarcarse en una aventura que podría alejarlo de todo aquello que lo estaba sobrepasando. Necesitaba poner tierra de por medio para recuperar el torrente de creatividad al que estaba acostumbrado. Salir del foco constante de la prensa literaria y los lectores que esperaban con ansia una nueva entrega.

Gracias a aquella huida para reencontrarse con su verdadero yo, también quería conseguir cumplir otro de los sueños que parecían inalcanzables apenas unos años atrás: recorrer el sudeste asiático sin prisa y sin un vuelo cerrado de vuelta a su país. Esperaba encontrar de nuevo la inspiración en aquellas tierras y poder ambientar su siguiente relato en los países que iba a conocer de primera mano.

Hizo sus maletas sin dudarlo un minuto más y dejó su ajetreada vida atrás. Llevó poca cosa con él: ropa de verano, alguna prenda de abrigo, un chubasquero, un par de libretas donde anotar ideas que le podían surgir en cualquier lugar, su teléfono, su pasaporte y su inseparable portátil, donde pretendía plasmar su próximo éxito de ventas. No necesitaba nada más.

Vietnam, Tailandia, Malasia y Singapur fueron los lugares que visitó antes de llegar a Indonesia.

En aquel gigantesco país, las islas Gili lo atraparon por su belleza incomparable. Una de ellas en especial lo enamoró al instante.

Gili Air tenía todo aquello que necesitaba para vivir sin complicaciones. Lugares preciosos para alojarse a precios asequibles, gran variedad de pequeños restaurantes donde alimentarse, playas donde relajarse, practicar esnórquel y correr al aire libre. Lugares plagados de turistas y gente local donde relacionarse y rincones donde perderse sin nadie alrededor para dejar volar su imaginación y volver a crear. Así que decidió establecerse en aquel pequeño paraíso para acabar la novela que había empezado a gestar en Vietnam.

Gael llevaba un estilo de vida sencillo pero pleno.

Su vida cambió de la noche a la mañana al sumergirse de lleno en unas culturas que apreciaban la calma por encima del estrés diario. Tras los primeros días en Vietnam, donde su organismo se rebeló y enfermó debido al frenazo que había experimentado, todo empezó a fluir.

Su cuerpo se relajó, su mente comenzó a imaginar tramas y personajes que se iban encajando entre sí… A las dos semanas de haberse instalado en Vietnam ya tenía un primer borrador del resumen de su próxima novela.

Al mes de estar en aquel país había creado a la mayoría de los personajes y tenía perfilados varios capítulos. Siempre dejando espacio para que surgieran historias y personajes nuevos que enriquecieran la trama principal.

La vida nómada por aquellos países, nuevos para sus ojos, logró reanimarlo y recuperó la ilusión por la escritura. Aquello que tanto añoraba.

Cuando recaló en aquella pequeña isla, se había transformado tanto física como anímicamente. Su piel tostada por el sol, sus ojos azules destacaban con luz propia, su boca parecía más voluptuosa y plena, y su cabello rubio destacaba en pequeñas trencitas que dibujaban unas líneas perfectas en su cráneo. Su cuerpo también se había transformado gracias a la alimentación asiática y el deporte que practicaba a diario. Espiritualmente se sentía en paz consigo mismo, feliz de estar cumpliendo sus metas y libre para poder escribir sin presión.

Al llegar ya aclimatado tras esos meses de travesía, había tardado pocos días en adaptarse al estilo slow life de la isla. Disfrutaba de cada instante y cada situación.

Se levantaba muy temprano para empaparse de los magníficos amaneceres. El murmullo de las olas rompiendo suavemente contra la orilla, que solo podía apreciarse ante el silencio que reinaba a aquellas horas, le fascinaba.

Tras el desayuno a base de café tradicional y fruta que cada mañana le tenía preparado Bayu, el chico indonesio que regentaba el pequeño hotel en el que se hospedaba, Gael se sentaba en la pequeña terraza de su habitación. Esta quedaba justo enfrente de la piscina rodeada de frangipanis y buganvillas. Encendía su portátil y se sumergía de lleno en la trama de aquella historia que tan fácil le estaba siendo hilar.

Su sexto libro, al cual aún no había conseguido encontrar título, narraba las vivencias de un joven que partía a tierras desconocidas para descubrirse a sí mismo. Una historia que gritaba la esencia de sus propias vivencias mezclada con los principales rasgos de sus anteriores relatos: aventuras, erotismo y diálogos apasionantes.

Solía dedicar toda la mañana a escribir. La sencillez y belleza del paisaje conseguían que Gael se abstrajera por completo. Por mucho que pudiera pasar varios minutos observando cómo los pájaros se posaban en las ramas de los árboles cercanos o los turistas paseaban de aquí para allá en bicicletas alquiladas, no le costaba volver a centrarse en su mundo imaginario.

Tras apagar su portátil y dejarlo en su habitación, salía a comer a algún restaurante local económico. En la mayoría de ellos ya lo empezaban a tratar como un local más y él se esforzaba en comunicarse con ellos en bahasa, el idioma indonesio.

Disfrutaba de la gastronomía indonesia y jamás se negaba a probar un plato nuevo. Gracias a eso los lugareños habían dejado de cobrarle como a un turista, aunque él siempre se empeñaba en dejar propina. Era plenamente consciente del poco dinero de que aquella gente disponía y no quería abusar de ellos.

La mayoría de las tardes se dedicaba a impartir clases de inglés a los niños locales en una pequeña escuela que entre varios isleños y él mismo habían adecentado. Un refugio para que los pequeños aprendieran y no pasaran esas horas a pleno sol.

Al principio, los críos estuvieron reticentes a que un extranjero les obligara a pasar las tardes sin poder corretear por la isla. Ahora disfrutaban de las clases, se esforzaban al máximo en dar lo mejor de sí y adoraban a Gael por su sencillez, su paciencia y por aquella sonrisa que siempre estaba presente en su rostro.

Para el escritor, aquellas clases eran una forma fácil de contribuir a la comunidad que tan cálidamente lo había acogido desde su llegada.

Las tardes de Gael transcurrían entre clases y paseos por la isla, relacionándose con sus habitantes. Tanto podía acabar charlando con alguna de las ancianas que se ganaban la vida vendiendo fruta a los turistas como ayudando a algún pescador local a desenredar una red repleta de peces.

Lo que jamás variaba era su paseo nocturno por las playas más solitarias de la isla. Allí conseguía evadirse del bullicio nocturno de la isla.

Gael paseaba con la sonrisa de oreja a oreja, agradecido por la vida, por la calidez y hospitalidad con la que los habitantes de Gili Air lo trataban. Su mente volaba sin darse ni cuenta y aquella sensación de libertad le hacía conectar con su yo más literario. Sentado en la orilla, oyendo las olas rozar la orilla, sus tramas evolucionaban mientras él anotaba en una libreta las que le parecían más interesantes.

Aquella noche, sin embargo, una extraña sensación lo tenía demasiado anclado a la tierra. Era como un mal presentimiento, como si algo malo estuviera a punto de truncar aquel mundo idílico, como si ese paraíso estuviera a punto de ser sacudido.

Esas ideas le tenían muy inquieto y no conseguía avanzar en ninguna trama. Decidió que era hora de volver a su habitación, dormir a pierna suelta y tomarse un par de días libres para alejarse de la novela y poder reconectar de nuevo con sus musas.

Tales eran esos pensamientos intrusivos que, llegando al hotel, creyó notar que alguien lo acechaba en las sombras de un callejón oscuro y polvoriento. Varias veces se tuvo que parar e iluminar con la linterna de su teléfono hacia la oscuridad para cerciorarse de que nadie lo estaba siguiendo.

Necesitaba darle tregua a su imaginación unos días. Mañana se levantaría a primera hora e iría a practicar esnórquel para alejarse de todo. Lo necesitaba.

Una vez más, justo a unos pasos de su hotel, tuvo que enfocar al vacío tras creer oír unos pasos sigilosos a su espalda. La linterna enfocó al vacío más absoluto. O quizás había percibido una sombra alejándose…

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