Cap 01
~NORA~
Siempre me he considerado una mujer que mantiene el control sobre todo y sobre todos; creo que la única excepción es mi esposa Regina, y solo es por el enorme amor que le tengo a esa hermosa mujer.
Conocí a Regina hace ya algunos años y no fue hasta hace dos que por fin la convencí de que fuera mi esposa. Admito que me costó demasiado trabajo solo el poder convencerla para que saliera conmigo.
Regina llegó a pedido mío (aunque no exactamente la pedí a ella), sino que más bien pedí a una mujer con la capacidad de poder remodelar toda mi oficina, ya que sentía que quería un cambio después de mi última ruptura y sentir que el espacio era completamente mío y no un espacio que me recordara al pasado.
Desde el momento en que Regina cruzó la puerta de mi despacho hace ya cinco años, algo en ella llamó mi atención, y no solo era la manera en como se movía, sino también la manera en como me ignoraba vilmente.
Yo debo admitir que siempre fui una mujer coqueta. Me gustaban no solo las mujeres, sino también me gustaba competir por su atención; el problema era que, una vez que tenía su atención, me aburría, sentía que ya no tenían nada más que ofrecerme y simplemente las dejaba. Pero con Regina fue totalmente diferente.
Cuando llegó Regina a mi vida, no solo fue difícil obtener su atención, sino también el poder conocerla fue uno de los mayores retos de mi vida. Aunque en esos momentos no lo sabía, después supe que Regina estaba enterada de mi reputación de libertina y ella (obviamente) no quería ser una más del montón.
No sé si fue el tiempo, sus pláticas, su forma de ser o todo en conjunto lo que no solo me hizo dejar de ver a otras mujeres; también creo que apagó en mí la necesidad de que alguien más me viera, y la única atención que quería era la de Regina, atención que me negó por bastante tiempo y sufrí por cada minuto de su atención.
El tiempo y mi paciencia fueron mi mejor arma para poder acercarme a ella, para poder conocerla y también para poder, poco a poco y día con día, conquistar su corazón. Ahora, con dos años de casadas, creo que ambas hemos llegado a un momento crucial, y ese momento crucial es... ser madres, después de mucho tiempo.
La idea surgió, no sé si de mí o de ambas; en una cena tranquila un miércoles por la noche, la idea surgió y, con el paso de los días, fuimos al mejor hospital de la ciudad para poder hacer todos los estudios pertinentes.
En los planes originales estaba que yo fuera la que quedara embarazada con uno de los embriones de Regina, pero después de todos los estudios que nos realizamos nos dimos cuenta no solo de que yo era infértil, sino también de que las posibilidades de que yo cargara vida en mi vientre eran literalmente nulas.
Al momento de saber eso, cuando ambas estábamos en el consultorio de la doctora y ella nos daba esa noticia, yo sentí que todo mi mundo se vino abajo mientras Regina sostenía mi mano, haciéndome sentir que ella estaba conmigo y, al mismo tiempo, sintiendo dentro de mi interior que estaba completamente sola.
Tardamos unos meses en asimilar la noticia (creo que principalmente yo). Fui la que tardó en aceptar mi destino, sintiendo en mi interior que era una mujer incompleta solo por no poder tener vida o ser capaz de dar vida.
La paciencia y el amor de Regina, que se mantuvo a mi lado y guardó semejante secreto a toda mi familia, creo que fueron al final lo que me hicieron tomar una decisión. Yo lo quería y sabía que Regina también lo quería, así que la convencí para seguir adelante y que ella quedara embarazada con sus propios óvulos.
Regresamos al mismo hospital, con la misma idea, solo que esta vez sería Regina la que quedaría embarazada con sus propios embriones. Aunque lo quería y admito que me hacía algo de ilusión, aún dentro de mí creo que existe esa idea de que Regina será madre soltera, a pesar de yo estar a su lado en todo momento.
Hicimos hace poco un intento y, cuando Regina se hizo una prueba casera de embarazo, esta salió negativa. Lloré, pero no junto a ella; lloré en silencio sin que nadie me viera, aunque cuando se lo comentamos al médico, él nos sugirió que, para estar cien por ciento seguras, teníamos que hacer una prueba de sangre.
Hace algunos días fue que Regina se hizo aquella prueba de sangre y hasta el momento no me ha dicho si ya recibió los resultados. Solo sé que, como hoy es nuestro aniversario de bodas, le hice a Regina una pequeña apuesta que perdió y que justo en estos momentos está pagando la apuesta, aunque sé que no le agrada.
Tengo en una de mis manos mi teléfono, que solo me genera ansiedad por saber que no ha llegado el mensaje que he estado esperando; y en mi otra mano tengo un control remoto que, al solo pulsar un botón, manda la señal al dildo vibrador que está justo entre las piernas de mi esposa y comienza a vibrar hasta que yo pare.
Como perdió la apuesta, mi adorada esposa debe de mantener dentro de su hermosa vagina un dildo vibrador que cada vez que yo quiero acciono y este vibra. Sé que para ella es y ha sido una tortura, ya que lo debe de tener dentro de ella por al menos cinco horas, y justo hasta ahora solo han pasado cuatro horas y media.
La verdad me sorprende la manera en que Regina ha soportado, porque decir que lo he accionando solo unas cuantas veces sería una completa mentira. Creo que he accionado tanto ese botón que estoy segura de que Regina ya debió de haber tenido al menos cuatro orgasmos y que su ropa ha de estar en extremo mojada.
Me acerco a la puerta de mi oficina y presiono el botón una vez más. La oficina de Regina está justo al lado de la mía y, aunque no he escuchado ningún gemido o grito, aun así (esta vez) sí escuché cómo lanzó algo a algún rincón de su oficina. Creo que si no está molesta, está batallando para contener tanto placer.
—Amor mío, no sabes lo mucho que me estoy divirtiendo contigo —le hablo a la puerta y regreso a sentarme en mi silla, en un intento de concentrarme en algo más que no sea lo que me está preocupando.
Mi teléfono se ilumina y no es un mensaje, más bien es una llamada que sin pensar contesto de inmediato.
—Señora Bakis. Buen día —habla el hombre al otro lado de la línea, con voz demasiado calmada.
—¿Qué novedades me tiene? —le respondo dejando de lado todas las formalidades y queriendo respuestas.
—Tenía razón, la persona que está detrás de las amenazas de muerte que le han llegado es justo la persona que usted me ha dicho —habla aún de manera tranquila, lo cual solo me provoca que me desespere.
—¿Tienes pruebas sólidas? —pregunto con ansias, esperando que hable más, que diga algo más.
—Aún no, esto que le estoy diciendo me lo dijo él, estando bastante ebrio en un bar de las afueras de la ciudad —su respuesta no me sirve, ni tampoco me da el alivio que he estado buscando todo el día.
«Claro», pensé. Ese maldito... sé que es un bebedor compulsivo, pero como tiene que guardar las apariencias con la familia, entonces se esconde, y su esposa, aunque lo sabe, solo sigue aparentando que su vida y su matrimonio son perfectamente normales, porque, como siempre, el «qué dirán» es demasiado importante para ellos.
—Sabes que aunque me dices esto, no me sirve de mucho. Necesito pruebas, algo, lo que sea, no solo las palabras de un hombre ebrio que sé que él puede llegar a desestimar en un tribunal —exijo al hombre que he contratado para que averigüe la verdad y haga justo lo que necesito que haga y por lo cual le pago mucho.
—Sigo trabajando en eso, señora Bakis —es todo lo que me dice antes de colgar, y lo maldigo por lo bajo.
«¡Maldita mierda!», eso es lo que digo en mi cabeza en cuanto aquel hombre ha colgado. Ese maldito imbécil me está amenazando de muerte y lo peor es que no sé si es capaz de llevar sus amenazas a cabo, porque lo conozco demasiado y sé que ese inútil siempre se ha escondido debajo de las faldas de su esposa para protegerse de todo, incluso hasta del maldito clima; no es más que un imbécil manipulable e inútil.
Creo que fue hace tan solo ocho meses. Cuando la familia se enteró de que Regina y yo queríamos ser madres, llegó la primera amenaza de muerte a mi oficina, discretamente y sin que nadie lo notara.
No llegó con un mensajero, no llegó por correo electrónico, pareció no llegar por medio de nadie; eso fue lo primero que supe y llamó mi atención, porque cuando llegué a mi oficina estaba justo un sobre marrón (simple) encima de mi escritorio. No tenía nombre y no tenía nada escrito en él, algo de lo que me percaté rápidamente.
Al momento en que abrí el sobre (demasiado grande para su contenido), encontré una carta y, al leerla, fue que lo que decía en ella llamó mi atención. No solo era una amenaza de muerte de esas que en alguna ocasión una persona con mi posición económica pueda llegar a recibir; era algo más y eso me sorprendió.
El contenido de la carta tenía varias frases que hacían referencia a ciertas partes de mi vida que (a menos que me conocieran) no podían llegar a saberlas; no solo porque no hacía de mi vida algo de dominio público, sino que también solo mi familia podía llegar a saber. Por esos tantos detalles fue que le presté atención.
Mandé analizar la carta e incluso en un primer momento involucré a la policía, pero la policía lo tomó solo como una broma de muy mal gusto hacia mi persona y me dijo que no me preocupara... simple para ellos.
Lo que la policía no sabía es que soy una obsesiva del control y esa carta no la iba a dejar pasar solo como una simple broma. Así fue como, sin siquiera decírselo a Regina (porque no la quería preocupar), contraté a un detective privado que estaba haciendo de todo menos darme la información que tanto necesitaba.
En mi mente comencé a hacer una lista de sospechosos y, junto con el detective privado, fui eliminando uno por uno, hasta que justo hoy he dado con el culpable, aunque aún dudo que sea él.
«¿Por qué siempre tiene que ser la familia la que quiere hacerme más daño?», me pregunto y camino directo hacia el ventanal. Observo los autos, las personas, el tren pasar y actuar totalmente ajenos al caos que justo ahora hay en mi interior, a todas las dudas y todos los planes que dan vueltas en mi cabeza sin parar.
Sé que tengo que actuar más rápido y con más cautela que ese malnacido, cuyo único objetivo es quedarse con el control de mi empresa, que para desgracia de él no es un legado familiar. Mi empresa la fundé yo junto con la ayuda de mi mejor amigo y socio Frederick, que es el único que está al tanto de las amenazas de muerte que he seguido recibiendo y que, como la policía no quiso hacer nada, entonces yo las mantengo en secreto solo para mantener a Regina a salvo... o al menos eso es lo que me repito una y otra vez.
El sonido de mi puerta al ser azotada y después escuchar cómo ponen el seguro de la misma es lo que me hace saber que mi esposa ha llegado, y justamente no está de muy buen humor (por la apuesta).
Me giro sobre mis talones y la observo. Se ve hermosa, con su cara totalmente sonrojada, mas no estoy muy segura de si es porque está excitada, porque está molesta o ambas; lo cual solo significa problemas para mí.
—Amor mío, ¿cómo estás? —pregunto de manera inocente, intentando ganar algo de tiempo.
—Ya pasaron las cinco horas —es lo que me responde y comienza a caminar hacia mí, muy enojada.
Sé que no debería hacerlo, pero aun así no puedo evitar el impulso y presiono una vez más el botón que hace que su dildo vuelva a vibrar en su interior, al mismo tiempo que ella suelta la frase: «No te atrevas». Pero al final ya lo había hecho y admito que al hacerlo lo disfruté demasiado, a pesar de las consecuencias.
Veo cómo Regina tiene sus rodillas juntas y ha apoyado sus manos en ellas. Su mirada está en el suelo y sé que se está aguantando las ganas de gemir, provocando en mí esa parte mala, y en vez de dejar de presionar el botón, lo mantengo presionado hasta que ella levanta la cabeza, suelta un pequeño gemido que parece un pequeño rugido y solo entonces sé que ha llegado a su orgasmo. Solo entonces dejo de presionar el botón, sabiendo que, de seguir presionándolo, solo terminaré por provocar más la ira de Regina, que de inmediato se ve que ya está demasiado molesta y sé que tendré bastantes problemas por lo que hice.
Regina cae de rodillas al suelo y me es imposible no sonreír ante su agitación. Veo cómo ella, sin decir nada, simplemente mete las manos a su intimidad, saca el dildo vibrador que ahora está lleno de sus fluidos y me lo lanza a los pies de tal manera que es más que obvio que está más que molesta. Está furiosa.
—Lo que hiciste no fue cobrar una apuesta; fue como si quisieras cobrar una venganza —dice entre dientes y ahora sé que está furiosa, y más que eso, creo que también bastante cansada de recibir tantos orgasmos seguidos.
Sé que no solo ella pasó con ese dildo vibrador dentro de ella cinco horas, sino que también yo tomé esa actitud de chica mala y lo estuve presionando creo que demasiadas veces. Ahora mi esposa está muy molesta conmigo; puedo verlo aunque dentro de mí no hay tanta culpa como debería haberla, aunque debería.
Me acerco a ella con la idea de poder ayudarla a ponerse de pie y ella no me deja: golpea mi mano y con bastante esfuerzo se pone de pie y camina (con las piernas temblorosas) hacia el sanitario privado que tengo en mi oficina y que justo ella logró implementar en la remodelación que le pedí cuando la conocí.
Una de las cosas que Regina (como decoradora de interiores) implementó aquí fue un sanitario privado que incluye también un pequeño vestidor y todo lo que hay en este lugar, y es mejor de lo que imaginé.
Cuando hablé con ella, le había comentado que en muchas ocasiones me quedaba trabajando por tanto tiempo que, cuando me daba cuenta de que me tenía que ir a una reunión familiar o de trabajo, muchas veces no me daba tiempo ni de tomar una ducha o cambiarme, y que quería una oficina más apta para mí.
El sonido del agua al caer es lo que me avisa que Regina justo está en la ducha y casi estoy segura de que utilizará alguno de mis vestidos cortos, porque mi ropa dudo que le pueda llegar a quedar; es muy grande.
Regina, al ser una mujer demasiado pequeña, le es imposible utilizar otras prendas mías que no sean mis vestidos cortos, que a ella le quedan un poco largos; no es algo que me moleste, sino que me encanta porque cada vez que la abrazo la puedo envolver fácilmente entre mis brazos para atacarla a besos.
Terminada la ducha, ella sale con una toalla en la mano, secando su cabello húmedo, con ese hermoso vestido de color verde que hace que resalte el color de sus ojos, que son del mismo color. Me encanta.
Me acerco a ella y de inmediato levanta la palma de su mano en mi dirección, lo que solo significa «no te acerques a mí», una indicación más que clara de que no le gustó pagar la apuesta que hicimos.
Una vez que ella ha terminado de cambiarse, tomo la decisión de irnos a casa, le hago la oferta y ella acepta. Ambas salimos de la oficina y, a pesar de las miradas curiosas de algunas personas (por ver a Regina bañada y cambiada), nadie dice nada; lástima que lo que ellos se están imaginando está muy lejos de la realidad.
Llegamos al auto y soy yo la que le abre la puerta. Ella, aún en silencio, se sienta en el asiento del copiloto y después yo me acomodo detrás del volante, lista para volver a casa e intentar contentarla y hacerla feliz.
El camino me lo sé de memoria; lo hemos recorrido muchas veces y, como muchas veces antes, veo que el cielo está pintado entre colores naranjas y grises que solo proyectan que está a punto de llover a cántaros.
La lluvia comienza a caer de manera incesante justo cinco minutos después de comenzar el camino y es en ese momento en que piso el freno y de inmediato me doy cuenta de que el auto no baja la velocidad.
Veo a Regina por el rabillo del ojo y observo que ella está sumida en sus pensamientos, viendo por la ventanilla del auto, mientras yo quiero buscar la manera de no perder el control y que no se note.
Llegamos a una pendiente y el auto comienza a acelerar. Sé que debo frenarlo, sé que debo hacer algo, solo que en esos momentos no sé exactamente qué hacer. Me preocupa que mis acciones terminen en un accidente dañando a Regina, pero aun así lo hago, tengo que hacerlo: jalo la palanca del freno de mano para poder frenar, solo que esto provoca que el auto comience a derrapar por el pavimento mojado y...









