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Pitazo Inicial

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Sinopsis

Ricky Mendoza no era el cliché del chico estudioso excepto por una cosa: detestaba los deportes. O el fútbol. Bueno, detestaba el fútbol. Entonces, ¿por qué había terminado besando a un futbolista en una recóndita discoteca de Londres durante sus vacaciones? Fácil: porque no tenía idea de quién era. Ahí es donde entra Bruno Stark: alto, guapo, inglés y, sobre todo, una de las estrellas más prometedoras del fútbol internacional...que justo acababa de convertirse en el fichaje estrella del equipo de la ciudad de Ricky. Por su parte, Bruno solo quería escapar de su destino. Una decisión que amenazaba con destruir su carrera lo llevó a olvidarse de todo por una noche, refugiándose en los brazos de un extranjero al que estaba seguro de que nunca volvería a ver... hasta que su nuevo contrato lo llevó a enfrentarse cara a cara con aquel fantasma de su pasado próximo. En medio del torbellino de situaciones, Ricky se preguntaba cómo había caído por alguien que hacía lo que detestaba, mientras que Bruno trataba de hacerle idea a eso que intentó ocultar por mucho tiempo. ¿Estará el amor a un gol de distancia?

Genero:
Lgbtq/Romance
Autor/a:
abril
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Minuto 1

En toda su carrera como futbolista Bruno Stark no había roto ninguna regla. Pero todo cambió ese fatídico día en que, por circunstancias ajenas, había cometido una locura en el momento más decisivo de su vida.

Bruno lo sabía, se lo habían repetido hasta el cansancio cuando acordaron los pateadores de la tanda de penales: si llegaban al quinto penatly, todo dependía de él. Por eso, tomó una bocanada de aire y se concentró en el esférico que tenía en frente, redondo, perfecto, colorido. Fuera de este solo había pasto verde cortado a la perfección, fresco y algo rasposo. Nada más importaba que impactarlo con ímpetu, con ganas, como siempre le habían enseñado a hacerlo.

Salvo que, en su mente, las cosas empezaron a tornarse un poco turbias.

El pitazo lo sacó de sus pensamientos y volvió a ver el balón con la misma fuerza pero con un tinte diferente. Miró con brevedad al arquero, quien sonreía con malicia encarando sus cejas, retándolo como tantos otros lo habían hecho cientos de veces. Tomó tres respiraciones y agarró vuelo.

Uno, dos, tres pasos y...

Silencio. El estadio entero, que antes había rugido para apoyarlo, ahora callaba ante el balón siendo rechazado por las manos del hábil guardametas.

La hazaña no se había cumplido: el humilde Blackworm City había fallado en conquistar la FA Cup frente al todopoderoso Liverpool, luego de que su jugador estrella Bruno Stark mandara al cielo el penalti que los mantendría con vida en la tanda.

Habían perdido. O mejor dicho, él había hecho que perdieran la única oportunidad que tenían en aquella temporada de entrar al selecto grupo de equipos que habían obtenido el torneo de clubes más antiguo en la historia del balompié.

Bruno —La voz de su entrenador lo sacó de sus pensamientos.

Se giró, dándose cuenta de que todo el equipo lo observaba, en especial aquellos que le habían advertido durante toda la previa del partido que nada podía salir mal.

Hazte cargo —dijo el capitán esquivando la vista.

¿Qué? —preguntó en un hálito de voz.

Lo acabas de arruinar —El arquero echaba fuego por los ojos—. Para ti, para todos. Hazte cargo con la hinchada.

—Andá a cagar, Harry —Gritó otro de sus compañeros en español, un idioma que él manejaba a la perfección pero que sus compañeros solo dominaban un par de palabras—. Un pentalti lo puede fallar cualquiera.

No él.

Tiene solo diecinueve.

¿No quería ser la estrella? —Volvió a decir el capitán, esta vez observando a Bruno de frente—. Eso es lo que hace un referente. Hacerse cargo.

Los siguientes segundos estuvieron llenos de un silencio que parecía poner incómodo hasta al técnico, que no hacía otra cosa que caminar de un lado a otro tocándose la cabeza.

¿Y bien? ¿No dirás nada? —escupió el futbolista—. ¿No te disculparás conmigo, con el entrenador, con el equipo?

Luego, se acercó tanto para que solo lo pudiera escuchar él, o eso interpretó Bruno pues lo siguiente que escuchó fue un susurro que le heló los huesos:

¿O con tu estúpida madre que..?

Bruno retrocedió en ese instante. No necesitaba escuchar más para saber que su capitán sabía a la perfección lo que había pasado, que estaba enterado de los detalles oscuros de su vida. En ese instante, fue invadido por la ira y la vergüenza, de una manera que jamás había experimentado antes y no supo hacer otra cosa que seguirse alejando de la humanidad del futbolista.

Lo siento —Fue lo único que escucharon sus compañeros antes de verlo salir a los vestidores tras recibir la medalla de plata que los acreditaba como subcampeones.

Estaba tan desconcertado por lo que había sucedido que no se dio cuenta que se había subido a su auto que conducía a una velocidad considerable por las carreteras londinenses sin rumbo fijo. Desde que era un niño, lo único con lo que había soñado era con colgarse preseas doradas de campeón, así que para él cualquier cosa que fuera menos que eso no valía la pena en lo absoluto. Todos a su alrededor lo sabían, todavía era tema de conversación las pataletas que hacía cuando quedaba en segundo lugar.

Por eso, en ningún momento consideró que el resultado del partido sería en contra. Incluso si el rival era complicado, él había nacido para ganar, firmar con un club grande y ganar cada trofeo habido y por haber.

No podía permitirse fallar, pero lo había hecho de manera estrepitosa. Era el final.

“¿Dónde estás? Te iré a buscar”.

Tomó su celular con la mano libre mientras conducía con la otra. Tipeó rápidamente.

“No m busqs. Quiero estr solo”.

“Rastrearé tu auto, no me tientes”.

Fue ahí cuando Bruno supo que necesitaba esconderse para no seguir recordando lo mierda que se había vuelto su vida. Parqueó el auto en una calle vacía, tiró su teléfono y la medalla en el asiento trasero, y cerró con seguro antes de botar la llave en una caneca pública, empezando a andar por la noche fría mientras Wembley yacía cada vez más y más lejos.

Con el pasar de los minutos sus pies comenzaban a cansarse, sintiendo el estirón en cada batata mientras daba pasos agigantados en la carretera sin saber qué buscaba. Sin darse cuenta, los mismos pies que antes lo habían traicionado lo llevaron ante un sitio que había querido descubrir por sus propios medios pero que una regla no escrita le había impedido asistir.


Cuando Bruno entró a Lily’s Secret se sintió libre. Era como si su secreto, ese que llevaba guardado bajo llave en su cerebro y corazón, pudiera salir a la luz sin ninguna repercusión aquella noche. Como si pudiera sentirse cómodo en su propia piel.

Allí había una gran cantidad de chicos bailando con otros chicos, coqueteando con otros chicos, besando a otros chicos....Amando a otros chicos. Bruno sonrió. Era su paraíso pero, al mismo tiempo, una ilusión. No le gustaba salir salvo cuando su mejor amigo Christian le insistía, pero dejando de lado eso, sabía que las mayores críticas le lloverían si asistía por su propia voluntad a un lugar así.

Pero el destino le había retribuido un poco de buena suerte, pues aquella velada había sido declarado como la noche de sombreros, por lo que no tendría ningún problema con mezclarse entre la gente. Tampoco le habían pedido identificación, lo cuál lo hizo sentir incómodo pero tranquilo al mismo tiempo, porque al menos no habría registro legal de su asistencia a dicho sitio.

Aún así, era poca esa buena fortuna, pues el futbolista había llegado tan tarde que solo quedaba un estúpido sombrero de aviador con orejitas de conejo que se podían mover con un botón en la parte delantera. Y no, no quería ni podía quitárselo. Reglas del establecimiento que agradeció.

Bruno se dejó llevar por la gente que, debió suponerlo, tenían mucha fuerza al punto en que lo hacían parecer una hoja de papel, moviéndolo de un lado a otro. Tampoco lo hacía mejor el hecho de que varios de ellos tenían camisetas del equipo rival, que lo había derrotado hacía menos de cuatro horas. Cada pequeño golpe dolía más que una patada a su fémur.

Trató de navegar entre la multitud con tranquilidad pero, aunque quisiera, era inevitable no acabar tropezando con otras personas. Por eso no se sorprendió cuando, en medio de la apresurada caminata, su cuerpo chocó con el pecho de otro chico.

De otro chico que era muy guapo.

Por un instante tan breve como una respiración sus ojos se toparon con aquellos de color avellana que lo veían con extrañeza. No supo por qué, pero podía sentir que aquel hombre alto lo observaba como si se tratase de un ser de otra dimensión. Bruno se sintió visto y casi se echó a reír por lo irónico que era esa sensación, considerando que desde muy joven estaba acostumbrado a que todo el mundo lo viera.

De hecho, era por eso que a él no le molestaba lo intrusa que era la mirada del extraño. Era usual para él levantar miradas y comentarios a donde quiera que fuese, mayormente en lugares donde sabían lo que hacía. Pero, en el fondo, debía admitir que la inspección tan rápida de aquellos ojos almendrados le hacía sentir...raro.

No tuvo tiempo para pensar en una palabra mejor porque en ese momento sintió una presión en su brazo.

—Ay, dolió.

Lo siento —dijo Bruno.

Luego notó su error, sacudió la cabeza dejando caer el sombrero de aviador que llevaba en su cabeza y rectificó en español.

—Es decir, perdón. No te vi.

Está bien —respondió el chico en inglés, quien señaló con su boca lo que tenía entre sus manos—. Lindo sombrero.

Su boca se entreabrió por la sorpresa, y sus mejillas se calentaron mostrando la vergüenza que crecía en su cuerpo. Ese chico guapo lo había visto con el sombrero más estúpido que había usado en su vida. Quería reír. Quería llorar. Quería esconderse en un rincón y devolver el tiempo para nunca tener que enfrentarse a semejante humillación.

Pero la misma multitud que los había hecho encontrarse lo devolvió a la realidad. No tenía sentido sentirse así. No había ido a ligar, y tampoco estaba seguro de que a sus compañeros le hiciera gracia conocer que, además de mal pateador de penaltis, era también un desviado como solían decir en el camerino. Por eso se disculpó con un gesto de su cabeza mientras se dirigía a los baños donde podría descansar, por un instante, del bullicio del sitio y el de su mente.


Bruno no sabía a dónde ir. Su instinto solo le decía “corre, corre” como si estuviera en la cancha, pero su parte más racional, la que calculaba milimétricamente las cosas, le decía que no había caso en correr sin una meta. Él siempre había tenido una. Así que, cuando vio un lugar en la esquina de la barra en la que podía sentarse y aclarar su mente antes de preguntar por un servicio de taxis en dirección a su hotel, decidió acercarse con sigilo para ocuparlo y pasar desapercibido.

La barra era espaciosa y ocupaba casi la mitad de la primera planta de Lily’s Secret. No era un lugar concurrido, pero si había un par de parejas que parecían liberar en el aire toda la tensión que acumulaban durante la velada. Bruno se sintió algo cohibido al inicio, más cuando el bartender no dejaba de insistir porque ordenara alguna bebida, pero pasados los minutos comenzó a sentirse cómodo con ser una decoración más en el lugar.

Allí se dio cuenta de que no solo habían chicos amando a otros chicos, sino chicas amando a otras chicas, chicos amando a otras chicas y muchas, pero muchas personas usando banderas de las que apenas tenía conocimiento. Sonrió por lo bajo, pensando en que por fin estaba en un lugar seguro. Salvo por el hecho de que esa sería la primera y última vez que lo pisaría, pues al fin y al cabo su rostro le pertenecía a un club de fútbol que había adquirido cierta fama por llegar a la final de un torneo copero.

Aunque, en el fondo, dudaba si dicho club querría renovar su contrato tras la final fallida, o si los demás clubes que habían mostrado interés en él seguirían intentando ficharlo al ver que, después de todo, no era tan bueno como solían decir.

Hola —dijo una voz.

Bruno saltó al escucharlo. Giró su rostro tan rápido como pudo para toparse de frente con el chico de la sonrisa brillante, ese que había tropezado más temprano y que recordaba como el guapo que lo había visto humillarse por el sombrero estúpido que le habían colocado. Quería volver a reír por eso, pero al menos se sintió un poco mejor al saber que el último recuerdo suyo que tendría aquel chico no sería tan patético.

Además, ¡estaba ahí! Era él.

El chico más guapo que había visto en la noche se había acercado a donde él estaba para hablarle, y por fin podía detallar más de cerca los alargados ojos avellana que lo observaban como si fuera un acertijo. Pero sin duda lo que más lo maravilló fue su cabello: Ondulado, castaño, lleno de brillo, tanto como su tez bronceada, sus labios rosados y un poco gruesos y una nariz aguileña que era decorada con un lindo lunar en su lado derecho.

Pero entonces recordó lo que había pasado. Recordó a las personas que estaban arriba, seguramente buscándolo, y a los dueños a quienes seguramente le tendría que pasar una buena pasta para que todo quedase en anécdota. Supo que, aunque se había sentido tranquilo, ese no era un lugar seguro para él. Debía seguir escondiéndose por un buen tiempo.

Fue por eso que asintió de manera tajante, tratando de mostrarle que no tenía ganas de conversar. Todo lo contrario, él sí quería, pero así era mejor. De todas formas, no tenía caso iniciar algo que no podría terminar favorable para él.

El chico frunció su boca, indicando que la acción de Bruno no le había gustado para nada. Él le quería pedir perdón, explicarle con lujo de detalles lo que sucedía y quizás ganar un confidente en aquel lugar. Pero Bruno no solo no era tan tonto, sino que tampoco estaba dispuesto a ventilar sus secretos con un extraño, por mucho de que pudiera comprender su situación más que a la perfección.

Sin embargo, y pese a lo que le había demostrado, el chico llamó a la barra haciendo un dos con sus dedos que pronto se daría cuenta era para pedir dos chupitos. En ese momento encaró una ceja. El chico guapo debía ser regular enLily’s Secretsi conocía aquellos trucos.

¿Cómo te llamas?

Bruno negó con la cabeza.

No puedo decirte mi nombre —musitó.

Técnicamente no era verdad, pero tampoco era falso. Es decir, no había nada ni nadie que le impidiera decirle su nombre, no era un secreto de Estado. Pero lo último que necesitaba era otro escándalo, otra razón por la que la hinchada rival y propia se burlasen o quejasen de él. Por lo que había podido inferir, la visita a la discoteca sería portada por varias razones.

Bruno miró al chico guapo hacer un puchero que casi acaba con la resistencia que había puesto. Lo había molestado de nuevo, no le había gustado para nada su respuesta, pero no le podía brindar nada más que aquello. Eso y su rostro. No sabía qué tanto aquel chico guapo estaba interesado en el fútbol, pero al menos estaba seguro de que si se lo preguntaba no estaba enterado de mucho. Su penalti fallido era la noticia deportiva del momento en Inglaterra. Estaba salvo, pensó. Pero tampoco podía arriesgarse.

Anda, ni que fueras famoso —dijo el muchacho.

Por un instante se congeló, olvidando las conjeturas que había sacado recién.

Bruno podía reír y hacerlo olvidar de todo eso, decirle que no estaba interesado y que lo mejor era que se fuera a buscar otra presa en aquel mar de personas necesitadas de calor humano. Pero no hizo nada. Se quedó estático, en pánico, procesando las palabras de su acompañante.

¿Lo eres?—El chico volvió a insistir.

Silencio.

Ay, qué más da—dijo mientras el bartender ponía el vaso de chupito en las manos del chico—.Salud. Y que le den por culo a todos.

Bruno pestañeó.

¿A qué ha venido eso?—preguntó curioso.

A la fama que no me deja saber tu nombre—dijo y luego bebió de un tirón el chupito.

Habían pocas cosas que hacían a Bruno feliz. El sol caliente que le indicaba que era un nuevo día, el olor a la gramilla del césped recién cortado y una buena pelota con pecas negras que lo invitaba a danzar con ella, hasta llegar a una valla en la que debía estamparla para marcar un gol. Ese era su sitio seguro, su rincón en el mundo en el que podía sentirse parte de algo. En el que se volvía una parte de un gran paisaje.

Pero, si le preguntasen ahora, diría que a ese listado le añadía algo particular. Algo que sucedió en total oscuridad luego de cometer una locura.

Todo empezó con ese inocente chupito que se tambaleaba entre sus manos, mientras el chico guapo de ojos rasgados color avellana y lunar seductor bebía el suyo.

A la fama que no me deja saber tu nombre.

Esas simples palabras lo hicieron reaccionar minutos más tarde, cuando veía como el chico se ponía de pie y se disponía a irse. Sin darse cuenta alargó su mano y tomó el antebrazo del chico sin percatarse de que aquello era de mala educación ya que no se conocían. No se conocían y él no planeaba que lo hicieran.

Sin embargo, allí bajo las luces intermitentes de la discoteca, unas violetas, otras azules y algunas más blancas pero siempre neón, Bruno murmuró las palabras con las que rompería la regla más importante del mundo futbolístico: no dejar quenadiesupiera.

Quédate...

El chico sonrió. Una sonrisa cansada, nostálgica, pero intrigada.

—Ricky.

¿Qué?—Bruno frunció el ceño.

Me llamo Ricky.

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