Prologo
Donde Muere el Invierno
Prólogo
El invierno no perdonaba.
Las montañas del norte permanecían cubiertas por un manto blanco desde tiempos que nadie recordaba. Los ríos dormían bajo el hielo, los bosques susurraban con el viento y las aldeas aprendían a sobrevivir donde cualquier otra persona habría muerto.
Allí, el frío no era una estación.
Era una forma de vivir.
Muy lejos de aquellas tierras, en el cálido sur, una joven observaba el paisaje cambiar lentamente tras la ventanilla de una carroza.
Los campos verdes desaparecieron hacía días.
Después llegaron los bosques desnudos.
Más tarde, la nieve.
Y ahora...
Solo existía el blanco.
El silencio que llenaba el interior del carruaje era casi tan pesado como el que cubría las montañas. Cada sacudida de las ruedas hacía temblar la pequeña llama de la lámpara y, con ella, el corazón de Maximilian Croyso.
Apretó entre sus dedos el medallón que descansaba sobre su pecho.
Era el último recuerdo de una vida que ya no existía.
Durante una semana había llorado hasta quedarse sin lágrimas. Apenas había probado bocado y las noches parecían no terminar nunca.
Su matrimonio había acabado.
No porque hubiera dejado de amar.
Sino porque aquel hombre había elegido otro destino.
Y cuando el escándalo apenas comenzaba a apagarse...
Su padre tomó una decisión.
Una decisión que no admitía discusión.
—Tu nuevo esposo te espera en el norte.
Eso fue todo.
No hubo consuelo.
No hubo preguntas.
Solo un nombre escrito en un documento sellado.
Kael Vinter.
Nada más.
No conocía su rostro.
No sabía cómo hablaba.
Ni siquiera estaba segura de que fuera realmente un noble.
Solo sabía que vivía en el lugar más frío del reino.
Un lugar donde nadie en su sano juicio elegiría pasar la vida.
Maximilian observó el horizonte cubierto de nieve.
—¿Quién eres... Kael Vinter...? —susurró apenas, como si el viento pudiera responderle.
No obtuvo respuesta.
Solo el crujido de la nieve bajo las ruedas del carruaje.
Llevó una mano al cristal.
Estaba tan frío que retiró los dedos al instante.
Un estremecimiento recorrió su cuerpo.
No sabía qué le daba más miedo.
Si el invierno que la esperaba...
O el hombre con quien tendría que compartirlo.
Las historias que había escuchado sobre el norte hablaban de cazadores, montañas interminables y bestias capaces de despedazar un caballo.
No hablaban de hogares.
No hablaban de amor.
Mucho menos de segundas oportunidades.
Bajó la mirada.
Respiró despacio.
Y, casi sin darse cuenta, dejó escapar una súplica que ni ella misma sabía a quién dirigía.
—Por favor...
Cerró los ojos con fuerza.
—...que no me odie.
La carroza continuó avanzando.
Sin saberlo, cada metro que recorría la alejaba de la vida que había perdido...
Y la acercaba al único lugar donde, algún día, podría encontrar un hogar.