Chapter 1
Algunas vidas están destinadas a romperse antes de que podamos comprenderlas. Algunos amores se desvanecen entre engaños y traiciones. Y, sin embargo, el destino siempre ofrece segundas oportunidades… aunque de formas que jamás imaginamos.
Mi nombre es Melisa Martínez. Vivía en México con mi padre y mis dos hermanos mayores. Mi madre murió al darme a luz, y mi padre nunca volvió a casarse. Toda su vida la dedicó a nosotros, enseñándonos con paciencia, aunque a veces con severidad.
Crecí siendo la única chica entre varones; no fue fácil, pero aprendí a defenderme. Mis hermanos eran rudos, fuertes y competitivos; peleábamos, reíamos y compartíamos aventuras como si el mundo fuera solo nuestro. Cuando mi hermano mayor descubrió el parkour, no tardamos en unirnos. Saltábamos muros, corríamos por azoteas, trepábamos árboles… una sensación de libertad indescriptible nos envolvía en cada salto.
Al crecer, conocí a dos personas que marcaron mi vida: mi novio, a quien amaba con todo mi corazón, y mi amiga más cercana, que compartía mis locuras y sueños. Creímos formar un equipo invencible… hasta que lo perdí todo.
Una semana antes de la graduación, todo se derrumbó. Caminaba hacia el baño de la universidad para prepararme antes de mi clase, cuando escuché risas que reconocía. Abrí la puerta con cautela y me detuve, paralizada. Allí estaban: mi novio, el hombre al que había confiado mi corazón, y mi mejor amiga, mi confidente, juntos, demasiado cercanos, demasiado íntimos… y no había duda de lo que estaba sucediendo.
El mundo pareció detenerse. Los sonidos se desvanecieron, la luz brillaba demasiado y, por un instante, mi corazón se paralizó. Cada gesto, cada roce que veía me atravesaba como una daga. La traición estaba delante de mis ojos, cruda y evidente, y no podía apartar la mirada.
—Daniel… —mi voz apenas era un susurro, cargada de incredulidad y dolor— ¿qué…?
Mi novio me miró con esa sonrisa fría que nunca pensé que podría tener, la misma que ahora se había vuelto despiadada.
El mundo cayó a pedazos. Todo lo que creí cierto, todo el amor que sentí, se desmoronó en segundos. Sentí cómo mi confianza y mi corazón se rompían al mismo tiempo, mientras mi mejor amiga no decía nada, como si su mirada de culpa fuera un silencio más doloroso que cualquier palabra.
No supe cómo reaccionar al principio. La rabia, la confusión y el dolor me invadieron al mismo tiempo. Finalmente, reuní el poco control que me quedaba y los enfrenté, con la voz temblorosa pero firme: —¡¿Cómo pudieron hacerme esto?!
Mi novio apenas se encogió de hombros, como si todo fuera un simple juego sin importancia. Luego, con esa sonrisa fría y arrogante que ahora me revolvía el estómago, habló con total tranquilidad:
—Melissa… ¿qué haces aquí? Deberías estar en clases.
Sentí que la sangre me hervía.
—¿Qué demonios estás diciendo? ¡Te acabo de ver revolcándote con esta…!
Las palabras se me atoraron en la garganta, pero la rabia no.
Él suspiró, como si yo fuera la exagerada, como si el problema fuera mío.
—Vamos, Melissa, cálmate —dijo con fastidio—. Soy hombre… y los hombres tenemos necesidades.
Mi corazón se quebró un poco más con cada palabra.
—Lo que viste… no significa nada. Solo son aventuras —continuó, encogiéndose de hombros otra vez—. Pero tú… tú eres mi novia. Tú tienes tu lugar.
Hizo una pausa, mirándome como si me estuviera haciendo un favor.
—Serás mi esposa.
Mi estómago se revolvió. Cada palabra era un golpe, una burla a mis sentimientos y a todo lo que creí verdadero entre nosotros. Sentí que todo mi mundo se desmoronaba, pero también algo dentro de mí se encendió: un fuego de dignidad y rabia.
—No —dije, con voz firme y ojos llenos de furia—. No seré parte de tus juegos ni soportaré tus infidelidades. Esto… esto termina aquí. Conmigo no volverás a jugar.
Su sorpresa fue evidente, pero no me importó. Mi decisión estaba tomada. Lo había amado con todo mi corazón, pero la traición y la arrogancia de sus palabras habían sellado su destino en mi vida: un pasado que debía cerrar para siempre. Desde ese momento, supe que nada volvería a ser igual.
Desde entonces comenzó mi calvario: acoso, amenazas, miedo constante. Mis hermanos querían enfrentarlo, pero yo no quise arrastrarlos a problemas mayores. Puse una denuncia… que no cambió nada.
Hasta aquel domingo en el mercado. Él apareció de repente frente a mí, sus ojos llenos de locura y obsesión. Sacó un arma y gritó: —¡Si no eres mía, no serás de nadie!
Bang… El disparo atravesó mi estómago como un fuego ardiente que me quemaba desde dentro. Caí al suelo, y el mundo se volvió un torbellino de gritos y caos. Mis hermanos corrían hacia mí, desesperados, gritando mi nombre, mientras mi padre avanzaba con el rostro pálido y lleno de terror, intentando alcanzarme. Cada segundo parecía durar una eternidad.
Bang… Otro disparo resonó, y esta vez fue él quien cayó, quitándose la vida frente a mis ojos. El sonido del disparo y el golpe contra el suelo se mezclaron con mis propios latidos, rápidos y erráticos, creando un eco ensordecedor en mi cabeza.
Sentí cómo mi fuerza se escapaba, cómo la sangre se extendía por mi ropa y mis manos temblaban sin control. Intenté gritar, pero solo un hilo de voz salió de mi garganta; intenté moverme, pero mi cuerpo era ajeno, pesado, distante… como si ya no me perteneciera. La desesperación me envolvía mientras el mundo a mi alrededor se desvanecía en sombras y confusión.
Todo se volvió frío, silencioso… y luego, nada.
Cuando abrí los ojos de nuevo, estaba en el cuerpo de una niña de cinco años. La habitación era diminuta, con paredes de madera gastadas y una cama vieja cubierta con cobijas raídas. Solo había un pequeño baúl en la esquina.
Una mujer entró y me abrazó. —¿Cómo te sientes? —preguntó, tocando mi frente—. La fiebre no baja todavía. —¿Dónde estoy? ¿Qué pasó? —pregunté, confundida. —Te caíste en el arroyo y golpeaste tu cabeza. Descansa, pronto mejorarás.
Mientras la mujer cantaba suavemente, Cerré los ojos, mezclando dolor y nostalgia. Un torbellino de recuerdos me golpeó con fuerza. Vi mi infancia entre risas y peleas con mis hermanos, sentí el calor de mi padre protegiéndonos, escuché nuevamente las voces de mis amigos, y reviví cada instante junto a mi amor perdido. Cada recuerdo me dolía y me abrazaba al mismo tiempo, como un eco imposible de ignorar.
De repente, comprendí la verdad: había muerto. Mi corazón se tensó al aceptar la realidad de mi propia vida arrebatada de manera tan cruel. Y al abrir los ojos, no estaba en México, no estaba en mi hogar, ni rodeada de mi gente. Este nuevo mundo era extraño: emperadores que gobernaban con autoridad, demonios que acechaban en las sombras, magia que fluía por lugares imposibles… todo me resultaba fascinante y aterrador a la vez.
Un mareo me envolvió; el dolor en mi cabeza se mezclaba con la incredulidad. ¿Era esto un sueño? ¿Un castigo? ¿O acaso una segunda oportunidad? Las imágenes de mi vida anterior se superponían con la realidad frente a mí, haciendo que no supiera dónde terminaba un recuerdo y comenzaba la verdad de este nuevo mundo. El frío recorrió mi cuerpo mientras trataba de encontrar estabilidad, y mis lágrimas comenzaron a caer sin control, mezcla de tristeza, confusión y un anhelo imposible de satisfacer.
Nunca había sentido algo tan extraño: nostalgia por un lugar que ya no existía y miedo por uno que apenas comprendía. Cerré los ojos y respiré hondo, intentando aferrarme a algo familiar, aunque sabía que nada de lo que conocía volvería a ser igual.
Cuando desperté al mediodía, todo era difuso y extraño. La luz que entraba por la ventana parecía más intensa de lo que recordaba, y el aire olía distinto, húmedo y a madera vieja. Mis pensamientos estaban desordenados, fragmentos de otra vida se mezclaban con lo que veía frente a mí. No sabía si estaba viva, muerta, soñando o atrapada en algún tipo de limbo.
Y entonces la vi: mi madre, Isela, cerca de mí, moviendo nuestras pocas pertenencias y preparando algo de comer. Su presencia era un ancla en aquel caos que era mi mente. Todo lo demás, el mundo que recordaba y el que ahora me rodeaba, parecía irreal, pero ella estaba allí, tangible, real… y eso era suficiente para que pudiera aferrarme a algo.
—Me alegra que estés mejor —dijo con voz suave, pero firme—. No tenía dinero para llevarte al doctor, así que fui al bosque a buscar hierbas medicinales. Estoy feliz de que hayan funcionado.
Quise hablar, pero las palabras no salían; mi boca parecía sellada por la confusión y el miedo. Solo podía mirarla, sintiendo un nudo en la garganta, aferrándome a la idea de que mientras ella estuviera a mi lado, todavía había algo familiar, algo que podía sostener. Todo lo demás era un vacío incomprensible que me rodeaba, y mi madre era la única realidad en la que podía confiar.
No podía contarle la verdad, así que asentí con una sonrisa tímida.
Nuestra vida en la montaña comenzó tranquila, casi idílica en comparación con el caos que había dejado atrás. Los días pasaban entre el canto de los pájaros y el murmullo del viento entre los árboles. Aprendí a cazar con un cuchillo y a reconocer huellas de animales y a moverme sin hacer ruido, habilidades que una niña de cinco años no debería dominar, pero que mis recuerdos de otra vida y mi instinto de supervivencia me ayudaban a perfeccionar.








