capitulo 1
Capítulo 1: El punto de quiebre
Alex era un muchacho con un evidente sobrepeso. Durante mucho tiempo aquello le había tenido sin cuidado, pues confiaba en que, con un esfuerzo extra, podía compensar su físico con un buen desempeño laboral. Sin embargo, ese día la paciencia se le agotó por completo. Tras recibir un nuevo ataque de burlas e insultos por parte de sus compañeros, no pudo contener la rabia acumulada y terminó arremetiendo a golpes contra varios de ellos.
Ese mismo día fue despedido sin contemplaciones. Al dueño de la empresa no le importó quién había iniciado la disputa ni las provocaciones que Alex había soportado. Salió de allí sintiéndose profundamente miserable y devastado.
De camino a casa, no podía dejar de darle vueltas a lo sucedido. ¿Por qué había explotado de esa manera? En el pasado, cada vez que se enojaba con un jefe o con algún compañero, solía alimentar oscuras fantasías de venganza. Cuando se trataba de una mujer, se consolaba imaginando que algún día la tendría rendida a sus pies, gimiendo en su cama. Alex jamás expresaba lo que sentía; prefería guardárselo todo. Sabía muy bien que, con su apariencia física y su falta de atractivo, cualquier intento de hablar abiertamente solo provocaría el rechazo y la crítica del resto.
Lo habitual en él era durar al menos un año en un empleo antes de ser despedido, pero esta vez solo había aguantado un mes.
Al llegar a su habitación, se echó en la cama y se cubrió hasta la cabeza con la manta. Recordó el rostro de Sofía, su jefa directa, y apretó los dientes lleno de rencor:
—Maldita perra... —murmuró para sí mismo en la oscuridad—. Cuando todos se hayan olvidado de mí, voy a buscarte. Voy a hacerme rico y no necesitaré nada más. Podría comprar esta ciudad entera si quisiera... Te voy a humillar hasta que no puedas más.
Eran fantasías desbordadas y absurdas, pero le servían como refugio. Entre lágrimas de impotencia, se quedó profundamente dormido.
Al día siguiente, Alex salió a buscar empleo nuevamente. Caminó por las calles preguntando en cuanto negocio veía, con su currículum listo en la mano. La mayoría de los puestos disponibles requerían un trabajo físico pesado y casi nadie se tomaba la molestia de revisar sus hojas de vida.
Esa búsqueda desesperada lo llevó hasta el muelle, un sector de la ciudad al que nunca solía acudir. El lugar estaba repleto de barcos pesqueros, pequeñas embarcaciones y yates. A pesar de lo pintoresco del paisaje, a Alex no le traía buenos recuerdos; desde su viaje de excursión en la escuela, descubrió que se mareaba con facilidad y terminaba vomitando en cubierta. Aun así, la presión apremiaba: con el alza continua en los precios de los alimentos y el alquiler, necesitaba conseguir dinero lo antes posible.
Mientras recorría la zona, divisó un crucero mediano acoderado en la bahía. Alex siempre había soñado con estar rodeado de mujeres hermosas, pero lo que vio a continuación parecía la realización de ese sueño, aunque para otra persona.
Un anciano elegantemente vestido con un abrigo largo —cuyos bordados dorados relucían con opulencia— descendía hacia la zona de embarque flanqueado por seis mujeres sensacionales: cinco bellezas jóvenes y una mujer que parecía ser su asistente personal. Todas vestían minifaldas ajustadas y medias negras, un uniforme sospechosamente coordinado que delataba los particulares gustos del anciano.
Alex observaba la escena con una mezcla de envidia y rencor. En su interior, no podía evitar imaginarse a esas mujeres en todo tipo de situaciones, sintiendo rabia al recordar sus propios fracasos amorosos. Cada vez que intentaba acercarse a alguien era rechazado, y si lograba reunir algo de dinero para salir, algún imprevisto arruinaba sus planes. Por eso había decidido postergar su vida sentimental y enfocar su energía únicamente en trabajar... aunque la frustración seguía allí.
Poco después, un vehículo de lujo de último modelo se detuvo cerca del acceso principal. De él bajó una familia de cuatro personas: dos hombres de unos cuarenta años y dos chicas jóvenes. Alex reconoció de inmediato a los hombres por las noticias de la televisión: Ramón y Ramiro, una pareja que se había casado en el extranjero hacía dos décadas y cuya adopción de dos niñas había sido muy mediática en su momento. Aquellas niñas eran ahora mujeres mayores de edad que se disponían a abordar el mismo crucero.
El movimiento en el muelle era resguardado por un fuerte contingente de seguridad privada, lo que dejaba claro que se trataba de un viaje sumamente exclusivo. Alex contemplaba a las pasajeras a la distancia, admirando sus figuras pero cuidando de no ser demasiado evidente con la mirada. Después de todo, su prioridad del día era encontrar trabajo; si le tocaba cansarse, al menos quería un empleo que no lo matara de inmediato.
Caminando entre los puestos comerciales del muelle, llegó a una distribuidora de mariscos y pescados. Mientras observaba los mostradores, una mujer de cabello rubio deslumbrante pasó a su lado. Llevaba unos *leggings* ajustados de color verde que marcaban a la perfección la curvatura de su cadera y sus piernas, acompañados por una blusa blanca impecable. Su sola presencia irradiaba una sensualidad casi descarada.
Alex se quedó paralizado. El aroma de su perfume al pasar a su lado le nubló el juicio por completo. Como un zombi, la siguió con la mirada disimuladamente mientras ella se dirigía a la recepción del puesto pesquero.
—Hola, buenas tardes. ¿Podría venderme estos productos, por favor? —solicitó la mujer con voz suave.
Alex se acercó como si fuera un cliente más en la fila, tratando de disimular el estado de agitación en el que se encontraba. Las fantasías que solía leer en internet sobre hipnosis y sometimiento cruzaron su mente por un instante, pero la realidad irrumpió cuando la chica pagó su pedido, dio media vuelta y se retiró a paso firme hacia la zona de embarque.
Se quedó solo frente al mostrador, donde un hombre mayor de unos cincuenta años lo saludó amablemente:
—Buenas tardes, joven. ¿Qué se le ofrece?
Alex tardó unos segundos en reaccionar, intentando recobrar la compostura tras la partida de la chica rubia. Aclaró su garganta y preguntó con voz cautelosa:
—Buenas... Disculpe, ¿de casualidad no estará buscando empleados por aquí?
El dueño del puesto lo examinó detenidamente antes de responder:
—Mira, muchacho... ¿Viste a la señorita que acaba de realizar la compra? Se acaba de llevar una tonelada entera de pescado y mariscos. Mi idea era cerrar la tienda para transportar e ir a entregar la carga yo mismo... Pero dime algo, ¿estás dispuesto a trabajar cargando y descargando la mercancía?
—¿Cargar y descargar? —repitió Alex.
—Así es. El trabajo incluye subir al crucero, hacer el viaje con ellos y descargar en el destino. Si estás de acuerdo y me dejas tu documento de identidad como garantía, la paga es de cinco mil dólares. ¿Qué dices?
Alex no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Cinco mil dólares solo por mover una tonelada de carga y viajar en el barco? Pero lo más importante no era el dinero: ese trabajo significaba que volvería a ver a la mujer rubia de los *leggings* verdes. Ella tendría que darle las indicaciones de entrega a bordo.
—¡Acepto! —dijo de inmediato, entregando su DNI y una copia de su hoja de vida para dar confianza al comerciante.
Dos horas más tarde, las labores de embarque habían concluido y el navío soltó amarras. Alex observó el mar desde la cubierta mientras la nave se alejaba de la costa. Había rezado tanto por una oportunidad en la vida, pidiendo a cualquier deidad que escuchara sus plegarias, que sintió que este viaje era la respuesta a sus deseos.
Lo que Alex aún no sabía era que este crucero no solo lo llevaría tras la pista de aquella mujer, sino que lo conduciría directamente a una isla remota donde doce mujeres lo estaban esperando.








